Platino
Capítulo 17
F RANKIE se despertó, a lo lejos sonaban las oraciones del muecín. Los primeros rayos de sol penetraban a través de los postigos de madera, iluminando las losetas rosas y plateadas del mosaico centenario de la bóveda que había encima de la cama.
Sonrió, sin moverse, disfrutando de la sensación de tener a Alex acurrucado junto a ella, desnudo y rodeándola con el brazo. Entonces se acordó con asombro de la conversación que habían mantenido en el gimnasio del Pushkin, cuando ella le había confesado que nunca se había enamorado de verdad. Parecía que habían pasado años desde entonces; sin embargo, ahora estaba más segura que nunca de que lo que le dijo era cierto; por primera vez sabía qué era estar enamorada de verdad.
Porque lo estaba, sin asomo de duda.
Y anhelaba poder decírselo. Se moría de ganas de confesarle que lo amaba, que se trataba de una locura y que lo sabía.
Pero no podía, aún no. No estaba dispuesta a correr el riesgo de incomodarlo o de espantarlo.
Sin embargo, descansando en sus brazos, estaba dispuesta a apostar que Alex sentía lo mismo que ella. No podía ser de otro modo. Era imposible que aquel increíble vínculo que los unía fuera solo cosa de ella.
De todos modos, no estaba completamente segura. Cualquiera que los viera argumentaría que apenas conocía a Alex, que no habían hecho más que pasar unos días juntos y que resultaba imposible hacer declaraciones tan categóricas. Aun así, Frankie tenía la impresión de conocerlo de toda la vida.
Le apretó la mano. Nunca había imaginado que podía caer presa de semejante arrebato, que podría dejar atrás toda una vida y encontrar otra nueva con alguien desconocido, así, sin más.
Sabía que a partir de entonces su vida nunca volvería a ser la misma, que nunca podría volver atrás, que Alex era su futuro. Todo eso lo sabía en lo más profundo de su alma, con la misma certeza que sabía que haría todo cuanto estuviera a su alcance para que nada ni nadie la apartara de él.
Alex se agitó contra ella, y Frankie sonrió al notar que él se estaba excitando. Era como si sus cuerpos fueran incapaces de estar separados.
—Ven aquí —dijo él con voz adormilada, y ella se apretó contra su miembro hasta que este se deslizó en su interior. Nuevamente estaban haciendo el amor.
Al cabo de un rato, se envolvieron en unos sarongs y bajaron a la cocina. Frankie disfrutó de un agradable silencio mientras preparaban el desayuno entre los dos —Alex ocupándose de la cafetera y ella cortando melocotones y albaricoques maduros—, y se cruzaban miradas de complicidad y sonreían. Como si todavía estuvieran en la cama, como si todavía estuvieran conectados.
Desayunaron en la terraza y después se bañaron en la piscina de agua clara, flotando en la superficie, con el rostro vuelto hacia el sol.
—Bueno, ¿cuál es el plan? —preguntó ella cuando Alex la arrastró hasta los peldaños, y ella deslizó su cuerpo desnudo junto al de él.
El sol brillaba a través de las palmeras y solo se oía el sonido de los papagayos y de los pájaros que salía del verde follaje. Frankie tenía la impresión de que eran Adán y Eva.
—Tú —contestó Alex, sonriendo—. Tú eres el plan.
Ella le devolvió la sonrisa.
—Bien.
Alex la besó entonces. Su lengua buscó la de ella con hambre, profundamente, pero Frankie lo apartó con una risita.
—Ya basta por el momento. Eres insaciable.
La sonrisa de Alex le encantaba, y también las arrugas que se le formaban en la comisura de los párpados.
—O sea, que ahora resulta que el insaciable soy yo —bromeó él—. ¡Pero si fuiste tú la que te echaste encima de mí!
Frankie dio un respingo. Alex no dejaba de tomarle el pelo diciéndole que se habían acostado muy rápidamente a sabiendas de que a ella le preocupaba lo que él pudiera pensar. Pero Frankie sabía que había sido tan incapaz como ella de poner freno a su pasión. Por suerte, ya no importaba, porque se había convertido en parte de lo que habían vivido juntos, algo sobre lo que se podía bromear.
