Platino

Jo Rees · Capítulo 28 de 43

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Platino

Capítulo 27

 

F RANKIE debía de haberse dormido porque el estruendo de una puerta de barrotes al cerrarse la despertó bruscamente. Una mujer gritó a lo lejos. Se frotó los ojos y el rostro. Tenía el cabello aplastado y pegajoso por la laca que Marc le había puesto para peinarla, cuando la habían vestido en el hotel Carlton.

Dejó escapar un gruñido. Ya había amanecido y seguía allí, en la comisaría. Detenida. La pequeña celda hedía a orines, y un alto ventanuco dejaba entrar la débil claridad de la mañana, que resaltaba la mugre de las paredes y los restos de grafitis.

Se levantó del desfondado colchón y empezó a caminar arriba y abajo. Oyó que la mujer que gritaba se acercaba. También oyó el sonido de pasos aproximándose.

Tenía el vestido de noche de Valentino —que seguramente valía decenas de miles de dólares— totalmente estropeado, cubierto de manchas de grasa y aceite tras su forcejeo con el patrón del puerto.

Nunca se había sentido tan impotente. Había tratado de explicar infructuosamente quién era y por qué había tomado «prestada» la lancha auxiliar de aquel yate de lujo. Pero el patrón del puerto no había querido saber nada de sus explicaciones. Y cuando reconoció que intentaba llegar al Pushkin empeoró más las cosas.

El propietario del yate y de la lancha se había mostrado igualmente implacable y le pidió a los gendarmes que se hicieron cargo de ella y le aplicaran todo el peso de la ley. El policía al mando estaba muy enfadado porque lo había despertado en plena noche, y cuando ella empezó a gritar y a protestar, acabó encerrándola en una celda.

Frankie se agachó y se desgarró el borde inferior de lo que había sido un precioso vestido de noche, y ahora estaba hecho jirones. Necesitaba un baño, una copa y comida. Pero, sobre todo, necesitaba salir de allí.

—Por favor, Todd… por favor… —masculló, cerrando los ojos en una silenciosa plegaria.

Horas antes, en respuesta a sus constantes gritos y quejas, los gendarmes le habían permitido realizar una llamada telefónica, y ella, que todavía conservaba el número del móvil de Todd escrito en la muñeca, le había dejado un desesperado mensaje en el contestador. Sin embargo, por el momento seguía sin tener noticias de él.

Se dijo que seguramente Todd estaría durmiendo todavía y que no habría tenido ocasión de revisar su buzón de voz. Y aunque lo hubiera hecho, ¿quién garantizaba a Frankie que acudiría en su rescate como le había prometido?

Todavía le costaba aceptar que la única persona en el mundo capaz de ayudarla fuera la estrella cinematográfica más famosa del momento. ¡Todd Lands en persona! La magnitud de aquel hecho la llenaba de dudas. ¿Quién le decía que no iba a dejarla plantada y olvidarse de ella, especialmente cuando sus últimas palabras habían sido una clara advertencia para que no se metiera en líos?

¿Y si la prensa se enteraba de lo sucedido? Si se descubría que la joven que había aparecido en público del brazo de Lands era la misma que había robado una lancha e intentado colarse en la fiesta del Pushkin, se convertiría en algo más que una breve nota a pie de página: sería una situación muy comprometida para Lands.

Pero la única posibilidad era que Todd acudiera en su ayuda y la sacara de allí, porque no había alternativa. Aparte de él, en esos momentos Frankie no tenía a nadie más.

Absolutamente a nadie más.

La idea la aterrorizó. Se dejó caer en el camastro y hundió el rostro entre las manos, luchando por contener las lágrimas. Ella tenía la culpa de todo. No había sabido ser lo bastante fuerte. Desde el momento en que había regresado de Marrakech y Richard la había tratado de aquel modo tan horrible, ella había dejado que otros la llevaran de un lado para otro como un pelele. Como una idiota, se había dejado arrastrar por el plan de Wiseman. ¿Por qué no había protestado más enérgicamente y exigido ver a Alex nada más llegar al Carlton? ¿Por qué no había hecho nada para salir de la limusina cuando se la habían llevado a la presentación de la película con Todd? ¿Por qué había sido tan débil?

Desde el punto de vista de Alex, su comportamiento tenía que haber sido terrible. Entre todos habían hecho que a él le resultara imposible no creer las mentiras urdidas por Kordinski.

