Platino

Jo Rees · Capítulo 23 de 43

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Platino

Capítulo 22

 

E N EL puente de mando del Pushkin, Richard, el capitán, hizo un gesto afirmativo con la cabeza a Roz, que cerró la puerta. Frankie los miró. Como bienvenida no estaba mal. Todo el mundo se había comportado de un modo muy extraño desde su llegada al yate, y parecían claramente preocupados por los preparativos de la fiesta de cumpleaños de Alexéi. La habían llevado ante la presencia del capitán nada más haber dejado su bolsa.

—Bueno… —empezó a decir, entrelazando las manos. Se sentía repentinamente nerviosa y tímida, y deseó no tener que pasar por todo aquello sola y sin el apoyo de Alex. ¡Ojalá hubiera vuelto con él!—. Ya estoy de vuelta.

—Sí, y está despedida —le espetó sin más preámbulos.

—¿Qué? —Adiós a su plan de regresar con dignidad y sin tener que restregar a nadie su nueva posición. Había esperado que la «pequeña charla» que se había propuesto tener al subir a bordo fuera para explicarle a la tripulación lo suyo con Alex—. ¿Que me despide? —Rió—. No creo que lo entienda, capitán, pero yo ya no trabajo aquí.

—Sabemos dónde ha estado —dijo Roz, sin hacer el menor intento por disimular su hostilidad—. Sabemos que ha estado con Alexéi Rodokov.

Frankie se preguntó de qué iba todo aquello y miró a Richard, perpleja. Había creído que el capitán estaría al tanto de su relación con Alex. Porque este seguramente lo había llamado, ¿no?

—Esto… Sí. ¿Y? Alex y yo…

—Sí, sí, estamos seguros de que todo ha sido muy bonito y maravilloso. —La interrumpió Roz en tono sarcástico—. Pero sigue siendo motivo de despido.

Frankie tuvo que contener el impulso de decirle que se fuera a tomar viento. Foca envidiosa. «No te comportes como una cría —se dijo—, y espera a ver adónde conduce todo esto antes de decir algo de lo que tengas que arrepentirte.»

—Richard —dijo Frankie, dirigiéndose al capitán y haciendo caso omiso de Roz—, usted no lo entiende. Yo pensaba que la situación estaba totalmente aclarada. Si quiere, no tiene más que llamar a Alex y él le explicará…

—¿Qué? ¿Que se ha tirado a una de las camareras del barco? ¡Menuda hazaña! No creerá usted que ha sido la primera, ¿verdad?

Frankie sintió que la sangre se le subía a la cara.

—¡Cómo se atreve! Voy a quedarme aquí, esperando a Alex, hasta que venga para su fiesta de cumpleaños.

—De ninguna manera.

Frankie estaba a punto de perder los estribos, y el capitán la miró con aire exasperado, como el maestro que intenta explicar algo sencillo a un alumno especialmente obtuso.

—¡Richard, por el amor de Dios, llame a Alex! —exclamó ella.

—Frankie, es usted la que no lo entiende. Tiene que marcharse del barco inmediatamente porque ¡son órdenes del jefe!

No podía hablar en serio, se dijo Frankie, mirando al capitán y a Roz.

¡Pero lo había dicho totalmente en serio!

La mente le funcionaba a toda velocidad. Tenía que haber una explicación razonable para todo aquello, y ella no debía perder los estribos. Estaba decidida a que eso no sucediera ante ellos. Estaba claro que no tenían la menor idea de lo que había sucedido entre ella y Alex. Debía mantener su dignidad costara lo que costase. Al fin y al cabo, en ese momento se suponía que estaban a sus órdenes. Lo que ocurría era que todavía no lo sabían.

—Muy bien, de acuerdo —dijo alzando las manos. No tenía intención de darles el gusto de verla alterada—, lo que digan. Me marcharé, y cuando Alex se entere de esto veremos quién despide a quién.

Richard y Roz cruzaron una mirada.

—Eugene la llevará a tierra —contestó el capitán—. Yo que usted no me molestaría en pedir referencias para el futuro, en caso de que lo haya pensado…

—No lo he pensado.

Todo lo que había hecho era enamorarse, pero en esos momentos, por la forma en que Richard la acompañó a la embarcación auxiliar que la esperaba, se sintió como si hubiera cometido un crimen.

