Platino
Capítulo 11
E N LONDRES, en el gran salón del Dorchester, durante el almuerzo anual de gala, Emma esperaba oír su nombre. Aun así, cuando Arabella Constantine, la secretaria de la Fundación de Lucha contra el Cáncer, anunció que había sido elegida nueva presidenta de la organización, su mano subió inconscientemente hasta el collar de platino y diamantes que Julian le había regalado.
Una sensación de triunfo la recorrió de arriba abajo cuando se puso en pie para recibir los aplausos del público. Mientras se levantaba y se encaminaba hacia el estrado, deseó que alguien cercano estuviera allí para verla. Ojalá Victoria McCorquodale hubiera podido escaparse de Escocia, pero Emma sabía que estaba muy ocupada; y tampoco habría tenido sentido pedírselo a Susie, porque estaba muy atareada con el esquilado de las ovejas de Lechley Park.
—La decisión y el encanto de Emma la han convertido en la perfecta candidata para ocupar el cargo de portavoz de nuestra fundación —siguió diciendo Arabella, mientras Emma subía al escenario—. Su lista de contactos es la mejor, y ha trabajado incansablemente por nuestra causa.
Emma contempló el mar de rostros conocidos. El almuerzo de gala constituía uno de los acontecimientos de más resonancia del panorama social londinense, y ese año había acudido más gente que nunca. Emma respiró profundamente antes de dar comienzo al breve discurso que había memorizado y en el que dio las gracias a lady Whiteley, su predecesora, por el duro trabajo realizado en el pasado. Su parlamento fue recibido con corteses aplausos.
Lady Whiteley puso al mal tiempo buena cara, pero no era ningún secreto para nadie que se sentía furiosa por haber sido apartada de la presidencia a favor de Emma. Todo el mundo sabía el prestigio que el cargo conllevaba, tanto en el país como en el extranjero. En esos círculos significaba acceso automático a los acontecimientos más señalados del calendario, de Ascot a Wimbledon. A partir de ese momento, iba a ser Emma y no Mabel Whiteley la que asistiera a todos ellos. Y eso era algo que esta última lamentaba mucho más de lo que su sucesora era capaz de apreciar.
Porque Emma no se encontraba allí solamente para decorar, sino para marcar la diferencia; para eliminar los métodos caducos y para insuflar nuevos bríos a la fundación. Tenía intención de ir más allá de la simple beneficencia y poner su programa de investigación en el mapa internacional. Sabía perfectamente que en esos momentos no bastaba solo con ser rico, uno tenía que dejarse ver haciendo cosas dignas con el dinero; y todas aquellas mujeres tenían un montón de dinero con el que dignificarse.
No solo había conseguido el cargo, sino que tenía un montón de ideas para recaudar fondos cuando hubiera logrado desmontar las trabas impuestas por la vieja jerarquía y motivar adecuadamente al personal. Puede que un desfile de moda fuera una buena idea para empezar, y estaba decidida a contratar para ello los servicios de una supermodelo. También era necesario un cambio de imagen en la calle si quería atraer a nuevos contribuyentes. También era posible que cambiara los símbolos, porque los lazos y las cintas estaban un poco pasados. Y todo ello sin mencionar las tarjetas navideñas y la colección de objetos de regalo que tenía en mente.
Pero lo primero era lo primero. Emma sabía que la fundación sobrevivía gracias a la gente que estaba allí. Así pues, tras su discurso, y mientras servían los postres y el café, se dispuso a presentarse personalmente de mesa en mesa, y se dirigió primero a las de la primera fila, que eran las que habían pagado la entrada más cara.
—¡Ah, Emma! —exclamó su vieja conocida Yolanda de Vere Burrows, poniéndose en pie y besándola en ambas mejillas.
Emma acercó una silla, agradecida por poder empezar con una cara familiar. Yolanda era una conocida organizadora de eventos diplomáticos, y su padre y el de Emma habían estado juntos en Harrow. Emma le tenía cariño a pesar de que varias de sus amigas, incluida a Victoria, la encontraban demasiado franca y directa, problema que su famosa afición a la bebida tendía a exacerbar.
