Platino
Capítulo 12
E L DORADO resplandor del sol bañaba la bahía sarda de Porto Cervo mientras a bordo del Pushkin los invitados disfrutaban del desayuno en el comedor de la cubierta superior. Allí era donde la jet set europea empezaba su temporada de verano en el Mediterráneo, y en el aire se palpaban los rumores. La familia principesca monegasca se encontraba allí, lo mismo que Jason Greenburgh, el nuevo nombre de moda de la Fórmula 1. Pero por el momento el Pushkin, fondeado en la bahía, era la estrella.
Bajo cubierta, Frankie se sentía más desgraciada que nunca al contemplar a través del ojo de buey el escarpado litoral sardo y el promontorio coronado por el faro. Justo delante se hallaba el pintoresco puerto de Porto Cervo, con sus edificios multicolores y sus muelles abarrotados de barcos. Todo resultaba de lo más sugerente, pero las posibilidades de que pudiera poner pie en tierra eran nulas.
Todo había cambiado; y sin embargo, nada había cambiado. Por un lado, apenas había podido funcionar normalmente desde que Alex la había besado en su estudio; pero por el otro, no había vuelto a verlo desde entonces. Era como si lo que había florecido entre los dos hubiera quedado petrificado en ámbar: una preciosa flor, perfectamente conservada; pero una flor sin posibilidad de crecer.
Tanto así que casi parecía demasiado perfecta, como si hubiera sido solamente un sueño. Y cuanto más tiempo tenía Frankie para analizar lo ocurrido, más desquiciado le parecía aquel sueño.
Pensándolo en aquellos momentos, le parecía imposible que hubiera perdido el control de aquel modo. Pero así había sido. Se preguntaba una y otra vez qué habría ocurrido si el capitán no los hubiera interrumpido llamando por el intercomunicador. ¿Se habría acostado con Alex allí mismo, encima de la mesa de su estudio? Y la respuesta siempre era que seguramente sí, que no habría podido controlarse.
Pero en esos momentos tal cosa se le antojaba impensable, inimaginable. No obstante, estar cerca de él le había hecho perder el norte, y además, precisamente cuando creía haber superado su vena impulsiva.
¿Qué estaría él pensando de ella?
Meneó la cabeza. Hallarse a bordo del Pushkin sabiendo que Alex estaba arriba, con sus invitados, resultaba una tortura. Y no eran unos invitados cualesquiera. Habían llegado el día anterior, al mediodía, todo un muestrario de las casas reales europeas, incluida una princesa holandesa y su mejor amiga, que había resultado ser Tomashina Rose, la famosa supermodelo recién divorciada.
Frankie la había visto un momento, con sus inconfundibles andares de pasarela, y al instante había sentido el deseo de echarla por la borda. ¿Cómo iba Alex a resistírsele si ella se pasaba todo el día luciendo el palmito con sus biquinis de marca? Y por si fuera poco, hablaba un ruso casi perfecto.
Se había devanado los sesos intentando hallar el modo de estar a solas con Alex; sin embargo, aunque solo unos metros lo separaban de él, era como si se hallara en otro planeta. A pesar de que Frankie se había ofrecido, Roz había escogido a Simone para que la ayudara a servir la cena la noche anterior. Estaba claro que no quería que pensara que contaba con privilegios especiales solo por haber dirigido una sesión de gimnasia para el jefe. Y a última hora había ocurrido lo peor: Alex y sus invitados habían acudido a la fiesta que se celebraba a bordo de otro yate y dejado instrucciones de que al día siguiente no habría sesión de gimnasia y por lo tanto no la necesitaría.
Simone, ajena a lo malas que habían sido aquellas noticias para Frankie, se había mostrado llena de entusiasmo por aquella fiesta, y al bajar a tierra en busca de provisiones, había charlado con varias camareras de otros barcos.