Alex se estiró en los peldaños de la piscina y entrelazó las manos en la nuca mientras Frankie apoyaba la barbilla en su pecho.
—La verdad es que había pensado en llevarte a ver a Sylvie —comentó— y después ir a comer. Podríamos ir de pícnic al desierto, un pícnic de lujo, por supuesto.
Sonaba fascinante; pero, aun así, Frankie sintió una punzada de decepción.
—¿Quién es Sylvie? —quiso saber.
—Una amiga. Estuvo casada un tiempo con el embajador francés y ahora es la propietaria de la mayoría de los mejores hoteles de la zona. Te caerá bien.
—¿Seguro?
—Seguro. Confía en mí, ¿vale?
Pero Frankie sintió que la invadían los nervios a medida que se acercaba el momento de marcharse. Alex se vistió con un pantalón de hilo azul marino y una camiseta, y salió a hacer una llamada mientras ella sufría un ataque de pánico al no saber qué ponerse. De repente, sus viejos vestidos de verano le parecieron muy poca cosa para ir a ver a Sylvie. Al final, se decidió por unos vaqueros recortados que realzaban sus piernas y una camisa ancha acompañada por un collar de cuentas. Estaba a punto de cambiarse otra vez cuando oyó un bocinazo en el jardín y a Alex que la llamaba.
Tariq había llegado con el jeep y estaba bajando la capota. Alex se sentó con Frankie en el asiento de atrás, rodeándola con un brazo, y atravesaron la ardiente ciudad mientras la cálida brisa agitaba el cabello de Frankie en todas direcciones. Enseguida llegaron a los barrios periféricos y se adentraron por un camino de verdes palmeras. Entonces, Alex le dio una palmada en el hombro a Tariq, y este enfiló por un cruce hacia el exclusivo hotel.
Era increíble. Con sus altos muros de piedra coronados por cúpulas doradas, parecía más bien un palacio de cuento de hadas.
—¡Uau! —exclamó Frankie, saltando del vehículo y respirando el cálido aire mientras se maravillaba con los suntuosos jardines y el perfil de los cocoteros que se recortaban contra el fondo de las montañas del Atlas. Se alegró de que hubieran ido allí.
—Creo que un día de estos compraré este sitio como inversión —comentó Alex como si tal cosa—. Sylvie va a ponerlo en venta. ¿Tú que opinas?
Frankie se sintió locamente halagada de que él le pidiera su opinión y de que la tuviera en cuenta, y también impresionada por su riqueza. Este último aspecto había estado todo el tiempo presente porque desde su llegada se había visto rodeada de lujo; pensó que tendría que acostumbrarse a ese mundo y hacerlo deprisa, la clase de mundo donde Alex estaba en condiciones de comprar todo aquello que deseara.
—A primera vista, diría que parece una buena inversión —contestó aparentando una seguridad que no sentía—. De todas maneras, me gustaría ver más.
Alex asintió, y ella se preguntó si acababa de superar alguna especie de prueba.
Entraron de la mano en el vestíbulo. Un conserje, ataviado con una impecable chaqueta blanca de estilo hindú, salió a recibirlos y los acompañó hasta una suntuosa zona decorada con columnas de mármol y una fuente donde flotaban los pétalos de colores de las exóticas plantas que caían en ella. Los hibiscos colgaban de las paredes, y el aroma del jazmín perfumaba el ambiente.
Un poco más allá, las columnas de mármol cedían paso a una zona de estilo más colonial cuyas paredes estaban ocupadas por estanterías de madera llenas de libros. Frankie vio que una mujer que estaba sentada cerca de un piano de cola se levantaba y los saludaba con la mano. Debía de tener unos cincuenta años y la sonrisa más afable que Frankie había visto en su vida. Su exótica piel oscura y sus grandes ojos castaños quedaban realzados por las finas arrugas que los rodeaban. Vestía un carísimo vestido de seda verde lima y lucía lujosas joyas de oro.
