Platino

Jo Rees · Capítulo 25 de 43

Páginas del PDF

Platino

Capítulo 24

 

P EACHES se ajustó la peluca rubia, estilo Marilyn Monroe, en el reflejo del cristal tintado de la limusina. Dado que apenas se reconocía a sí misma, se dijo que había hecho un buen trabajo con el disfraz. Luego siguió mascando chicle y tomó un sorbo de champán mientras se recordaba que no debía olvidar el acento sureño.

¿Parecía tan nerviosa como se sentía por dentro? Normalmente estaba al otro lado del teléfono, organizando aquella clase de juergas, no formando parte en ellas. Y aún menos clandestinamente. Desde luego, en más de un aspecto aquella noche iba a ser una novedad.

Hasta el momento todo iba bien, pero le parecía raro hallarse en compañía de aquel grupo de desconocidas, bebiendo champán mientras el chófer recorría los suburbios de Niza, donde acababa de dejarla el avión. Tenía toda la carretera de la costa por delante, así que todavía le quedaba un buen rato para seguir con su papel.

Esa noche hacía de Tammy, una de las chicas más solicitadas de Peaches Gold. Es decir, hacía de su propia empleada. Salvo para Angela, en lo que al resto del mundo concernía, Peaches Gold seguía en Moscú. En cuanto a las chicas que la acompañaban, ninguna de ellas había visto nunca a la verdadera Peaches Gold, de modo que no había forma de que supieran quién era.

Peaches seguía sin saber si Valentín estaría o no en la fiesta del Pushkin, de ahí el disfraz y el montaje. Además, no podía prever cómo iba a terminar la noche y no podía correr el riesgo de que alguien la identificara.

Tomó otro sorbo de champán, pero no le supo a nada. Deseó que fuera algo más fuerte, algo que le calmara los nervios; pero tenía que mantenerse serena y alerta. Aun así, cuando Mallory le dio un suave codazo y le indicó la mesilla donde estaban pulcramente alineadas las tiras de cocaína, se sintió realmente tentada. Hacía diez años que había dejado de consumirla; pero, por otro lado, también hacía más de diez años que no se había sentido tan estresada como en esos momentos.

—¿Quieres un poco, Tammy? —le preguntó Mallory.

Peaches negó con la cabeza.

—No, gracias, hoy me duele mucho la cabeza —mintió.

Mallory se encogió de hombros, esnifó una línea y soltó una risita mientras le pasaba el tubito plateado a Daisy.

—Es una buena mierda —le dijo, asintiendo—, pero, claro, en Francia todo es mejor.

—Yo que tú no me pasaría con eso —le dijo Peaches—. Tengo entendido que a nuestra jefa no le gustan las drogas. Hace poco despidió a una de sus chicas por eso.

—Vaya, ¿así que ya has trabajado antes para esa Peaches Gold? —preguntó Mandy, que estaba sentada frente a ella.

Hasta ese momento, Peaches solo había hablado por teléfono con ella, y le sorprendió comprobar lo guapa que era en persona. Enfundadas como iban en sus vestidos de noche, todas estaban muy bien, pero Mandy destacaba especialmente con su conjunto azul eléctrico. Tenía una piel suave y bronceada y unos pechos pequeños pero firmes. La línea del escote rozaba el perfil de sus pezones. Sin duda tenía todo lo necesario para volver locos a los hombres. Peaches era capaz de reconocerlo al instante.

—Pues claro, muchas veces —contestó.

—¿Y cómo es?

—Nunca la he visto en persona, pero conozco chicas que sí y dicen que es un encanto.

—¿Un encanto? ¡Ja! —terció Heather—. Yo he oído decir que es la mujer de negocios más dura y astuta de Los Ángeles.

Heather formaba parte de un dúo que había contratado a través de su contacto en el negocio de las chicas de alto nivel. Heather y Hailey formaban una conocida pareja lésbica de la costa Oeste y habían filmado juntas varias películas porno de éxito, lo cual, en el mundo de las acompañantes de lujo, equivalía a tener un máster en Harvard. Peaches podía cobrar lo que le diera la gana por aquellas dos, especialmente para cualquier trabajo posterior al espectáculo. Estaba encantada de tenerlas en su lista después de que Tommy Liebermann hubiera logrado cerrar un trato con su productor cinematográfico.

