Platino

Jo Rees · Capítulo 19 de 43

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Platino

Capítulo 18

 

L OS viejos radiadores de la sala de día del asilo hacían que grandes gotas de condensación chorrearan por las ventanas. La estancia estaba llena de sillones desfondados. En uno de los rincones había un televisor antiguo atornillado a la pared en cuya pantalla solo se veía nieve. En el centro de la sala había una jaula de pie con un loro de aspecto famélico. Seis pacientes estaban sentados a una mesa, jugando a las cartas en la débil claridad de la mañana.

Irina Cheripaska se encontraba en una de las esquinas del fondo, estaba sentada en una silla de ruedas con una manta acrílica sobre las piernas. Seguía llevando la misma peluca pelirroja y las mismas gafas de sol, pero era obvio que estaba despierta y alerta. Peaches se encontraba sentada ante ella, y Yana, a un lado.

Hasta ese momento, el encuentro había transcurrido con normalidad, pero Peaches sabía que la enfermera temía algo. Le había advertido que no debía alterar a Irina en ningún momento y que tanto su estado mental como su corazón adolecían de gran inestabilidad.

—Irina quiere saber quién es usted y por qué mencionó al tal Gorski —dijo Yana, traduciendo del ruso las ásperas palabras de la anciana—. Dice que es un hombre monstruoso.

Peaches decidió ir al grano. Respiró hondo. Se había prometido mantener la calma todo lo posible y hasta ese momento tanto Yana como Irina estaban cooperando; pero no tenía sentido que midiera sus palabras. Estaba allí para averiguar la verdad y a continuación regresar a Los Ángeles.

—Dígale a Irina que sé que Gorski es un monstruo, que nunca había oído hablar de él hasta que su abogado se puso en contacto conmigo en Estados Unidos. Fui a verlo a la cárcel. Según él… —Peaches hizo una pausa y miró fijamente a Yana—, en fin, que Gorski me dijo que ella, Irina, es mi madre.

Yana la miró con asombro.

—Por favor, Yana —rogó Peaches—, ya sé que parece una locura, pero esta puede ser mi última oportunidad para averiguar la verdad.

Yana la miró fijamente unos instantes y al fin asintió. Luego cogió la mano de Irina y empezó a hablarle al oído.

Peaches no dejó de observar a la anciana. ¿Era realmente su madre o solo se trataba de una mentira? Resultaba imposible decirlo. Al fin, Irina empezó a hablar.

—Niet, niet —dijo meneando la cabeza.

Yana se volvió hacia Peaches.

—Señorita Gold, Irina dice que lo lamenta, pero que usted está equivocada porque su hija está muerta.

Peaches notó que el corazón le latía con fuerza. Tenía la experiencia de toda una vida con gente que decía que no cuando en realidad quería decir que sí. Y a pesar de que no sabía hablar ruso, había algo en el tono de Irina que…

¿Acaso no había admitido que había tenido una hija?

Peaches supo que había más.

—De acuerdo, me doy cuenta de que esto es difícil, Yana; pero Gorski me dijo que él mismo me había arrancado de los brazos de mi madre cuando yo tenía tres años y que después me llevó a Estados Unidos y que allí me… me vendió.

—¿La vendió? —preguntó Yana, escandalizada—. No lo entiendo —añadió, pensando que su inglés la traicionaba—. ¿Ha dicho vendió?

Peaches se miró las manos, que tenía metidas con fuerza entre las piernas.

—Sí, eso he dicho. Si Irina es mi madre estará al tanto de todo esto —dijo en voz baja.

Le costó no mirar a Yana mientras esta traducía lo que ella le había dicho. Aquel era el momento de la verdad.

O bien Irina no tenía ni idea…

O bien lo que Gorski le había contado era cierto.

De repente alzó la vista cuando Irina dio un respingo. Yana la miró, y ella se acercó temiendo que la anciana fuera a sufrir otro ataque.

—¿Se encuentra bien? —preguntó a Yana.

Irina alargó la mano y agarró el suéter de Peaches con una fuerza sorprendente. Murmuró algo y su voz fue subiendo de tono a medida que repetía las palabras.

Yana se levantó y apartó las manos de la anciana. Los demás pacientes del asilo las observaban.

—Me ha dicho que quiere que le eche un vistazo a su espalda. Dice que si usted es realmente quien dice ser, entonces tendrá una cicatriz en la espalda.

