Platino

Jo Rees · Capítulo 11 de 43

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Platino

Capítulo 10

 

C uando llegó a la penitenciaría Merton de Texas, Peaches se dio cuenta de que le sudaban las manos mientras seguía al celador por el anodino pasillo gris. Durante su vida se había visto implicada en más de una situación comprometida: peleas entre traficantes de drogas de gatillo fácil, broncas entre borrachos y, en una ocasión, unos ladrones armados habían entrado a robar en la mansión de uno de sus clientes estando ella dentro; sin embargo, ninguna podía compararse con aquello.

Se sentía atenazada por el miedo porque despreciaba y temía las cárceles por igual. Le bastaba con pensar en ellas para sentir escalofríos. Peaches era una infractora nata y la posibilidad de acabar en un sitio como aquel constituía su peor pesadilla. Apestaba a desinfectante, pero el dolor y la muerte flotaban en el aire, tan tangibles como el humo.

Una puerta se abrió al final del pasillo, y la hicieron pasar a una fría sala de espera donde un guardia acompañaba a un hombre que se levantó de la mesa metálica y apagó el cigarrillo al entrar ella.

—Soy Ron Wallace —se presentó, tendiéndole una mano sudorosa.

Peaches no se la estrechó, sino que se irguió, estirando su chaqueta de Armani, y lo miró de arriba abajo.

En persona, Ron Wallace resultaba tan desagradable como por teléfono. Era bajo, llevaba unas gafas de montura dorada completamente pasadas de moda y el grasiento pelo peinado hacia atrás. Su piel tenía un color cetrino por la cantidad de cigarrillos que fumaba; y bajo su arrugado traje gris, apestaba a sudor.

Durante toda la mañana, Peaches no había deseado otra cosa que coger el primer avión de regreso y volver a su vida de Los Ángeles, y en ese momento sintió unas ganas irrefrenables de dar media vuelta y salir de aquel lugar a toda prisa.

Estar allí se le antojaba una locura. ¿Qué importancia podía tener lo que el tal Gorski tuviera que decirle? Lo más probable era que se tratara de simple basura. Se recordó que estaba bien, que el éxito presidía su vida, y nada podría cambiar todo eso.

No era una persona vulnerable. Toda ella miraba hacia el presente y el futuro, nunca hacia el pasado. Por eso se odió a sí misma por sentirse vulnerable.

Y lo era, porque la razón de que estuviera allí, la razón de que no se marchara y siguiera mirando a Ron Wallace se debía a que, en su fuero interno, necesitaba saber de qué iba aquel asunto. No podía soportar que alguien tuviera información sobre su persona que ella desconociera.

—Señor Wallace —contestó—, espero que esto valga la pena. Soy una mujer muy ocupada y no me gustaría que me hubiera hecho venir hasta aquí para perder el tiempo.

—Le agradezco que haya venido, señorita Gold.

—Bueno, ¿dónde está ese tal Gorski? —preguntó Peaches.

—Lo he organizado para que nos reunamos en el despacho del alcaide, dentro de un momento.

—¿Y ese hombre no le ha dicho nada más de por qué quiere verme?

—No. Insiste en hablar con usted en persona. De todas maneras, hay algo que debo advertirle: se trata de un hombre muy religioso. Según me ha dicho, lo que tiene que contarle es una cuestión de conciencia para él.

¿Conciencia? El nudo que Peaches tenía en el estómago empeoró un poco más. ¿Qué motivos podía tener Gorski para descargar su conciencia con ella? ¿Era perdón lo que estaba buscando? Pero perdón ¿por qué?

—El alcaide les recibirá en su oficina —dijo uno de los centinelas después de colgar el teléfono de pared, indicándoles una puerta contigua. Se oyó un zumbido, y esta se abrió.

El despacho del alcaide Judd resultaba incongruentemente lujoso. Tenía las paredes llenas de libros de leyes y estaba decorado con los retratos de sus predecesores, así como con una serie de monitores que mostraban la actividad en las distintas secciones de la cárcel.

El hombre se hallaba sentado en una butaca giratoria de piel, tras un enorme escritorio de caoba. Detrás de él, una gran ventana daba al patio de la prisión. En la distancia se perdían lo que parecían ser kilómetros de muros de hormigón y alambradas de espino. A pesar de la luz que lo iluminaba por detrás, Peaches se dio cuenta de que el hombre lucía el peor implante capilar que había visto en su vida.

