Platino
Capítulo 35
F RANKIE no se dio cuenta realmente de que su viaje de regreso con Peaches a Los Ángeles, para poner en marcha la primera parte de su plan, iba a enseñarle más cosas de las que había imaginado hasta que Paul, el chófer de Peaches, las recogió con la limusina en el aeropuerto de la ciudad.
—Peaches, si no te importa que te lo pregunte, ¿puedes explicarme cómo la gente, me refiero a tus clientes, consigue dar contigo? —le preguntó, mientras se alejaban del aeropuerto y se unían al congestionado tráfico de la autopista.
Peaches ya le había hecho un breve resumen, tanto a ella como a Emma, de cómo funcionaba su negocio: los servicios que prestaba, la clase de chicas que trabajaban para ella, la clase de hombres a los que se las proporcionaba… Y, naturalmente, lo que cobraba por todo ello.
Aun así, había muchas cosas que Frankie todavía no entendía y hacia las que sentía una natural curiosidad. Nunca había conocido a ninguna madama y dudaba que conociera alguna vez a otra, de manera que no estaba dispuesta a dejar pasar la oportunidad de averiguar cuanto pudiera. Aunque en el fondo, no podía evitar sentirse disgustada por lo provinciana que parecía.
Peaches la miró, con la estilográfica en la mano sobre la agenda abierta en el reposabrazos central de la limusina.
—Principalmente por el boca a oído. La gente que me quiere localizar siempre encuentra el modo. Lo que verás si te quedas conmigo una temporada puede que te escandalice, pero yo no te he invitado para que te conviertas en juez, ¿entendido?
—Claro, Peaches, claro —respondió, lamentando haber abierto la boca—. No era mi intención…
Peaches sonrió y suavizó el tono.
—No te preocupes, Frankie, yo me ocuparé de ti. —El teléfono sonó nuevamente—. Vaya por Dios, otra llamada. Perdona, pero me temo que tengo un montón esperando.
Frankie se volvió y miró por la ventanilla para contemplar las palmeras y los brillantes anuncios de Los Ángeles. A pesar de todo lo que había pasado, no podía evitar un escalofrío de emoción por hallarse allí. Le parecía increíble lo lejos que había llegado desde que limpiaba los retretes del Pushkin. Entonces había deseado que le ocurriera algo excitante, salir y ver mundo. Y allí estaba, en Los Ángeles, con Peaches Gold, ni más ni menos.
Después de todo lo que se habían confesado mutuamente en el apartamento de Todd Lands, los canales de comunicación parecían totalmente abiertos. Peaches había hecho honor a su palabra, nada de tonterías. No se había vetado ningún tema de conversación. Nada había sido tabú. En esos momentos, Frankie le había contado más cosas de su vida a Peaches y a Emma que a cualquiera de sus mejores amigas. Era como si la rapidez con la que habían intimado y empezado a trazar sus planes hubiera acelerado la consolidación de su amistad. Todo sucedía como Peaches había previsto: se estaban convirtiendo en un verdadero equipo. Deprisa.
Lo cierto era que le había sido difícil despedirse de Emma en el aeropuerto JFK. Emma iba a coger un avión de regreso a Londres vía Zurich, donde tenía previsto hacer escala para recoger los documentos que Julian tenía en su caja de seguridad del banco. Hugo y Victoria se reunirían allí con ella. Hugo había tenido noticias de Cosmo, y Emma estaba impaciente por conocerlas. Cuando Frankie la abrazó, le deseó buena suerte y le aseguró que no tardarían en verse de nuevo, los ojos se le habían llenado de lágrimas. Emma había sido una roca para ella durante las últimas semanas, y le angustiaba la idea de no contar más con su apoyo.
