Platino
Capítulo 36
E MMA se ajustó el ala de su sombrero Philip Treacy y se desabrochó la chaqueta del conjunto Vera Wang que Victoria le había prestado para ese día. Debajo estaba sudando porque el sol que brillaba en un cielo sin nubes castigaba con fuerza el palco VIP de Windsor Great Park.
Junto a ella, Yolanda de Vere Burrows apuró su cuarta copa de champán, con lo que consiguió que sus mejillas adquirieran un tono parecido al del vestido color magenta que se había puesto, y sonrió mientras Emma y ella contemplaban cómo los jugadores se reunían para el siguiente partido.
—No me importaría darme un pequeño revolcón con ese —le dijo a su amiga, dándole un codazo—. No hay nada como un buen semental para alegrar el día a una chica, ¿no te parece? ¡Esos Argies! ¡Buena raza, seguro que saben aguantar lo que haga falta!
Emma sabía lo que Yolanda intentaba hacer, pero el hecho de que Julian ya no estuviera no significaba que ella considerara ni remotamente tomar parte en las indiscreciones cada día más frecuentes de Yolanda. ¡Qué poco sabía la pobre que Emma estaba estudiando a los jinetes por un motivo completamente distinto!
—Los que salen a continuación son Maverick —dijo Emma, estudiando el programa y guardándoselo bajo el brazo. Ya había leído todo lo que había que leer sobre ese equipo, especialmente que estaba compuesto por un grupo de amigos que tenía un impecable historial en encuentros de ese tipo—. Venga, Yolanda, acaba tu copa y vamos a echarles un vistazo.
—¡Tranquila, niña! No podremos acercarnos hasta que el partido haya terminado, así que tenemos tiempo de sobra para ir calentando motores. —Hizo un gesto al camarero para que le rellenara la copa.
Pero Emma ya había salido del palco y bajaba por la alfombra roja rodeada de flores hacia la zona acordonada para los espectadores que deseaban acercarse a la cancha. Una vez allí, miró con los prismáticos mientras la adrenalina le aceleraba el corazón. Sí. Si no estaba equivocada, era él: Alexei Rodokov. Lo vio reír, montado en su caballo alazán, mientras él y sus compañeros daban vueltas al paso.
Llevaba el polo rojo del equipo y unos pantalones de montar de color beis, e incluso desde aquella distancia Emma comprobó que su aspecto era atlético y que estaba en forma. Se llevó los dedos a la mejilla y palpó el delicado tejido de la cicatriz, la cicatriz que le habían hecho los matones de Kordinski. En esos momentos estaba completamente segura de que había sido este, y se preguntó si el apuesto joven al que estaba observando sería en realidad ajeno a todo lo que su mentor estaba haciendo.
Fuera cual fuese la verdad, había algo en su despreocupada sonrisa que la inquietaba. Rodokov era su presa. Puede que en esos momentos ella estuviera disfrutando agradablemente bajo el sol, pero Emma sabía para qué estaba ella allí y que la tarea que la esperaba iba a resultar cualquier cosa menos fácil.
—¡Ha sido tan amable por tu parte que me trajeras, Yolanda! —exclamó Emma, forzando una sonrisa cuando su amiga se le acercó.
—Querida, estoy acostumbrada a ser una especie de paria social. Si quieres lanzarte al foso de los leones, adelante —le dijo Yolanda—. Admiro tu valor.
Emma sabía a qué se refería. Había recibido unos cuantos saludos gélidos al llegar, pero la mayoría de la gente había hecho caso omiso de su presencia. Y en ese momento, cuando miró a Lola Reed y le sonrió, esperando que su vieja amiga se acercara y le diera un abrazo, se encontró con que esta le dio la espalda.
Yolanda también vio el desplante, y una maliciosa sonrisa en la que se
mezclaban unas gotas de [5] Schadenfreude apareció en su rostro. Emma se molestó, pero no se engañó ni por un instante: sabía que Yolanda no la había invitado por amistad o compasión, sino porque de ese modo ella tenía una tribuna mejor desde la cual refocilarse.
Muy bien, se dijo Emma. Yolanda no era la única que ese día mostraba dos caras. Para empezar estaba muy lejos de sospechar, por cómo Emma le había rogado que la invitara en el último minuto, que era el último cartucho que le quedaba. Los contactos habituales de Emma para ese tipo de actos se habían evaporado de repente, y nadie había querido hacerle el favor.