—¿No voy a poder despedirme siquiera? —preguntó.

—Nadie quiere hablar con usted —contestó Roz.

Las palabras la hirieron, pero no se inmutó. Ella y Alex estaban enamorados, y Richard y Roz estaban cometiendo una gran equivocación.

Una enorme equivocación.

—Lamentará lo que está haciendo, Richard —dijo Frankie, mientras bajaba la escalerilla que conducía a la embarcación auxiliar.

—Seguramente no tanto como usted lamentará lo que ha hecho. Es usted una chica muy imprudente.

Estaba claro que Richard disfrutaba de aquel momento. Frankie lo vio en sus ojos. Llevaba tanto tiempo mostrándose servil con los invitados que lo único que le hacía sentirse importante era jugar a ser Dios con los miembros inferiores de la tripulación. Daba asco, y lo lamentaría cuando volviera a las pocas horas, acompañada por Alex.

Eugene ni siquiera la miró a la cara. Jeff hizo retroceder bruscamente la embarcación auxiliar, y Frankie tuvo que sujetarse con fuerza mientras cruzaban la bahía de Cannes, abarrotada de barcos. Todo el mundo estaba allí buscando el mejor hueco para fondear.

Cuando Jeff empezó a zigzaguear entre los yates, Frankie no tardó en perder de vista el Pushkin. Solo cuando se internaron por el canal que conducía a la parte más próxima del muelle tuvo una última visión del barco de Alex. Desde aquella distancia le pareció una maqueta, casi de juguete, algo muy poco real. El estómago se le encogió y se sintió igualmente pequeña e insignificante. Sus viejas dudas volvieron a asaltarla. ¿Y si desde el principio su historia con Alex no había sido más que una ficción, una simple apariencia?

Apartó aquel pensamiento de su mente. No. Tenía que concentrarse en lo que era real; en lo que en el fondo de su corazón sabía que era cierto.

Pero entonces, ¿por qué la trataban de ese modo? ¿Acaso enamorarse del jefe era un crimen tan espantoso?

—Eugene, ¿qué está pasando? —le preguntó.

Eugene hizo como si no hubiera oído la pregunta, y Jeff siguió hacia el muelle sin mirarla, navegando a toda velocidad, como si tuviera prisa por desembarazarse de ella.

—Chicos, por favor —rogó Frankie, mientras se acercaban al malecón—. Al menos dejadme en la ciudad. A vosotros os da lo mismo.

Estuvo tentada de añadir que no tardarían en volver a recogerla y que entonces se sentirían como unos estúpidos.

La embarcación aminoró y se acercó lentamente a unos peldaños de hierro del malecón que bajaban hasta el agua. Frankie apenas daba crédito a lo que veía. ¡La estaban dejando en medio de la nada! Contempló la oxidada escalerilla que subía hasta el muelle.

—¡Eugene, por favor! ¡Todo esto no tiene sentido!

—Tienes que bajar —contestó él hoscamente.

Frankie suspiró.

—Está bien. —Tendió la mano para que le entregara su bolsa, pero él no hizo el menor gesto de dársela—. ¡Oye, ahí tengo mi pasaporte y mis cosas, no puedes quedártelo! —protestó con lágrimas de rabia en los ojos. Además, tenía los regalos que Alex le había hecho en Marrakech y toda la ropa, por no mencionar la cámara y su neceser—. Por favor, Eugene —suplicó—, dámela; todas mis cosas están ahí.

—Son órdenes del jefe —contestó él—. Tienes que marcharte sin nada.

El miedo se apoderó de Frankie. Allí estaba otra vez: «órdenes del jefe». ¡No podía ser! ¡Era imposible! ¡Impensable!

Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero se las secó rápidamente porque no quería que los otros presenciaran su desamparo.

Si Jeff lo lamentaba, desde luego no lo demostraba. Contempló a Eugene hablando brevemente por el micrófono que llevaba prendido en la solapa de su traje negro, y dio unos acelerones en punto muerto al motor.

Frankie lo intentó una última vez y se lanzó hacia su bolsa. Su cámara estaba dentro y en ella había pruebas, fotos de ella con Alex. Valiosos recuerdos.