Pero Peaches no tenía tiempo para sentimentalismos. Estaba demasiado ocupada. En el avión había contratado a Frankie para que la ayudara a escoger las fotos definitivas para el catálogo de lencería entre todos los negativos que Tenzin Marisco le había enviado por correo electrónico. Frankie nunca había imaginado que algún día tendría que opinar sobre borlas para pezones ni si Monica DuCane estaba más sugestiva con un corsé negro o rojo, y menos aún que ayudaría a Peaches a buscar el coste del mejor champán para la fiesta de sexo que iba a montar. Pero Frankie era tan buena como cualquiera con los números, y se sentía contenta siendo útil.
Sonrió para sus adentros. Tenía gracia lo prosaica que resultaba la industria del glamour cuando se reducía a una simple cuestión de gastos e ingresos.
Sin embargo, no solo deseaba impresionar a Peaches; también sabía que podía aprender mucho de ella. De una cosa estaba convencida: Peaches Gold era más lista que el hambre. La colección de lencería iba a ser un éxito seguro. Contaba con un producto muy seductor y con un estupendo plan de comercialización. Frankie estaba convencida de que Peaches iba a ganar tanto o más dinero con ese negocio legítimo que con sus actividades ilícitas.
Incluso había llegado a especular con la posibilidad de trabajar para ella a tiempo completo para ayudarla a lanzar la marca. ¿Por qué no? Si al final resultaba que Alex no estaba dispuesto a perdonarla, esa bien podría ser su única salida. Después de todo, no tenía un empleo fijo, y no podía esperar que Todd le sacara las castañas del fuego eternamente.
«Bueno, ya basta de hacer castillos en el aire», se dijo. El futuro se abría ante ella, pero lo único que deseaba era poder compartirlo con Alex, no con Peaches. Entre otras cosas porque el de Peaches estaba lejos de ser claro. Le bastaba con oírla hablar por teléfono para comprender que iba a tardar un tiempo en convertirse en una empresaria legal.
En la cabeza barajaba las posibles identidades de todos los que la llamaban, aunque su género no resultaba difícil de adivinar. Si se trataba de hombres, Peaches reía, coqueteaba y daba la impresión de tener todo el tiempo del mundo. En cambio, si era una de sus chicas, iba al grano y hasta podía llegar a sonar maternal. Era capaz de pasar de un tono a otro con tanta facilidad que Frankie no podía evitar preguntarse cuál de las dos era la verdadera Peaches: si la madama o la maternal.
Lo que estaba claro era que dirigía un negocio boyante. Cuanto más la veía funcionar, más la admiraba por la naturalidad con la que se desenvolvía. Parecía que estuviera proporcionando secretarias o mujeres de la limpieza en vez de prostitutas y especialistas en sadomaso.
Lo que más asombraba a Frankie era la cantidad de hombres que estaban dispuestos a engañar a sus esposas o novias. Pero Peaches no se inmutó —es más, casi le hizo gracia— cuando ella le manifestó su desaprobación.
—Esto es el pan de cada día —le dijo.
—Pero es que son tantos… —repuso Frankie.
—Los hombres buscan sexo y encuentran el modo de satisfacerse. Así funciona el mundo.
Pero Frankie se negaba a creerla. No podía ser que todos los hombres fueran infieles por naturaleza. Alex no se había acostado con ninguna de las furcias de Peaches. Si su plan funcionaba y conseguía recuperar al hombre que amaba, este sería solo suyo. ¿O no?
Porque el sexo que habían tenido había sido algo más que sexo. Había significado mucho más que eso. Cuando lo había tenido dentro de ella y lo había abrazado con fuerza, mirándolo a los ojos, Frankie había tenido la sensación de que él miraba en el fondo de su alma.
Pero entonces se acordó de la última vez que lo había visto, en Cannes, y del dolor que había notado en su voz, y sintió que las dudas la asaltaban de nuevo, como sombras surgidas de su peor pesadilla.
Se obligó a apartarlas de su mente, a mantenerse centrada y a aferrarse a la esperanza y a su fe en Alex.