Por desgracia, Yolanda se hallaba fuera cuando Emma había dado su fiesta del Baile de Platino; de lo contrario, no habría faltado. Sin embargo, por la efusividad con la que felicitó a su amiga por la reconstrucción de Wrentham Hall y el éxito del evento, saltaba a la vista que se había enterado de todo. Emma sintió un estremecimiento de placer al oír que se referían a ella con tan halagadores términos. No tenía la menor duda de que habían sido las personas como Yolanda las que la habían aupado a la presidencia de la fundación. Todo era cuestión de imagen, y los artículos de prensa sobre el inminente éxito de Julian en el FT seguramente también habían ayudado. Las acciones de Platinum Holdings estaban subiendo como la espuma.
Emma rechazó modestamente los desmesurados halagos de Yolanda, pero le satisfizo que ella hubiera hecho lo correcto y hubiera dejado bien claro ante sus compañeras de mesa que tanto sus gustos como su pedigrí social eran impecables. A continuación, Yolanda hizo las presentaciones de rigor.
—Querida, me gustaría que conocieras a Natalia Kordinski.
Emma estrechó la mano de la mujer sentada a la derecha de Yolanda. Natalia le sonrió. Sus finos huesos y sus tímidos y grises ojos le daban cierto aire de fragilidad. Pero también parecía dura, igual que los racimos de diamantes de los pendientes que llevaba en las orejas y de la gargantilla que rodeaba su delgado cuello. Emma reparó también en el brazalete a juego, en el reloj Cartier y en la colección de anillos, entre ellos la alianza de diamantes, que adornaban sus dedos.
En actos como aquel, donde se reunían mujeres multimillonarias, resultaba normal que hubiera un auténtico despliegue de fortunas en joyas; pero Emma nunca había visto piedras como las de Natalia. Y por muy impresionantes que fueran, Emma opinó que exhibirlas todas a la vez no solamente resultaba excesivamente ostentoso, sino también vulgar. Aunque también cabía la posibilidad de que el suyo fuera un simple caso de envidia, ya que, en comparación, el collar de Julian parecía muy poca cosa.
—Natalia se ha mudado hace poco a Londres y estamos deseosos de ayudarla a que encuentre el lugar que le corresponde entre nosotros —continuó Yolanda —. Seguro, Emma, que has oído hablar de su marido. Es Yuri Kordinski.
«¡Conque era él!», se dijo Emma. Yuri Kordinski. Por eso el nombre de Natalia le era familiar. Y eso explicaba sin duda tantos diamantes. Emma había leído una semblanza de Kordinski en el Telegraph hacía poco; lo que no sabía era que el matrimonio estuviera en Londres. Según había leído, tenían su residencia en Dubai.
La mente de Emma empezó a sopesar qué significaba que los Kordinski estuvieran en la ciudad. Yuri poseía una cuantiosísima fortuna, lo cual explicaba que Natalia fuera la invitada de honor de Yolanda. Tan pronto corriera la noticia de su presencia, todos los que se consideraban alguien se apresurarían a invitarla a que formara parte de tal o cual comité. No pasaría mucho tiempo antes de que tuviera su agenda totalmente llena.
—Es un placer conocerte, Natalia —dijo Emma con su mejor sonrisa—. Bienvenida a Londres. Espero que te estés adaptando bien.
—Cuesta un poco, la verdad —respondió Natalia, midiendo bien sus palabras. Su acento era ruso, pero estaba claro que tenía mucha clase.
—He leído en alguna parte que estabas en Dubai —comentó Emma.
—Así es.
—Tenemos amigos allí. Es un sitio estupendo para ir de compras —comentó Emma, intentando entablar conversación sobre temas intrascendentes.
—Sí —intervino Yolanda alegremente—, especialmente cuando lo que compras es el Palm Jumeirah.
El comentario no pareció hacer ninguna gracia a Natalia.
—Sí, he oído hablar de la operación. Muy impresionante —dijo Emma, procurando no ofender a Natalia.
