Platino

Jo Rees · Capítulo 17 de 43

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Platino

Capítulo 16

 

E RAN las cuatro de la mañana y Peaches no podía dormir. Por eso estaba en el bar del último piso del hotel, con un vaso de Jack Daniels con hielo en la mano.

A través de los ventanales se divisaban las luces de Moscú, parpadeando contra el negro fondo del cielo. Podría haberse tratado de cualquier ciudad del mundo; y aquel, el bar de cualquier hotel de cinco estrellas. Sin embargo, Peaches se sentía —y no por primera vez aquella noche— como si estuviera atrapada en una burbuja.

Alrededor de ella, la suave iluminación, los mullidos sofás y la gruesa moqueta convertían la escena en algo familiar. El pianista se había retirado hacía rato, pero una suave música de jazz sonaba en los altavoces. Diez piezas que se repetían en forma de bucle. Las había contado ya dos veces.

A pesar de la hora, el bar estaba bastante lleno. Moscú, como cualquier otra capital importante, no parecía dormir demasiado. Un grupo de hombres jugaba a las cartas en un rincón, fumando cigarros y con la risa tan floja como sus corbatas. En un extremo de la barra, unas cuantas prostitutas de lujo entretenían a varios banqueros occidentales. Su incesante parloteo y el brillo de sus pupilas delataban un generoso consumo de cocaína.

Alzó la mirada. El televisor que había tras la barra estaba sintonizado con un canal de noticias, y el barman parecía interesado en la que daban porque había subido el volumen. Peaches no entendió una palabra de lo que decían, pero vio la foto de un individuo de mediana edad junto a la imagen de un reportero que estaba retransmitiendo desde la escena de un crimen, a juzgar por el cordón policial que cerraba la zona detrás de él.

—No podría haberle ocurrido a nadie más simpático —dijo una voz con acento estadounidense.

Normalmente, Peaches era capaz de hacerse una idea de un hombre a través de su voz, pero aquel acento le resultó difícil de situar. De lo que no había duda era de su origen estadounidense. La voz sonaba grave y fuerte. De un ex fumador, seguramente divorciado, se dijo antes de mirar para ver si había acertado. El propietario de la voz era un tipo de aspecto desaliñado, con el pelo canoso y ondulado. No llevaba alianza.

—¿Ah, sí? —preguntó Peaches—. ¿Quién era?

—Se llamaba Boris Nazin —contestó el hombre, tomando un trago de su bebida— y era el gobernador del oblast de Smolensko. Lo han estrangulado; se lo han cargado al estilo de la mafia.

—Menuda forma de marcharse de este mundo —suspiró Peaches, que no deseaba proseguir la conversación. El hombre parecía un tipo agradable, pero ella tenía demasiadas cosas en la cabeza para perder el tiempo con un desconocido. Confió en que se daría cuenta por su tono y la dejaría en paz. No le apetecía conversar con nadie.

Jugó con el vaso. El bourbon le había hecho efecto y sentía que la cabeza le daba vueltas. Observó cómo los cubitos de hielo entrechocaban en el ambarino líquido.

Su móvil no había dejado de sonar desde su encuentro con Irina Cheripaska; pero, por primera vez, no había querido contestar y había hecho caso omiso a todos los mensajes, incluso a los de Angela. Le resultaba imposible concentrarse en sus tareas de siempre. No podía pensar en organizar fiestas, ni en ocuparse del trabajo de sus chicas ni del lanzamiento de su línea de lencería mientras la imagen, aquella imagen, permaneciera grabada en su cerebro junto con un centenar de preguntas.

¿Realmente había sido Gorski quien le había hecho aquello? ¿Era cierta su historia o Irina había sido torturada por otra persona? ¿Qué había hecho para ser objeto de semejante bestialidad? Y por último, ¿qué podía hacer ella aunque llegara a averiguarlo? Todo resultaba muy complicado y no podía evitar la sensación de que se estaba implicando demasiado. Ella era la única responsable de haber ido hasta allí, y lo sabía; pero, por alguna razón, no tenía valor para tomar el vuelo de regreso a Estados Unidos.

Estaba atrapada, víctima de su propia curiosidad; y en ese momento, las dos cosas que no le fallaban nunca —el sueño y la sociabilidad— se habían tornado esquivas.