Alex la amaba. Lo sabía. Aunque en esos momentos él no lo creyera, la había amado cuando estaban juntos, antes de que lo engañaran haciéndole creer que ella era algo que nunca podría ser. Y le parecía imposible que un sentimiento así se acabara de la noche a la mañana. Seguro que una parte de Alex seguía interesándose por ella.
Pero tenía que haber algo. Porque cuando Peaches dijo que Kordinski también tendría un talón de Aquiles, Frankie sabía exactamente cuál era.
Alex… Sí, Kordinski confiaba plenamente en él. Era su heredero, su protegido, el hijo que nunca había tenido, la persona de quien esperaba que algún día se haría cargo de sus negocios, el rostro respetable que Kordinski había alimentado desde pequeño para ocultarse tras él en esos momentos. Sí, Frankie sabía que Alex era el punto débil de Kordinski. Frankie creía con todo su corazón algo que Kordinski no había llegado a comprender: que Alex era esencialmente bueno.
Frankie sabía, por el tiempo que habían pasado juntos en Marruecos, que el instinto de Alex lo llevaba a salvar niños, no a venderlos; y que, a pesar de los intentos de Kordinski de llevarlo por el camino del mal y la corrupción, Alex no se había vuelto perverso como su mentor. No se había ido con las prostitutas. No había asesinado a Peaches. Era íntegro y decente.
Esa era la razón de que Frankie estuviera decidida a entrar en Forest Holdings utilizando las contraseñas que había preparado para Alex en el barco. Si todavía funcionaban y si conseguía entrar buscaría algo, lo que fuera, que le permitiera demostrar a Alex que Kordinski y Serguéiokov habían estafado y arruinado deliberadamente a Julian, que lo habían empujado al suicidio. Si lo lograba, si era capaz de presentar a Alex las pruebas irrefutables de la corrupción de Kordinski, quizá entonces y solo entonces podría ponerlo de parte de ellas. Si lograba demostrarle que su mentor lo estaba tratando como si fuera un pelele, puede que consiguiera hacerle cambiar de bando. Solo conociendo la verdad podría Alex ayudarlas a derribar a Kordinski.
Pero no solamente había un endiablado montón de incógnitas, sino que también podía resultar peligroso. Frankie era consciente de lo que podía ocurrirle si Kordinski descubría que ella se había infiltrado en los ordenadores de sus empresas y andaba husmeando por ahí.
Para que eso no ocurriera, Peaches llamó a Danny. Danny era el hermano de Angela, su secretaria personal, y Peaches le había dicho que era sin duda el mejor pirata informático, un super-hacker que se movía en el mayor anonimato. Danny «El gusano» era como un fantasma, y resultaba imposible de localizar a menos que uno supiera dónde buscar, cosa que por suerte Peaches sabía. Si alguien podía ayudar a Frankie a introducirse en el ordenador de Alex sin que la detectaran, ese era Danny.
Aun así, Frankie sentía un cosquilleo en el estómago. Sabía que el plan que habían ideado era su mejor opción y que tanto Peaches como Emma tenían sus esperanzas puestas en ella. Sin embargo, aunque encontrara las pruebas que necesitaban, era consciente de que quizá no fuera suficiente porque, en el fondo, todo iba a depender de que Alex la creyera a ella y no a aquellas malditas fotografías. ¿Tendría él la fe suficiente? ¿Y ella?
Frankie apenas tuvo tiempo de fijarse en el sugerente apartamento de Peaches, con sus barras verticales y sus pistas de baile, ni en el despacho de Angela, rebosante de muestras de lencería sexy, porque esta las esperaba con malas noticias.
—¡Peaches! ¡Gracias a Dios que has llegado! Acaba de llamar Yana…
—¡Oh, mierda! —exclamó Peaches, mirándola y arrojando el bolso a uno de los sofás.
Frankie se dio cuenta de que las dos estaban lo bastante compenetradas para que Peaches supiera lo que su secretaria quería decirle, y ahora se hallaba al borde del llanto.