—Todo el mundo está entusiasmado porque el jefe va a ir a esa fiesta. He leído que Alexei Rodokov es el soltero más deseado de toda Europa. Louise, del Aurora, dice que están hasta arriba de invitados y que han llegado chicas de todas partes. ¿No te parece de lo más guay que toda la jet set europea vaya a asistir? Dicen que Jack Johnson está aquí y que esta noche actuará a bordo y que…
Frankie se había disculpado y acostado temprano, pero se quedó despierta en su camastro, contemplando la luz de la luna a través del portillo mientras imaginaba a Alex pasándoselo en grande en la fiesta. Incluso llegó a oír la música que llegaba flotando sobre el agua.
Contempló la foto de su familia, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Había prometido a su tío Brody que no se metería en problemas y que se portaría bien, ¿y qué había hecho? Pues estropearlo todo en su primer encuentro con el jefe. Después de lo que se había esforzado por no dar el aspecto de una chica fácil al resto de la tripulación, iba y se arrojaba en los brazos del único hombre que podía garantizar la seguridad de su trabajo.
Y en ese momento, mientras recogía los restos del desayuno bajo el brillante sol del Mediterráneo, Frankie se sintió aún más tonta. Seguro que Alex pensaba que no era más que una cabeza de chorlito. Lo más probable era que hubiera dado la vuelta a lo ocurrido y llegado a la conclusión de que ella lo había provocado todo, como si ella hubiera sido la que se había pasado de la raya. ¿Por qué si no había cancelado la sesión de gimnasia?
Pero las cosas no habían ocurrido de ese modo, ¿verdad? Él había demostrado tanto interés hacia ella como ella hacia él, ¿no? Frankie ya no estaba segura de nada.
Pero hubiera ocurrido lo que hubiese ocurrido, lo que sí sabía era que se había comportado como una verdadera idiota. ¿Cómo había llegado a pensar que Alex podría interesarse verdaderamente por ella? Pertenecían a mundos opuestos.
Entonces se preguntó si volvería a ver a Alex y si, de ser así, él se sentiría incómodo por lo sucedido o, peor aún, despectivo; lo bastante despectivo para hacer que Richard le ordenara recoger sus cosas y marcharse. Quizá lo sucedido no era más que agua pasada.
—Frankie, Richard ordena que subas —le dijo Roz en el peor momento, entrando en la cocina y dejando en la mesa de acero una bandeja llena de tazas de café.
—¿Yo?
—Sí, tú. ¡Vamos, muévete!
El corazón se le detuvo un segundo. ¿Y si el capitán se había enterado del episodio entre ella y Alex? No, eso era imposible: él no se delataría de esa manera. ¿O sí?
Pero ¿y si se trataba de que Alex quería quitársela de encima? ¿Y si había ordenado al capitán que la despidiera por cualquier otro motivo? Se acordó de que él se había mostrado tajante acerca del director de Forest Holdings al que había despedido. Quizá ella se había convertido en lo mismo: una pieza prescindible que podía sustituirse fácilmente.
Nada más presentarse en el puente, sus temores parecieron verse confirmados. Alex, vestido con un pantalón corto y un polo, se encontraba allí con el capitán; pero si Richard la miró al instante con aire suspicaz, él no dio indicios de reparar siquiera en su presencia y se limitó a ponerse las gafas de sol y a contemplar el mar como si ella no existiera.
Frankie notó que le sudaban las manos. ¿Y si resultaba que la habían llamado para que diera explicaciones? ¿Y si lo que el capitán quería saber era su versión de lo ocurrido en el estudio? Entonces se dio cuenta de que sería su palabra contra la de Alex, y comprendió cuán débil y humillante era su posición.
Richard la miró con expresión severa.
—Ah, Frankie, por fin. Dígame ¿es verdad que sabe usted bucear?
Frankie se quedó tan sorprendida de que no la interrogaran que sintió que el rubor se le subía a las mejillas. Miró rápidamente a Alex, pero este siguió dándole la espalda.