Echó los brazos al cuello de Alex como si este fuera un hijo al que no veía desde hacía tiempo.
—Y tú debes de ser Frankie —dijo con su suave acento francés, dándole dos besos. Olía a perfume—. Yo soy Sylvie Dumas. Me alegra conocerte después de todo lo que he oído hablar de ti.
Alex le guiñó el ojo, y Frankie se preguntó qué habría ido comentando por ahí sobre ella. Entonces sonó su móvil. Tras comprobar quién llamaba, se disculpó.
—Disculpadme, pero tengo que atender esta llamada. Enseguida estaré con vosotras.
Frankie lo observó mientras se alejaba hacia el otro lado de la fuente. Tenía un aspecto tan imponente…
Sylvie la condujo hasta un banco de caoba situado bajo un arco donde unos cortinajes de seda enmarcaban las vistas hacia un exuberante jardín. Frankie vio que en una mesa baja de mosaico estaba dispuesto un juego de té acompañado de bastoncillos de azúcar y pasteles.
—Por favor, siéntate —dijo Sylvie—. ¿Te apetece un poco de té de menta?
—Muchas gracias —contestó Frankie.
—Bueno, cariño —empezó Sylvie cuando estuvieron sentadas, y cogió la tetera de plata—, conozco a Alex desde hace el tiempo suficiente para saber que si te ha invitado aquí es porque debes de ser algo especial. —Le dio una palmadita en la rodilla—. Marrakech es su lugar privado.
Frankie sonrió y, a pesar de los nervios que la atenazaban, sintió un alivio momentáneo. Así pues, Alex no había estado fingiendo. Aquel era un lugar especial para él. Ella no había querido preguntarlo, pero imaginárselo llevando allí a otra y haciéndole el amor como se lo había hecho a ella, le provocaba náuseas. Al pensarlo, se sorprendió de lo posesiva que se había vuelto.
—Sí, eso me dijo —contestó con un hilo de voz.
—Yo conocía a sus padres —continuó Sylvie en tono melancólico—. Eran gente encantadora. La verdad es que fue una verdadera tragedia. Pero Alex ha sido muy afortunado. Se ha abierto camino en la vida y ha triunfado en los negocios. Ellos se habrían sentido muy orgullosos de él.
—Estoy segura.
—Por eso Alex es tan generoso con la fundación para los huérfanos de aquí —siguió diciendo Sylvie en tono confidencial—. No sé si te lo habrá contado, porque no le gusta que nadie lo sepa, pero ha salvado a muchos niños de la pobreza.
—No. No me lo ha dicho —contestó Frankie, embargada por la humildad y también sorprendida. Todavía tenía en la cabeza un millón de preguntas que hacer a Alex, sobre su pasado, sobre su futuro, sobre su forma de ver el mundo. Le parecía sumamente conmovedor que fuera tan generoso con los huérfanos y que Sylvie lo tuviera en tan alta estima. Se preguntó qué otras cualidades escondería y qué heroicidades realizaría en secreto.
Sintió que el corazón se le henchía de orgullo y habría deseado conocer mejor a Sylvie para poder confiarle la profundidad de sus sentimientos. Quería confesar que apenas conocía a Alex, pero que se sentía irremisiblemente fascinada por él. Además, cuanto más averiguaba acerca de su persona, más se enamoraba.
—Me consta que a sus padres les habría hecho mucha ilusión ver a Alex sentando la cabeza y formando una familia —comentó Sylvie—. Y a mí también, la verdad. Ya va siendo hora.
Dejó que el comentario flotara en el aire, y Frankie no supo qué contestar. Se hizo un breve silencio y ella se ruborizó.
—Sí, supongo que sí —dijo al fin, cogiendo su taza de té y tomando un sorbo.
—Bueno, espero que no te moleste que me haya tomado la libertad de buscarte un poco de ropa —continuó Sylvie—. Alex me ha comentado que viajas ligera de equipaje.
Frankie se fijó entonces en que, detrás del banco donde estaban sentadas, había un perchero portátil lleno de lujosas prendas.