—Y aún más impresionante si se tiene en cuenta que no estaba a la venta — añadió Yolanda con una ruidosa carcajada, totalmente ajena a la mirada asesina de Natalia.
Emma recordó haber leído que en la compra del complejo turístico se habían empleado tácticas de persuasión poco limpias para convencer a los vendedores, pero se trataba de una cuestión que no pensaba mencionar en aquellos momentos.
Obviamente, Natalia coincidía con ella en que no era un tema de conversación apropiado, y cortó en seco los comentarios humorísticos de Yolanda, poniéndose de lado de su marido.
—Bueno, Yuri siempre dice que en esta vida todo tiene un precio y que, por lo tanto, todo se puede comprar —zanjó.
Emma sonrió tolerantemente ante aquella declaración de omnipotencia. Natalia tenía mucho que aprender todavía. Era posible que, en el lugar de donde procedía, el dinero pudiera comprarlo todo; pero no en Inglaterra. Esa era la diferencia entre el rico y el nuevo rico, entre el Este y el Oeste.
De todas maneras, Emma decidió conceder a Natalia el beneficio de la duda y se guardó sus pensamientos. No parecía una mujer vulgar ni presuntuosa, de manera que sus palabras quizá se debieran a que no dominaba del todo el inglés ni tampoco el arte de desairar con elegancia a Yolanda.
Sí, pensó Emma, quizá fuera buena idea tomar a Natalia bajo su manto protector hasta que aprendiera a desenvolverse. Aunque parecía bastante reservada, también daba la impresión de ser una persona agradable. Además, aparte del dinero que podía aportar a la fundación, compartían el hecho de que sus respectivos maridos tenían importantes negocios en Rusia.
De todas formas, tenía que proseguir con su recorrido de mesa en mesa; de modo que se despidió educadamente, no sin antes tomar nota mental para llamar a Yolanda y que concertara un almuerzo con Natalia para poder volver a verla. Emma estuvo tan ocupada durante el resto de la tarde que no volvió a ver a la bella rusa hasta que los invitados empezaron a marcharse.
Natalia caminaba hacia la salida del Dorchester buscando algo en el interior de su bolso de piel de serpiente, cuando Emma logró zafarse de la conversación que mantenía e intentó alcanzarla.
Se preguntó si Natalia consideraría una impertinencia que ella le preguntara sobre Dimitri Serguéiokov y su esposa. La mirada entre burlona y despectiva que este le había lanzado en la fiesta seguía preocupándola. Si Natalia pudiera comentarle algo positivo de aquel individuo, se sentiría mucho más tranquila.
Pero quizá no fuera así como funcionaban las relaciones sociales en Rusia. Además no había razón para que los Serguéiokov y los Kordinski se conocieran y aún menos para que estuvieran relacionados. Seguramente se movían en círculos distintos, y tampoco era el momento para indagar todo eso con Natalia y correr el riesgo de asustarla o indisponerse con ella; al menos no antes de que la hubiera convencido de que lo siguiente que debía hacer para abrirse paso en la alta sociedad londinense era prestar su apoyo económico a la fundación.
Además, Natalia caminaba demasiado deprisa. Emma se quedó junto a la puerta del hotel y vio que un guardaespaldas de aspecto siniestro abría la puerta de un Bentley negro, sin duda nuevo, en cuyo confortable interior se sentó Natalia. El hombre empujó la puerta, que apenas hizo ruido al cerrarse, miró a su alrededor y dio la vuelta al coche para sentarse junto al invisible chófer. A continuación, con apenas un susurro, el automóvil se incorporó al tráfico en dirección a Hyde Park Corner. Sí, se dijo Emma, Natalia constituía un enigma que ella se encargaría de desvelar.
Oscurecía cuando Emma entró, exhausta, en su apartamento de Chester Square. Cuando cerró la puerta tras ella, sintió que todo su cuerpo se relajaba. Después de haber sido el centro de atención durante el día entero, ese era el primer momento que tenía para sí. Le dolían los pies, de modo que se quitó los zapatos nuevos de Christian Louboutin y aspiró el relajado ambiente del viejo vestíbulo lleno de fotografías.