Entonces comprendió qué estaba sucediendo. Jeff estaba cargando el equipo de buceo en la Hinckley, la mayor de las embarcaciones auxiliares del Pushkin. ¡Después de todo, Alex no se había olvidado de su promesa!
Tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no sonreír de alivio y saltar de contento.
—Pues claro. ¿Por qué? —preguntó, recogiéndose el cabello tras la oreja.
Alex le hizo un gesto afirmativo con la cabeza y ella percibió que él esbozaba una leve sonrisa.
Aquella boca.
Aquella boca que la había besado y en la que no había dejado de pensar desde entonces.
—Estaba explicando al capitán que mis glúteos medios están flojos —dijo, dándose una palmada en la cadera—. Ya sabes que hablamos del asunto. Por eso prefiero que me acompañes, por si sufro un calambre o algo así.
Frankie asintió, manteniendo una expresión seria y refrenando el impulso de dar saltos de alegría allí mismo.
—Desde luego, señor. Iré por mis cosas.
Richard no parecía estar conforme.
—Señor, creo que debería acompañarle yo. Y si no yo, Jeff, que al menos es instructor de buceo. Las corrientes de este sitio pueden ser traicioneras.
—No se preocupe, capitán. No es nada de lo que no pueda ocuparme. —Alex sonrió—. Frankie y yo estaremos perfectamente. Además, Dieter se ocupará de vigilar la barca mientras buceamos.
—Pero…
—Frankie, Dieter y yo saldremos dentro de cinco minutos —insistió Alex—. De modo que sea tan amable de tenerlo todo dispuesto. Haga subir a bordo los trajes de buceo cortos para Frankie y para mí. Nos cambiaremos cuando lleguemos al punto de inmersión —ordenó, dejando perfectamente claro que no estaba dispuesto a seguir discutiendo con el capitán ni un segundo más.
Una vez a bordo de la Hinckley, Frankie observó cómo Alex ponía en marcha el motor y se alejaba del Pushkin sin echar la vista atrás. Se sujetó a su mullido asiento de piel blanca mientras saltaban por encima de las olas. Alex parecía completamente en su elemento llevando el timón, como si lo hiciera todos los días.
Dieter iba sentado en la proa, vestido con pantalón y camiseta negros y un auricular en el oído, mientras oteaba el horizonte y vigilaba las demás embarcaciones. Era como una estatua: macizo, inmóvil y silencioso. No se volvió ni una sola vez para mirarlos.
Frankie se examinó las piernas que asomaban bajo sus shorts azul marino y torció el gesto, preguntándose si Alex se daría cuenta de que no se las había depilado aquella mañana. Pensó que ojalá hubiera sabido qué iba a pasar para poder presentarse con el mejor aspecto posible. ¡Se sentía tan descuidada, tan poco preparada!
Sin embargo, cuando volvió a levantar la vista, vio que Alex la observaba por encima de las gafas de sol alzando las cejas; tenía tal brillo en la mirada que Frankie estuvo a punto de echarse a reír.
¿Realmente estaba tan excitado como ella?
«Imposible», se dijo mientras surcaban el mar dejando tras ellos la silueta del Pushkin y dos estelas en forma de V de «victoria». Se sentía como si estuviera escapándose de una cárcel. Aspiró el aire salado, disfrutando de su libertad y dejando que el viento le acariciara el rostro y el cabello igual que la mano de un amante.
Miró nuevamente a Alex y vio que él le sonreía abiertamente. Le sostuvo la mirada durante un largo momento.
La misma corriente que había sentido entre ellos en el gimnasio volvía a estar allí. Igual de fuerte, igual de real.
¡Iba a estar sola con él otra vez! ¿Qué significaba eso? ¿Qué le diría ella a él y él a ella? ¿Y qué pasaría si se repetía lo del estudio? No, eso sería imposible en el mar, ¿o no?