—Tienes que llamarla —le dijo Angela—. Está aterrorizada. No deja de repetir que ella no les contó nada.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Frankie.
Peaches alzó la vista y miró fijamente a Angela.
—Los hombres de Kordinski han encontrado a Irina, ¿no?
Angela asintió.
—Llegaron en plena noche.
—¿Y qué le hicieron? ¡Dímelo!
—La… degollaron.
A Frankie se le encogió el corazón de angustia y miedo. Peaches dejó escapar un único sollozo y después se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—Ha sido por mi culpa —dijo—. Sabía que esto pasaría.
—¡No es verdad! —exclamó Frankie, yendo junto a ella y mirando a Angela, sabiendo que la fiel secretaria la apoyaría—. No ha sido culpa tuya, sino de los hombres de Kordinski.
—Pero si yo no hubiera mencionado el nombre de Irina…
—Podrías haber hecho algo peor y ahora estarías muerta. Es gracias a tu fortaleza que tenemos una oportunidad de cargarnos a ese cabrón.
—No hay forma de que pueda seguirte la pista hasta aquí, ¿verdad? — preguntó Angela.
Peaches respiró hondo en un intento por mantener la sangre fría. —No lo creo. En el hotel me registré con un nombre falso.
—A ver, pensemos un momento —intervino Frankie—. ¿No podría seguir la pista de ese nombre falso?
—No, de ninguna manera. Si sospechan que soy la hija de Irina, intentarán localizar a Albert Rockbine.
Frankie corrió al ordenador de Angela, entró en un buscador y tecleó su nombre. Al cabo de un par de segundos, apareció una noticia de Luisiana, y ella palideció.
—Será mejor que eches un vistazo a esto —dijo, girando la pantalla para que Peaches y Angela la vieran.
Albert Rockbine había sido hallado muerto la noche anterior, bajo el puente de una autopista; lo habían apuñalado.
Peaches frunció los labios y apartó la vista unos segundos. Luego se volvió y miró a Frankie con aire severo.
—Escucha, Frankie, será mejor que encuentres el modo de acabar con ese hijo de puta. Y rápido.
—Muy bien, lo encontraré —repuso Frankie—. Te lo prometo.
Frankie no tenía intención de preguntar a Angela qué le había ocurrido en la cara, pero esta le explicó la historia voluntariamente mientras la acompañaba a toda velocidad en su coche hasta Santa Bárbara para que se reuniera con Danny. Le dijo que le debía la vida a Peaches, que se había convertido en su ángel de la guarda, en un ángel de la guarda muy especial.
Frankie se daba cuenta de que Angela estaba muy apenada por lo ocurrido a la madre de Peaches, en Moscú, y eso hizo que aumentara su determinación de llevar a cabo con éxito su parte del plan.
Danny, por su parte, se mostró suspicaz y altanero cuando Angela le presentó a Frankie en su apartamento de Santa Bárbara. En el cuarto hacía una temperatura asfixiante. Unas gruesas cortinas negras impedían el paso de la luz del sol, y el aire acondicionado apenas era suficiente para combatir el calor que salía de los innumerables ordenadores y equipos electrónicos en permanente funcionamiento.
A Frankie le maravilló la instalación que Danny tenía montada y los distintos programas que tenía en marcha a la vez. Buena parte de lo que veía era hardware y software que se encontraba en los comercios y que ella conocía o del que había oído hablar; pero otra parte no solo no la reconoció, sino que no vio marcas de fabricante, lo cual le indicó que era material que provenía del gobierno o del ejército o que se trataba de híbridos construidos por el propio Danny. Para qué los utilizaba era pura conjetura.
Este acababa de regresar de un viaje en moto por México y no había dormido demasiado. Tenía un aspecto horrible: pálido y quemado por el sol al mismo tiempo, con el pelo apelmazado, como si no se hubiera dado una ducha en semanas. Sin embargo, en sus ojos brilló una chispa cuando contempló las largas piernas que asomaban bajo la minifalda vaquera de Frankie, mientras esta le decía que iba a necesitarle unos días.