Sin embargo, incluso en la fría luz del amanecer, Frankie vio un rayo de esperanza: amaba a Alex y no pensaba rendirse por mucho que otros le dijeran lo contrario, le costara lo que le costase. ¿Acaso no le había dicho Alex que tuviera fe? ¿Acaso no le había insistido desde el primer momento en que la confianza era lo más importante?

Pues bien, aunque Alex hubiera perdido la fe en ella, estaba decidida a no perder la que ella tenía depositada en él. Se enjugó las lágrimas del rostro con renovada determinación.

No más debilidad. Pensaba asegurarse de que Alex conociera toda la verdad como fuese. Iba a demostrarle que podía confiar nuevamente en ella, que siempre había podido y que siempre podría.

Había llegado hasta allí y no estaba dispuesta a rendirse. Ya lo había perdido todo una vez, en Sudáfrica, y no iba a permitir que aquello se repitiera. Al menos sin lucha.

Se incorporó en el camastro justo cuando una algarabía estallaba en el pasillo. Una llave giró en la cerradura y la puerta de la celda se abrió. Un gendarme, al que recordaba de la noche anterior, empujó a una joven delgada y de piel cetrina dentro de la celda. Esta bufaba igual que un gato. Tenía el maquillaje corrido y los vaqueros desgarrados. Frankie no sabía mucho francés, pero comprendió que estaba soltando una lluvia de improperios. La recién llegada alzó el mentón en gesto desafiante y escupió en las relucientes botas del agente. Frankie se dijo que tenía aspecto de prostituta o de yonqui, la clase de persona que habría evitado por la calle. Sin embargo, quién era ella para hacer juicios de valor, ella que había robado una lancha motora. Sin duda estaba metida en un lío mucho peor que aquella infeliz.

—Monsieur! —exclamó Frankie, levantándose y llamando la atención del agente. Se arregló el cabello como pudo y le brindó su más educada sonrisa.

Él la miró con aire desconfiado y entonces asintió, como si de repente la hubiera reconocido.

—Ah, oui. Venga por aquí —le dijo en un inglés bastante malo.

Ante aquella demostración de trato privilegiado, la joven de los vaqueros rotos soltó otra andanada de imprecaciones, pero a Frankie el estómago le dio un vuelco, al tiempo de aprensión y de esperanza. ¡La estaban sacando de allí! Sí, pero ¿cómo? ¿Adónde? ¿Acaso su mensaje había llegado a oídos de Lands o es que iban simplemente a trasladarla a otro lugar? ¿A la sala de interrogatorios? ¿A otra prisión o a algún lugar peor que esa celda?

La chica flacucha aporreó la puerta mientras se llevaban a Frankie por el corredor y le hacían cruzar dos puertas de seguridad y subir un tramo de escalera. La condujeron hasta otra celda, limpia y vacía, con una botella de Evian y dos vasos de plástico en un rincón. Una ventana con barrotes daba a la bahía soleada; aquel paisaje le pareció tan lejano como la otra cara de la luna.

—Espere aquí —le ordenó el gendarme, que cerró la puerta, dejándola sola.

Frankie vio la cámara de seguridad del techo y comprendió por qué no la habían esposado.

«Sé fuerte —se dijo, luchando contra el miedo mientras bebía un vaso de agua—. No vuelvas a meter la pata. Tienes que hacer lo que sea para salir de aquí de una pieza.»

Unos minutos después, la celda se abrió y entró un hombre vestido con una camisa sport color crema y un elegante pantalón de loneta. Lucía perilla y tenía unos benévolos ojos verdes tras unas gafas en forma de medialuna. Estrechó la mano de Frankie antes de dejar su maletín encima de la mesa.

—Señorita Willis, me llamo Laurent Ricard. Todd Lands me ha enviado para que la saque de este lío.

Frankie sonrió. ¡Gracias a Dios, Lands no se había olvidado de ella!

—Muchas gracias —le contestó, devolviéndole el apretón de manos con gratitud.

—¿Por qué no me cuenta qué ha pasado? Luego veremos cómo podemos convencer a toda esta buena gente de que usted no es tan peligrosa como parece.

 

Una hora más tarde, Frankie se había llevado una severa reprimenda, pero, gracias a Laurent, el abogado de Todd, había logrado salir de aquella pesadilla. Los cargos habían desaparecido misteriosamente; ni siquiera le habían puesto una multa.

Laurent la acompañó rápidamente hasta el coche que los esperaba, llevándola del brazo con prisas y sin permitirle disfrutar del aire fresco ni de la increíble euforia que la invadía al verse libre de nuevo.

