Platino
Capítulo 38
F RANKIE oía claramente que la fiesta se iba animando allá abajo. Al otro lado de aquellas paredes, se encontraba rodeada de desenfrenados buscadores de placer. Sin embargo, allí estaba ella, en un dormitorio escasamente iluminado, completamente vestida y con el corazón latiéndole alocadamente.
Se hallaba sentada en un sofá, en compañía de Tommy Liebermann, tras un antiguo biombo de dos metros de altura que los mantenía ocultos. Estaban tan nerviosos que los dos dieron un respingo cuando la puerta de la habitación se abrió al fin. Frankie sintió un cosquilleo en la punta de los pies, como si se hallara asomada al vacío.
La música sonó con fuerza unos segundos y después, al cerrarse la puerta, se oyó nuevamente amortiguada. Contuvo el aliento.
—Hola…
¡Era Alex! ¡Alex estaba allí! Su voz le resultaba inconfundible. ¡El plan había funcionado! Cualquier cosa que Emma le hubiera dicho había sido suficiente para empujarlo a viajar hasta Los Ángeles; y la misteriosa invitación de Peaches, con el antifaz, lo bastante intrigante para llevarlo hasta allí.
—Hola… —repitió Rodokov—. ¿Hay alguien?
Había llegado su turno. Respiró hondo y tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no salir corriendo de detrás del biombo y echarse en sus brazos. Tommy Liebermann la sujetó por el brazo, mirándola fijamente y obligándola a atenerse al plan previsto. Entonces se levantó, salió y encendió la lámpara de la mesilla de noche.
—¿Quién demonios es usted? —oyó Frankie que preguntaba Alex.
—La verdad es que soy alguien que puede salvarte la vida —respondió Liebermann—. Será mejor que te sientes, hijo.
¿«Hijo»? Frankie tuvo que contentarse con quedarse mirando el biombo, asombrada y temerosa de cómo reaccionaría Alex. Seguramente, Tommy creía que sonaba campechano, pero ella sabía que a Alex podía parecerle una actitud de superioridad que no estaba dispuesto a tolerar.
Pero Alex no dijo nada. Se hizo el silencio. Dos, tres, cuatro segundos, hasta que Frankie no pudo soportarlo más y se asomó con mucho cuidado por la rendija de los batientes del biombo y vio el reflejo de Alex de perfil en uno de los espejos del dormitorio.
La asaltó un repentino deseo. ¡Qué guapo era!, se dijo, estaba mirando fijamente a Liebermann con el antifaz en la mano, aferrándolo como si fuera una pistola.
Entrelazó las manos como si fuera a rezar. ¡Alex, su Alex, su amante! ¡Allí estaba, ante ella, a apenas unos pasos de distancia!
Durante un instante se olvidó de la gravedad de la situación y de todo el arduo trabajo que habían realizado para llegar hasta allí. Lo demás desapareció y solo vio al hombre de sus sueños, de pie, ante la gran cama. Todo su cuerpo se retorció de deseo y de ganas de lanzarse en sus brazos para caer en el lecho, desnudos y abrazados, mientras él le susurraba palabras de amor al oído.
Pero entonces volvió a la realidad. Puede que Alex solo estuviera a escasos metros de ella, pero emocionalmente se encontraba a años luz de distancia. Se habían separado y ya no eran un solo ser. Kordinski se había asegurado de que así fuera. Y por eso debía mantener la cabeza fría, observar y esperar a ver si podían estar juntos de nuevo.
Alex no era su amante y puede que no lo fuera nunca más. Lo cierto era que Frankie no sabía si él seguía considerándola su enemiga.
Tommy, Peaches y ella misma habían decidido que lo mejor sería que fuera Liebermann quien tuviera el primer contacto con Rodokov. Este estaría más predispuesto a escuchar y a creer las malas noticias económicas y personales que iban a darle si provenían de boca de un abogado.
Liebermann empezó a hablar, y Frankie vio que Alex se sentaba en el sillón que había junto a la cama. Nunca lo había visto tan tenso y ceñudo mientras escuchaba.