—¿Tienes novio? —le preguntó Danny.
—Sí —respondió Frankie, fulminándolo con la mirada.
—Y además no es una de las chicas de Peaches —le advirtió su hermana—, o sea que no te pongas en plan capullo con ella o tendrás que vértelas conmigo, ¿entendido?
Danny sonrió tristemente.
—Captado el mensaje alto y claro, hermanita —respondió antes de volverse hacia Frankie y añadir—: Era sin ánimo de ofender.
Angela la miró y dijo en tono de disculpa:
—Tendrás que perdonarlo, no sale mucho.
Danny hizo caso omiso del comentario y señaló los ordenadores sin apartar la mirada de Frankie.
—Ellos tienen la culpa. Paso demasiado tiempo con ellos. Estas monadas son el amor de mi vida.
Frankie sonrió.
—Bueno, tengo que reconocer que tienes un material bastante impresionante. Del gobierno y del ejército, ¿verdad?
A Danny se le iluminó la cara por primera vez, como si de repente hubiera reconocido a alguien con su misma pasión.
—Mi hermana me ha dicho que sabes lo que haces. ¿A qué clase de trabajo te dedicabas?
Frankie y Danny se pusieron a conversar sobre sus respectivos conocimientos técnicos, y ella empezó a sentirse un poco menos nerviosa. Puede que Danny fuera un poco tímido e inseguro con las mujeres, pero ahora que hablaban como iguales supo que se llevaría bien con él y que no habría problemas.
Angela puso un poco de orden en la habitación mientras Frankie resumía a Danny lo que quería: que la ayudara a hallar pruebas lo bastante contundentes para hundir a un multimillonario. Nada más decírselo se dio cuenta de lo imposible que sonaba.
Pero Peaches tenía razón: Danny era el hombre adecuado para semejante tarea. Frankie no tardó en tener la impresión de que cuanto mayor era el reto, más contento se ponía. Se sentó junto a él en una de las sillas giratorias y lo observó mientras se ponía manos a la obra.
Al cabo de unos minutos, Danny se volvió y le guiñó un ojo.
—Así que tienes unos ojos, azules, memorables, ¿no es eso? Frankie sonrió.
—¡La contraseña! ¿Funciona?
—Según parece, tu amigo Rodokov es muy sentimental o ha estado demasiado ocupado para cambiarlas.
Frankie se alegró de haber superado el primer obstáculo. Alex no había cambiado sus contraseñas y, fuera cual fuese la razón, eso significaba que Alex tenía que teclear todos los días «Los azules ojos de Frankie». Lo más memorable que recordaba. ¿Significaba eso que Alex pensaba en ella todos los días, tanto como ella en él?
Danny creó inmediatamente una cuenta de cliente para monitorizar el correo y no pasó mucho tiempo hasta que consiguió hallar el camino de acceso a la base de datos de Forest Holdings y a sus principales archivos. Frankie empezó a descargar la contabilidad de la compañía y Danny los imprimió.
—¿Podemos entrar en los archivos privados de Kordinski y en su correo? — quiso saber Frankie—. ¿Podemos hacerlo desde aquí?
Danny se recostó en su asiento y enlazó las manos en la nuca. Frankie tuvo que hacer un esfuerzo para no arrugar la nariz ante el hedor a sudor que desprendían las axilas de Danny y la vista de su peluda barriga asomando bajo la camiseta.
—Creo que sí —respondió, rascándose la cabeza mientras pensaba en la forma de conseguirlo—. Puede que tarde un poco. ¿Estás dispuesta a quedarte?
—Claro.
Ya se había hecho de noche cuando Danny consiguió lo que se proponía, pero a Frankie le importaba muy poco qué hora era. Estar con Danny equivalía a realizar un curso acelerado de su materia favorita. En las horas que llevaba con él había aprendido a piratear más que lo que habría aprendido por su cuenta en toda su vida.