—Olvídate de esa vaca estúpida —dijo Yolanda en voz alta, pero no lo bastante alta para que Lola Reed la oyera.
Aun así, Emma no podía evitar sentirse furiosa. Conocía a Lola y a su marido, Martin, desde hacía años, y habían compartido tantos acontecimientos sociales, tantas mesas en Ascot y pícnics en Glyndebourne… Incluso habían asistido a su Baile de Platino.
—Está molesta —añadió Yolanda— porque Martin se ha visto obligado a vender su casa en la Toscana después del desastre de Julian, y ella no tuvo la oportunidad de presumir de una casa en Italia ante sus amigas.
Emma sabía cuánto significaba para Lola adquirir aquella mansión. Por eso se tomó el trabajo de ponerla en contacto con sus amigos italianos; incluso Luigi Montefiore le hizo un precio especial en el exquisito trabajo de estucado como un favor especial hacia Emma. Por lo tanto, ¿cómo se atrevía a tratarla de esa manera? Lo ocurrido no había sido responsabilidad suya y tampoco de Julian.
—¡Martín y los demás conocían perfectamente los riesgos que corrían! — exclamó Emma, incapaz de disimular su indignación.
—Quizá con el tiempo todas ellas lo comprendan.
—¿«Ellas»?
—Sí, ya sabes, Lola, Joss, Katia, Rebecca… Por el momento, de lo único que saben hablar es de la cantidad de dinero que han perdido.
—Puede ser, pero yo he perdido mucho más que ellas, ¿no te parece?
Yolanda le dio una palmadita en la mano.
—Desde luego, querida, desde luego.
No había duda de que Emma había descubierto quiénes eran sus verdaderas amigas y que entre ellas no figuraba ninguna de esas brujas. Había recibido más apoyo y compasión de Peaches y de Frankie que de todas las mujeres a las que hacía veinte años que conocía y a quienes tenía por íntimas. Entonces, Emma se furo a sí misma que, pasara lo que pasase, Lola y las demás nunca tendrían la satisfacción de saber, y menos por boca de Yolanda, el daño que le habían hecho.
Se dio cuenta de que esta la miraba fijamente, esperando una reacción por su parte, lágrimas quizá; pero se obligó a ser fuerte y se imaginó que Frankie estaba a su derecha y Peaches a su izquierda. Puede que no estuvieran físicamente, pero sí lo estaban en espíritu, pensando en ella y deseándole que su misión fuera todo un éxito.
«Piensa en los riesgos que corrieron las dos —se dijo—, Peaches a bordo del Pushkin y Frankie secuestrada en Tortola.» Había llegado el momento de que cumpliera con su parte y no tenía intención de decepcionarlas.
Volvió a mirar con los prismáticos, haciendo caso omiso a las palabras de su amiga, y se dijo, empleando el vocabulario favorito de Peaches Gold, que tanto a Yolanda como a las demás se las follara un pez. Iba a hacer que todas ellas se tragaran sus palabras. Nunca más volverían a contar con su respeto, pasara lo que pasase. Y cuando hubiera limpiado el nombre de Julian y conseguido recuperar Wrentham Hall, lamentarían haberse portado así con ella. Emma sabía que había recorrido un camino demasiado largo y que nunca volvería a ser la persona que había sido. Todas las cosas que tanto preocupaban a aquellas arpías, sus mansiones en el extranjero, sus vestidos de temporada, habían perdido toda importancia y no valían nada de nada.
Y si Yolanda pensaba que ella estaba allí para hacerse ver y recobrar el prestigio social perdido, se equivocaba de medio a medio.
Si estaba allí era para cazar un trofeo mucho más importante que ese. Dejó que la conversación se interrumpiera durante unos minutos y después preguntó:
—¿Y qué sabes de los Kordinski? ¿Van a venir?
Emma vio que una burlona sonrisa se dibujaba en el rostro de Yolanda.
—Que yo sepa, no. Natalia está muy ocupada redecorando Wrentham Hall. Al menos, eso es lo que dice.
La carga venenosa del aparentemente inofensivo comentario de Yolanda no pasó inadvertida a Emma, y una vez más se esforzó por mantenerse imperturbable, pero aun así notó que la voz le temblaba ligeramente cuando preguntó:
—Entonces, ¿los has visto últimamente?
