Platino
Capítulo 37
V ISTA desde fuera, la mansión de Clover Hill en Bel-Air tenía el mismo aspecto de siempre; parecía deshabitada, vacía, porque aún estaban poniendo en marcha los trabajos de reforma. Las ventanas no tenían luz; y el jardín, con sus famosas palmeras, estaba apagado. Los aspersores funcionaban en la oscuridad. Quizá un paseante, suponiendo que se diera la remota posibilidad de que hubiera alguno, habría sido capaz de percibir el suave ritmo de la música, pero le habría sido sumamente difícil señalar de dónde provenía y aún más sospechar que salía del interior de la histórica mansión.
En esos momentos, bien entrada la medianoche, el camino de acceso privado que conducía a la parte trasera se hallaba colapsado por una interminable cola de limusinas y coches deportivos.
La entrada que utilizaban los contratistas de obras había sido hábilmente disimulada, de modo que un oscuro túnel conducía desde el aparcamiento hasta la entrada trasera y desde allí hasta un vestíbulo donde se comprobaban las acreditaciones de los invitados antes de acompañar a cada uno a un pequeño reservado de terciopelo rojo para hacerle una serie de preguntas preestablecidas.
Una vez superados todos esos controles, les recogían abrigos, cámaras, relojes y móviles —que eran debidamente identificados y guardados— y se les daba un momento para que pudieran ajustarse los disfraces ante los espejos favorecedoramente iluminados y colocarse las máscaras de rigor que se estipulaban en las invitaciones. Entonces, unas deslumbrantes jóvenes cubiertas solo por lentejuelas y máscaras de plumas acompañaban a cada uno de los invitados a través de una cortina negra situada tras una pared insonorizada, hasta traspasar la siguiente puerta.
Entonces y solo entonces, recibían plenamente el impacto de la Noche de la Depravación de Peaches Gold.
La fiesta se hallaba en su apogeo en todos los sentidos. La escena resultaba demencial, como una loca fantasía warholiana. Un ritmo febril y sexual surgía de los altavoces gigantes situados estratégicamente, y un sistema de luces parpadeantes iluminaba todos los rincones. Veinte bailarinas desnudas se contorsionaban sensualmente alrededor de otras tantas barras de baile verticales. Dos modelos vestidos de cuero sadomaso copulaban lentamente en una jaula suspendida sobre la multitud. En el centro de la sala, dentro de un cubo de metacrilato transparente de diez metros de altura, un grupo de estrellas del porno estaban en plena actividad, montando su número. Unas grandes puertas dobles conducían al comedor, donde se había instalado un gigantesco cuenco neumático en el que los invitados se deslizaban, impregnados de aceites aromáticos, y formaban una masa de relucientes cuerpos desnudos.
En lo alto de la escalinata, Peaches se apoyó en la barandilla de la galería y contempló sus dominios con una sonrisa. Apartó el vuelo de su falda de plumas abierta hasta la cadera y franqueó la puerta del dormitorio principal. Sabía a ciencia cierta que la seguridad era total. Había tomado todas las precauciones posibles: nada de prensa, nada de periodismo y, sobre todo, lo más importante, nada de guardaespaldas de Kordinski.
—¿Todo bien? —preguntó a Melanie.
Al igual que las demás chicas, aquella noche Melanie llevaba su máscara de plumas y un minicorpiño de lentejuelas que le dejaba al aire los firmes pechos y por detrás formaba un tanga de donde salían unas plumas que ascendían por la espalda. Christoph Zerelli los había diseñado especialmente para la ocasión, y resultaban sumamente sexys.
—Desde luego que sí —contestó Melanie—. Es una gran fiesta. ¡Ahí dentro se está armando una buena!
Peaches se asomó a través de la larga y roja cortina que ocultaba el gran dormitorio y enseguida vio a qué se refería Melanie. Dentro, en el techo y las paredes, se proyectaban películas pornográficas en blanco y negro de los años treinta. El centro de la habitación lo ocupaba una cama descomunal junto a la cual había una mesa de cristal llena de restos de líneas de coca. Por la gruesa moqueta rodaban varias botellas magnum de champán vacías. Una veintena de hombres y mujeres desnudos se lo montaban en la cama mientras los demás permanecían de pie, mirando y acariciándose, esperando a ser invitados. El ambiente estaba cargado con el aroma de velas perfumadas y los gemidos de placer, que apenas se oían por encima de los turbios ritmos funk.
Peaches no pudo evitar arquear una ceja mientras pensaba en lo que daría cualquier periodista de la prensa rosa por poder ver la escena que ella estaba presenciando en esos momentos.
En ese instante, en esa cama había al menos tres celebridades de Hollywood, entre las que se encontraba una famosa pareja que acababa de contraer matrimonio y que, a la vista de la situación, se había dado mucha prisa en romper su mutua promesa de fidelidad. Peaches contempló en silencio a una de las más famosas compañeras de reparto de Todd Lands, que cabalgaba sobre su marido mientras este yacía en la cama con otra muchacha sentada encima de su cara; y a una conocida actriz abriendo sus nalgas para otro conocido personaje.
«Vaya, vaya —pensó Peaches—, parece que esta noche ya no va de doña Humanitaria.»
Bajó por la escalera principal y se detuvo un momento a medio camino para echar un vistazo por la ventana que daba a la terraza y a la piscina exterior. Todo el mundo parecía estar pasándoselo en grande, nadando desnudo. Vio a Eddie Roland con tres chicas en un jacuzzi climatizado, fumando un enorme cigarro mientras manoseaba los pechos de Monica DuCane.
Al menos había trescientas personas en aquella fiesta, se dijo Peaches, habían acudido todos los invitados de la lista. Todos menos uno.