Danny frunció el ceño y se inclinó sobre la pantalla.
—¿Qué pasa? —preguntó Frankie.
—Esto es realmente extraño: tiene un enlace especial con sus archivos cifrados.
—¿Cifrados? ¿Cómo de cifrados? ¿Puedes descifrar la encriptación?
—Podemos intentarlo, desde luego. Tendremos que poner en marcha algunos de mis programas especiales, pero te aviso de que puede llevar tiempo.
—No me importa —contestó Frankie.
Estaba demasiado tensa por la cafeína y las expectativas para marcharse. Quizá estuvieran en el buen camino.
A pesar de la falta de sueño de la que se quejaba, Tommy Liebermann parecía estar de buen humor cuando dio la bienvenida a Peaches y a Frankie en el yate que tenía anclado en el puerto de Santa Bárbara. Frankie estaba sobre ascuas y con dolor de cabeza tras haber pasado horas sin dormir. Después del tiempo que había estado encerrada en la oscuridad del apartamento de Danny, tenía la sensación de ser una especie de topo que había salido a la superficie y al sol. Todo le parecía demasiado luminoso. Después de las cuarenta y ocho horas que había pasado inmersa en los asuntos de Forest Holdings, el mundo le parecía demasiado grande; y los desafíos que las aguardaban, una enorme montaña que confiaba en tener fuerzas para escalar.
Peaches le había pedido que enviara copia a Tommy Liebermann de todos los documentos que habían descargado de los archivos de Kordinski, y le había insistido en que Liebermann sabría cómo interpretarlos.
Por eso se encontraban allí aquella soleada mañana: para obtener respuestas. Frankie se moría de impaciencia. No había entendido nada de lo que habían encontrado después de que Danny forzara la encriptación del sistema ni tampoco del montón de correos electrónicos escritos en ruso. Para resolver estos últimos, Peaches había llamado a Magda, una de sus chicas rusas, que le debía un favor. A juzgar por la expresión de satisfacción del rostro de Tommy y por los desenfadados andares de Magda mientras se paseaba por el yate con su minúsculo biquini, estaba claro que la chica había hecho algo más que traducir para Tommy.
—Bueno, ¿qué me dices? —le preguntó Peaches cuando estuvieron todos cómodamente sentados alrededor de la mesa de la cabina—. ¿Tienes algo bueno para nosotras?
—Vaya si lo tengo. En mi vida he visto muchos trucos, pero esto es lo más gordo que recuerdo.
—Explícate.
—He hecho algunas averiguaciones por mi cuenta y he tirado de algunos hilos para completar el panorama de lo que me habéis entregado.
—¿Y…?
—Resulta que los del Kremlin tienen a Kordinski en su punto de mira. El gobierno quiere volver a nacionalizar sus empresas petrolíferas y se ha puesto en marcha para congelar sus bienes a través de los tribunales, pero Kordinski ha sido muy listo. Cuando se marchó de Rusia hizo que un tipo llamado Boris Nazin le sacara todo el dinero del país.
—¡Nazin! —exclamó Peaches—. Lo recuerdo. Cuando estaba en Moscú vi la noticia de su asesinato.
—Sí, pero dio el soplo antes de que se lo cargaran, y ahora las autoridades saben que Kordinski ocultó sus bienes en Forest Holdings.
—Esa es la empresa principal de Alex —comentó Frankie.
—Desde luego. Y es aquí donde el asunto se pone feo. El nombre de Kordinski no aparece en ningún papel. —Tommy dejó que sus palabras causaran el debido efecto antes de añadir—: Pero el de Alex está en todos.
Si Frankie ya estaba nerviosa, aquello la puso aún más.
—Kordinski —prosiguió Liebermann— ha estado muy ocupado vendiendo sus activos y haciendo pasar el dinero por una red de empresas radicadas en Tortola cuya compañía madre se llama Matrioska Enterprises.