A la mañana siguiente —en realidad al cabo de unas pocas horas, como se dio cuenta disgustada— volvería al asilo. Por suerte, Irina había sobrevivido al ataque y, tras un par de días de descanso, estaba repuesta y tranquila. Peaches había llamado a Yana repetidas veces para interesarse por su estado, y tras muchas dosis de persuasión, la enfermera le había dado permiso para otra visita, pero solo con la condición de que no volviera a alterarla. Peaches se lo prometió, aun sabiendo que no podría cumplir su palabra. No obstante, la perspectiva de que se repitiera una escena como la del primer encuentro la llenaba de espanto.

Notó que el desconocido acercaba un taburete para sentarse a su lado. «Ya estamos otra vez», se dijo. ¿Acaso ese hombre no podía comprender que lo único que ella quería era que la dejaran en paz? ¡No estaba trabajando! Y tampoco era que se hubiera vestido pensando en pedir guerra. Se había puesto unos vaqueros y un suéter negro, se había recogido el cabello y se había dado un leve toque de carmín para no llamar la atención. Aquella noche no quería que nadie se fijara en ella; convertirse en invisible para poder estar a solas y pensar.

Además, si lo que ese tipo andaba buscando era compañía femenina, no tenía más que abrir los ojos. Moscú estaba lleno de las mujeres más bellas que Peaches había visto en mucho tiempo, y en ese momento, una rubia despampanante que estaba junto a la puerta le había echado el ojo a aquel hombre. La chica llevaba un ceñido vestido de noche verde y una gargantilla de cristal tallado. Cuando se acercó, Peaches apreció sus larguísimas piernas. Si hubieran estado en Los Ángeles, ella le habría garantizado ganar una fortuna.

Pero el desconocido no estaba ni remotamente interesado y le dio deliberadamente la espalda para volverse hacia Peaches.

—¿También sufre usted del cambio de hora del avión? —insistió—. Seguro que es usted norteamericana. Deje que lo adivine: de Los Ángeles, ¿a que sí?

Peaches soltó un audible suspiro y solo entonces miró a los ojos, azul grisáceo, del hombre. A pesar de su barba incipiente, comprendió que era más joven de lo que le había parecido en un principio, pues no pasaría de los cuarenta. Estaba a punto de enviarlo a paseo cuando algo se lo impidió. No parecía que él intentara ligársela, y en sus ojos no había ni deseo ni amenaza alguna, solo una chispa de curiosidad. Quizá solo quisiera charlar. Quizá solo fuera otra alma extraviada lejos del hogar que no podía dormir.

—Ha acertado —respondió Peaches precavidamente, antes de señalar con la cabeza y añadir—: pero creo que ya tiene usted una admiradora.

—Lo sé, lo sé —contestó el hombre poniendo cara de circunstancias—, y le aseguro que estoy tentado de pagarle para que me deje en paz.

Peaches lanzó otra ojeada a la rubia, que se había dado cuenta de que su potencial cliente estaba hablando con ella. Llevaba el tiempo suficiente en aquel negocio para comprender que la mirada de la rusa significaba: «Quítale las manos de encima, furcia, que me vas a dejar sin mi cena».

Sin embargo, el desconocido seguía hablando.

—No le importa, ¿verdad? Verá… lo siento, señorita, pero ¿le importaría simular que tenemos una conversación? Le prometo que luego la dejaré en paz.

Aquel tipo iba en serio. ¡Le estaba pidiendo protección!

—Pero si es muy guapa… —contestó Peaches, tomando un trago para disimular una sonrisa.

El hombre se encogió de hombros.

—Desde luego que sí. Está como un tren, pero no deja de seguirme y está empezando a ponerme nervioso. En mi país lo llamaríamos un caso claro de acoso sexual. —Miró a Peaches e hizo una mueca—. Con estas chicas rusas uno tiene que llevar cuidado, basta con sonreírles para que te sigan. Y admitámoslo: solo hay una razón para que yo le interese, y desde luego no es mi físico.