Se quedó muy quieta y callada, tal como habían convenido. Solo espiándolo en secreto podría saberlo. Y tenía que comprobarlo por sí misma. Debía asegurarse de si Alex trabajaba para Kordinski o si, como ella sospechaba, no sabía nada de los planes que su mentor tenía preparados para él.
Tuvo su respuesta tan pronto como Tommy empezó a mostrarle los documentos que ella y Danny habían descubierto. La expresión de Alex pasó de la suspicacia a la incredulidad, y de ahí a la pura y simple indignación, a medida que analizaba las contabilidades paralelas de Forest Holdings. Se llevó una mano a la boca, y Frankie vio que por fin se daba cuenta del engaño de Kordinski en toda su magnitud. Estaba claro que no tenía ni idea de que Kordinski había vaciado las empresas de todos sus activos.
—En Tortola, Vincent Detroy… —empezó a decir Liebermann.
—Fui allí para cerrar unas cuantas sociedades que estaban inactivas.
—¿Matrioska Enterprises? ¿Fue eso lo que él te dijo? Me refiero a Bob Veris, tu director de finanzas. Me temo que está de parte de Kordinski, lo mismo que Detroy. Echa un vistazo a los correos electrónicos que se cruzaban. —Le entregó unas cuantas hojas—. Esas sociedades no estaban inactivas en absoluto.
—Pero los documentos que yo firmé demostraban que no se habían utilizado en años.
—Eso es lo que querían que creyeras. La verdad es que esas sociedades han servido durante años para blanquear dinero y desviar fondos, incluidos los de Platinum Holdings. Y al firmar esos papeles, te hiciste responsable de todo eso, lo que significa que cuando la brigada contra el fraude llame a la puerta, será tu nombre el que pronunciará.
Frankie vio que en ese momento Alex caía en la cuenta de lo que eso significaba. Lo vio en sus ojos, en su expresión de asombro.
—Yo no sabía nada. Nunca sospeché que… —dijo, leyendo los correos electrónicos—. ¡Cielo Santo! ¡Esa mujer, Emma Harvey, estaba diciendo la verdad! ¡Yuri estafó a su marido y me estafó a mí!
—Eso me temo —respondió Tommy en un tono más amable, porque sabía que ya no necesitaba convencer a Alex de que le contaba la verdad—. Y será mejor que veas estos otros correos de Kordinski —le dijo, entregándole más papeles.
—Ha escrito «mi hombre de paja» —dijo Alex con un hilo de voz, leyendo en voz alta. El color había desaparecido de sus mejillas.
—Ahora te dejaré un rato a solas —le dijo Liebermann, mientras Alex seguía leyendo—. Estoy seguro de que necesitas un poco de tiempo para pensar en todo lo que te he explicado.
—Un momento —contestó Alex de repente, dándose cuenta de que el otro se había levantado—. Espere, no se vaya.
Pero era demasiado tarde. Liebermann ya se había escabullido y cerrado la puerta tras de sí.
Alex se llevó las manos a la cabeza y gritó:
—¿Por qué? ¿Por qué me ha contado todo esto?
—Porque quiero salvarte —respondió Frankie.
Alex se quedó petrificado al oír aquella voz y se dio la vuelta lentamente mientras Frankie salía de detrás del biombo. Cuando sus ojos se encontraron, ella sintió que se le hacía un nudo en el estómago y que el corazón le daba un vuelco, igual que cuando lo había visto por primera vez a bordo del Pushkin, al bajar del helicóptero.
Sin embargo, no hubo ningún abrazo, ninguna deseada reconciliación instantánea, sino que Alex se quedó mirándola con consternación, como si acabara de descubrir que se hallaba atrapado en un sueño del que no podía escapar; como si ya no supiera qué o a quién creer.
Cerró los ojos fuertemente un instante, en un intento de borrar la imagen de Frankie, pero cuando volvió a abrirlos ella seguía ante él.