Alex apartó la mirada sin dejar de sonreír, y la mente de Frankie se llenó de preguntas mientras veía que el Pushkin se hacía cada vez más pequeño en el horizonte. Pensó en lo que estaría diciendo Roz en aquellos momentos. Con tantos invitados importantes a bordo, el trabajo se le estaría multiplicando, y el hecho de no tenerla a ella para que se ocupara de las tareas más ingratas seguro que la estaba poniendo de los nervios. Sin embargo, no le importó. Dejó que el sol le acariciara el rostro y sonrió, satisfecha.
La costa de Cerdeña estaba mucho menos urbanizada de lo que ella había pensado; había una sucesión de calas de arena blanca y promontorios de roca rojiza. Pequeñas islas asomaban entre las cristalinas aguas. Alex aminoró la marcha y maniobró la embarcación para pasar entre las rocas hasta quedar fuera de la vista del Pushkin.
—Aquí estará bien —gritó a Dieter, apagando el motor. El guardaespaldas se movió por fin y echó el ancla.
Frankie podía ver el fondo rocoso. Nunca había estado en aguas tan limpias y transparentes como aquellas, ni siquiera en las de la Gran Barrera de Coral, donde había aprendido a bucear.
El repentino silencio la sorprendió, haciendo que la situación resultara mucho más íntima. Las olas mecían suavemente la embarcación.
—Venga, vamos allá —dijo Alex, acercándose con un equilibrio perfecto y quitándose la camiseta. Frankie vio cómo se le tensaban los firmes músculos del estómago al estirar los brazos y sintió una oleada de deseo. A continuación, Alex se quitó el pantalón corto, descubriendo el ceñido bañador azul que llevaba debajo.
¡Parecía que casi fuera desnudo!
«¡Dios mío, qué cuerpo!», pensó Frankie, recorriendo con sus ávidos ojos aquella piel bronceada. Era lo único que podía hacer para no tender la mano y tocarlo.
—Dieter, pásanos los trajes de buzo —ordenó Alex con aire inescrutable. A continuación cogió los dos trajes de neopreno sin levantar la mirada y entregó uno a Frankie.
—Aquí tienes —le dijo, y por primera vez su voz sonó como la del Alex que ella recordaba, íntima y cálida. Se sintió nuevamente transportada a su mundo.
De repente, la invadió el pudor; pero Alex debió de percibirlo porque se dio la vuelta para ponerse el traje. Ella aprovechó para quitarse rápidamente el polo y los shorts azul marino. Debajo llevaba biquini, uno pequeño que tenía desde hacía mucho, y deseó haber podido llevar uno mejor. Se enfundó en el traje de goma, subiéndoselo por encima de las caderas, antes de que Alex pudiera verla; después deslizó los brazos por las mangas, y se retorció para acabar de meter los hombros.
—Espera, deja que te ayude —se ofreció Alex.
Se había situado detrás de ella, y Frankie notó que tiraba de la cremallera de la espalda y que le deslizaba el dedo a lo largo de la columna mientras la subía. Se le puso la carne de gallina. Allí estaba otra vez, la misma electricidad que había sentido en su estudio, como si fuera a explotar.
—Ya está —dijo él—. Vamos a ponernos las botellas y a zambullirnos.
Frankie se puso el chaleco de flotación y a continuación se echó a la espalda la botella de oxígeno. Una vez comprobado que todo estaba en orden, se dejaron caer de espaldas al agua por la borda.
Cuando estuvieron unos metros por debajo del casco de la embarcación y lejos de la mirada de Dieter, Alex la cogió de la mano. Sus ojos sonreían a través de las gafas de bucear.