Peaches sonrió. No era frecuente encontrarse con alguien que hablara tan despectivamente de sí mismo. Y tenía razón. No se podía decir que fuera bien parecido. Aun así, tenía un rostro simpático y una mirada agradable, de fiar. Y su voz… Tenía una voz capaz de obrar milagros en una habitación a media luz o entre las sábanas…

—No está usted tan mal —contestó Peaches, meneando la cabeza, asombrada de ser capaz de pensar en el sexo estando tan cansada y especialmente cuando se trataba de sexo que no tenía que ver con el trabajo. Pero solo se trataba de eso, se dijo, de un pensamiento que no iba a pasar de ahí.

—Sé que ellas se limitan a hacer su trabajo —continuó él— y que son chicas inteligentes; la mayoría de ellas tienen un título universitario, pero…

—Pero no le gustan las prostitutas, ¿es eso? —lo interrumpió Peaches.

—No, en absoluto. Dicen que se trata de la profesión más antigua del mundo y ¿por qué? Pues por culpa nuestra, de los hombres, que somos una panda de gilipollas. No, no podemos culpar a las chicas, pero en mi caso lo único que quiero es que me dejen en paz. Necesito un poco de espacio para respirar. He tenido un día duro en el trabajo.

—Bueno, pues está usted a salvo. La rubia se ha largado —contestó Peaches, mirando más allá del hombre y viendo a la joven dar media vuelta sobre sus tacones y alejarse.

Se hizo un momento de silencio mientras pasaba el dedo por el borde del vaso y daba tiempo a su interlocutor para que cumpliese su promesa y se marchara, pero este no se movió. Curiosamente, a Peaches no le importó.

—¿Le apetece otra copa? —preguntó él.

Ella lo meditó un instante. Quizá un poco de compañía no fuera tan mala idea. Además, sabiendo que las intenciones de aquel hombre no eran acostarse con ella, podía relajarse.

—Otro Jack Daniels no estaría mal —contestó.

—Me llamo Harry —dijo él, tendiéndole la mano—. Harry Rezler.

Ella se la estrechó.

—Encantada de conocerte, Harry.

—¿Estás aquí por negocios? —preguntó él, después de pedir las bebidas.

—Más o menos.

—¿A qué clase de negocios te dedicas?

Peaches sonrió para sí. No podía decirle la verdad, pero al mismo tiempo se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, podía ser lo que le diera la gana.

—A la venta al por menor, básicamente. ¿Y tú?

—Para qué explicarte. Es muy aburrido —contestó con gesto displicente, justo cuando el barman les llevaba las copas.

Peaches señaló el televisor.

—¿Cómo es que sabes lo de ese tío asesinado?

—¿Quién, Nazin? No sé, suelo seguir la vida política rusa porque me parece de lo más marchosa. Los políticos de aquí son un poco belicosos. Yo diría que crea adicción.

Peaches se echó a reír.

—Nazin era uno de los políticos más corruptos —añadió Rezler—, y créeme si te digo que aquí lo son todos.

—Vaya, lo dices como si eso te afectara —comentó Peaches casi sin pensar.

Se había tratado del típico comentario que se hacía para que los hombres se soltaran, estudiado para dar a entender que ella era capaz de aliviarlo física o mentalmente. Lo había dicho automáticamente y se dio cuenta de que, sin querer, su tono había estado cargado de intención. Pero para su alivio, Rezler pareció no darse cuenta, y ella tomó nota mentalmente para ser más cuidadosa. Aquel hombre le caía bien porque era amable, y no deseaba ahuyentarlo.

—Pues sí —contestó Rezler—. Estos rusos son escurridizos. Mi experiencia me dice que cuando te cuentan algo nunca se trata de toda la verdad.

—¿De veras? —Peaches notó nuevamente que una sonrisa se le dibujaba en la comisura de los labios.

—Sí, acuérdate de mis palabras. Estos tipos son capaces de idear estafas que no creerías posibles. Si haces negocios con ellos, te recomiendo que andes con cuidado y verifiques que todo lo que te cuentan sea verdad. Ese es mi consejo.

—Lo tendré en cuenta.

—De hecho, si necesitas asesoramiento en lo que sea, llámame. —Se metió la mano en el bolsillo y le entregó una tarjeta.