Esa noche iban en plan Barbie y llevaban shorts de lentejuelas, zapatos de tacón con plataforma y corpiños plateados. Las dos tenían el pelo muy largo y rubio, y lo llevaban sujeto en una alta cola de caballo.

Peaches estaba deseando verlas en acción. Si eran tan buenas como aseguraban, las contrataría para su gran fiesta, aunque la verdad era que ese evento le parecía que estaba a años luz. Peaches volvió a centrar su radar en el presente. Podían fallar muchas cosas en aquella fiesta a bordo del Pushkin, pero si quería regresar con vida a Los Ángeles, no debía permitir que nada de eso sucediera.

—Puede que lo sea —contestó, sorprendida de oír hablar a las chicas sobre ella de aquella manera—. Pero Peaches siempre es buena con sus chicas. Y también justa. Todas tienen la oportunidad de participar en una noche como esta.

—Eso lo dices porque quieres seguir trabajando con ella —intervino Daisy, levantando la cabeza después de haber esnifado—. Peaches Gold es la que organiza esa fiesta tan increíble todos los años, como las de la mansión Playboy de Bel-Air. ¡Conozco a unas chicas que fueron el año pasado y se llevaron unas propinas de infarto!

Una de las chicas, ¿era Nicki?, estaba muy callada. Peaches no sabía nada de ella. Había aparecido con Mandy para cubrir una baja. Normalmente, siempre tenía tiempo de comprobar las credenciales de las chicas antes de una fiesta como la de aquella noche. Había algo en Nicki que no acababa de gustarle.

Volvió a acordarse de la advertencia de Tommy Liebermann acerca de los federales, y eso era lo único que le faltaba en esos momentos: que alguien intentara infiltrarse en una de sus fiestas. Había llegado el momento de verificar a aquella chica, y si resultaba necesario, descartarla antes de que subieran a bordo del Pushkin y fuera demasiado tarde para todos.

—¿Y tú qué me dices, Nicki? —le preguntó Peaches— ¿Has actuado alguna vez en esas fiestas?

—Solo en una o dos. Nada demasiado fuerte.

«Lo cual te convierte en una mentirosa», pensó Peaches, sabedora de que Nicki nunca había trabajado para ella.

—Bueno, ¿y qué pasará esta noche? —preguntó Nicki, nerviosa.

—No te preocupes, cielo —respondió Peaches, calculando que sería mejor tenerla cerca—. Tú pégate a mí. Será lo de siempre: un poco de striptease y algo de magreo.

—¿Y qué pasa si alguno quiere… montárselo? —preguntó con evidente timidez.

Las demás se echaron a reír, y ella se ruborizó.

—Escucha —le dijo Peaches, decidiendo ponerla a prueba y convencida de que una agente federal encubierta no sería capaz de follarse a nadie a menos que su vida dependiera de ello—, cuanto más cachondos pongas a esos tipos, mayor será la propina. Y si te los tiras, tanto mejor, porque eso es precisamente lo que quieren. Y no olvides que son tipos muy ricos, ricos y encantadores.

—Peaches me dijo que la de hoy es una fiesta de cumpleaños de un ruso — intervino Mandy—. Según parece, cumple los treinta y es asquerosamente rico.

—Es cierto —respondió Peaches, sin dejar de observar a Nicki en busca de una reacción que la delatara—. Se llama Alexéi Rodokov, y me han dicho que debemos hacerle pasar el mejor rato de su vida. La que le guste más de nosotras tiene que asegurarse de que mañana por la mañana no sea capaz de levantarse de la cama. Ya sabéis a qué me refiero.

Todas las chicas rieron a carcajadas, salvo Nicki, que sonrió nerviosamente.

—Me han dicho que a esos rusos les gusta ver un número de bolleras antes de empezar —comentó Heather.

—¿De verdad? —preguntó Nicki.

—Tú deja eso de nuestra cuenta —contestó Hailey—. Tenemos ensayado un numerito que los pondrá como una moto. Te lo garantizo.

—¡Con lo que me gusta comerte el coño! —exclamó Heather, inclinándose sobre su amiga y besándola.

Sus lenguas juguetearon sensualmente mientras las demás chicas se reían.

—Sí —dijo Peaches, observando a Nicki morderse las uñas y mirar por la ventana—. A ese Alexei Rodokov le vamos a montar una fiesta de cumpleaños que no olvidará en su vida.