—Disfrutará de todo esto mucho mejor en el lugar adonde voy a llevarla —le dijo Ricard.

En un abrir y cerrar de ojos llegaron al aeropuerto de Niza, donde Todd tenía su helicóptero esperándolos con un piloto a su disposición. Lands había abandonado el Hotel du Cap y se encontraba en esos momentos en su residencia de las afueras, donde ellos tenían que reunirse con él.

La mansión de Lands no se encontraba muy lejos de allí, pero sí a años luz del bullicio de Cannes. Era un antiguo castillo del siglo XVII que se alzaba entre viñedos y olivares centenarios. Cuando sobrevolaron el terreno y siguieron el camino de acceso, antes de aterrizar en un campo de inmaculado césped, Frankie divisó un Maserati de color dorado, aparcado ante la entrada.

Una vez en el interior de la casa, Frankie se quitó los zapatos y los llevó en la mano mientras seguía a Ricard y a un estirado mayordomo británico por las frías losas y a través de un laberinto de pasillos y habitaciones, maravillándose de cómo aquel lugar había sido restaurado. Encima de la chimenea colgaban una serie de retratos de Lands al estilo de Andy Warhol. La decoración abarcaba todo tipo de muebles modernos, y bajo los arcos de piedra había numerosas esculturas. Todo el lugar tenía un aire elegante y cómodo al mismo tiempo, como una prolongación de la personalidad de su propietario.

En la parte trasera, el servicio se afanaba llevando a la terraza jarrones con flores y cubiteras, y preparando una mesa.

El mayordomo dio unas breves órdenes al personal mientras hacía pasar a Frankie y a Laurent junto a una florida fuente de piedra que daba al jardín trasero, con sus bancales de rosales y lavanda y sus impolutos caminos de gravilla. Con la mano, Frankie se hizo sombra en los ojos mientras contemplaba aquel esplendor, echando de menos sus gafas de sol. Desgraciadamente, como todas sus otras cosas, habían desaparecido.

El mayordomo les hizo cruzar una verja de hierro colado situada bajo un seto tallado en forma de arco. Se detuvieron unos pasos más allá. Todd Lands estaba saliendo de una maravillosa piscina de pizarra negra.

Verlo medio desnudo le resultó extrañamente familiar, pero era evidente que su imagen representaba un icono mundial. Por todas partes, desde Tokio hasta Berlín, se vendían fotos y postales suyas con aquella misma imagen. Sin embargo, allí estaba, ante sus ojos, en carne y hueso.

La mayoría de las chicas se habrían desmayado al verlo, pero Frankie se sentía demasiado cansada y demasiado agradecida. Y también repentinamente incómoda.

Lands solo llevaba puesto un minúsculo tanga color violeta. Frankie pensó que ofrecía una imagen ridicula, pero tenía que reconocer que tenía un cuerpo increíble. A pesar de su corta estatura, tenía unas proporciones perfectas. Su vientre era liso y duro, y los músculos se le marcaron cuando se agachó para coger el pareo de seda que había dejado en el respaldo de la tumbona de teca y anudárselo en la cintura. Estaba claro que disfrutaba teniendo público.

—Me alegro de que hayas conseguido salir, Frankie —dijo mientras iba hacia ella. Pero su sonrisa se tornó en una mueca cuando la vio de cerca—. ¡Dios mío! —exclamó como si se hubiera olvidado del hecho de que ella había pasado la noche en la comisaría—. ¡Estás hecha un desastre!

—Sí. Qué diferencia con la que te acompañó ayer en la alfombra roja, ¿no? — repuso Frankie con una débil sonrisa.

—Oye, Lai —reprendió Todd a su abogado—, por lo menos podrías haber pasado por la tienda de Chicha y haberle comprado un poco de ropa a nuestra Cenicienta.

Laurent sonrió brevemente.

—Ya sabes que comprar ropa femenina no es mi especialidad. En cambio, tratar con gendarmes sí.

Todd sonrió.

—Tan cortante como siempre. Me gusta —dijo dándole una palmada en el hombro y dejándole la huella de la mano húmeda en la camisa de hilo—. Has hecho un buen trabajo al lograr sacar a Frankie de allí. ¿Cuánto va a costarme?

—Nada de lo que debas preocuparte. El propietario de la lancha demostró ser un tipo muy amable una vez que se hubo enterado de tu interés por Frankie. Según parece, su mujer es una de tus más fieles seguidoras. Me bastó con prometerles unas entradas para el estreno de tu película en Nueva York y que pasarías a saludarlo.