Cuando Peaches se acercó para cogerla, el bolso se le cayó de la barra, y Rezler tendió la mano en un gesto reflejo y lo atrapó antes incluso de que llegara al suelo. Mientras estaba inclinado, Peaches creyó ver la funda de la pistola que llevaba en la sobaquera, como la que utilizaba Valentín; pero cuando Harry le devolvió el bolso con una sonrisa, no estuvo segura de si se lo había imaginado. Cogió la tarjeta y la leyó: «Harry Rezler. Embajada de Estados Unidos».

—Gracias —farfulló. La Embajada de Estados Unidos. ¿Aquel hombre trabajaba para el gobierno?—. Solo pone «Embajada de Estados Unidos», ¿acaso diriges todo el cotarro?

—Soy cónsul —contestó—. Se supone que soy el experto en asuntos rusos.

Algo en la voz de Rezler hizo que Peaches se acordara de repente de la advertencia que Tommy Liebermann le había hecho en la limusina. En esos momentos no podía permitirse el lujo de pifiarla. ¿Cabía la posibilidad de que ese hombre supiera quién era ella y qué había ido a hacer a Moscú? ¿Y si la había seguido desde Los Ángeles? ¿Y si ese encuentro no era fortuito?

Rezler buscó su mirada y le sonrió. Ella le devolvió tímidamente la sonrisa, pensando que se estaba poniendo paranoica. Harry Rezler parecía un tipo en el que se podía confiar. Si estuviera allí por ella, lo notaría.

Aun así debía ser precavida. No podía contarle demasiado. Resultaba excesivamente arriesgado. Seguramente Rezler lo sabía todo acerca de Gorski y de por qué iba a ser extraditado a Rusia. Peaches estaba dispuesta a apostar algo a que el alcaide Merton estaría encantado de comentar su visita a la cárcel. Y una llamada de alguien inteligente como Rezler al departamento adecuado podía acabar con ella para siempre.

—Pero bueno, no hablemos más de trabajo —dijo él, captando el nerviosismo de Peaches.

—Muy bien —convino ella.

Decidió que le concedería cinco minutos más y que después acabaría su copa y se iría a la cama.

Sin embargo, Rezler no le dio semejante oportunidad. Resultaba tan fácil hablar con él que una copa llevó a otra y, al cabo de poco, Peaches se encontró sentada con él en uno de los reservados tras haber pedido un sándwich, a punto de confesarle la verdadera razón de su presencia en Moscú.

—Hace poco averigüé algo —explicó finalmente, respirando hondo, pues se le hacía raro confesarse con alguien. A pesar de saber que no iba a contárselo todo, le pareció muy agradable tener a alguien con quien hablar—. Básicamente descubrí que fui adoptada de pequeña y que mi madre era rusa. He venido para encontrarla.

—Caramba, ¡menuda tarea! —asintió Harry.

Peaches suspiró.

—No hace falta que lo digas. No me está resultando tan fácil como me imaginaba. En realidad, está siendo bastante decepcionante, y ahora estoy aquí y…

Dejó que sus palabras flotaran en el aire. Por muy agradable que le pareciera charlar con Rezler, debía actuar con precaución.

—¿Y qué? ¿No estás tan convencida de haber hecho lo correcto?

—Más o menos.

—Si quieres, yo podría ayudarte. Podría tirar de algunos hilos y darte acceso a ciertas bases de datos. También conozco a algunos buenos intérpretes.

Peaches sonrió.

—No, de verdad, no hace falta. Gracias de todas maneras.

—Personalmente, yo tampoco tengo grandes relaciones con mi familia — confesó Harry—. Estuve casado una vez, pero… creo que el trabajo siempre fue mi prioridad. En cuanto a mis padres, siempre me están regañando.

Peaches rió y decidió que quizá había llegado el momento de comportarse más lógica que emocionalmente. Al fin y al cabo, todavía no sabía si Irina Cheripaska era o no su madre. Cabía la posibilidad de que Gorski hubiera averiguado su verdadera identidad y hubiera planeado algo con Irina para extorsionarla.

Al menos, una cosa estaba clara: no pensaba marcharse de Moscú hasta haber averiguado la verdad, aunque eso supusiera arrancar por la fuerza una prueba de ADN a la anciana.