A medida que descendían, Frankie contemplaba el cabello de Alex, que flotaba en la corriente, y los rayos del sol que se abrían paso en el agua. Oía el siseo de su propia respiración a través del regulador, y sintió que se le aceleraba el corazón cuando Alex se dio la vuelta y la miró. Habían descendido unos diez metros. Entonces él señaló algo detrás de ella, y Frankie se dio la vuelta para contemplar el arrecife.
Era impresionante. Los bloques graníticos estaban cubiertos de algas, madréporas, anémonas y abanicos de coral entre los que nadaban bancos de peces. Una raya se levantó de un lecho arenoso y pasó junto a ellos. Alex deslizó la mano por el lecho de ondulantes algas mientras las burbujas de aire ascendían hacia la superficie como brillantes bolas de mercurio.
De repente Frankie notó que se relajaba. Estaban ellos dos solos allí abajo y todas las imposiciones de su trabajo en el Pushkin y sus mezquindades carecían de importancia. Estaban allí juntos y sin nadie más.
Entonces comprendió que tendría que haber confiado en Alex. No tendría que haber dudado de él ni de sus propios sentimientos, porque aquel instante demostraba que lo que había ocurrido en el estudio había sido algo especial. Desafiando todas las probabilidades, Alex había logrado lo imposible: llevársela del Pushkin a otro mundo. Y la sensación era maravillosa.
Alex le apretó la mano y le señaló algo en la distancia, una masa terrestre, seguramente la isla más grande que habían visto desde la embarcación. Ella asintió.
Cogidos de la mano siguieron la línea del arrecife. Frankie se dio cuenta de que la profundidad iba disminuyendo. Alex le señaló la superficie y acto seguido apretó un botón amarillo de su chaleco de inmersión. Su flotabilidad aumentó y empezó a ascender lentamente. Frankie lo imitó.
Salieron a la superficie y al sol al mismo tiempo. No había duda de que se hallaban al otro lado de la isla, lejos de la vista de Dieter.
Alex se quitó el regulador y se levantó las gafas de bucear. Las gotas de agua que se le habían quedado prendidas en las largas pestañas brillaban con el sol.
Se miraron a los ojos durante unos segundos, y fue como si el beso que se habían dado en el estudio acabara de ocurrir. Toda la distancia que Frankie había imaginado que existía entre ellos, sencillamente, había desaparecido. Era como si siguieran unidos.
—Yo…
—Yo…
Habían hablado al mismo tiempo, y se echaron a reír.
—Tú primero —dijo ella.
—No sé… —La sonrisa de Alex era luminosa, igual que su mirada—. Creo que iba a decir «¡por fin!». Me estaba preguntando si este momento llegaría alguna vez.
Frankie sonrió.
—Cuéntame.
—Verás… no quería que pensaras que lo del otro día no había significado nada, porque sí había significado.
Frankie notó que la invadía una mezcla de alivio y alegría. Y también algo más… una oleada de ardiente deseo.
—No te ofendí, ¿verdad?
—¿Ofenderme? —preguntó ella—. ¡Claro que no me ofendiste! Más bien temía lo contrario, que pensaras que yo era…
—Preciosa. Eso es lo que eres. Ven aquí.
Alex la rodeó entre sus brazos y la besó. Sus labios tenían gusto a sol y mar. Luego echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada sin dejar de abrazarla.
—Oh, Frankie —dijo mojándose el pelo y echándoselo hacia atrás—, no tienes ni idea de qué feliz me siento de que podamos estar tú y yo solos.
—¿Qué tal fue la fiesta? —No había tenido intención de preguntárselo. Creía que era mejor aparentar desinterés, como si el hecho de que él estuviera acompañado por aquellas supermodelos no le importara; pero las palabras le habían salido sin querer.
—Una lata. En lo único en que pensaba era en poder salir a bucear hoy contigo.
Nuevamente, Frankie se sintió aliviada.
—Este sitio es precioso, gracias por traerme —dijo ella, cogiéndolo de la mano. ¡Aquella intimidad con Alex le parecía tan fácil y tan natural!