Peaches sintió que todo le daba vueltas.

—Pregúntele qué clase de cicatriz.

Yana le preguntó a Irina.

—Dice que ahora será una cicatriz pequeña, justo en el omóplato izquierdo.

—¿Como esta? —preguntó Peaches, dándose la vuelta y levantándose la ropa para mostrar la espalda a Yana. La enfermera la contempló con la boca abierta —. Descríbasela —ordenó—. ¡Descríbasela ya! ¡Dígaselo!

Yana habló rápidamente con la anciana mientras sus ojos saltaban de una a otra.

Peaches deseó que Irina pudiera ver. Le resultaba imposible saber qué pasaba por su mente. Pero entonces lo comprendió, porque el rostro de la mujer se arrugó como una pasa, poseído por una repentina angustia, y solo pronunció una palabra:

—Da.

Los ojos de Yana se llenaron de lágrimas y se llevó una mano a la boca.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó.

Peaches se armó de valor. Cuando Irina se volvió hacia ella, sintió que se le helaba la sangre. Irina tenía la boca abierta y respiraba con dificultad. Levantó las manos hacia Peaches, como si quisiera tocarla en la oscuridad.

Peaches le acarició la palma con suavidad. Era un gesto de lo más sencillo, pero de algún modo tenía más sentido que cualquier otro que hubiera hecho en su vida.

Entonces, Irina la abrazó rodeándola con sus huesudos brazos en un fuerte apretón.

—Anna… —le susurró al oído antes de que todo su frágil cuerpo se estremeciera con los sollozos.

Peaches cerró los ojos.

Por fin sabía la verdad.

Irina era realmente su madre.

De repente, la anciana empezó a tocarla, recorriéndole el rostro con los dedos, hundiéndoselos en el pelo, dejando que se convirtieran en sus ojos.

Entonces Peaches notó que su madre tenía las yemas húmedas. Se tocó la cara y se dio cuenta de que estaba llorando y de que no podía parar.

 

—Irina me pide que le pregunte cómo es su vida, Anna. ¿Tiene usted familia? — preguntó Yana en voz baja.

Las tres estaban acurrucadas muy juntas, enfrascadas en su conversación.

Peaches frunció los labios, sin dejar de mirar a Irina, incapaz todavía de comprender lo que acababa de ocurrir.

Había encontrado a su madre.

—No. Dígale a mi madre que… —midió sus palabras—, que todavía no me he casado y que no tengo hijos.

—Quiere saber si es usted feliz en Estados Unidos, si tiene trabajo.

Peaches carraspeó. Le desagradaba profundamente que lo primero que iba a contarle a su recién descubierta madre fuera una mentira, pero no había forma de que pudiera confesarle la verdad. De repente sintió que deseaba que aquella mujer estuviera orgullosa de ella. Después de todo por lo que había pasado, de la pérdida y el sufrimiento padecidos, Peaches estaba decidida a rodearla de felicidad durante el tiempo que le quedara de vida.

Decidió que su madre nunca se enteraría de cómo se ganaba la vida ni del sórdido camino que había recorrido desde el porche de Albert Rockbine hasta convertirse en la madama más cotizada de Hollywood.

—Dígale que soy una mujer de negocios —le pidió a Yana—. Estados Unidos ofrece muchas oportunidades. Dígale que soy muy afortunada y que tengo muy buenos amigos.

Irina intercambió unas rápidas palabras con la enfermera, que miró repetidas veces a Peaches.

—¿Qué está diciendo? —preguntó esta.

—Quiere saber qué aspecto tiene usted.

Yana habló en ruso, sin apartar la vista de Peaches.

—Le he dicho que es usted muy guapa, que tiene el pelo largo, ojos castaños y un cutis perfecto. Y también que va vestida a la última moda europea, con ropa muy cara.

«Ropas europeas», se dijo Peaches, acordándose de la tienda de D&G de Nueva York donde unas semanas antes, durante un viaje de negocios, se había comprado las botas negras y el suéter rojo que llevaba esa mañana. Se sorprendió de lo lejos que estaba, como si hubiera pasado en otro planeta más que en otro continente.

Sin embargo, se reservó esos pensamientos para sí. No había ido allí para hablar de su vida, sino para averiguar qué sabía su madre de su pasado. Y para eso tenía que concentrarse.

