Platino
Capítulo 32
P EACHES miró por la ventanilla tintada la noche de Nueva York iluminada de neones, mientras el Maybach 62S de Todd Lands, conducido por el chófer, cruzaba Manhattan y enfilaba por la Quinta Avenida. Todo el mundo se fijó en el coche: los turistas se detuvieron para hacerle fotos, y los taxistas hicieron sonar sus bocinas.
Aislada en el interior de piel y madera lacada, mecida por la suave música de Mozart, Peaches estaba sentada junto a Ross en los mullidos asientos. Él se inclinó hacia delante y abrió la nevera para volver a llenar las copas de champán; luego apretó un botón, y una tupida cortina de terciopelo descendió sobre el cristal que los separaba del conductor, aislándolos en su burbuja particular.
Peaches suspiró. Se alegraba de estar en Nueva York. Había algo en las luces nocturnas y en el ambiente de aquel lugar que le levantaba el ánimo. Siempre tenía la impresión de que se trataba de una ciudad donde se podía empezar desde cero, al contrario que Los Ángeles, que era la ciudad de los sueños rotos.
Además, Ross la acompañaba. Su querido Ross. Por primera vez desde su violenta expulsión del Pushkin, Peaches sentía que empezaba a relajarse, aunque no creía que fuera por mucho tiempo. Seguramente el champán también ayudaba lo suyo. ¡Llevaba tantos días aterrorizada pensando en lo que podría haberle pasado…!
Pero Ross siempre conseguía hacerle vivir el momento presente. Siempre encontraba el lado bueno de la vida y las posibilidades que ofrecía el futuro. Sentada junto a él, se sentía más que nunca ella misma, como si volviera a estar al mando, como si ya no fuera una víctima, sino la jefa.
Cogió la mano de Ross y le dio un cariñoso apretón. Él le devolvió el gesto haciéndole cosquillas en el cuello con la nariz.
—¡Mmmm!, hueles divinamente —le susurró al oído.
Desde que la recogió en el aeropuerto, Ross había estado muy cariñoso con ella. Le había dado un afectuoso abrazo y le había examinado las magulladuras del rostro para confirmarle que eran totalmente superficiales. También le había entregado una pomada, asegurándole que en una semana habrían desaparecido y volvería a estar tan radiante como siempre. Ella había sonreído y contenido la punzada de dolor de la mandíbula.
Sí, había sonreído; y en esos momentos volvió a hacerlo.
—¿Te gusta? Forma parte de la línea de perfumes que acompañará a la lencería. A este lo llamo «Peaches and Cream».
Ross le sonrió maliciosamente.
—Estoy seguro de que eso mismo será lo que pensarán todos los hombres que lo huelan en un kilómetro a la redonda.
—¿De verdad lo crees?
Miró nuevamente por la ventanilla, halagada por el cumplido. Ross le hacía sentirse mujer mejor que nadie.
Todavía no le había hablado de las dos mujeres que iba a presentarle. Se había limitado a comentarle que Todd Lands se lo había pedido porque era él quien quería poner en contacto a las tres.
Como era de esperar, aquellas palabras habían intrigado a Peaches más que nunca. Si aquellas mujeres conocían a Todd Lands, entonces no podían ser unas simples furcias de lujo, como había imaginado en un principio; puede que fueran verdaderas profesionales o incluso actrices conocidas.
Y no serían las primeras que se habían liado con gángsteres o millonarios extranjeros. Ella misma había hecho de intermediaria en el affaire entre un playboy árabe y la actriz favorita de este, la ganadora de un Oscar que necesitaba un puñado de millones para comprarse la casa de sus sueños.
Peaches se preguntó de qué iría todo aquello y si iba a encontrarse con dos mujeres famosas de Hollywood que se habían pillado los dedos al venderse al gángster equivocado. Algo así explicaría sin duda tanto secretismo.
Sin embargo, no le cuadraba del todo. Si Todd Lands estaba metido en el asunto —y a juzgar por su conocida actitud con respecto a no tener sexo antes del matrimonio—, no iría mal encaminada al apostar que se trataba de furcias de lujo.
—Ni siquiera sabía que conocieras a Todd Lands —comentó—. ¿Acaso es cliente tuyo?
—No. Lo creas o no, Todd no ha pasado por el quirófano para retocarse nada. Es natural al cien por cien.