—¡Dámela! —espetó.

—¡Lárgate! —gritó Eugene, empujándola y haciéndola tropezar hacia la borda de la embarcación.

—¡Mi bolsa!

Pero Eugene no la escuchó porque Jeff engranó la marcha y dio un brusco golpe de gas. Frankie perdió el equilibrio y cayó al agua de espaldas, con un gran chapuzón. Cuando emergió en la sucia y fría superficie, lo primero que vio fue la embarcación alejándose a toda velocidad, dejando tras ella una estela que la empujó hacia el muelle. Dio un par de frenéticas brazadas, tosiendo y jadeando hasta que consiguió aferrarse a la escalerilla metálica. Desde allí vio que Eugene arrojaba su bolsa por la borda y que esta flotaba unos segundos antes de hundirse y desaparecer en las profundidades.

—¡Hijo de puta! —gritó con un nudo en la garganta mientras golpeaba el agua con el puño—. ¡Que te jodan!

¿Qué iba a hacer ahora?

 

Se cubrió el pecho de la empapada camiseta con los brazos. La ligera tela de la falda se le pegaba a los muslos mientras caminaba cojeando por el muelle, había perdido una de sus sandalias en el agua y el áspero pavimento le hería los pies.

¡Maldita sea! ¿Qué había pasado? Los rostros de Richard y de Roz seguían en su mente, por no mencionar a los gilipollas de Jeff y Eugene. «Son órdenes del jefe. Tienes que marcharte sin nada.»

Meneó la cabeza, negándose a creerlo. Tenía que tratarse necesariamente de un error, de un terrible error. Alex la quería. Se lo había dicho aquella misma mañana, por teléfono.

Seguro que Richard había interpretado sus órdenes al revés. En cuanto a Eugene, seguro que también estaba mal informado. Alex se pondría furioso cuando se enterase de cómo la habían tratado. Pero lo peor era que había perdido todas sus cosas, sus fotos, el collar que Alex le había regalado, todo su dinero…

Las lágrimas le nublaron la visión cuando se sentó en uno de los norays del muelle para recobrar la compostura. Furiosa, se quitó unos restos de cristal de la planta de los pies. ¡Ojalá tuviera un teléfono para hablar con Alex! Él solucionaría aquel embrollo, y ella se encargaría personalmente de que Richard, Roz y Eugene fueran despedidos de inmediato. Y también Jeff. Había creído que era su amigo, pero al final se había puesto en su contra, igual que los demás.

¡Esos hijos de puta!

Su corazonada acerca de volver sola al Pushkin había resultado acertada. Desde el primer momento había sabido que acabaría mal, pero nunca había imaginado que tanto.

Tenía que ponerse en contacto con Alex costara lo que costase.

Empezó a caminar de nuevo, intentando no pensar en el dolor de los pies. Mucho más allá del muelle abarrotado de barcos amarrados podía divisar la silueta de los edificios de Cannes. Aun así, le pareció que se hallaba a kilómetros de distancia.

Se fijó en un lujoso yate amarrado al final de un pantalán y, durante un segundo, se preguntó si sería mejor acercarse hasta él y pedir que por favor le dejaran utilizar el teléfono.

Pero entonces, milagrosamente, oyó que un coche se le acercaba por detrás: una elegante limusina negra. Estuvo a punto de desmayarse de alivio. ¡Gracias a Dios, Alex llegaba en su rescate! Saludó con la mano cuando el vehículo pasó junto a ella y vio que una de las ventanillas tintadas descendía y que por ella se asomaba un rostro familiar a través de una nube de humo de cigarro.

Pero no se trataba de la persona que ella esperaba.

No era de ningún modo Alex, sino Sonny Wiseman, el productor cinematográfico que había conocido a bordo del Pushkin.

—¡Hola! —exclamó Wiseman—. ¡Pero si es mi joven amiga de Cape Town!

—¡Señor Wiseman, es usted! ¡Gracias a Dios! —exclamó Frankie, con ganas de echarse a llorar. Se sentía absolutamente desdichada. Había estado tan convencida de que se trataba de Alex… El desengaño aún era peor, aunque cabía la posibilidad de que Alex hubiera enviado a Sonny a buscarla.

