Platino

Jo Rees · Capítulo 22 de 43

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Platino

Capítulo 21

 

P EACHES, ataviada con un vestido largo hasta el suelo y abierto hasta el muslo, de terciopelo morado y escote bañera, unos largos guantes de satén del mismo color y el cabello recogido en un sofisticado moño, fue apartando a la multitud a su paso a medida que subía la escalinata que conducía al salón blanco del primer piso del Gran Teatro Bolshoi de Moscú.

Le resultaba agradable verse rodeada de desconocidos. Había pasado la semana más demencial de su vida y tenía el móvil repleto de mensajes de Los Ángeles, Nueva York, Londres y París. Sin embargo, todavía no podía marcharse de Moscú. Había instalado a su madre y a Yana en su suite del hotel después de cuadruplicar el sueldo de la enfermera y de haber comprado medicamentos especiales para Irina en una clínica privada que le había mencionado la joven rusa. Quería que su madre tuviera todas las comodidades.

Y también quería estar cerca de ella, aunque solo fuera para escuchar — cuando Irina tuviera fuerzas para hablar— las historias que Yana iba traduciéndole con paciencia. Cuanto más iba sabiendo, más tenía la sensación de que su vida se centraba. Absorbía la información que su madre le proporcionaba y buscaba todos los vínculos, por tenues que fueran, que pudieran unirla al pasado y a la dura realidad que había determinado sus posteriores acciones.

La soñadora manera en que Irina hablaba de su pasado era algo que fascinaba a Peaches. Su madre, lo mismo que ella, había sido una artista: una famosa bailarina y cantante de cabaret que hacía que los hombres acudieran de todo Moscú a presenciar sus espectáculos de madrugada.

Entre ellos hubo uno más insistente que nadie, un joven recién llegado de las calles, un proxeneta sin nada que perder que cortejó a Irina hasta conseguir que ella sucumbiera a sus incesantes proposiciones. Al cabo de un año, ella había abandonado los escenarios y vivía con él en un pequeño apartamento mientras lo ayudaba a reunir el dinero suficiente para apuntarse al Instituto de Gas y Petróleo. Se casaron un frío sábado de invierno.

Durante un tiempo fueron felices. Él ganaba dinero en aquella época gracias a ella, que le ayudaba a levantar sus fábricas clandestinas confeccionando ropa por la noche para el mercado negro. Pero, tan pronto como él se dio cuenta de que dependía de ella, envidioso de su talento natural para los negocios, dejó de mostrar interés en Irina.

Al poco tiempo ella se hizo cargo de la dirección de las fábricas, mientras que él se embolsaba los beneficios y la obligaba a vivir en condiciones miserables. Cuando Irina lo amenazó con abandonarlo, él le dio la primera de muchas palizas. Irina no tardó en descubrir que su marido tenía amantes repartidas por toda la ciudad y no se atrevió a contarle que estaba embarazada.

En esa época, Irina se había enamorado de Tomin, el encargado de una de las fábricas. Tomin la correspondía, y le prometió que cuidaría de ella y de su bebé cuando naciera. Sin embargo, Irina no se atrevió a marcharse con Tomin por miedo a la reacción de su marido. Sabía que la vigilaban constantemente.

Cuando su hija nació, le puso el nombre de Anna en recuerdo de su madre y la llevaba consigo a todas partes. Sin embargo, su marido la golpeó por no haberle dado un varón.

Tres años más tarde, Irina ya no pudo soportar una vida tan abyecta. Tomin había heredado un poco de dinero y decidieron huir juntos. Pero el marido se enteró y apareció la noche de la huida. Obligó a Tomin a tumbarse encima de Irina y le voló la cabeza de un disparo; después obligó a su mujer a limpiar los restos.

Luego le dijo que no creía que Anna fuera hija suya y que también pensaba matarla. Irina le suplicó que no lo hiciera y le juró que haría cualquier cosa que él le pidiera con tal de que no hiciera daño a la niña. Él accedió, pero no sin antes marcar a la niña con un hierro al rojo con el que ponían el sello en las cajas de ropa de la fábrica.

Peaches se había echado a llorar al oír aquello y le contó a su madre y a Yana que el recuerdo de ese día, con sus gritos y la sensación de terror, la había perseguido a lo largo de los años. Ahora había resuelto el misterio de su cicatriz, pero no había obtenido ningún consuelo ni la sensación de haber cerrado una época.