—Esto… sí, pero no mucho. Kordinski no suele ir por los Cotswolds. Pasa la mayor parte del tiempo en su casa de Chelsea o en el extranjero. De todas maneras, son gente muy agradable. Tienes suerte de que fueran ellos quienes se quedaran con Wrentham, porque tu casa podría haber ido a parar a manos de gente mucho peor. Creo que han ocupado tu lugar bastante bien.
«¡Serás zorra!», pensó Emma. Yolanda se arrepentiría de aquellas palabras cuando ella recuperara Wrentham: no volvería a poner los pies allí nunca más. Estaba dispuesta a borrar para siempre todo rastro de los Kordinski, incluidas todas las impresentables que se dedicaban a darles coba tras la muerte de Julian. El solo hecho de pensarlo le dio ánimos.
—Bueno, puede hacer lo que le parezca con Wrentham, pero la gente sigue pensando que es mío. Ya sabes, fue una lástima que no pudieras asistir al Baile de Platino. Es el tipo de fiestas que la gente recuerda durante años y años. — Emma estaba segura de que sus palabras serían fielmente trasmitidas a Natalia Kordinski—. Ya sabes a qué me refiero. Los Kordinski pueden creer que han entrado en sociedad por el solo hecho de ocupar mi… —Hizo una pausa deliberada—. Me refiero a Wrentham, pero la pregunta es dónde están sus credenciales sociales. Está claro que tienen que acompañar sus palabras con dinero para demostrar a todo el mundo que van en serio. Quién sabe, igual resulta que al final no tienen la fortuna de la que tanto presumen. Nunca se sabe.
—Creo que te equivocas. Están forrados —respondió Yolanda, frunciendo el entrecejo, y Emma se dio cuenta de que estaba consiguiendo sus propósitos. Casi podía ver la semilla que acababa de plantar creciendo en el interior de la mente de Yolanda—. Bueno, Emma, entre tú y yo —continuó de repente—, creo que Natalia está descosa de establecerse entre nosotros y de presentar a su marido la gente adecuada.
—Ya veo —contestó Emma, fingiendo meditar sobre la cuestión—. Bueno, pues si yo fuera Natalia Kordinski llamaría directamente a Damien, que fue quien se ocupó de organizar el Baile de Platino, y le pediría que me organizara una fiesta por todo lo alto. Como conoce Wrentham Hall tan bien, Damien es el más indicado para una cosa así. —Miró a Yolanda y le gustó ver que estaba tomando mentalmente nota de todo. Volvió a mirar con los prismáticos, como quien no quiere la cosa—. De todas maneras, creo que le será muy difícil conseguir los servicios de Damien, porque realmente es el mejor.
—Pero tú dices que conoce muy bien Wrentham. Para él no sería un encargo problemático. Seguro que aceptaría.
—Bueno, imagino que si, por algún milagro, Natalia consiguiera convencer a Damien para que le organizara una fiesta, ese sería el mejor modo de que ella y su marido se presentaran en sociedad como es debido. Además, da la casualidad de que el embajador británico en Rusia, Willy Woolcott, un viejo amigo de Hugo McCorquodale, llegará dentro de unas semanas. Contar con un invitado como él sin duda daría a los Kordinski la credibilidad que tanto ansian.
—¿El embajador en Rusia, dices?
—El mismo. Su presencia sería suficiente para atraer a toda la gente importante y hacer de esa fiesta algo inolvidable. Pero me temo que Natalia no conoce a la gente adecuada para ayudarla. No tiene el carácter que se necesita para estas cosas y, sobre todo —Emma lanzó a Yolanda una mirada cargada de intención—, no tiene los contactos para organizar un evento así, lo cual, para serte sincera, me resulta un alivio y, entre tú y yo, también me hace gracia. Yo he dejado atrás Wrentham, pero desgraciadamente para los Kordinski, lo mismo ha hecho el grupo social que solía ir por allí con nosotros. Ya sabes, la gente realmente distinguida, me refiero. —Emma hizo una pausa lo bastante larga para dejar que sus palabras causaran efecto y disfrutar del destello de furia que apareció en los ojos de Yolanda cuando comprendió hasta qué punto acababan de insultarla.