Irina asintió, señaló el suelo y dijo algo en ruso. Yana le pasó el bolso de plástico y la anciana rebuscó en su interior y sacó un libro pequeño, encuadernado en falsa piel de color burdeos.

A continuación se lo entregó a Peaches; era la primera vez que tenía en sus manos algo de su madre.

Lo abrió y vio de inmediato que se trataba de un diario. El corazón le latió con más fuerza todavía. Sabía por propia experiencia los grandes secretos que algo tan pequeño podía encerrar.

Hojeó las páginas y fue entonces cuando vio las pequeñas fotografías, casi de tamaño pasaporte pero nítidas a pesar de todo. En ellas aparecía un recién nacido con un gorro de piel al que levantaban hacia el cielo. Al fondo se apreciaba un gran río centelleando al sol.

Peaches se preguntó si era ella de pequeña. Resultaba difícil asegurarlo. Pero, fuera quien fuese, tenía que ser importante para que Irina las hubiera conservado todos aquellos años.

De repente, cayó en sus manos la fotografía de una mujer, una mujer joven y hermosa que irradiaba dicha y vitalidad. ¿Acaso podía ser…?

Peaches la examinó con atención…

¡Sí, lo era! Se trataba de Irina, de la misma mujer que tenía ante sí, rota y vieja, fotografiada cuando debía de tener la misma edad que Peaches en esos momentos. Entonces lo vio, en la siguiente imagen, en la que Irina sostenía en brazos al bebé y lo besaba en la mejilla. ¡Su perfil! Su perfil era igual que el de ella. Cuanto más miraba aquella foto, más evidente resultaba el parecido.

Sintió que las lágrimas volvían a inundarle los ojos. Cuánta amargura había soportado en su adolescencia, a medida que se iba abriendo camino por aquellos antros de striptease. Lo único que le había permitido sobrevivir era saber que estaba sola y entregada a su suerte, que no había nadie en el mundo que la quisiera o se interesase por ella y que ella no necesitaba el amor de nadie. Que podía salir adelante sin él.

Y sin embargo, allí estaba en sus manos la primera evidencia de que se había equivocado, la demostración de que había sido una niña amada por su madre.

Devolvió el diario con las fotos a Irina y esta las cogió y las acarició con los dedos, como si quisiera borrar el pasado o alcanzarlo. Peaches no supo cuál de las dos cosas. Lo único que sabía era que algo espantoso había ocurrido entre aquel momento y el instante que estaba viviendo. Y estaba decidida a averiguar qué.

—Quiero saberlo todo —le dijo a Yana, sin apartar los ojos de su madre. Cuando le cogió la frágil mano, notó que su piel era fina y apergaminada—. Yana, dígale que me cuente qué pasó con Gorski. Tengo que saberlo. ¿Fue él quien le hizo eso en los ojos?

Yana dio un respingo.

—Señorita Gold, no estoy segura de que Irina pueda soportar más esto. Creo que lo mejor sería dejarlo por hoy…

—Pero Yana, ¿es que no lo entiende? Tengo que saberlo. Tengo que saber qué ocurrió mientras yo todavía esté aquí y ella pueda hablar. Usted misma me dijo que no le queda mucho tiempo.

Yana asintió y habló con Irina durante unos momentos. Luego se volvió hacia Peaches y suspiró.

—Todo esto es muy duro para ella, ¿sabe usted? —dijo con un destello de preocupación en la mirada—. Y para usted también lo será escucharlo.

—Ya lo sé, Yana; pero estoy convencida de que ella le ha dicho algo.

—Lo que usted sabe es cierto. Gorski se la llevó a Estados Unidos. Irina intentó recuperarla, pero… le hicieron una advertencia. Ya puede ver usted cuál.

Irina se quitó las gafas, y Peaches retrocedió al ver de nuevo la carne destrozada donde su madre tendría que haber tenido los ojos. Le costaba comprender el alcance del dolor y el sufrimiento que sin duda había padecido. Sintió que la invadía una ola de odio despiadado hacia Gorski.

Pero ¿por qué? Eso era lo que tenía que averiguar, por qué ese hombre le había hecho aquella atrocidad.

Yana meneó la cabeza y se cubrió la boca con un pañuelo.

—Me cuesta creer que alguien pueda ser tan cruel.

Peaches contuvo la emoción y le cogió la mano. Todavía le faltaba mucho por averiguar y no podía permitir que Yana desfalleciera.