—Espera un momento —le dijo Frankie, estudiando los papeles que el contable le había entregado—. ¿Me prestas tu teléfono?
Marcó rápidamente el número de Emma en Inglaterra y le explicó dónde se encontraba.
—¿Te acuerdas de aquellas empresas de Tortola? —le dijo—. Pues lo que te contó Detroy era cierto: pertenecían todas a Matrioska Enterprises. Se trataba de las empresas de Kordinski y eran como esas muñecas rusas, una estaba dentro de la otra y así sucesivamente. Y ahora, ante mis ojos —le explicó, mirando los papeles que Liebermann le había dado—, tengo el documento que ordenó que el dinero de Platinum Reach fuera transferido a Matrioska Enterprises.
—¡Lo sabía! —exclamó Emma, al otro lado de la línea—. Sabía que Kordinski lo había robado.
Eso era, se dijo Frankie, eso era exactamente lo que estaban buscando: una prueba tangible de que Kordinski se hallaba detrás de todo el tinglado. Pero su sensación de triunfo estaba teñida de miedo. Se acordó de los tres hombres encapuchados en el despacho de Detroy y del cuchillo que había cortado la cara de Emma. Era como si se lo hubiera hecho el mismísimo Kordinski.
Y también pensó en las fotografías que aquellos animales le habían hecho, una demostración más de que Kordinski estaba dispuesto a hacer lo que fuera con tal de proteger sus intereses. En cualquier caso, tenía la certeza de que con aquella información se hallaban más cerca de su objetivo, como si este dejara de ser una forma borrosa y empezara a perfilarse en su punto de mira.
Aun así, Frankie sabía, por los años que había pasado en la granja de su tío Brody, que los animales acorralados eran los más peligrosos de todos.
Tommy volvió a tomar la palabra, de modo que Frankie le dijo a Emma que la llamaría más tarde y escuchó con atención.
—Lo de Platinum Reach no es más que calderilla —aseguró Liebermann—; sin embargo, lo que has destapado, Frankie, es algo muy gordo. Estamos hablando de miles de millones, de todo Forest Holdings. Por eso había dos contabilidades, la pública y la verdadera, que era la que estaba oculta en los archivos cifrados. Y la verdadera demuestra que Forest Holdings se halla prácticamente en bancarrota.
—A ver si me aclaro —intervino Peaches—. ¿Me estás diciendo que cuando las autoridades rusas intervengan los bienes de Kordinski se encontrarán con que no hay nada?
—Exactamente. ¿Y adivinas quién se va a comer el marrón?
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Frankie—. ¡Alex!
—Sí, Rodokov es vuestro aliado natural —continuó Liebermann—. Magda ha traducido los correos electrónicos que nos envió Frankie y en muchos de ellos se puede leer «Alex, mi hombre de paja». —Hojeó un montón de papeles—. Lo repite una y otra vez. Ya os dije que Kordinski es un tipo astuto. Ha hecho lo necesario para limpiar su nombre e implicar a Alex en todas sus actividades.
Frankie sintió que se le hacía un nudo en el estómago. La situación era mucho peor de lo que había creído. Kordinski había engañado a Alex desde el principio. Todo lo que este le había contado que Kordinski decía acerca de valorar por encima de todo la lealtad y la sinceridad no era más que una cortina de humo. Kordinski era un canalla hasta la médula, un montón de mierda.
El íntegro y honrado era Alex, que con esas dos cualidades se había convertido en la marioneta perfecta en manos de Kordinski. Y este podía dejarlo caer en cualquier momento, especialmente si llegaba a sospechar que Peaches y Frankie iban por él.
—Eso quiere decir que Alex va a tener que ayudarnos le guste o no — comentó Peaches, mirando a Frankie y comprendiendo que ambas pensaban lo mismo.
—Desde luego, de lo contrario el señor Rodokov se encontrará en la trena antes de que haya tenido tiempo de darse cuenta —concluyó Liebermann.