—Pero ¿qué le ha pasado, chiquilla? —preguntó Wiseman—. ¿Puedo ayudarla? ¿Quiere que la lleve a alguna parte?

Frankie asintió, con los dientes todavía castañeteando. El chófer se apeó de inmediato y corrió a abrirle la puerta trasera de la limusina.

Una vez dentro, Sonny cogió la manta que había en la bandeja trasera y se la entregó.

—Gracias —dijo Frankie, envolviéndose con ella y acurrucándose en un rincón—. No sabe cuánto me alegro de verle, señor Wiseman.

—Si no recuerdo mal, le debo un favor. A juzgar por su aspecto, ha llegado el momento de que se lo devuelva.

—Simplemente lléveme con él, por favor —dijo Frankie, secándose las lágrimas con la manta.

—¿Con quién?

—Con Alex. Le ha enviado él, ¿no? Está aquí porque él se lo ha pedido, ¿verdad?

Sonny Wiseman frunció el entrecejo.

—¿Alex, enviarme aquí? Alex no me ha pedido nada de nada, cariño. ¿De qué me está hablando?

A Frankie se le encogió el corazón, pero su mente empezó a funcionar a toda velocidad.

—Escuche, señor Wiseman, le prometo que se lo explicaré todo; pero, en estos momentos, lo que necesito con urgencia es ponerme en contacto con Alex. Y también necesito algo de ropa y… mi pasaporte… Esos hijos de puta se han quedado con mi pasaporte, y todo mi dinero… y las tarjetas…

Las lágrimas le hicieron un nudo en la garganta.

—Tranquila, tranquila —le dijo Wiseman—. Primero séquese. Es mejor que vayamos por partes.

Frankie le agarró el brazo con desesperación.

—Pero usted me ayudará, ¿verdad?

—Claro que la ayudaré. Alex llegará en avión esta noche para el estreno de la película. Seguro que le ha hablado de ella. Es la última película protagonizada por Todd Lands. Se llama Blue Zero. Es una de las mejores que ha hecho. Incluso puede que se lleve algún premio. Tiene usted que venir a la presentación.

Frankie notó que se le helaba la sangre. Alex no le había dicho nada del estreno de la película ni de que fuera a estar presente. Sin embargo, eso explicaba la presencia del Pushkin en Cannes.

Había creído que esa noche iba a celebrarse la fiesta de cumpleaños de Alex y que ella lo acompañaría a bordo del yate.

Pero, según parecía, Alex tenía previsto asistir al estreno de la película.

Todo resultaba de lo más confuso.

Se dijo que sin duda tenía que haber una explicación. «Confianza.» Alex le había repetido una y mil veces que eso era lo más importante. Debía tener fe. Y la tendría.

 

Frankie salió del baño de burbujas de la suite presidencial del hotel Carlton de Cannes sintiéndose como si se hubiera despertado de un sueño. ¡Y pensar que apenas unas horas antes estaba caminando por un muelle mugriento! En aquel deslumbrante entorno, la forma en que la habían tratado en el Pushkin se le antojaba más escandalosa que nunca. Podría haberse golpeado contra el muelle y haberse matado o haber pillado cualquier parásito en aquellas repugnantes aguas. O peor aún: haber quedado abandonada junto a la carretera.

Gracias a Dios, sentía que volvía de nuevo a la normalidad. Alex no tardaría en aparecer y poner orden en aquel desastre. Anhelaba estar en sus brazos de nuevo, poder abrazarlo y que le dijera que todo volvía a estar en orden.

Mientras se envolvía con un suntuoso albornoz, oyó que llamaban discretamente a la puerta.

—La peluquería y el maquillaje han llegado —dijo Debbie.

Frankie abrió la puerta del cuarto de baño. Debbie, una de las muchas ayudantes de Sonny Wiseman, había aparecido como por ensalmo cuando había llegado al hotel y sin decir palabra le había puesto una copa de champán en la mano y metido en una bañera llena de espuma. Tenía los dientes frontales muy separados y una simpática sonrisa. A Frankie le había caído bien en el mismo momento en que Wiseman se la presentó. A continuación, el productor le había explicado que tenían alquilada la suite presidencial como centro de operaciones durante el festival. El hotel estaba lleno de figuras de cartón, de tamaño natural, de Todd Lands y de carteles promocionales de la película.