—Te lo prometí, ¿verdad? Lo que pasa es que me costó un poco poder organizarlo. Lo último que deseo es que te conviertas en el blanco de los rumores de la tripulación. Sé cómo funcionan estas cosas y créeme, pase lo que pase entre nosotros, quiero que sea entre tú y yo y nadie más.
Frankie se preguntó qué quería decir Alex con aquello. ¿Acaso estaba marcando las normas entre ellos, diciéndole que ella era su entretenimiento de a bordo, su amante o algo más?
—¿Y tú qué crees que está pasando entre nosotros? —le preguntó.
Alex sonrió.
—No lo sé…, todavía. —La atrajo hacia sí y la besó de nuevo—. Pero estoy impaciente por descubrirlo. —La cogió de la mano y volvió a besarla. Ella lo besó de una manera tan apasionada que perdió el equilibrio. Ambos se rieron—. Ven, vamos a ver cómo bailas.
¿Bailar? ¿A qué se refería?
No tardó en averiguarlo. Alex se puso el regulador y se sumergió. Ella lo siguió. Entonces, mientras descendían, Alex la cogió como si fueran a bailar un tango y siguió los pasos del baile. Frankie oyó su propia risa bajo el agua. De repente, él soltó la boquilla, le quitó la suya a Frankie y la besó.
Fue una sensación extraña la de sus bocas uniéndose bajo el agua; pero solo duró un instante, porque ambos volvieron a ponerse los reguladores. Frankie soltó una carcajada, viendo cómo las burbujas ascendían a su alrededor. Luego siguieron buceando a lo largo del arrecife, contemplando la exuberante vegetación submarina y los bancos de peces.
El tiempo pareció pasar como una exhalación cuando Alex indicó que estaban escasos de aire y que debían volver. Frankie sintió deseos de gritar y patalear. No estaba dispuesta a que el poco tiempo que tenían para estar juntos le fuera arrebatado de aquel modo. Todavía tenían tanto que decirse…
Cuando salieron a la superficie, Alex volvió a besarla, y ella señaló con la cabeza hacia Dieter.
—No te preocupes por él —dijo Alex—. Apenas habla inglés, pero sobre todo le pago para que no escuche mis conversaciones y se olvide de todo lo que me vea hacer.
Frankie se preguntó cuántos secretos tendría Alex y en qué acababa de convertirse ella para él. En otro secreto, ¿quizá?, ¿en otra faceta del misterio que era Alexéi Rodokov?
Sintió que su alegría flaqueaba. Acaba de pasar uno de los mejores momentos de su vida y, sin embargo, seguía sin conocer lo más mínimo al hombre que la había acompañado. No debía enamorarse tan locamente de él, porque podía salir herida.
Pero al mismo tiempo sabía que no podía evitarlo. Se sentía irremisiblemente atraída hacia él y no estaba dispuesta a renunciar. Tenía que averiguar qué lo hacía vibrar. Tenía que convertirse en parte de su vida.
—¿Por qué te acompaña siempre un guardaespaldas? —le preguntó.
—Para complacer a Yuri, supongo —contestó Alex, quitándole importancia —. Fue idea de él. Siempre insiste en que Dieter me acompañe. De todas formas, a veces consigo desembarazarme de él.
—¿Yuri? ¿Quién es Yuri?
—Te lo contaré en Marrakech. Ahora no tenemos tiempo.
—¿Marrakech?
Los ojos de Alex centellearon.
—Sí, Marrakech. Se me ha ocurrido un plan. Te dije que pensaría en algo, ¿no?
—Pero… —Vio a Dieter, de pie en la embarcación, haciéndoles gestos con la mano.
—Invéntate una excusa para bajar del yate —le dijo Alex, en tono apremiante —. Hoy, alrededor de mediodía. Fingiremos que recibes una llamada telefónica. Di que te han surgido problemas familiares. Dieter te bajará a tierra. Yo tendré un avión privado en el aeropuerto dispuesto a llevarte a Marruecos. Nos encontraremos en la casa que tengo allí. Lo mantendremos en secreto. Nadie más lo sabrá.