 

Al cabo de un rato, Harry acompañó a Peaches a su habitación. Se detuvieron en el pasillo, ante la puerta. Ella tenía la tarjeta magnética en la mano.

—Bien, buenas noches, Peaches —dijo Harry.

Ella sonrió mientras notaba que la invadía una sensación desacostumbrada: nervios. Lo miró y… por un segundo… solo durante un segundo… hubo algo…

Rezler se inclinó, y ella creyó que sería para besarla en los labios, pero en el último momento el beso aterrizó en su mejilla. Ella dio un paso atrás, mientras se ruborizaba con súbita timidez.

Harry Rezler era un tipo decente y recto, y a ella le gustaba.

Pensó en lo agradable que sería abrazarse a él, cobijarse en su pecho, incluso permanecer tumbados entre las sábanas, el uno junto al otro, de la mano, observando las sombras en el techo. ¿Por eso le resultaba tan atractivo, porque jugar con él era como jugar con fuego?

Pero antes de que ella pudiera decir algo que delatara sus sentimientos, sonó el móvil de Rezler y se rompió el encantamiento. Él se apartó, y fue entonces cuando ella se dio cuenta. Los ojos de Rezler escrutaron ambos extremos del pasillo.

—Sí, en dos minutos —dijo antes de colgar bruscamente. Se volvió hacia Peaches—. Lo siento, era una llamada de trabajo.

Ella sabía instintivamente cuándo un hombre le ocultaba algo y se fio de su olfato. Y cuando vio la sonrisa de Harry Rezler comprendió a ciencia cierta que aquel hombre no era lo que aparentaba.

¿A santo de qué un empleado de la embajada iba a recibir una llamada a las cinco de la madrugada? ¿Por qué llevaba pistola? ¿Por qué un supuesto académico estaba tan en forma y tenía tan buenos reflejos? Repasó la conversación que habían tenido y se dio cuenta de que no le había dicho nada de lo que hacía en la embajada.

Pero al ver que la miraba tímidamente, decidió que se estaba apresurando en sus conclusiones y que no había nada sospechoso en Harry Rezler, que solo era un tipo normal, alguien corriente que quizá también sentía algo especial.

—Ha sido agradable charlar contigo —dijo de corazón.

—Lo mismo digo —contestó él—. Espero que nos veamos otra vez.

—Seguro —contestó Peaches. Sabía que era su turno para acordar una cita, pero no lo hizo.

—Me espera bastante trabajo para los próximos días, pero estaré al tanto. Quizá podremos tomarnos otro sándwich.

Peaches asintió.

—Quizá.

—Bueno, buenas noches. Te deseo suerte con lo de tu madre.

—Gracias.

Peaches entró en su suite, cerró y se apoyó contra la puerta. «Quítatelo de la cabeza», pensó. Harry Rezler no era más que una ilusión. No tenía sentido perder el tiempo pensando en citas futuras ni en llevar más lejos aquel simple encuentro.

No obstante, con cierta tristeza, pensó que a su manera tenía encanto y que era un tipo decente. La clase de hombre con el que, en otra vida, podría haberse casado, tener hijos y sentar la cabeza.

Al final se dijo que debía dejarse de bobadas. ¿Acaso había perdido la cabeza? Nunca se casaría. Y si lo hiciera nunca sería con alguien como Harry Rezler. En cuanto descubriera la verdad, no querría casarse con ella.

Lo que debía hacer era no olvidar sus objetivos. Su plan era ganar unos cuantos millones más y retirarse. Entonces quizá viera las cosas con otros ojos.

Y un día… quizá…

¡No! Se quitó la imagen de Rezler de la cabeza. ¿Qué demonios le pasaba? ¡Era Peaches Gold y no podía permitirse ideas románticas! ¡No formaban parte del trato! ¿Acaso no había aprendido nada? El amor apestaba y enamorarse era cosa de idiotas. Por eso estaba contenta de que nunca le hubiera ocurrido. Así estaba a salvo.

Sin embargo, no podía permitirse el lujo de pensar en su futuro hasta que no se hubiera librado de su pasado. Y se libraría. Lo antes posible. Entonces se largaría a toda prisa de allí y volvería al mundo real.