Platino
Capítulo 33
P EACHES se quedó mirando a Todd Lands, en la cocina del impresionante ático, mientras este le ofrecía un vaso de agua mineral Hildon. Era la primera vez que lo veía en persona, pero su rostro le resultó de lo más familiar. Era más bajo de lo que ella había esperado, pero estaba en muy buena forma, incluso más de lo que parecía en las películas.
Iba descalzo y sus bronceados y bien cuidados pies asomaban bajo las perneras de unos vaqueros italianos. Llevaba la camisa de Armani arremangada y se plantó ante Peaches con las manos en la cintura, como si fuera un general o un monarca. A ella le recordó a Burton haciendo de Marco Antonio o a Brynner como el rey de Siam: un hombre que se sentía a sus anchas llevando las riendas.
Cuando él le dedicó su más seductora sonrisa, Peaches se dio cuenta de que Lands estaba poniendo en práctica un truco bien ensayado. Ni siquiera se había fijado en sus magulladuras y menos aún le había comentado nada. Se trataba de un hombre que había conquistado el corazón de miles de mujeres, dentro y fuera de la pantalla, y que creía saber cuáles eran los botones que había que apretar con las mujeres y cuándo convenía hacerlo. Sin embargo, no era rival para una profesional como ella.
No. Peaches vio claramente su actuación y con un único alzamiento de ceja le dio a entender que no era él quien estaba al mando, sino que se hallaban al mismo nivel. Fuera lo que fuese lo que Lands hubiera organizado con las dos mujeres que le iba a presentar, iba a tener que jugar limpio. Peaches no sabía qué le había contado Ross de su historia con Kordinski; pero si Lands estaba allí para jugar a los poderosos, ella tenía que hacerle saber que, en lo referente a Kordinski, no estaba dispuesta a dejarse manipular.
A pesar de todo, tenía que reconocer que Lands era listo. Ella nunca habría adivinado que se trataba de un homosexual. Seguramente sería mejor no jugar con alguien capaz de mantener un engaño como ese a escala mundial.
Naturalmente, una vez que lo supo, a Peaches le pareció obvio. Además, nadie que fuera tan guapo y se mantuviera soltero podía ser trigo limpio.
Vio que Lands cruzaba una rápida mirada con Ross, una mirada en la que se leía la pregunta de si se lo había dicho. Estaba claro que aquel asunto no lo habían pactado.
—Encantado de conocerte, Peaches Gold —dijo Lands, sonriendo y asintiendo—; debo decir que he oído hablar mucho de ti.
—No tanto como yo de ti.
Si lo que buscaba era confirmación, iba a llevarse toda la que quisiera.
La sonrisa de Todd Lands se heló un segundo. Luego se volvió hacia Ross, que se había puesto colorado.
—¿Se lo has contado? —preguntó.
—Tuve que hacerlo —contestó Ross, a la defensiva—. De lo contrario, lo habría adivinado. Además, tú se lo dijiste a Frankie.
—Si lo hice fue porque soy el responsable de haberle jodido la vida.
—¿Ah, sí? Pues para tu información, la vida de Peaches no ha sido precisamente un camino de rosas últimamente.
«Estupendo —se dijo Peaches—, justo lo que me faltaba, una pelea de enamorados.»
—¡Bueno, bueno, ya basta! —intervino como si hiciera restallar un látigo—. Como bien sabe Ross, conozco más secretos inconfesables que un confesor de Beverly Hills. Y también sabe que nunca me voy de la lengua porque tengo una espléndida reputación que mantener.
Ross y Todd se fulminaron con la mirada, toda una conversación sin palabras acerca de quién tenía la culpa y de qué se sentía al quedar en evidencia ante un desconocido. Lands miró fijamente a Peaches, buscando indicios de engaño, pero acabó asintiendo, aparentemente satisfecho.
—Bueno —dijo ella—, ¿os importaría contarme de qué va esta especie de encuentro secreto que habéis organizado?
Todd y Ross cruzaron una mirada, y la tensión entre los dos desapareció para ser sustituida por… «¿Por qué?», se preguntó Peaches. Aprensión, desde luego, pero también algo más serio, algo que se parecía mucho al miedo.
¿Qué podían temer aquellos dos hombres tan poderosos en la intimidad de su apartamento?
La respuesta le llegó rápida como una bala: a Kordinski. A Yuri Kordinski. El Macho Número Uno ante el que todos los demás se inclinaban.
Aquel a quien solo una verdadera zorra sería capaz de poner de rodillas, se dijo Peaches.
—Están en la azotea —contestó Todd.
—Pues presentádmelas —ordenó Peaches—. Quiero conocerlas ahora mismo.