Menos aún cuando escuchó el siguiente capítulo de la horrible historia de Irina.

Las semanas pasaron y, durante ese tiempo, Irina se había dedicado a curar la quemadura de su traumatizada hija aplicándole viejos ungüentos gitanos, y todo ello abrumada de dolor por la pérdida de Tomin e intentando hacer una colecta entre los obreros de las fábricas para pagarle una lápida en el cementerio.

Pero, una vez más, su marido se enteró y fue a verla, violento y borracho. Ella se le enfrentó; estaba tan furiosa por lo que él había hecho a Tomin que no creyó que su marido pudiera hacerle ya más daño. Pero se equivocaba.

Al ver que no había conseguido doblegar el espíritu de su esposa, se le ocurrió un castigo aún peor: le arrebató a Anna, y la atormentó diciéndole que no volvería a verla nunca más; pero Irina le replicó que la buscaría por todo el mundo para recuperarla y que seguiría viendo a su hija le hiciera él lo que le hiciese. Fue entonces cuando su marido ordenó a Gorski que le abrasara los ojos con un hierro al rojo vivo.

Peaches se estremecía cada vez que recordaba la angustia y el dolor con que su madre había explicado todo aquello y el modo en que Yana se había derrumbado después de traducirle las palabras. Nunca se había sentido tan impotente. En el pasado había conocido muchas formas de crueldad, pero ninguna como aquella. Se trataba de algo nuevo, y comprendió qué fácil había sido no haber establecido vínculos en su vida, hasta qué punto la vida estaba libre de dolor cuando a uno no le importaba nadie. Pero, por primera vez, a Peaches le importaba alguien; se preocupaba apasionadamente por su madre y por la vida que había pasado consumiéndose en la más terrible negrura y soledad.

Peaches había cerrado el círculo de su vida. Todas las cosas malas que le habían sucedido, los abusos padecidos a manos de Rockbine y la forma en que se había vendido por nada en aquellos primeros días, habían sido por culpa de un hombre.

Y en ese momento de su estancia en Rusia comprendió que por su causa había sido condenada a una vida de aislamiento, a una vida sin familia, a una vida sin la oportunidad de conocer a un hombre decente ni de tener hijos propios. Y durante todo ese tiempo, una mujer dulce e inteligente también había sido igualmente condenada a una vida de ceguera y pesadilla.

Y esa pobre mujer estaba a punto de morir. Y todo por un perverso hijo de puta.

Por un perverso hijo de puta que resultaba ser su padre.

Peaches se juró que, pasara lo que pasase, enderezaría la balanza y se vengaría en nombre de su madre.

 

Al principio, Valentín se sorprendió al oír la voz de Peaches porque, normalmente, era él quien la llamaba a ella y no al revés. Pero a Peaches le habían bastado unos cuantos halagos y expresar el deseo de que le enseñara la ciudad para que él se ofreciera para llevarla al ballet.

Y en ese momento, Peaches sentía un cosquilleo de excitación al hallarse bajo las grandes arañas de cristal. Sí, esa noche tenía la sensación de estar recuperando parte de su herencia.

No tardó en localizar a Valentín. El esmoquin lo hacía más atractivo de lo que ella recordaba, pero también parecía más nervioso que de costumbre. Lo acompañaba un hombre moreno con un abrigo de cuero. Valentín se lo presentó.

—Quiero que conozcas a un amigo mío, Dimitri Serguéiokov —le dijo.

El tipo del abrigo le cogió la mano y se la besó; ella dio un respingo por dentro. Siempre solía hacer caso de su instinto, y este le decía que aquel sujeto no era de fiar.

—Es una lástima que tenga que marcharme —comentó Dimitri, que se volvió hacia su amigo Valentín y le guiñó un ojo antes de mirarla de nuevo y añadir—: Me habría gustado conocerla mejor. Valentín dice que es usted la mejor de las mejores. ¿No tendrá usted algunas amigas en la ciudad a las que podamos llamar?

Por la forma en que Serguéiokov miró a su amigo, Peaches no tuvo la menor duda de lo que este quería decir en realidad. A pesar de la dureza de la mirada de aquel individuo, se esforzó por sonreír. Sin embargo, y por suerte para ella, a Valentín no pareció entusiasmarle la idea. Sostuvo una breve conversación con él en ruso y Dimitri empezó a mirar nerviosamente a un lado y a otro, como si alguien pudiera estar observándolos. Luego, sin decir una palabra, abrazó a su amigo. Peaches se sorprendió al comprobar que ambos hombres tenían los ojos llenos de lágrimas cuando se separaron. A continuación, Dimitri le entregó un fajo de billetes, señaló a Peaches con la cabeza y se alejó caminando rápidamente.