—Ahí tienes unas cuantas muestras de las marcas que vendemos en los hoteles y también unos cuantos biquinis y algo de ropa interior. Puedes llevártelo todo y probártelo con calma en casa. Creo que la mayoría de las prendas te irán bien. Alex te describió como «una treinta y ocho perfecta». Debo decir que los hombres rara vez son de fiar en este aspecto, pero me alegra comprobar que ha acertado. Puedes quedarte toda la ropa que quieras.
—Muchas gracias —contestó Frankie, asombrada de que Alex hubiera pensado en todo. ¿Cuándo había llamado a Sylvie para decírselo? ¿Cómo había adivinado sin que ella se lo dijera que se sentía insegura con respecto a su vestuario?
¡Y por si fuera poco la había descrito como «una treinta y ocho perfecta»!
Pero ¿qué significaba eso? ¿Quería decir que ella le gustaba lo suficiente para lucirla en público?
Cuando Sylvie empezó a abrir las bolsas y a descolgar las perchas, Frankie se maravilló con las espléndidas prendas y vestidos que Sylvie le había escogido. Había desde un traje de chaqueta hasta los vestidos de noche más bonitos que había visto en su vida.
Todavía no se había dado cuenta de lo que suponía ser la acompañante de Alex —y aún más su novia—, pero no tardó en comprender que iban a salir a cenar juntos y que conocería gente. Sintió que le sudaban las manos, ¿estaría a la altura de la situación? ¿Lo decepcionaría? ¿Se le notaría su falta de experiencia y de contacto con el mundo de los millonarios?
—Sé que Alex prefiere ser muy reservado en lo que a su casa respecta —dijo Sylvie con mucho tacto—, pero estoy segura de que no le importará si una de mis expertas en estética se pasara por allí. Da la casualidad de que una de las mejores se encuentra aquí en estos momentos. Es Coco Rochas. —Sylvie la miró como si ese nombre tuviera que significar algo para ella—. Sus maquillajes, su manicura y pedicura… En fin, confío en que me permitas que te lo muestre todo —dijo, sonriendo.
Frankie deseó poder esconder las manos en los bolsillos, las mismas manos que unos días antes habían estado fregando los retretes del Pushkin y ahora iban a ser objeto del mejor tratamiento de manicura del mundo.
Sin embargo, Frankie había tenido ocasión de ver lo suficiente del mundo de los grandes millonarios para comprobar que las mujeres que solían acompañar a Alex eran muy caras de mantener. Así pues, si no quería desentonar, iba a tener que dar la talla con su apariencia.
Sin embargo, por dentro semejante idea le repugnaba. No deseaba ser como las invitadas que había visto a bordo del Pushkin.
No se le ocurría nada más aburrido que pasarse el día obsesionada por su aspecto. ¡Esas mujeres eran unos personajes tan vacuos… y estar perfecta todo el tiempo suponía tanto esfuerzo…! En su fuero interno, Frankie prefería mil veces vivir la vida que prepararse para ella.
Además, Alex no quería una chica así. Él mismo se lo había dicho. Quería que ella fuera tal como era. Y ella estaba decidida a seguir siendo fiel a sí misma, la misma chica sencilla que él había conocido en el yate.
No obstante, sabía que no podía cometer la grosería de rechazar el amable ofrecimiento de Sylvie. Unos cuantos tratamientos de belleza no le sentarían mal, se dijo; quizá esa especialista en estética pudiera darle unos cuantos consejos sobre cómo maquillarse. En su juventud había sido tan poco femenina que nunca había dedicado atención a esas cuestiones. Quizá fuera la ocasión de aprender.
—Sí, me encantaría —le dijo a Sylvie con su mejor sonrisa, y cuando ella se la devolvió, tuvo el presentimiento de que se estaba embarcando en un viaje del que no había regreso posible.
—Bueno, Sylvie, ¿qué opinas de mi chica? —preguntó Alex, acercándose mientras ellas guardaban la ropa en las bolsas.
—Creo que es perfecta —contestó Sylvie.
Alex tendió la mano a Frankie.
—Eso creo yo también —declaró.