Sí, se dijo Emma, satisfecha, la fiesta en Wrentham se anunciaría aquella misma semana.
—Oh, mira —dijo señalando el campo—. Parece que va a empezar.
Los caballos salieron a todo galope, aplastando y levantando el impecable césped, girando como una formación de caballería en combate y dividiéndose en grupos. Los jugadores empezaron a correr en pos de la bola con sus mazos en alto. Pero Emma no estaba interesada en el partido ni en su resultado, sino en Alexéi Rodokov. Mantuvo todo el tiempo sus prismáticos fijos en él y vio lo competitivo que era, pero al mismo tiempo que sonreía a sus compañeros y trabajaba en equipo con ellos. Volvió a pensar en lo que Frankie le había contado por teléfono la noche anterior, todo lo que había descubierto después de haber pirateado los ordenadores de Forest Holdings, y sintió la pesada carga de la tarea que la aguardaba.
Cuando el partido finalizó se respiraba un ambiente de intensa emoción. Los Maverick habían ganado, batiendo ampliamente a los Guards, y como era tradicional, todas las señoras fueron invitadas a salir al campo para que pisaran con sus elegantes zapatos los trozos de césped levantados por las pezuñas de los caballos.
Emma sintió que era el objeto de todas las miradas y mantuvo la cabeza bien alta mientras caminaba en línea recta a través del campo; haciendo caso omiso de Lola Reed, enfiló hacia el entoldado de los jugadores, que iban con sus caballos hacia las cuadras.
Rodokov desmontó, pero no se apartó de su alazán. Dos guardias de seguridad vigilaban la entrada y comprobaban los pases de los jugadores a medida que iban entrando. Eran auténticos profesionales, con sus micrófonos y gafas oscuras. Aquella mañana la familia real en pleno estaba allí, de manera que no era de extrañar que las medidas de seguridad fueran extremas.
Rodokov mostró su pase y cruzó las puertas con su caballo. Emma aminoró el paso y dio media vuelta. No había forma de seguirlo sin la correspondiente identificación.
«Piensa —se dijo—, ¿qué harían Peaches o Frankie en tu lugar?» Tenía que hallar la forma de entrar. Sus amigas confiaban en ella, y el tiempo corría en su contra.
Miró a su alrededor y se fijó en un maduro pero atractivo jinete que estaba apoyado en una mesa del entoldado, con el pase de seguridad colgándole del bolsillo del pantalón de montar. Caminó con paso decidido hacia él y vio que el hombre la miraba apreciativamente.
Emma se sentía incómoda y tenía la impresión de estar llamando la atención, pero tenía que entrar en el recinto de las cuadras sin perder un minuto y hablar con Rodokov antes de que este se marchara. Era el único sitio donde sabía a ciencia cierta que lo encontraría, y sin poder acceder a su agenda, esa podía ser su única oportunidad de acercarse a él en meses.
«Puedes hacerlo —se dijo, poniendo en su cara su más coqueta sonrisa—. Pudiste con Detroy, de manera que un veterano como ese no será problema.»
—Hola —lo saludó, fijándose en que llevaba el polo de color azul del equipo perdedor—. Creo que habéis tenido muy mala suerte. Vuestro equipo se merecía ganar, y si los demás hubieran jugado tan bien como tú, seguro que lo habríais conseguido. Me llamo Emma —añadió, tendiéndole la mano—. Estoy segura de que nos conocemos, porque nunca me olvido de un hombre atractivo cuando lo veo.
El hombre se mostró encantado ante semejante torrente de halagos.
—Soy Lionel Blakeley —le dijo, estrechándole la mano—. ¿Te apetece una copa de champán?
Cogió a Emma del brazo, la acompañó al bar y solo se inmutó ligeramente cuando ella le apoyó la mano en el muslo. La sonrisa que apareció en el rostro de Blakeley indicó a Emma que estaba convencido de que ese era su día de suerte y de que lo último en lo que pensaría sería en el paradero de su pase de seguridad.
Diez minutos más tarde, después de haberse deshecho del jinete con vagas promesas de verse después, Emma agitó el pase con la mejor de sus sonrisas ante las narices del guardia de seguridad, mientras fingía que hablaba por el móvil con uno de los jugadores y ocultaba con el dedo la foto de Blakeley.