—Frankie… —dijo al fin, en un tono desprovisto de emoción, aceptando finalmente su presencia. Luego miró los papeles esparcidos en el sofá y comprendió por primera vez que ella estaba detrás de toda la información que acababan de facilitarle. Meneó la cabeza en un intento de romper el hipnótico instante, y Frankie vio que los ojos de Alex se iluminaban cuando el cerebro de este empezó a sopesar la situación y a considerar las implicaciones que le llevarían a recobrar el control de su tambaleante mundo.
Frankie anhelaba tocarlo, pero si él todavía sentía algo por ella, lo ocultaba perfectamente.
—Si tú estabas al corriente de todo esto, ¿a qué han venido tantas maniobras y subterfugios? ¿Por qué no me lo explicaste sencillamente? ¿Por qué me habéis hecho venir a Los Ángeles y me habéis traído a esta absurda fiesta?
—Porque teníamos que reunirnos en secreto y en algún sitio donde Kordinski no pudiera localizarte.
Él dejó que aquellas palabras flotaran en el aire unos segundos.
—Pero… ¿cómo? ¿Cómo habéis conseguido toda esta información?
—Tú no cambiaste tus contraseñas —le dijo Frankie, y él asintió porque ya había caído en la cuenta—, de modo que me metí en la base de datos de Forest Holdings con la ayuda de un experto.
—Recuérdame que despida a mi responsable de informática —comentó Alex con una amarga sonrisa.
—Teníamos que hacerte llegar esta información en persona y de manera secreta —le explicó Frankie, deseando abrazarlo y decirle que, al margen de cómo se sintiera en esos momentos, era lo mejor que podía haber ocurrido. Deseaba que supiera que todo iba a salir bien, aunque ni ella misma estuviera convencida de ello—. Tú ya sabes qué astuto es Kordinski y que no quiere que nadie le siga la pista. La última vez que intenté conseguir esta información, en Tortola…
—¿Estabas allí? —preguntó Alex, mirándola.
Frankie asintió.
—Sí, fui a buscarte, pero… —No estaba segura de cuánto sabía él, ni de si había visto aquellas atroces fotos y si sabía que habían sido tomadas por la fuerza, pero decidió que la verdad era el mejor camino—. Los hombres de Kordinski me secuestraron.
Alex reaccionó como si lo hubieran pinchado.
—¿Qué? ¿Que hicieron qué?
—Me drogaron y me hicieron fotos. Supongo que las habrás visto porque decían que te las enseñarían.
—¿De qué estás hablando? Nadie me ha enseñado ninguna foto tuya.
Frankie experimentó un enorme alivio. Eso significaba que ellas habían conseguido llegar a Alex antes. Respiró hondo para serenarse y le explicó que había ido a Tortola, que allí había conocido a Emma y que esta le contó lo ocurrido a su marido, Julian. Le describió la tormenta tropical, cómo él se le había escapado por poco y cómo habían conseguido entrar en el despacho de Detroy. Luego le habló de los tres encapuchados, del tajo que le habían hecho a Emma en la cara y de cómo se la habían llevado a ella.
Alex escuchó el relato y se llevó las manos a la cabeza, presa de la más completa incredulidad.
—¡Por Dios, Frankie, qué me dices! ¿Te hicieron daño?
—Daño, no, pero sobre todo me asustaron, me horrorizaba pensar que pudieras ver esas fotos y que creyeras que yo…
Alex se acercó y la cogió por las muñecas, mirándola a los ojos.
—¡No tenía ni idea! De verdad. No puedo creer que te hicieran algo tan cruel. Dime sus nombres, ¡dime cómo se llaman y me ocuparé personalmente de que esos cabrones lamenten haber nacido!
—No —respondió Frankie con decisión, viendo la furia en los ojos de Alex—. Ellos ya no tienen importancia. Esto es algo mucho más importante. De esto depende lo que ocurra con Kordinski, contigo, conmigo y con todo lo que pase a continuación. —La voz se le quebró—. ¡Me siento muy aliviada! Pensaba que creerías lo de esas fotos igual que creíste lo de Todd Lands.