Volvió a recorrer la multitud con la vista.
Angela se le acercó y le dijo:
—Las chicas con los arneses están listas.
Peaches le respondió con una sonrisa y un apretón en el hombro; quería agradecerle no solo que la hubiera ayudado tanto con la organización de la noche, sino el apoyo que le había brindado tras la muerte de Irina, procurando un visado a Yana y mandándole dinero.
Peaches sabía que aquella noche Angela se sentía segura con su máscara y el ceñido vestido que se ajustaba sugerentemente a sus curvas. Deseó que pudiera relajarse y soltarse un poco el pelo. No sería difícil que en una noche como aquella recibiera algún tipo de atención.
—De acuerdo. Ahora me ocupo —le contestó Peaches, acabando de bajar la escalera y cruzándose con una chica disfrazada de caballo, con crines y silla de montar a la espalda, a la que perseguía un tipo fusta en mano: un amigo personal de la reina de Inglaterra, según habían informado a Peaches.
En la pared que tenía detrás vio la pantalla gigante donde se proyectaban las imágenes de lo que estaba sucediendo en las cocinas situadas en el piso de abajo y que hacían funciones de mazmorra. Allí, Betsy, una de sus chicas más curvilíneas, estaba montando un demencial número sadomaso con unos cuantos altos ejecutivos de los estudios. Al ver la cola que se había formado, Peaches se dijo que ojalá la cera caliente no se acabara antes de hora. Si no se equivocaba, también estaba allí el mismísimo Murray Seagram-Cohen, maniatado a una especie de parrilla gigante. ¡Seguro que nunca había visto la cocina de su casa desde esa perspectiva!
Peaches se abrió paso entre la gente que abarrotaba la pista de baile y entró en la pequeña habitación habilitada como vestidor, situada tras el escenario. Había pocas cosas capaces de sorprenderla a esas alturas, pero no pudo evitar contener una exclamación al ver a Loretta, Lily y Livinia. Las tres habían pasado por el quirófano y eran mujeres, mujeres sexys en todos los sentidos —pechos, piernas, melenas— menos en uno: seguían conservando sus penes, unos penes enormes, para ser exactos. Peaches se dijo que el espectáculo que se disponían a montar ante la pista de baile satisfaría sin duda a los fetichistas más curtidos.
—¿Estáis listas, chicas? —les preguntó—. La iluminación está dispuesta tal como quedamos. Están dando los últimos retoques al escenario.
Se asomó al pasillo y entonces lo vio. Se había ocupado personalmente de que le enviaran la máscara y la invitación al hotel; pero incluso con el antifaz del Zorro puesto, reconoció a Alexei Rodokov por el lunar del labio superior y por su porte autoritario, como si creara un espacio a su alrededor sin proponérselo. Además, uno no olvida la cara de la persona que ha estado a punto de meterte un tiro en la cabeza.
Se encontraba de pie en la puerta, contemplando a las bailarinas de las jaulas y a los invitados, pero sin mostrar el menor signo de entusiasmo ante lo que veía. Es más, daba toda la impresión de estar a punto de dar media vuelta y marcharse.
—Buena suerte —deseó Peaches a los transexuales—. Acaba de llegar un invitado especial al que debo atender. Vosotras seguid con lo programado. Iré a veros después. Pasadlo bien.
Caminó rápidamente hacia Rodokov mientras buscaba con la mirada a Paul, que estaba montando guardia ante un dormitorio en el piso de arriba. El chófer y guardaespaldas se apresuró a bajar. De todos los momentos difíciles que Peaches había previsto que podían producirse aquella noche, ese era el más delicado con diferencia.
—Me alegro de que hayas podido venir —le dijo, parándose ante él y preguntándose si la reconocería. Estudió sus ojos bajo el disfraz, pero no pudo descifrar su expresión—. ¿Has venido solo? —preguntó, recordando demasiado bien al matón que siempre lo acompañaba.
—Pues claro. No creo que hubiera podido entrar de otro modo. Pero ¿qué es todo esto? —Su tono sonaba precavido, receloso—. La verdad, he venido en busca de información, no en busca de… esto.
«A pesar de todo, aquí está», se dijo Peaches, sonriendo para sus adentros. Con Rodokov allí, estaban un paso más cerca de alcanzar su objetivo. Sin embargo, todavía no podían cantar victoria. Aún les faltaba mucho camino por recorrer.
—Ven conmigo —le dijo, y lo condujo a través de la multitud, escalera arriba. Paul la siguió como si fuera su sombra, peldaño a peldaño, mientras Peaches observaba a un suspicaz Rodokov con el rabillo del ojo. Lo vio detenerse un momento ante la ventana y lo oyó murmurar:
—¡Jesús!
A cada paso que daba, Rodokov parecía más y más fuera de lugar. Lo cual, seguramente, no era nada malo, pensó Peaches. Los hombres como él estaban acostumbrados a mandar y a controlar las situaciones. Que estuviera tan asombrado lo hacía más vulnerable, y aumentaba las probabilidades de éxito de ella.
—Por aquí —le indicó Peaches, deteniéndose ante la puerta de un dormitorio. Luego se volvió hacia el chófer y le dijo—: Paul, no te muevas de aquí. Si surge algún problema…
—No te preocupes —le contestó él, mirando fijamente a Rodokov—. Sé cómo ocuparme de estos tipos.
Peaches agradeció la buena voluntad del negro, pero dudaba que Alex hiciera algo que requiriera su intervención. Sabía que Rodokov podía ser muchas cosas, pero no un asesino.
Y había llegado el momento de saber qué era o no era realmente, y en qué podía convertirse.