Todd alzó los ojos al cielo.

—Creo que preferiría haber pagado.

—Gracias por sacarme de allí, Todd —dijo Frankie, dándose cuenta de las molestias que había ocasionado.

—¿Necesitas algo más? —preguntó el abogado con una ligera inclinación de cabeza.

Todd miró a Frankie.

—Bueno, aquí tienes tu oportunidad. Laurent es un hombre importante aquí. Puede conseguirte lo que desees.

—Lo que más necesito es un pasaporte —dijo Frankie, preguntándose si no era pedir demasiado.

Laurent Ricard asintió.

—Desde luego. Dame tus datos y tendré uno listo para ti dentro de unos días.

¡Unos días! Apenas podía creer que él fuera capaz de arreglar las cosas tan rápidamente. Sin embargo, eso era también un pequeño problema: ¿qué iba a hacer ella durante ese tiempo? No tenía ningún lugar al que ir ni tampoco dinero; solo el estropeado vestido que llevaba puesto.

—Perfecto —dijo Lands—. Puedes traérselo aquí cuando lo tengas porque va a quedarse unos días. —Se volvió hacia ella, guiñándole el ojo, como si le hubiera leído el pensamiento—. ¿Verdad que sí, Frankie? No sé si me gusta la idea de perderte de vista. Te metes en demasiados líos, aunque hay que reconocer que el número que montaste fue impresionante.

Frankie sonrió, aliviada de que no estuviera enfadado con ella y conmovida por su generosidad.

—¡Ah! Por ahí viene Claire —dijo Todd cuando una mujer ataviada con un bonito vestido de verano apareció en la terraza con un móvil en la mano—. No sé si la recuerdas de anoche. Es mi secretaria particular. Ella se ocupará de tu ropa. Vamos a reunirnos para comer, de modo que tendrás que arreglarte un poco.

Frankie sintió que se le caía el alma a los pies. La idea de tener que aparecer en público nuevamente le producía ganas de llorar. Lo único que deseaba era acurrucarse en un rincón y dormir. Contempló más allá de la luz crepuscular que se reflejaba en la piscina, hacia el césped que se extendía bajando hacia el valle, y pensó en Alex, en ellos dos, en la piscina de su casa de Marrakech, en el paseo a caballo por la playa. Libres. ¡Qué distinto era todo!

Todd leyó su expresión.

—Vamos, pon una sonrisa en ese hermoso rostro tuyo. Basta de lágrimas, ¿de acuerdo? Ahora estás conmigo y será mejor que disfrutes cuanto puedas.

 

Cuando Laurent y Claire se hubieron marchado y ellos se quedaron solos, Frankie se sentó en una de las tumbonas de la terraza, frente a Todd. En una mesa cercana había un montón de diarios llenos de fotos de ellos dos.

—Escucha, Todd —empezó a decir ella—, acerca de lo que ocurrió anoche…

—Sí. Será mejor que Alex no lea la prensa —la interrumpió él soltando un silbido—. Están que arden con la noticia de nuestra aparición.

—Ya lo veo —contestó Frankie con expresión abatida y pensando que en esos momentos Alex la estaría odiando aún más.

—De todas maneras —prosiguió Todd—, debo decir que los comentarios son de lo más halagadores. Todos dicen que formamos una estupenda pareja.

—Ya… —repuso Frankie, mordiéndose el labio y con las manos entre las rodillas.

—No sé si lo sabes —añadió él, sirviendo dos vasos de agua mineral—, pero he recibido una llamada de mi personal de relaciones públicas. Dicen que tú y yo deberíamos seguir trabajando juntos esta historia, que nuestro fingido romance todavía puede dar mucho jugo. Las visitas de mi página web han subido astronómicamente. Han llamado Jay Leno y Letterman. La verdad es que había pensado que, dado que no se ha arreglado tu historia con Alex, quizá te gustaría reconsiderar lo nuestro. Creo que podría ser divertido. Sé que en estos momentos no tienes trabajo, de modo que mi propuesta podría tener un interés económico para ti.

Frankie lo miró con los ojos muy abiertos. ¿De verdad hablaba en serio?

—Todd… No puedo —farfulló—. Sé que esta vez he metido la pata con Alex, pero la próxima será diferente. Tú sabes lo que siento por él, sabes que lo amo y que quiero recuperarlo. No va a ayudarme seguir fingiendo que soy tu novia.