Había azoteas, azoteas de Nueva York y, por último, estaba la azotea de Todd Lands en Nueva York. Toda la parte superior del edificio había sido convertida en un espléndido jardín inglés, con un inmaculado césped, árboles, setos y rosales. Un camino de gravilla serpenteaba entre parterres de flores y daba a un mirador desde donde se podía disfrutar de una espléndida vista del parque y de la ciudad. Peaches dejó escapar un silbido de admiración al contemplar el edificio Chrysler iluminado a lo lejos.
Siguió a Ross y a Lands hasta una zona de descanso donde varios bancos de hierro colado con cómodos cojines daban a Central Park. Las dos mujeres que estaban allí sentadas, una rubia y otra pelirroja, se levantaron cuando ella se acercó.
No eran actrices famosas. Peaches no reconoció a ninguna de ellas, pero sí su cautela. Debían de ser profesionales, tal como ella había pensado en un principio. Además, tenía sentido que Todd confiara en la discreción de mujeres que pertenecían a la misma profesión que Peaches. ¿De qué otra clase de mujeres podía ser amigo?
La pelirroja era más baja y mayor. Llevaba un pantalón a medida y una elegante blusa color naranja. Peaches se dijo que muchos hombres estarían dispuestos a pagar por llevarse un trozo de aquel pastel. Sí, fuera quien fuese, a juzgar por su apariencia llevaba mucho tiempo metida en aquel juego. El tajo de su cara tenía la firma de un gángster y lo decía todo: aquella mujer se había topado con el cabrón equivocado. Tarde o temprano, acababa sucediendo.
Peaches se preguntó inmediatamente si se lo habría hecho Kordinski y si sería de eso de lo que iban a hablar.
La más joven, la rubia, era una belleza. Un diez, se dijo Peaches, pensando en que, si de ella dependiera, solo la enviaría a los mejores trabajos. Vestía unos vaqueros ajustados, sandalias de tacón y una minúscula camiseta negra. Llevaba puesta una gorra de los Yankees, por debajo de la que asomaba una rubia melena que le caía por la espalda.
—Peaches, te presento a lady Emma Harvey —le dijo Ross, situándose entre las dos.
—¿Lady? —quiso saber Peaches—. ¿Es ese tu nombre de guerra?
—¿Mi qué? —respondió la pelirroja, obviamente confundida. Su acento era claramente inglés, y a Peaches le pareció que tirando a clase alta.
—Me refiero a tu nombre profesional, querida —dijo Peaches, pensando que seguramente al otro lado del charco tenían otro tipo de argot—. ¿Te lo puso tu chulo?
Emma se ruborizó visiblemente.
—No sé de qué me hablas. No tengo ningún chulo.
Ross se apresuró a acudir al rescate.
—Perdóname, Peaches, pero es que no te lo había advertido. Emma tiene el título de lady. Es inglesa.
Peaches arqueó una ceja. ¡Conque una lady de verdad! ¿Y qué? Cualquiera que tuviera dinero suficiente podía comprarse un título. Eso no desmentía necesariamente su teoría de que aquellas desconocidas eran dos profesionales.
Y aunque la pelirroja fuera lo que decía Ross, seguro que había un montón de aristócratas inglesas que eran unas zorras, mujeres de gustos caros dispuestas a liarse con los Kordinski de turno con tal de llevarse un buen pellizco. Pues bien, fuera quien fuese, y tuviera la relación que tuviese con ese gángster, Peaches no tenía intención de dejarse intimidar por ella.
Había conocido a un montón de estiradas aristócratas como aquella lady Emma; mujeres que creían que por su alcurnia el mundo les pertenecía. Había perdido la cuenta de los hombres casados con mujeres como Emma con los que se había cruzado, en su mayoría fetichistas con una clara predilección por el látigo y por las jovencitas exóticas; tipos ansiosos por escapar de sus equinas mujeres, mujeres como lady Emma Harvey, que en esos momentos le tendía la mano, seguramente esperando que ella se la besara con una reverencia. La idea le puso los pelos de punta y decidió no hacer caso del saludo. No había ido allí para trabar amistad con aquellas dos mujeres, sino a averiguar si podían serle útiles.
—Emma, te presento a Peaches Gold —dijo Ross, claramente incómodo ante la situación—. Como recordarás, ya te había hablado de ella.
«¿Qué? —pensó Peaches—. ¿Qué le ha contado de mí? ¿Le ha dicho a qué me dedico y cuál es mi relación con Kordinski?»
Emma retiró la mano, y Peaches se dio cuenta de que la otra la miraba con suspicacia y desaprobación, tanto por su aspecto como por lo que era, pero que al mismo tiempo contemplaba sus magulladuras y se preguntaba si se las habría hecho la misma persona. A pesar de sí misma, Peaches sintió que algo las unía, que ambas eran mujeres heridas que se negaban a rendirse, y se avergonzó de no haberle dado la mano. Sin embargo, ya era demasiado tarde, y no quería parecer débil disculpándose. Al menos hasta que hubiera llegado al fondo de aquel asunto.