Resultaba sorprendente comprobar hasta qué punto la gente tiene tendencia a creer que alguien es el dueño de la función cuando se comporta como tal. Se trataba de una lección que había aprendido de Natalia Kordinski por el modo en que la había echado de su casa, igual que un cuco.
Pues bien, Emma era una alumna aventajada y se disponía a pagarle con la misma moneda para conseguir recuperar lo que por derecho le pertenecía.
Una vez dentro del vasto recinto, calculó que habría unos treinta camiones de caballos enormes, cada uno con el emblema del equipo respectivo. Había gente por todas partes: mozos de cuadra, jinetes y personal de la organización.
Siguió un poco más adelante hasta que llegó a la zona de las cuadras y vio a los jugadores, que estaban charlando animadamente mientras los mozos se encargaban de los caballos. Estiró el cuello para localizar a los del uniforme rojo, y entonces lo vio.
—Disculpad, busco a Alexéi Rodokov —dijo, acercándose a un grupo de jinetes.
Alex interrumpió su conversación y se volvió para mirarla. Parecía confundido, como si intentara situarla.
Sin duda era él, tal como Frankie y Peaches se lo habían descrito; pero al mismo tiempo resultaba desconcertantemente diferente. Se había quitado el casco de montar y tenía el pelo empapado de sudor. Se lo echó hacia atrás; y Emma, que sabía que no había palabras para explicar el carisma y el encanto natural, se dio cuenta de que Alex lo tenía. Sus largas pestañas marcaban un contrapunto a la masculinidad de sus facciones y le daban un aire accesible y amistoso.
Emma comprendió al instante por qué Frankie se había enamorado de él y se los imaginó juntos. Durante una fracción de segundo estuvo tentada de contarle todo lo que sabía de ella y decirle que debía reconsiderar su postura, que la supuesta relación de Frankie con Todd Lands solo había sido un montaje y que aquellas fotos eran una infamia.
Pero al mismo tiempo sintió un ramalazo maternal y protector: ¿sería el tal Alex lo bastante bueno para su Frankie? ¿De verdad merecía que alguien tan maravilloso tuviera tanta fe en él? Tendría que esperar y ver.
—¿Sí? —dijo Alex. Sonreía, pero su mirada denotaba cautela, mientras intentaba poner nombre a la cara que tenía ante sí.
Emma decidió ahorrarle el esfuerzo.
—No me conoce, pero tenemos amigos comunes. Ya sé que esto suena muy presuntuoso, pero ¿le importaría que charláramos un momento?
La sonrisa se esfumó, pero Rodokov siguió mirándola con sus grandes e inteligentes ojos.
—Si quiere…
—Ha de ser en privado —insistió Emma—. Es muy importante.
Al oír ese comentario, uno de sus compañeros de equipo murmuró algo al que estaba junto a él. Los miembros del grupo soltaron una risotada general, como si fueran colegiales traviesos, pero Rodokov los silenció con una simple mirada.
—Muy bien —le dijo a Emma—, pero que sea rápido. Tengo un día muy ocupado.
Alex la llevó a una cuadra cercana. El lugar olía fuertemente a sudor, a excrementos de caballo y a cuero de las sillas de montar. A Emma le vinieron a la mente las cuadras de Lechley Park, su hermano Pim y la apurada situación de este, que lo había obligado a poner en venta la mayor parte de la finca, después de haber vendido los animales y despedido al servicio. Susie estaba destrozada.
—¿Le parece esto bastante privado? —preguntó Alex.
—Me llamo Emma Harvey. Mi marido, Julian Harvey, creó una sociedad llamada Platinum Holdings. Seguramente habrá leído la noticia de su quiebra en los periódicos —explicó, preguntándose si su voz sonaba tan nerviosa como le parecía.
Alex echó un rápido vistazo a su reloj.
—Lo siento, pero no sé de qué me está hablando.
Emma intentó descifrar su expresión y se preguntó si estaría mintiendo. No tenía forma de saberlo.
De repente sintió que el sombrío ambiente de las cuadras se abatía sobre ella, como si alguien hubiera corrido una cortina. El decidido y optimista empuje que la había llevado hasta allí pareció evaporarse bajo la fría mirada de Alex.