—Sí, sí.

—No, Todd, lo digo en serio. No puedo hacerlo, no soy actriz. Además, me consta que podrías encontrar ahora mismo cientos de chicas que darían su mano derecha por una oferta como la que me estás haciendo. Te lo agradezco, pero la verdad es que no puedo.

Todd alzó los ojos al cielo.

—Sí, ya sé que no soy tu estilo, pero deja que te diga una cosa antes de que empieces a planear tu siguiente escapada: el yate de Rodokov ha salido de Cannes. Nadie sabe dónde se encuentra ese novio tuyo tan estupendo.

—Aun así, no pienso abandonar —le aseguró Frankie—. Lo encontraré. De un modo u otro lo encontraré.

Todd asintió.

—Pero no sin un pasaporte, ¿verdad?

—Es cierto.

—Lo cual te convierte en mía durante las siguientes veinticuatro horas como mínimo.

Frankie asintió.

—Supongo que tienes razón.

—Oye, pues eso no es tan malo —dijo Todd, mostrándole el paisaje con la mano y haciendo una mueca. Frankie no pudo evitar reírse—. Eso está mejor. Y ahora, ya que estás aquí, ¿por qué no me ayudas? —le dijo, dejando encima de la mesa un guión. Frankie lo cogió y vio que era una obra de teatro—. Me han hecho una oferta estupenda para trabajar en un espectáculo en Broadway, y si me decido, debo comprometerme hoy. Échale un vistazo y dime qué te parece. Mi papel es el de Arty.

Frankie lo miró, perpleja. No podía decirlo en serio. Después de todo por lo que acababa de pasar, ¿de verdad quería que leyera una obra de teatro allí mismo?

—Pero si no sé nada de obras de teatro —protestó.

Todd hizo un gesto despreocupado.

—Ves la televisión, ¿no?

—Pues claro.

—El teatro es eso, televisión pero en primer plano.

Frankie cogió el guión como si este pudiera estallarle en las manos en cualquier momento.

—Pero… ¿por qué yo? ¿Por qué no se lo pides a tu secretaria personal o a alguien del negocio?

—No. Quiero a alguien neutral, alguien a quien no tenga en nómina. Además, me caes bien. Eres lista y me gustaría conocer tu opinión.

—¿De verdad quieres hacer teatro? Estoy segura de que te llueven las ofertas cinematográficas.

Todd se inclinó hacia delante para asegurarse de que nadie podía oírlos.

—Es cierto, pero las últimas críticas me han crucificado por hacer siempre el mismo papel, y ninguno de los que me rodean se arriesga a darme una opinión sincera. Mi agente tiene tanto miedo de perder su comisión que se niega a aconsejarme. La prensa está de mi parte en estos momentos, pero ¿quién sabe cuánto puede durar? —La miró con expresión seria—. Tú eres una de mis fans y puedes decírmelo: ¿es verdad que siempre soy el mismo en todas mis películas?

Frankie notó que se le secaba la garganta. ¡Jesús, se lo estaba pidiendo en serio!

Dejó el guión en la mesa y comprendió que aquello no era por la obra de teatro, sino por el ego de Todd. Midió sus palabras con cuidado.

—Verás… Siempre haces el mismo tipo de películas. Ya sabes a qué me refiero, siempre en plan héroe de acción. Supongo que a la gente puede costarle ver la diferencia porque eres tan famoso que…

Todd frunció el entrecejo, y ella se apresuró a añadir:

—Pero ¿qué tiene de malo ser siempre Todd Lands? A mí me parece que funciona.

—No tienes que hacerme cumplidos —contestó él—. Lo que quiero es que me digas la verdad.

—¿La verdad?

Todd asintió, haciéndole un gesto con los dedos para que se la dijera.

—Bueno… Yo diría que en estos momentos eres demasiado famoso para seguir con las películas… —Vaciló un momento antes de proseguir, porque se dio cuenta de que él deseaba realmente que ella fuera sincera—. Los críticos no ven lo que aportas a los papeles que interpretas, solo quién eres. Poco importa lo que hagas en la pantalla, lo único que ven es a Todd Lands, al actor famoso. Me parece que eres víctima de esa gigantesca maquinaria de relaciones públicas, la misma que tanto te gusta.

Dio un respingo por dentro y se preguntó si no habría ido demasiado lejos con su franqueza. Todd asintió en silencio con una sonrisa, mientras sopesaba lo que le había dicho.