Frankie se quedó atónita ante aquella proposición.
—Pero ¿qué pasa con todos tus invitados?
—Bah —contestó él con un gesto displicente—. No hay nadie importante. Además, ¿qué van a decir si resulta que me reclama un asunto de negocios importante?
—¿Así de fácil?
—Pues claro. Se supone que estoy de vacaciones y resulta que he encontrado la persona con quien me apetece pasarlas.
Cuando subieron a bordo de la embarcación y se quitaron el equipo de buceo, Frankie apenas se atrevió a mirarlo. Lo que Alex acababa de proponerle iba mucho más allá de sus sueños más locos.
Tenía ganas de pellizcarse para demostrarse que no se trataba de un sueño y de que Alex realmente la deseaba.
Y a medida que se iban acercando al Pushkin, el plan se le antojaba cada vez más descabellado. Le parecía imposible que pudiera marcharse del barco y tomar un avión privado con destino a Marruecos. Lo suyo era limpiar retretes, ¿no? ¿Tendría el temple suficiente para fingir una crisis familiar y abandonar el Pushkin, así, sin más?
La cabeza le daba vueltas solo de pensarlo.
En cualquier caso, estaba claro que Alex la creía capaz de hacerlo. Era como si supiera que en el fondo ella era irremediablemente impulsiva. Pero ¿acaso no había sido precisamente su impulsivo carácter el que le había ocasionado tantos problemas? ¿No había aprendido nada de sus errores pasados?
Pero cuando miró a Alex y este le mantuvo la mirada con los ojos chispeantes de promesas, supo que iba en serio y que confiaba en ella. Si él estaba convencido de que ella tenía las agallas necesarias para burlar a Richard y seguir su plan, no pensaba defraudarlo.
Como si le hubiera leído el pensamiento, Alex le guiñó un ojo cuando la embarcación se aproximó al Pushkin. Frankie miró a Dieter y después al yate, mientras notaba que el corazón se le desbocaba de miedo. Necesitaba más tiempo. Tenían que hablar antes de muchas cosas. ¿Y si todo el plan salía mal?
Pero no había tiempo. Alex ya estaba lanzando la amarra a Jeff, y nada más subir a bordo del yate volvió a convertirse en el gran y temible hombre de negocios. Su rostro se tornó inexpresivo y desprovisto de toda emoción. Parecía que la sesión de buceo nunca hubiera tenido lugar. En cambio Frankie sentía que llevaba escrito en el rostro su secreto.
Richard caminaba arriba y abajo por el puente. Estaba evidentemente furioso por que Alex y Frankie se hubieran ausentado durante tanto rato, pero no podía decirle nada a su jefe. No si no quería correr el riesgo de recibir una reprimenda en público.
—Me alegro de verle de regreso, señor. Empezaba a preocuparme.
—¿Por qué? No había motivo alguno —contestó Alex, secándose el pelo con una toalla y pasando ante él camino del salón.
Frankie lo miró. Fuerte. Controlado. Capaz de todo.
—Ahora me apetece tomar el desayuno. Que sea en la cubierta de arriba — añadió, antes de meterse por el pasillo que conducía al salón inferior y cerrar las puertas de cristal ahumado. Había vuelto a comportarse como si Frankie no existiera.
Ella se dispuso a regresar a sus tareas, pero el capitán la retuvo, sujetándola por el brazo.
—No sé qué está pasando —bufó—, pero le advierto que será mejor que no sea nada de nada. Si se ha pasado de la raya…
—No sé de qué me está hablando —contestó Frankie, zafándose de él.
—Sí, lo sabe. No olvide que la estaré observando —le advirtió el capitán—. La estaré observando muy de cerca.