Debbie llevaba una carpeta bajo el brazo y un walkie-talkie colgado del cinturón de los vaqueros. Llevaba su pelo afro recogido por un pañuelo de seda verde y un montón de pulseras en cada muñeca.

Frankie sonrió.

—Debbie, de verdad, eres un ángel.

—Sí, vale; pero tú también tienes que hacer tu parte —contestó Debbie con su acento estadounidense y poniendo expresión seria durante un segundo.

«Hacer tu parte.» ¿A qué se refería? Pero antes de que Frankie tuviera tiempo de preguntar, Debbie ya había empezado a parlotear otra vez.

—Sonny quiere que estés lista a las siete, lo cual no nos deja demasiado tiempo. He hecho que te suban un poco de sushi. Cuando hayas tomado algo te sentirás mejor. De todas maneras, no comas mucho o no podrás meterte en el vestido. ¡Ah, y sonríe! No estés nerviosa. Esto va a ser muy divertido.

Debbie abrió de par en par la puerta del cuarto de baño, y Frankie se quedó boquiabierta. La suite estaba llena de gente que iba de un lado a otro. En un rincón habían preparado un reservado con tocador equipado con un gran espejo rodeado de bombillas. Un joven muy a la moda, con una camisa azul eléctrico y pantalón negro, estaba enchufando un secador y disponiendo peines, tijeras y cepillos. Junto a él, una chica con el pelo de color magenta sacaba el contenido de una caja de productos de maquillaje y lo ordenaba en el tocador.

En el centro de la habitación habían extendido una sábana blanca que cubría la moqueta, donde había una percha-maniquí de la que colgaba el vestido de noche más bonito que Frankie había visto en su vida: todo blanco y cubierto de pedrería. El escote, rematado con un broche de diamantes, era espectacular. Junto a él había alineados varios pares de sandalias de tacón alto, a cuál más bonito.

Debbie dio unas palmadas.

—¡Chicos, escuchadme! ¡Os presento a Frankie!

Los presentes se volvieron para mirarla en el instante en que la toalla que se había puesto a modo de turbante en la cabeza se le caía, haciendo que se tirara encima la copa de champán.

Todos rieron mientras ella los saludaba tímidamente con la mano. —Hola.

Alguien puso en marcha el equipo de música y la suite se llenó con el ritmo de James Brown cantando I Feel Good.

Debbie la acompañó hasta el rincón del tocador y le presentó a Marc, su estilista, el chico de la camisa azul eléctrico, y a Vic, la pelirroja que iba a ocuparse de su maquillaje.

Primero fue el turno de Marc, que empezó aplicándole acondicionador para el cabello y cepillándoselo a continuación con un enorme cepillo redondo. Luego se lo secó con un potente secador, alternándolo con nubes de laca durante un rato, antes de enrollárselo mechón a mechón en tirabuzones. Mientras Marc le hacía todo eso, dos ayudantes de Vic se ocuparon de las manos de Frankie. A pesar de todo el trabajo que estaban haciendo, cuanto más tiempo pasaba, más prisa parecían tener.

Frankie no podía dar crédito a tanto ajetreo. Sin duda era muy amable por parte de Sonny organizarle todo aquello para que estuviera presentable para el estreno, pero no era más que una de tantas invitadas. Le costaba imaginar el nivel de mimos y cuidados que podían recibir las estrellas de cine. Si una humilde invitada de última hora merecía todo aquello, ¿qué trato recibirían los actores y las actrices más destacados?

Se alegraba de que aquello solo fuera para una noche. No se sentía capaz de vivir permanentemente de ese modo. Le resultaba absurdo —por no decir embarazoso— dedicar tanto tiempo y dinero a estar guapa.

—Seguro que se ha estado cuidando mucho la piel para la fiesta de esta noche, ¿verdad? —le preguntó Vic con su marcado acento francés, una vez que Marc hubo acabado de ponerle los rizos. La joven sostuvo el rostro de Frankie por la barbilla y se lo inspeccionó de cerca.

—Bueno… Hace unos días me hice un tratamiento facial en Marrakech.