—Por favor, tomen asiento —dijo el alcaide con un marcado acento sureño.

Ron Wallace se apresuró a sentarse en una de las dos sillas que había ante el escritorio, y Peaches hizo lo mismo, pero lentamente, para dar a entender que no estaba allí para recibir órdenes de nadie.

—Es de lo más infrecuente que uno de nuestros más notables reclusos reciba una visita de una dama tan hermosa y distinguida como usted. La mayoría de los internos solo reciben visitas de prostitutas.

Peaches se dio cuenta de que Ron Wallace se ruborizaba, pero hizo caso omiso. Quizá el abogado supiera cómo se ganaba ella la vida, al fin y al cabo había contratado a algún detective para que le siguiera la pista, pero más le valía tener la boca cerrada.

—Gracias, alcaide —contestó ella—. Resulta agradable conocer a alguien que sabe apreciar la clase.

El alcaide Judd sonrió y se acarició la barbilla como si aquella mañana se hubiera olvidado de afeitarse. Luego se echó hacia atrás en su asiento y entrelazó los dedos.

Aparte de los homosexuales que conocía, Peaches sabía que la mayoría de los hombres respondían ante ella de tres maneras posibles: bien como infelices que de repente se hubieran quedado boquiabiertos y sin palabras; bien como gorilas dándose golpes en el pecho; o como ansiosos adolescentes convencidos de tener una oportunidad con ella. El alcaide Judd pertenecía a la última categoría.

—Si no le importa que se lo pregunte, señorita Gold, ¿qué relación tiene usted con el reo?

—La verdad, alcaide, es que no lo sé —respondió Peaches con una sonrisa, a pesar de que la lasciva expresión de aquel hombre la hacía vomitar—. Precisamente estoy aquí para averiguarlo —añadió mirando a Wallace, que estaba sentado muy erguido y con la cartera sobre las rodillas, como si fuera un colegial.

—Muy bien —repuso Judd—. Solo se lo preguntaba por curiosidad.

Acto seguido hizo un gesto señalando una puerta corredera, que uno de los celadores abrió.

Dos guardias entraron flanqueando a un prisionero. Se trataba de un individuo de unos cincuenta años, de rostro marcado de cicatrices, con el cabello prematuramente blanco cortado muy corto y unas gafas metálicas. Vestía un mono de trabajo color naranja y llevaba las manos esposadas, lo mismo que los tobillos, lo cual le obligaba a caminar con pequeños pasos, de un modo bastante humillante.

Ahí estaba por fin, el misterioso Mijaíl Gorski; pero cualquier esperanza que Peaches hubiera podido albergar de reconocerlo se desvaneció en el acto. El rostro de aquel hombre no significaba nada para ella. No lo conocía de nada.

Sin embargo, algo en sus ojos le resultó familiar. Gorski era un matón, un matón que había envejecido y cuyos músculos se habían convertido en carne fláccida. Había visto muchos como él, montando guardia a la puerta de bares y cabarets. Todos eran igual de crueles, e implacables como serpientes.

Los guardias empujaron a Gorski hasta una silla metálica que estaba atornillada al suelo.

—Átenlo —ordenó el alcaide—. El señor Gorski es un tipo peligroso — añadió, volviéndose hacia Peaches—. Le recomiendo que no se le acerque. Si me necesita estaré en la habitación contigua —dijo levantándose.

El prisionero siguió mirando al frente cuando el alcaide salió seguido por los guardias por donde él había entrado.

Se hizo un breve silencio después de que la puerta se cerrara.

—El señor Wallace dice que usted quería verme —dijo Peaches, intentando parecer más valiente de lo que se sentía. Por dentro, el corazón le latía desbocado.

—Me llamo Mijaíl Gorski —dijo el hombre, hablando en inglés con un pronunciado acento ruso. Sonaba como si hubiera ensayado previamente lo que iba a decir—. Mañana me extraditarán a Rusia.

Peaches observó que sus dedos jugueteaban con un rosario.

—¿Qué ha hecho usted? —preguntó ella.

Gorski soltó una amarga carcajada y alzó la vista al cielo.