—¿Se va para mucho tiempo? —preguntó Peaches a Valentín cuando este abrió la puerta del palco privado, sorprendida por la emotividad del momento que acababa de presenciar.

—Bueno, digamos que va a desaparecer durante un tiempo —le explicó Valentín.

—¿Desaparecer? —preguntó ella, con ganas de saber más.

Pero Valentín no contestó y se limitó a hacerla pasar a través de la pesada cortina e invitarla a que tomara asiento en las lujosas butacas de terciopelo rojo. Peaches se asomó a la barandilla del palco y contempló, fascinada, el teatro que se abría ante ella. Era enorme, con un amplio techo artesonado y molduras doradas que dividían los palcos y los pisos. Una cortina de seguridad caía sobre el enorme escenario. Era como retroceder en el tiempo, y Peaches sintió una punzada de expectación. Los murmullos del público llenaban la sala, y el sonido de la orquesta, afinando sus instrumentos, no hacía más que aumentar la creciente emoción del momento.

Peaches se volvió cuando Valentín le entregó una copa de champán.

—Esta noche estás muy guapa —le dijo él.

—Gracias.

—¿Qué te ha traído a Moscú? —preguntó Valentín.

—Solo he venido por negocios.

—Y esto, ¿también es por negocios?

—Esta noche no. Creo que esta noche debería ser solo para el placer, ¿no crees? —dijo con su mejor sonrisa—. Me alegro de que hayas podido reunirte conmigo.

—No ha sido fácil conseguir este palco, pero pensé que te gustaría.

—Y me gusta. Mucho.

Valentín se acercó y la besó de repente. Peaches sintió un cosquilleo de inesperado placer y le correspondió. Notó la erección de Valentín en el muslo y lo agarró por las nalgas, atrayéndolo hacia ella.

—Déjame tenerte ahora mismo —le susurró él al oído—. Podemos hacerlo en el suelo, y nadie nos verá. ¿No te pone cachonda que nos lo montemos estando rodeados de tanta gente?

Peaches se echó a reír y lo apartó con dulzura.

—¡Chist! Quiero ver el ballet —contestó, sentándose en una de las mullidas butacas junto a la barandilla. Allí, disfrutando de la ilimitada vista del teatro, se sentía como una reina. Los palcos se iban llenando rápidamente y vio que algunas personas miraban en su dirección con prismáticos.

—Bueno, ¿qué te parece Moscú? —preguntó Valentín, buscando un tema de conversación intrascendente. Le resultaba extraño charlar con ella estando los dos vestidos.

Peaches comprendió que Valentín estaba desesperado por poseerla.

—Me gustan las chicas que tenéis aquí. La verdad, me sorprende que vengas a Estados Unidos en busca de placer.

Valentín sonrió.

—Es verdad que las mujeres rusas son muy guapas, pero no son como vosotras, las chicas estadounidenses.

Peaches decidió ir al grano. Se dio la vuelta en la silla y se inclinó hacia él, dejando que la parte delantera del vestido se entreabriera.

—¿Ah, no? ¿Y por qué?

—No saben hablar a un hombre como tú lo haces.

Peaches sonrió mientras las luces se apagaban lentamente y la orquesta empezaba a tocar.

—Haces que se me pongan duros los pezones —susurró, al tiempo que se chupaba sensualmente el dedo y veía cómo el miembro de Valentín se hinchaba bajo el pantalón. Entonces descruzó las piernas, observando cómo él la contemplaba.

Vio que estaba muy excitado, pero no le permitió que la tocara. La tela del vestido se abrió, y Peaches le ofreció una vista total de sus medias de seda y de sus ligas, una muestra más de su colección de lencería.

Valentín se dispuso a zambullirse, pero ella sonrió y volvió a sentarse bien y con las piernas cruzadas.

—Espera —le dijo inapelablemente, y centró su atención en el escenario.