—¿Ah, sí? ¿Dónde?

—Me lo organizó Sylvie, una amiga. La que me lo hizo se llamaba Coco no-sé-qué.

—No estarás hablando de Coco Rochas, ¿verdad?

—Pues sí. Creo que así se llamaba.

Vic, impresionada, soltó un largo silbido.

—Tanto mejor. Eres una chica con suerte. No sabes la lista de espera que tiene. Los de Universal le pidieron que viniera a Cannes, pero ella prefirió quedarse en Marrakech.

Frankie estaba asombrada por la reacción de Vic. No tenía ni idea de que Coco fuera tan famosa. Había pensado que Sylvie exageraba cuando le dijo que Coco era una de las mejores especialistas en belleza del mundo, y se sintió retrospectivamente culpable por haber dado tan poca importancia a todos aquellos tratamientos.

—Bueno, ¿qué es lo que sueles llevar como maquillaje? —le preguntó Vic.

—Nada. A veces un poco de carmín y ya está.

Vic la miró de soslayo.

—Para estas fiestas, me refiero. ¿Qué quieres que te haga? Vamos, encanto, que no tenemos mucho tiempo.

Frankie frunció los labios, sintiéndose fuera de su elemento. Todo aquello parecía tan profesional…

—Mira —contestó al fin—, ¿por qué no haces lo que tú creas que me sienta mejor?

Vic la miró como si no diera crédito a lo que acababa de oír.

—¡Ojalá todas fueran como tú! ¿De verdad puedo hacer lo que crea mejor?

—Siempre que me dejes guapa, me pongo en tus manos.

Hizo girar la silla de Frankie hasta tenerla mirando al espejo y se inclinó hasta poner su cara junto a la de ella.

—¿Te parece si te depilo un poco las cejas?

—Mira, no sé. ¿Te importa si…?

Frankie se moría de ganas de ver a Sonny y averiguar si había localizado a Alex, pero Vic se puso seria.

—Ahora a callar, y no muevas un músculo hasta que yo te lo diga.

—Pero…

—¡Vamos, chicos, acelerad! —gritó a todos los presentes—. Tenemos que salir de aquí dentro de media hora. No podemos perder la sincronización, ¿vale?

Veinte minutos más tarde, las manos de Vic habían obrado su magia y Frankie estaba maquillada, con la piel rebosante de salud, los ojos perfilados y sombreados con unos tonos lila metálico y plateado. Sus labios se habían convertido en unos generosos morritos, y las mejillas le resplandecían. Se miró en el espejo y vio a una desconocida, mientras se preguntaba con angustia si Alex sería capaz de reconocerla.

Debbie se acercó y le sonrió.

—Estás guapísima —le dijo—. ¿Lista para el vestido?

—¿Y la ropa interior?

Debbie negó con la cabeza.

—Valentino ya ha incorporado lo necesario al vestido. Me imagino que podrías ponerte un tanga pequeño, pero supongo que estarás más cómoda y será menos arriesgado si vas sin nada. Esperemos que te entre.

Frankie se quedó sin habla. ¡Aquel vestido era un Valentino auténtico!

—¿No hay algo…? —protestó—. Me refiero a que es una preciosidad de vestido, pero ¿no tenéis algo un poco más discreto?

De repente, se sentía sumamente nerviosa. Al verlo de cerca se dio cuenta de que era más una obra de arte que un vestido. Ni siquiera la magnífica ropa que Sylvie le había regalado podía compararse con aquello. ¿Y si lo manchaba? ¿Y si le hacía un desgarrón? Además, era consciente de que había que tener una gran seguridad en una misma para ponerse semejante prenda. ¿Y si no le sentaba bien? ¿Y si acababa pareciendo tan patosa y fuera de lugar como se sentía en realidad?

Debbie la miró fijamente.

—Esto es Cannes, querida. ¡Aquí no puedes llevar nada discreto! Además, no irás a decirme que no quieres aprovechar la ocasión para llevar alta costura.

—Pero es que… nunca he llevado nada tan caro en mi vida.

—Basta de peros. Si estuviera en tu lugar y tuviera la oportunidad de ponerme uno de los vestidos más bonitos del mundo, desde luego no la desaprovecharía. ¿Sabes la cantidad de mujeres que estarían dispuestas a vender su alma al diablo con tal de estar en tu lugar y hacer lo que vas a hacer tú?