—O sea, que lo de Broadway podría ser una buena idea para demostrar a todo el mundo que todavía tengo lo que hace falta tener.

—Todd, ¿a quién le importa lo que opinen los demás? Lo que importa es lo que opines tú.

Y en ese momento, Frankie comprendió que era ella la que debía seguir aquel consejo. Encontraría el modo de aclarar las cosas entre ella y Alex por mucho que le costara. ¿Acaso no había dicho que iba a ir a Tortola? Recordaba haber visto a Alex anotándolo en su estudio. Bueno, si Laurent era capaz de conseguirle un pasaporte, ella se ocuparía de presentarse en las islas Vírgenes británicas. Sí, haría eso. Y Alex no podría hacer caso omiso de su persona cuando viera que ella había ido hasta allí para encontrarse con él.

 

Frankie no volvió a tener la oportunidad de charlar con Todd a solas hasta aquella noche. Se sentía aturdida de cansancio, pero a pesar de todas las cosas que le rondaban por la cabeza, la comida había resultado entretenida. Todd tenía una personalidad tan magnética que costaba mucho no dejarse seducir por ella. Estimulado por una renovada confianza, había anunciado que iba a aceptar el papel de la obra de Broadway, ante la aprobación general de los presentes.

En esos momentos, sentados a la luz de las velas en el invernadero de los naranjos, mientras tomaban una última copa, se le veía por fin relajado.

—Has estado encantadora durante la comida —le dijo—. Has caído muy bien a todo el mundo. Para tratarse de alguien que no es mi pareja, estás haciendo un gran trabajo.

Frankie se echó a reír.

—Creo que te pasaste un poco cuando les dijiste que yo era tu musa.

—¿Qué más da? —respondió Todd—. La mitad de los invitados son unos cretinos que se dedicarán a propagar todo tipo de rumores, pero no me importa siempre que me salga bien ese papel de Broadway.

—¿Sabes?, me gustas mucho más así —le confesó Frankie—. Te prefiero como eres en la vida real en lugar de en esa comedia detipo enérgico que siempre montas. No sé cómo consigues pasar de lo uno a lo otro con tanta facilidad.

Todd sonrió y se acarició la barbilla.

—Conozco a alguien que dice lo mismo que tú —dijo, apartando la vista, incómodo por haber permitido que se le escapara semejante comentario relativo a su intimidad.

—Vaya, así que tienes a alguien… —sondeó Frankie.

Todd se mantuvo en silencio unos momentos; luego la miró a los ojos y contestó:

—Puede.

Frankie sonrió.

—Tomaré eso como un sí —respondió, dándose cuenta de que él sopesaba los pros y los contras de seguir hablando—. ¿Es este el secreto tan bien guardado del que me hablaste? —preguntó, creyendo que se estaba acercando al verdadero Todd Lands—. Puedes confiar en mí, Todd. Esta mañana me has salvado la vida y no pienso decir nada de lo que me cuentes. Además, tú mismo has dicho que soy tu musa, de manera que debo saberlo todo acerca de ti.

—De acuerdo, reconozco que hay alguien especial. Y sí, es secreto, muy secreto.

—Está bien.

—Quién sabe —añadió Todd con un suspiro—, quizá algún día te lo presente.

—¿«Lo»…? —preguntó Frankie—. ¿Quieres decir que…?

Todd se ruborizó y se llevó la mano al pecho.

—¡Uau! Suena raro decirlo en voz alta.

—¿Eres gay? —exclamó Frankie, mirándolo boquiabierta. Se sentía totalmente perpleja, pero también aliviada y esperanzada. Si Todd era gay, eso lo cambiaba todo.

—¿Sorprendida?

Frankie lo pensó unos momentos. No, no estaba sorprendida. El tanga color violeta… Sí, todo encajaba.

—Ya te dije que era un gran secreto —añadió Todd.

—¡Y que lo digas!

Todd la miró con expresión grave.

—Escucha, Frankie, esto tiene que seguir siendo un secreto. Debes prometerme solemnemente que no se lo dirás a nadie; de lo contrario, mi carrera estaría acabada. Lo digo en serio, Frankie. He confiado en ti y te he ayudado, pero si al final resulta que he cometido el mayor error de mi vida porque tú me descubres, te juro que te demandaré por difamación. Recuerda que en la limusina firmaste un contrato de confidencialidad, y deja que te diga que mis contratos son a prueba de bala.