—Yo soy Frankie —dijo la más joven, rompiendo el incómodo silencio. Y para que no se repitiera lo sucedido con Emma, se adelantó y estrechó vigorosamente la mano de Peaches.
—Frankie es mi actual musa —explicó Todd.
Frankie rió, se quitó la gorra y le dio un golpe cariñoso con ella. Fue entonces cuando Peaches la reconoció por las fotos que había visto en la revista, durante el trayecto en avión. Eso significaba que era amiga de verdad de Todd y la persona con la que este había estado saliendo últimamente. Alguien a quien incluso le había confiado su más íntimo secreto.
Peaches comprendió que, si se había equivocado con Frankie, también era posible que se hubiera equivocado con Emma, y se sintió totalmente desorientada. Normalmente, cuando trataba con mujeres, era ella quien llevaba la voz cantante porque sabía lo que quería y cómo llevar el agua a su molino. Pero en ese momento, mientras Todd cogía la botella de champán de la cubitera y servía una copa a cada uno, se dio cuenta de que no era quien mandaba. No con aquellas mujeres. Por el momento no era más que una intrusa.
Observó que Frankie se sentaba junto a Emma e intuyó que las dos formaban un círculo en el que no podría entrar si no era invitada a hacerlo.
Enseguida quedó claro que Frankie y Todd eran buenos amigos y que Emma se hallaba cómoda en su compañía, sobre todo cuando sugirió a Lands que se pusiera en contacto con Eduard, su amigo decorador, para que le reformara el ático.
—Bunny, la mujer de Eduard, tenía la mejor opinión del mundo sobre Julian —comentó Emma, y Peaches vio en ese momento que una súbita tristeza se apoderaba de ella y la hacía parecer mucho más vulnerable que antes—. Cantó en su cumpleaños, así que podría llamarla, pero creo que le pasa lo mismo que a todos. Se siente incómoda con lo ocurrido y, como los demás, no sabe qué decir de Julian —comentó mientras los ojos se le llenaban de lágrimas y Frankie le cogía cariñosamente la mano.
Peaches no entendía nada. ¿Quién era Julian?
Emma meneó la cabeza y se enjugó las lágrimas mientras se esforzaba por recobrar la compostura.
—Lo siento —dijo, disculpándose en general.
Peaches apartó la vista y la fijó en las luces parpadeantes de un avión que surcaba el cielo nocturno. Entonces, como por arte de magia, en su mente surgió la imagen de Harry Rezler en el bar del hotel de Moscú. Se preguntó dónde estaría en aquellos momentos, y con quién. A veces tenía la impresión de que todo el mundo tenía a alguien excepto ella.
—Creo que será mejor que dejemos solas a las chicas y que vayamos a encargar la cena —le dijo Ross a Todd—. Marco, de Cipriani, me dijo que nos mandaría esos raviolis de setas tan maravillosos que prepara.
Peaches observó a Ross llevándose a su amigo del brazo y se sorprendió de lo natural de la situación, de su nivel de familiaridad y de la fácil intimidad que había entre los dos. Sin embargo, no podía evitar sentirse celosa. Hasta entonces había creído que ella era la mejor amiga de Ross, pero en ese momento comprendía que, a los ojos de este, solo ocupaba una posición secundaria.
Mientras observaba cómo se alejaban, pensó que todo aquello resultaba de lo más raro. Tenía la sensación de que un velo se le había caído de los ojos y de que, por fin, estaba empezando a ver la auténtica verdad de su vida, de su familia y también de sus amigos.
Sin embargo, en esos instantes no quería pensar en Ross, sino en el motivo por el que la había hecho ir a Nueva York. Había llegado el momento de entrar en materia. «¡Vamos allá!», se dijo mientras veía que Frankie y Emma la miraban en silencio.
—Está bien, vayamos al grano —dijo, decidida a llevar la voz cantante a pesar de la aprensión que sentía—. Para empezar, todo lo que digamos aquí esta noche ha de ser estrictamente confidencial, ¿de acuerdo?
Emma y Frankie cruzaron una mirada.
—De acuerdo —convinieron.
—Bien. Por el momento, lo único que sé acerca de vosotras es que… — escogió las palabras con cuidado— os habéis cruzado en el camino de Kordinski. Por mi parte, si he venido hasta aquí es porque estoy decidida a llevar a esa rata ante la justicia.
—Y yo también —aseguró Emma.
—Y yo —dijo Frankie.
La determinación que transmitieron aquellas respuestas fue una sorpresa para las tres.
—Está bien —respondió Peaches con una sonrisa, sintiendo que bajo el estrellado cielo estaba naciendo un vínculo de mutua confianza.
Por primera vez desde que había escapado del Pushkin, no se sentía tan sola.