—Basta que sepa que no llegaré al Kremlin con vida.

—No lo entiendo —contestó Peaches, mirando alternativamente a Gorski y a Wallace—. ¿Qué tiene que ver esto conmigo?

Gorski la miró a los ojos por primera vez, y lo que ella vio en el fondo de sus pupilas hizo que el corazón le latiera con más fuerza aún. Porque no fue furia ni miedo por su condición de cautivo, ni siquiera una chispa de humor o triunfo por la información que tenía sobre ella. No. Lo que vio fue vergüenza. Vergüenza, culpa y autodesprecio. Y todo ello, comprendió entonces Peaches, por algo que le había hecho a ella. Estaba mirando a los ojos de un hombre que se creía condenado a los ojos de Dios. Condenado a causa de ella…

—Hace treinta y dos años —dijo mirándose las callosas manos—, trabajé para alguien perverso. Alguien que quería que hiciera cosas terribles. —El rosario corría entre sus dedos.

—¿Cosas terribles, dice? —preguntó Peaches, notando que el suelo se tambaleaba bajo sus pies.

Gorski alzó la mirada bruscamente.

—Señorita Gold, yo fui quien la sacó de Rusia —declaró Gorski, mirándola a los ojos.

¿Sacarla de Rusia? De repente, Peaches sintió que la cicatriz en forma de hoz le quemaba.

—¿Me está diciendo…? ¿Me está diciendo que soy rusa?

—Así es —asintió Gorski—. Usted es rusa, de Moscú.

Peaches se sentía perpleja. ¡Tenía raíces rusas, era rusa de nacimiento! Notó que la cicatriz casi la abrasaba. Eso explicaba sin duda por qué esos recuerdos que la asaltaban recurrentemente le resultaban tan incomprensibles: porque todo había ocurrido en Rusia. Las voces que gritaban… en ruso. Entonces comprendió que Albert Rockbine no había tenido nada que ver en todo aquello, que había otro mal nacido que le había puesto las manos encima primero. Incluso era posible que aquel mal nacido hubiera sido el tipo que tenía delante.

Apretó los puños con fuerza. Gorski, que estaba claramente impaciente por soltar lo que llevaba dentro, siguió hablando entrecortadamente.

—Fui yo quien se la llevó, quien la arrancó de los brazos de su madre cuando usted tenía tres años. Luego la hice entrar ilegalmente en Estados Unidos y la vendí a Albert Rockbine, de Luisiana. Le entregué lo que quería: una niña pequeña.

Aquellas palabras subieron la tensión que se respiraba en el despacho.

Peaches estaba petrificada. Un pitido le sonaba en los oídos. Deseaba desesperadamente oír más o ser capaz de decir algo, pero el shock la tenía paralizada. Se quedó mirando fijamente a Gorski, apenas capaz de comprender la magnitud de lo que él acababa de contarle. Robada… Vendida… Las palabras daban vueltas en su cabeza.

Hizo un esfuerzo sobrehumano para centrar sus pensamientos.

Arrancada de manos de su madre, no entregada por ella. No abandonada, sino robada y vendida.

No existía más palabra que aquella: raptada.

Raptada y entregada deliberadamente a un pedófilo.

La repulsión que la invadió hizo que la cabeza empezara a darle vueltas.

—¡Monstruo! —bufó.

Los castaños ojos de Gorski le aguantaron la mirada.

—Sé que pagaré por mis pecados en esta vida y en la próxima, señorita Gold —declaró.

Peaches temblaba de furia.

—Pero ¿por qué? ¿Por qué iba a querer alguien que usted hiciera algo tan terrible? ¿Por qué yo?

—No lo sé. Solo estaba haciendo mi trabajo. Me limitaba a cumplir órdenes.

—Y… ¿qué hay de mi madre? —preguntó Peaches con la voz quebrada.

—Sé donde está. Wallace le dará la dirección. Ahora que la he visto a usted, debo decirle cuánto lamento lo que hice —dijo—, y también las cosas horribles que le hice a ella. Por favor, dígaselo a su madre cuando la vea.

Antes de que se diera cuenta de lo que estaba haciendo, Peaches se puso en pie y abofeteó a Gorski con todas sus fuerzas.

—¡Váyase al infierno! —Le escupió a la cara, antes de dar media vuelta y marcharse.