Frankie se armó de valor.

—De acuerdo.

—Bien dicho, porque el responsable de diseño de Valentino va a venir para supervisar su creación.

Las dudas que Frankie pudiera albergar se multiplicaron por dos.

—¿Has… Has dicho que el diseñador va a venir? —balbuceó—. Pero… Pero…

La cosa no podía ponerse peor.

—Ya basta de quejarte y levanta los brazos. Hemos de ver cómo te queda.

 

La cabeza le daba vueltas mientras bajaba por el ascensor escoltada hasta la salida para encontrarse con Sonny. Iba rodeada por cinco guardaespaldas que sostenían sábanas negras para ocultarla. Mientras empezaba a sentir que la invadía el pánico, se dijo que todo aquello era una locura. Aquellos tipos habían aparecido como de la nada cuando ella había salido de la suite, y como ninguno de ellos hablaba una palabra de inglés, no podían explicarle qué estaba pasando.

—Nadie debe poder fotografiarte todavía —le había dicho Debbie, asomándose un momento por un hueco entre las sábanas antes de desaparecer nuevamente.

Al menos eso creía que le había dicho mientras era arrastrada al ascensor. ¿«Fotografiarte»? No entendía nada, pero tampoco se sentía capaz de pensar con claridad.

La campanilla del ascensor sonó cuando este se detuvo en el vestíbulo, y enseguida salieron y cruzaron la entrada a toda prisa. El ruido era increíble. Frankie oyó todo tipo de gritos mientras caminaba a paso de carga, mirándose la punta de los pies y rodeada por los escoltas que la ocultaban de la vista de todos.

Entonces se encontró de repente ante la puerta de una limusina y uno de los guardaespaldas la empujó al interior del vehículo. Entró a trompicones y se vio bruscamente sentada ante Sonny Wiseman y otro hombre.

—¡Buena suerte! —oyó que le decía Debbie.

La puerta se cerró, aislándolos de la barahúnda exterior. Frankie recobró lentamente el aliento, mientras la limusina arrancaba y se alejaba de la entrada del hotel, miró un momento por el cristal trasero y vio un grupo de periodistas que forcejeaban para abrirse paso entre los escoltas y fotografiar el vehículo.

—¡Caramba, jovencita, sabe usted arreglarse como Dios manda! —comentó Sonny sonriendo.

—Perdone, señor Wiseman, pero yo pensé que se trataba solo de una fiesta. No imaginaba que…

El hombre que estaba junto a Wiseman se quitó lentamente las gafas oscuras y Frankie se quedó sin habla.

Tenía a Todd Lands ante ella, mirándola.

El verdadero Todd Lands.

—No tengo tiempo de explicárselo —dijo Sonny—. Frankie, le presento a Todd. Todd, ella es Frankie.

—Es perfecta, Sonny —dijo Lands—. Justo lo adecuado. —Se volvió hacia ella y le preguntó—: ¿Estás bien, querida?

Aquella voz tan familiar, la sonrisa, el rostro, absolutamente reconocible después de tantas películas como había protagonizado… Lo miró, boquiabierta.

Pero no, ¡no estaba bien, maldita sea! Se sentía aturdida y mareada por hallarse ante la estrella más importante de Hollywood y del mundo entero.

¿Y por qué? Eso era lo que deseaba saber urgentemente. ¿Y qué había querido decir él con lo de «perfecta» y «justo lo adecuado»? Justo lo adecuado ¿para qué?

—¿Ha firmado ya el contrato? —preguntó Lands a Wiseman.

El productor cogió unos papeles que tenía al lado y sacó una estilográfica del bolsillo.

—Muy bien, jovencita, firma con tu nombre donde veas una cruz —le dijo, poniéndole los papeles en el regazo y la pluma en la mano—. No es nada, solo un acuerdo de confidencialidad. Hacemos que todo el mundo lo firme para proteger al bueno de Todd. Vamos, firma ya, que no tenemos tiempo. Ya entraremos en detalles después.

Anonadada y con un nudo en el estómago, Frankie estampó su firma en los documentos y se los devolvió a Sonny Wiseman.