Las luces se habían apagado del todo, y la cortina estaba subiendo. Sintió la presencia de Valentín, junto a ella, en la penumbra, esperando que llegara el momento. Pero, por ahora, mientras las bailarinas aparecían y la música se elevaba hacia lo alto, Peaches se sentía cautivada por la escena. Las bailarinas, vestidas como cisnes, saltaban y giraban en el escenario, suavemente iluminadas. Había tanta serenidad en su elegancia que resultaba hipnótico.

Pero entonces recordó para qué estaba allí.

Lentamente, alargó la mano y la deslizó por el muslo de Valentín hacia su palpitante erección. Él gimió en voz baja cuando Peaches se la acarició a través del pantalón y después le bajó la cremallera. Estuvo un buen rato jugando con él, acariciándole el pene y haciéndole cosquillas en los testículos. Cuando supo que Valentín ya no aguantaría más, se lo apretó fuertemente. Oyó su respiración, entrecortada y jadeante. Entonces se bajó de la silla y se arrodilló ante él.

Lentamente, empezó a recorrerle el pene con la lengua, una y otra vez, de arriba abajo, antes de darle lo que tanto deseaba y metérsela en la boca. Peaches notó las venas palpitando bajo la fina piel mientras movía rítmicamente los labios y la lengua a lo largo de la enorme verga hasta que, de repente, Valentín eyaculó, alzando las caderas hacia ella en un espasmo y llenándole la boca de un líquido caliente.

Pero eso, le dijo ella, no había sido más que el aperitivo. Se trasladaron al sofá rojo de la antesala del palco, donde ella lo tumbó y lo montó lentamente hasta que consiguió que alcanzara el clímax de nuevo. En el punto culminante tuvo que taparle la boca con la mano para evitar que los gritos de Valentín llamaran la atención del público del teatro.

Después de aquello, se quedaron charlando un rato mientras Valentín le acariciaba el cuello cariñosamente y le metía en la boca las chocolatinas de la bandeja que había junto al champán. Su anterior malhumor parecía haberse desvanecido.

Cuando la rodeó con un brazo, Peaches casi tuvo la impresión de hallarse en una cita y, durante un fugaz instante, se imaginó que el que estaba con ella no era Valentín, sino Harry Rezler. Se preguntó cómo sería que él la besara y dónde se hallaría en esos momentos. ¿Estaría solo y pensando en ella?

Seguramente llevaba más tiempo del que creía deseando compañía masculina. O puede que solo estuviera aliviando el estrés. En cualquier caso, le hacía bien verse trabajando de nuevo, aunque fuera en un servicio gratuito como aquel, haciendo lo que le salía de un modo natural. Toda la impotencia que había sentido a lo largo de la semana, en la que había estado cuidando a su madre, había desaparecido. Volvía a ser Peaches Gold, la mujer que era capaz de manipular una marioneta como Valentín con un chasquido de la lengua o un contoneo de caderas.

—¿Y qué clase de negocios has venido a hacer? —le preguntó él, sirviéndole más champán.

—He venido en busca de oportunidades. Necesito más trabajo.

Valentín se echó a reír.

—Pensaba que habías dicho que esto era por placer.

—Y lo es. No me refería a esto, sino a trabajo de verdad para mí y mis chicas. Voy a montar una fiesta muy importante en Los Ángeles, creo que ya te hablé de ella, y necesito dinero.

—¿Quieres dinero? Yo puedo dártelo —dijo Valentín, con una perezosa sonrisa en la cara.

«¡Hombres! —se dijo Peaches—, basta con chuparles la polla para convertir un matón en un osito de peluche.»

—Eres un encanto, cariño —respondió Peaches, acurrucándose bajo su brazo —, pero quiero montar algo muy gordo. Oye, quizá tú conozcas a alguien que pueda ayudarme. ¿Qué me dices de tus contactos? ¿Un día no me mencionaste el…? —fingió rebuscar en su memoria—. ¿No me mencionaste un yate llamado Pushkin, que estaba navegando por el Mediterráneo?

Valentín pareció primero confundido y después molesto de que ella recordara una de sus conversaciones.

—Sí, claro —contestó con un encogimiento de hombros—. ¿Y qué?

—Bueno… llevo en este negocio lo suficiente para saber que esta época del año, con lo de Cannes en marcha y todo lo demás, es tiempo de fiestas. Yo suministro chicas para los grandes yates que acuden. ¿El Pushkin no es de tu jefe? ¿Cómo me dijiste que se llamaba él?

—Yuri —repuso Valentín—. Yuri Kordinski.

—Ah, sí. Y el Pushkin es suyo, ¿no?