—Yo pensé que no te interesaba. Yo pensé que…
—¿Es que no lo entiendes? ¡Kordinski estaba detrás del numerito de Todd Lands! ¡Él lo montó todo para que creyeras que yo estaba liada con Todd, pero todo era mentira! Sonny Wiseman le debía dinero a Kordinski y me tendió una trampa. ¡No me interesaba Todd Lands para nada! Tienes que saberlo.
Alex miró a su alrededor.
—Y entonces, ¿todo esto…? Lo de hacerme venir para contarme… —Se corrigió—. Mejor dicho, para demostrarme la traición de Kordinski… ¿Todo esto lo has hecho por mí?
—¡Claro que sí, Alex! No estaba dispuesta a renunciar a ti hasta que supieras la verdad. Ahora ya la sabes.
—Oh, Frankie…
Se dio cuenta de que por fin Alex comprendía las verdaderas dimensiones de su error, y a pesar de que deseaba oír sus disculpas antes de que pudieran reconciliarse, todavía le quedaba mucho por contarle.
—¿Cómo ha podido Yuri hacer semejante cosa, a ti, a mí, a los dos?
—Pero es que no se trata únicamente de nosotros. En esto también están Emma, a quien conociste en Inglaterra, y Peaches, que es la que te ha acompañado hasta esta habitación. Escucha, Alex, no sé qué quieres hacer, pero creo que tienes tiempo suficiente para escapar de la trampa que te han tendido. De todas maneras, no creo que pase mucho antes de que Kordinski te deje en la estacada y las autoridades vayan por ti. Y desde luego no serán ellas las que crean en tu inocencia.
—¡Por Dios, Frankie, esto no puede estar pasando!
Alex le dio la espalda y se peinó hacia atrás el cabello con los dedos, mientras contemplaba los documentos esparcidos en el sofá. Luego se volvió, y Frankie vio en sus ojos una renovada determinación. Y algo más, algo familiar, la mirada que tan desesperadamente había deseado volver a ver desde Marrakech.
No anhelaba más que arrojarse en sus brazos para besarlo, para decirle que tenía que comprender cuáles eran sus sentimientos, para saber definitivamente que lo había reconquistado. Sin embargo, hizo un esfuerzo para pensar en Peaches, en Emma y en lo que las tres necesitaban de él.
—Escucha, Alex, necesitamos tu ayuda para cargarnos a Kordinski. Tú eres el único que puede ayudarnos. Él no sospechará nunca de ti.
Lo miró, esperando su respuesta mientras el corazón le latía con fuerza en el pecho.
Pero la puerta se abrió de repente y Paul apareció con cara de pánico.
—¡Rápido! —dijo—. ¡Tenemos que salir de aquí ya!
Frankie y Alex intercambiaron una mirada y lo siguieron hasta el balcón. Había gente corriendo en todas direcciones, gente desnuda y semidesnuda, en busca de un lugar donde esconderse. Las luces se habían encendido, y los agentes del FBI irrumpían por la entrada principal de la mansión y por las laterales. La música cesó de golpe y sonaron pasos. Alguien gritó de dolor. Frankie oyó alaridos en la piscina.
—¡Que nadie se mueva! —atronó una voz a través de un megáfono—. ¡Esto es una redada!
—¡Mierda! —exclamó Frankie.
—Por aquí —indicó Paul, empujándolos por el balcón hacia el fresco aire de la noche y hasta un andamio que daba a la calle. Abajo centelleaban las luces de los coches de la policía, y las sirenas aullaban. Una mujer desnuda salió corriendo por el jardín brillantemente iluminado, pero fue acorralada por un policía que sujetaba un feroz perro de la correa.
Frankie miró por encima del hombro. No sabía qué hacer. Vio a Peaches al pie de la escalinata de entrada. Se había quitado la máscara, y una mujer policía se le acercaba.
—Peaches Gold, la detengo en nombre del gobierno de Estados Unidos — declaró, mientras dos colegas esposaban a Peaches.
Frankie pensó que debía quedarse y ayudarla. Estaban juntas en aquello, pero Paul ya había salido y Alex también, y le tendía la mano.
—Ven, vámonos —le dijo él.
—Vamos, señorita —la apremió Paul—. Es lo que Peaches habría querido.
Frankie obedeció. No tenía elección.