El plan completo, todo, dependía de él; pero al encontrárselo cara a cara, Emma se dio cuenta del terrible error que podría estar cometiendo. ¿Y si Rodokov demostraba ser tan corrupto como Kordinski? Tuvo la sensación de que la información que poseía y que tanto afectaría la vida de aquel joven le quemaba en su mente. Rodokov se hallaba sentado encima de una bomba a punto de explotar y no lo sabía.
Pero ella no podía decírselo. Todavía no. Ese no era el plan.
—Mi marido, Julian Harvey, compró una mina de platino en Rusia a un tal Dimitri Serguéiokov.
El impasible rostro de Alex se alteró. Emma se dio cuenta de que había despertado su atención.
—Siga —dijo él.
—Pero resultó que la mina y todo lo relacionado con ella era una gran estafa.
Alex entrecerró los ojos.
—No sé qué tiene que ver esto conmigo —dijo, cruzándose de brazos y mirando a sus compañeros de equipo, que se alejaban hacia la carpa principal.
Emma respiró hondo. Tenía que ir al grano. No podía correr el riesgo de que Alex diera media vuelta y se marchara.
—Me temo que tiene mucho que ver con usted, porque Julian se suicidó a causa de lo ocurrido. Al menos lo montaron para que pareciera que había sido un suicidio.
—¿«Lo montaron»? Pero ¿de qué está hablando?
—Estoy diciendo que su jefe, Kordinski, utilizó a Serguéiokov para estafar a mi marido, para engañarlo y quedarse con nuestro dinero y nuestra casa.
La mirada de Rodokov se ensombreció.
—Debería tener cuidado con lo que dice y a quién se lo dice. Acaba de formular acusaciones muy serias.
—Pero ¿y si le dijera que tengo pruebas de que Kordinski tiene planeado colgarle a usted el muerto?
Alex pareció sorprenderse y dio un paso hacia Emma.
—¿Qué es esto, una especie de broma de mal gusto?
Al verlo reaccionar de ese modo, Emma sintió una punzada de esperanza. Estaba claro que había sembrado la semilla de la duda en la mente de Alex. De lo contrario, la habría despachado con una carcajada, como si fuera una vulgar chiflada, una chantajista o las dos cosas a la vez.
—No, no es ninguna broma —le aseguró—. Hablo en serio, totalmente en serio.
Él la miró fijamente durante unos segundos, buscando en el fondo de los ojos de Emma y encontrando solo la verdad.
—Si tiene alguna información que me concierna, le exijo que me la muestre.
—Antes tengo que saber si puedo confiar en usted, porque no puede contarle a Kordinski nada de esto.
—Eso seré yo quien lo decida.
—Ni hablar. Es posible que esté en peligro, y cuando sepa lo que nosotros sabemos de la relación existente entre Forest Holdings y Matrioska Enterprises…
La fría compostura de Rodokov se desmoronó por completo, y abandonó todo intento de aparentar que controlaba la situación. Emma no pudo evitar pensar que, de repente, parecía mucho más joven, como si la ropa que llevaba perteneciera a otra persona, como si estuviera totalmente fuera de lugar.
—¿Ha dicho «nosotros»? —preguntó, incapaz de borrar la expresión de incredulidad de su rostro—. ¿Es de la policía o del gobierno? —Miró furtivamente por encima del hombro a las puertas de seguridad, como si en cualquier momento esperara escuchar el aullido de las sirenas y ver irrumpir un coche de la policía.
—No soy ni de la policía ni del gobierno, pero tampoco puedo decirle más. — Lo cierto era que había dicho lo que tenía que decir. Había cumplido con lo que había ido a hacer. Encender la llama de la curiosidad en Rodokov, una llama que ella esperaba que las dudas y el instinto de supervivencia acabaran convirtiendo en una hoguera—. Al menos no aquí ni ahora.
—¿Cuándo, entonces?
—En Los Ángeles. Este fin de semana.
—¿Los Ángeles? ¿Pretende que vaya a Los Ángeles solo porque me lo dice?
Emma abrió el bolso y le entregó una tarjeta.
—Tendrá una suite reservada a su nombre en el Boulevard 19. Cuando llegue llame a ese número y alguien le dirá adónde debe ir. Sin embargo, ha de viajar solo. Es absolutamente esencial.
Alexei Rodokov sostuvo la tarjeta entre los dedos.
—¿Por qué debería confiar en usted? —preguntó con aire amenazador.
—Porque me temo que no puede permitirse no hacerlo.