—Bien, buena chica. Hoy es la gran noche de Todd. Y la mía también. Acabamos de saber que nuestra película puede optar a la Palma de Oro, así que escuche, jovencita. Lo que debe hacer está chupado. Solo tiene que salir del coche, pisar la alfombra roja y entrar en el palacio del festival del brazo de Todd, aquí presente.

«¡Santo Dios! —se dijo Frankie— ¡no puede estar hablando en serio!»

—Pero, señor Wiseman, yo nunca… ¡No puedo, no sabría…!

Sonny hizo un gesto con la mano.

—Déjese de bobadas. Lo único que debe hacer es asegurarse de que no tropieza. De todas maneras, irá de la mano de Todd. Luego se detendrá en la escalinata mientras él charla un momento con la prensa. No tiene ninguna dificultad. Se trata de un papel de lo más fácil, entrar y salir. Eso sí, no diga una palabra, ¿de acuerdo? Ni una. Deje que Todd se ocupe de eso. Usted limítese a sonreír y a lucir palmito.

—Pero ¿dónde está Alex? —preguntó—. Pensaba que… —Miró alrededor, en busca de una manera de escapar, pero se encontraba atrapada. La limusina empezó a aminorar.

—Por el momento, no se preocupe de Alex —le dijo Wiseman.

Frankie miró por la ventanilla, horrorizada. La limusina se hallaba en medio de un corro de periodistas. Los flashes destellaban y las apagadas voces gritaban.

—Pero ¿cuándo lo veré? Señor Wiseman, no estoy segura de…

—Escucha, querida —la interrumpió Todd—, ya sabes lo que tienes que hacer. No tienes más que seguir las instrucciones de Sonny. No me dejes en mal lugar.

Frankie captó la energía de su voz y vio que estiraba los músculos de la cara, preparándose para el momento.

Si él estaba nervioso, ¿cómo se suponía que debía de sentirse ella? Las piernas no le obedecían. Estaba casi petrificada. ¿Cómo era posible que se hubiera dejado arrastrar hasta allí? No deseaba acompañar a nadie a ninguna parte. Ni siquiera a Todd Lands. Solo quería estar con Alex.

Pero Alex no aparecía por ninguna parte.

El coche se detuvo del todo. El ruido de la multitud en el exterior fue en aumento.

—Oye, Todd, asegúrate de que hablas primero con la CNN —le dijo Sonny.

¡La CNN!

Pero Frankie no tuvo tiempo de preguntar nada más porque la puerta de la limusina se abrió en medio de un griterío ensordecedor.

—Sonríe —le dijo Todd, inclinándose hacia delante y ofreciéndole la mano para que se apeara de la limusina—, sonríe como si estuvieras disfrutando de verdad.

Aquello resultaba aterrador. ¡Había un montón de gente! Sintió ganas de correr.

Todd Lands era mucho más bajo de lo que ella había imaginado. Con sus tacones, Frankie lo sobrepasaba varios centímetros, pero lo que le faltaba de estatura lo compensaba con la actitud de una auténtica estrella. Le sostuvo la mano con fuerza mientras los espectadores situados tras los fotógrafos prorrumpían en gritos de entusiasmo. Allí estaba, la famosa sonrisa de Todd Lands, mientras recibía los aplausos de sus fans.

Frankie notó su mano en la espalda, guiándola, y ella caminó junto a él por la alfombra roja. Notó cientos de ojos clavados en ella. Había tantos flashes disparando que se sintió aturdida, como si estuviera ante un incesante estroboscopio.

Al cabo de un instante, se vieron ante un muro de cámaras de televisión, semejante a una plaga de insectos gigantes. A duras penas logró distinguir el logotipo de la CNN en la más cercana.

—Hola, Todd, ¿es tu nueva compañera de reparto? —gritó alguien.

Todd Lands sonrió maliciosamente.

—Bueno, amigos, ya que me lo preguntáis, ella es Frankie, el nuevo amor de mi vida —declaró, y antes de que ella pudiera protestar, la echó hacia atrás en sus brazos y la besó en la boca.

La multitud enloqueció mientras los representantes de la prensa mundial prorrumpían en aplausos y el cielo se iluminaba con el destello de los flashes.