—Yana, por favor, dígale a mi madre que Gorski me pidió que le dijera que estaba muy arrepentido y que lo sentía mucho. Creo que cuando hablé con él había encontrado a Dios.

Yana le tradujo el comentario a Irina y bajó los ojos al escuchar la respuesta de la anciana.

—Dice que Dios no podrá salvarlo, que Gorski es la encarnación del mal.

—Lo sé, pero Gorski me dijo que él no había hecho más que cumplir órdenes. ¿De quién? ¿Quién pudo ordenar algo tan atroz?

Yana meneó la cabeza.

—Señorita Gold, por favor…

—Por favor, Yana, se lo ruego, pregúnteselo.

Cuando Irina dejó de hablar en ruso, Peaches interrogó a Yana, impaciente por saber más.

—¿Qué ha dicho?

—Irina me ha dicho lo siguiente: «Me quitó a mi hija, mi salud, mi vista y mi dignidad. Mi vida se acaba, no tardaré en morir. Pero al menos te he encontrado y podré morir sabiendo que estás viva».

Irina tendió los dedos y acarició de nuevo el rostro de Peaches, que cerró los ojos y sostuvo la mano de su madre contra su mejilla. Y entonces Peaches supo con toda certeza que si había algo que deseaba ofrecer a su madre aparte de protección y bienestar era justicia, y justicia significaba acabar con el canalla que las había separado.

Y cuando averiguara quién había sido el responsable, se ocuparía personalmente de averiguar qué era lo más importante para él. Y entonces se lo arrancaría. Se lo quitaría para siempre. Porque de lo contrario no podría vivir sabiendo que por ahí andaba suelto el hijo de puta que había destrozado la vida de su madre y la de ella.

Justicia.

Sentada en el asilo, Peaches se juró no descansar hasta haberla conseguido.

—Pero ¿quién es él? ¿De quién está hablando? ¿Para quién trabajaba Gorski?

Yana habló con Irina y Peaches escuchó su voz, cargada de emoción.

—Me ha dicho…

—¿Qué? ¿Qué le ha dicho?

—Dice que… —En el rostro de Yana se leía la más completa incredulidad—. Lo siento, es que me cuesta creerlo.

Peaches se sentó en el borde de la silla.

—¿Qué, Yana? ¿Qué le ha dicho?

—Irina me ha dicho que Gorski trabajaba para su… padre. Para el padre de usted.

—¿Para mi padre?

Peaches sintió que la cabeza le daba vueltas. ¡Todavía no había tenido tiempo de pensar en quién había podido ser su padre y se encontraba con eso, con una revelación de una crueldad que iba más allá de su capacidad de imaginación! ¡Su padre!

¡Su propio padre!

¡Había sido él quien le había hecho aquello a su madre y después la había vendido a ella como a una vulgar esclava!

Irina aferró la mano de Peaches y empezó a hablar en ruso con voz trémula por la furia y el dolor.

—¿Qué ha dicho, Yana? —preguntó Peaches cuando su madre calló.

Yana suspiró y cerró los ojos, armándose de valor para lo que iba a decir a continuación.

—Irina ha dicho que el padre de usted es el responsable de todo esto, de todo lo malo que usted y ella han tenido que padecer. Él es el único responsable. Le arruinó la vida y después intentó arruinar la suya antes casi de que hubiera empezado. Fue él quien le hizo esa cicatriz en la espalda, marcándola con un hierro candente. Fue él quien decidió torturar a Irina arrebatándole a su hija, pero…

—Pero ¿qué? —Peaches apenas podía articular palabra.

—Dice que su padre ahora es intocable.

Peaches contuvo la respiración. ¡Su padre estaba vivo! Fuera quien fuese, estaba ahí fuera, en alguna parte, mientras Irina seguía sufriendo en aquel asilo.

Peaches sintió que una furia ciega se apoderaba de ella. Quizá su madre lo creyera, pero no había hombre en el mundo que fuera inalcanzable, no para Peaches Gold.

—Yana, pídale que le diga su nombre —exigió, levantando la voz por primera vez—. Que le diga quién es mi padre, y yo le juro que haré que pague por sus pecados cueste lo que cueste.

Peaches no necesitó que Yana le tradujera las siguientes palabras de su madre.

Se echó hacia atrás en su asiento, incapaz de hablar, presa de la más completa perplejidad.

El nombre de su padre ya lo había oído antes.

Entonces comprendió, con la más férrea determinación, que conocía el modo de acabar con él.