El piso era de Julian. Un resto de sus días de soltero. Emma sabía que aquella sería una de las últimas ocasiones en que ella y su marido podrían disfrutar de él a solas, ya que Julian tenía intención de dárselo a Cosmo. Emma debía admitir que Chester Square era un lugar bastante mejor que el antro situado a la orilla del Támesis que su hijo ocupaba en esos momentos. A pesar de todo, iba a echar de menos aquel viejo refugio, se dijo mientras caminaba por el pasillo, dejando que sus dedos recorrieran la pared, porque estaba lleno de recuerdos. Los recuerdos de ella con Julian. Aquel apartamento era como el museo de su relación: había sido el primer sitio al que la había llevado, donde la había besado por primera vez y donde se habían quitado la ropa el uno al otro apasionadamente.
Julian le había asegurado que muy pronto podría comprarse una casa entera en Chester Square, incluso puede que la situada justo enfrente, la que tenía la piscina en el sótano que tanto le gustaba a ella. Sin embargo, Emma sabía que lo suntuoso nunca podría compensar el espíritu de aquel lugar.
—¡Estoy aquí! —la llamó Julian desde el baño.
Emma entró en la espaciosa suite. El disco de Ella Fitzgerald favorito de Julian sonaba en el equipo de música, y este tarareaba, desnudo de cintura para abajo mientras se abrochaba la camisa de vestir frente al espejo. Emma pensó que estaba muy sexy y, a pesar del cansancio, notó que una corriente de deseo se apoderaba de ella.
Julian se volvió para mirarla y, sin decir palabra, le entregó una copa de un Montrachet frío que había abierto especialmente para la ocasión. Ella lo había llamado para contarle lo de la nueva presidencia, y él se había mostrado encantado. Emma sabía que aquel vino provenía de una serie de botellas que su marido guardaba desde hacía años. Entrechocó su vaso con el de Julian, mirándolo a los ojos, y por su mirada se dio cuenta de que se sentía muy orgulloso y de que brindaba realmente por ella. Habían adoptado la costumbre de disfrutar del primer sorbo de sus mejores vinos en silencio, y Emma sabía que él estaba impaciente por que ella saboreara aquel. Tomó un largo trago, dejando que el frío líquido se le paseara por toda la boca.
—¡Dios, qué bueno! —dijo al fin, alzando la cabeza para besarlo.
—Sí, bastante —convino Julian—. Bueno, ¿qué tal te ha ido?
—Bien, pero ha sido duro. Estoy agotada. He conocido a Natalia Kordinski. Según parece, ahora viven en Londres.
Julian parecía impresionado.
—Muy hábil por tu parte. ¿Lograste convencerla para que de paso su marido soltara un poco de pasta?
—Estoy en ello. Quizá podríamos invitarlos a Wrentham Hall cuando vuelvas de Rusia.
Julian tiró de los extremos de su pajarita y se miró en el espejo, tocándose con el dedo un pequeño corte que tenía en el cuello.
—¿Por qué no? —contestó—. En lo que a mí concierne, cuantos más millonarios rusos, mejor. ¿Sabes? Todavía estoy impresionado por lo bien que está saliendo toda esta operación, especialmente después de que todo el mundo me previniera del peligro de hacer negocios en ese país. La verdad es que no entiendo a qué viene tanto alboroto. Por lo que he podido ver, si respaldas tu palabra con tu dinero, se puede trabajar perfectamente con esos rusos. Además, esto no ha hecho más que empezar, una vez que la mina de platino esté funcionando, no hay razón para que no podamos invertir a lo grande. Hay muchas más oportunidades.
—Suena maravilloso —dijo Emma.
—Y lo es. Tenemos una racha de buena suerte. Entre tú y yo, cariño, creo que esta noche vamos a ganar.