Valentín soltó un bufido.

—No, no es de Yuri, sino de Alexéi. Es Alexéi quien navega derrochando el dinero por el Mediterráneo.

Peaches observó que apuraba de un trago la copa de champán. Estaba llegando a alguna parte.

—¿Ah, sí? ¿Y quién es Alexéi?

—Se llama Alexéi Rodokov y es el favorito de Yuri, pero también es estúpido porque no se da cuenta de que es un títere en sus manos. —En su voz se apreciaba un inconfundible tono de desprecio.

—¿No te cae bien?

—Bah, yo nunca lo veo. Los tipos como Dimitri o como yo somos los que hacemos el trabajo sucio. Alex simplemente se deja malcriar.

—Vaya, ¿y cómo es eso?

—Yuri quiere ofrecerle este fin de semana una fiesta de cumpleaños.

Peaches sonrió. Una vez más había acertado de lleno. Seguía conservando el olfato para los negocios.

—Y el tío quiere que le lleve las mejores chicas rusas —continuó Valentín—. Para mí es un dolor de cabeza que ni te imaginas, y encima no estoy invitado a la fiesta. —Estaba claro que se sentía ofendido.

—Pobrecito mío —lo consoló Peaches, dándole un beso en el cuello—. Tendrías que habérmelo dicho a mí primero.

—Sí, pero ya lo tengo todo organizado. Ahora es demasiado tarde.

—Ya, ¿y tú crees que todas esas chicas podrán hablarle como es debido y excitarlo? ¿Así…? —Le metió la mano en la bragueta y le cogió el pene. Valentín pareció sorprendido y complacido a la vez—. ¿Qué me dices?

—No lo sé. Es lo que quiere Yuri, y cuando Yuri quiere algo siempre lo consigue.

Peaches volvió la cabeza y le susurró al oído:

—Pero mis chicas son mejores. Tengo chicas estadounidenses. Chicas que parecen inocentes pero que folian como locas. —Le acarició el lóbulo de la oreja con la lengua—. Chicas que se lo montan entre ellas y organizan el mejor espectáculo que hayas visto en tu vida.

Valentín parpadeó mientras Peaches le acariciaba el miembro, que había vuelto a ponerse duro.

—¿Tú crees? —preguntó.

—No lo creo, lo sé. ¿Por qué no cancelas lo que has organizado y dejas que yo me ocupe de todo?

—No sé…

—¿Acudirá Yuri a la fiesta de Alexéi?

—Seguro.

—Entonces me aseguraré de que ambos sepan que has sido tú quien les ha proporcionado las mejores chicas del mundo. Tu regalo.

—¿Lo harás?

—Es lo que hago mejor.

—Yo sé qué es lo que haces mejor —repuso Valentín con una sonrisa maliciosa.

Peaches arqueó una ceja y sonrió. Se apoyó en el brazo del sofá, dejando que el vestido se le abriera por completo. Luego, lentamente, levantó una larga pierna y la apoyó en el respaldo mientras dejaba el otro pie en el suelo. Entonces, mirando a Valentín a los ojos, se metió el dedo en la boca y se lo chupó entero, igual que había hecho con su pene. Luego se acarició el clítoris con el dedo húmedo y después se lo introdujo lentamente en el ano.

Valentín la contempló, jadeante, y se sacó la verga, enhiesta y lista para la acción.

—Bueno, ¿dejarás que yo me ocupe de todo? —preguntó Peaches, mirándolo fijamente—. ¿Trato hecho?

—Oh, sí —murmuró él—. Sí, sí. —La montó—. Pero…

—¿Pero qué, cariño? —ronroneó sensualmente Peaches, cerrando los ojos mientras él la penetraba.

Valentín soltó un gruñido cuando la agarró por las nalgas y la levantó para penetrarla más profundamente.

—Tú no estarás a bordo del Pushkin, ¿verdad? —bufó de repente.

—¿Por qué?

—Porque… Bueno, porque eres… mía —dijo finalmente.

—No te preocupes, cielo —le susurró ella al oído—. No tengo ninguna intención de ir. Yo soy la directora del espectáculo, pero no hago los números. Me limito a recaudar el dinero que me entregan mis preciosas chicas cuando vuelven a casa. —Ya estaba dando forma a un plan en su mente—. Y ahora, fóllame con todas tus fuerzas, macho ruso. Fóllame como sabes que me gusta que me follen.