Emma suspiró. Habría preferido que pasaran la noche tranquilamente, mano a mano, y poder tumbarse en la cama con dosel del dormitorio en lugar de ir a Fifty, el casino de moda de Mayfair. Pero Julian había prometido a Zak, uno de los inversores de Platinum Holdings, que lo llevaría a jugar al blackjack. Su viejo amigo Graham y su nueva novia irían al club de Julian, así como Omar, Jacob y Peter.
Su marido le guiñó el ojo en el espejo.
—Vamos, no pongas esa cara. Ya sé que estás cansada, pero nos lo pasaremos bien. Como decía Cicerón: «Ya dormiremos cuando estemos muertos».
Emma había oído la frase mil veces y no pudo evitar reírse. La energía de Julian era tan inagotable que le resultaba irresistible. Se preguntó si todavía habría hombres como él. Cosmo y sus amigos parecían dedicar todo su tiempo a dormir y a quejarse. O a colocarse. Nadie parecía tomarse la vida con tanta energía como lo hacía Julian.
—De acuerdo, de acuerdo, me vestiré —contestó, sonriéndole.
Dejó la copa de vino en la cómoda de anticuario y se bajó la cremallera del vestido de sastre negro. Se lo quitó con cuidado y lo dejó en el brazo del diván. De repente, se dio cuenta de que Julian la miraba.
—¿Qué pasa? —preguntó con una leve sonrisa suspicaz en los labios—. ¿En qué estás pensando?
—En que no tienes precisamente aspecto de presidenta. No resultas lo bastante austera y, en conjunto, eres demasiado sexy.
Emma se echó a reír.
—Llegarás lejos con tus halagos.
—Apuesto a que a la vieja lady Whiteley se le ha quedado cara de pasmo.
Emma apoyó un pie en la silla y se quitó una de sus medias negras con costura.
—Su cara era todo un poema.
—¡Si de verdad supieran qué poco disfrutas siendo el centro de atención…!
—Es que no me gusta que la gente me diga qué estupenda soy.
—¿Y por qué no? Deberían erigirte un monumento, cariño.
—A veces tengo la impresión de tener demasiado, como si en esta vida me hubiera tocado más de lo que me corresponde.
—Es tu madre la que habla. Te mereces todo lo que tienes y más. ¿Por qué no puedes aceptar el mérito y los logros que te corresponden? —Julian la miró en el espejo—. ¿Qué ocurre? —preguntó, preocupado—. Tienes razones para estar contenta.
—Claro que lo estoy. No podría estarlo más. Es solo que me preocupa que…
—¿Qué?
Suspiró. Julian la conocía tan bien… Por eso lo amaba tanto, porque la conocía por dentro y por fuera y no estaba dispuesto a permitir que nada le quitara el sueño. Siempre se las arreglaba para despejar cualquier pensamiento negativo que ella tuviera y hacérselo reconocer.
—No lo sé. Todo parece estar cambiando tan deprisa… ¿Qué pasará si algo sale mal? ¿Qué ocurrirá si nos estrellamos?
Julian sonrió, se le acercó y la cogió por los hombros.
—No nos estrellaremos, tontita. No lo permitiré —le prometió, y ella le creyó —. Confía en mí.
Emma lo abrazó y notó el cuerpo de Julian apretándose contra ella.
—Ojalá no tuvieras que marcharte. Voy a echarte mucho de menos.
—Pero si todavía no me he ido —contestó Julian, quitándole los tirantes de la combinación de seda, que cayó suavemente a sus pies.
—Julian… —rió ella—. Pero ¿qué haces?
—¿Te acuerdas de la primera noche que pasamos aquí? —susurró él.
Emma se ruborizó. ¿Cómo iba a olvidarlo?
Julian le había proporcionado tanto sexo oral que, cuando ella alcanzó su segundo orgasmo, gritó de tal manera que los vecinos acabaron aporreando la pared.
—Pues bien, lady Emma Harvey… ¿O debería llamarte «presidenta Harvey»? —dijo Julian, empujándola hacia el diván—. Conozco la manera de borrar las preocupaciones de tu mente. ¿Por qué no te tumbas y me dejas demostrarte que algunas cosas no cambian en absoluto?