Peaches sonrió.
—Ross, te estás poniendo muy misterioso. Para empezar, ¿por qué vamos en el coche de Todd? ¿Y qué hacen esas mujeres en su apartamento?
—Son amigas de él.
Peaches se echó a reír.
—Vamos, nadie es amigo de Todd Lands. Es el tipo menos accesible de Hollywood, es famoso por la cantidad de abogados que trabajan para él…
—Escucha, Peaches —la interrumpió Ross, levantando la mano—, hay algo que deberías saber. —Suspiró, como si se estuviera liberando de una pesada carga, y se volvió en el asiento para mirarla.
Peaches vio que buscaba las palabras adecuadas y sintió que el pulso se le aceleraba. Contuvo el aliento, esperando que Ross empezara. Toda la cómoda familiaridad había desaparecido de repente y había sido sustituida por algo distinto. Como si, de golpe, las reglas hubieran cambiado entre ellos; como si Ross estuviera a punto de hacer una declaración que cambiaría la vida de ambos para siempre.
Ross se preparó.
La intriga estaba matando a Peaches, pero siguió sin decir nada. Ross le cogió las manos y la miró a los ojos.
—La cuestión es que Todd y yo… estamos…
Peaches lo contempló fijamente y…
Cayó en la cuenta.
¿De verdad Ross quería decir lo que había dicho? Peaches se quedó boquiabierta y buscó los ojos de su amigo.
¡No podía ser cierto!
Pero vio que lo era.
Se produjo un largo silencio, y Peaches hizo un esfuerzo para recobrarse de la sorpresa. Sabía que debía decir algo.
—¡Por Dios, Ross! ¡Qué callado te lo tenías! —exclamó por fin, haciendo todo lo posible por disimular su sorpresa, el susto y, por qué no decirlo también, su sensación de sentirse traicionada. Aquello era algo gordo, muy gordo, que no solo cambiaba todo lo que sabía de Ross, sino la relación entre ellos. Pero lo que quería saber sobre todo era por qué, por qué no se lo había dicho antes.
Entonces lo miró a los ojos y se acordó de la cantidad de cosas que habían pasado juntos. Ross era su mejor amigo y su deber para con él era apoyarlo. A juzgar por su demudada expresión, estaba claro que aquello era lo más importante para él.
—Está bien —le dijo—. ¿Lo sabe alguien más?
—No, claro que no. Es algo que no sabe nadie.
Peaches hizo una pausa, ablandada por saber que él no le había estado tomando el pelo, que no la había engañado. Se trataba de un secreto auténtico, ¡y menudo secreto! Tenía la impresión de pisar territorio desconocido. Todo lo que iban a decirse a partir de ese momento sería como pisadas en nieve virgen. No estaba segura de qué significaba aquello, pero comprendió que se debía a que estaba descubriendo la verdad por primera vez, la verdad pura y dura.
—¿Desde cuándo sales con Lands? —preguntó.
Peaches había bromeado cientos de veces con Ross acerca de su sexualidad, pero nunca había creído que fuera gay. Así pues, oírselo admitir, y ni más ni menos que con Todd Lands, le resultaba increíble.
Entonces se dio cuenta de que en lo más íntimo, una pequeña parte de ella siempre había deseado que el celibato de Ross fuera por ella; y en esos momentos, cuando su fantasía salía a la luz para morir, sonrió al pensar en lo absurdo que era que hubiera llegado a suponer que Ross se reservaba para ella.
La verdad, como de costumbre, resultaba mucho más realista y prosaica: ¡Ross tenía una relación seria con uno de los mayores símbolos masculinos del mundo! La noticia era de tal calibre que a Peaches le costaba creer que fuera cierta.
—Todd y yo hace unos tres años que estamos juntos.
Peaches estuvo a punto de atragantarse con el champán.
—¿Tres años? ¿Pero hace tres años no estaba liado con esa tía flacucha…? ¿Cómo se llamaba? Amy-Kay no-sé-qué…
Ross sonrió una vez roto el hielo.
—Sí, eso fue un desastre. Por suerte, ella acabó largándose.
A Peaches no le extrañó. Ninguna de las efímeras parejas de Todd habían seguido siendo famosas después de romper con él; seguramente porque era lo bastante poderoso para conseguir que los estudios se olvidaran de ellas con una sola llamada. Eso suponiendo que pudiera creer lo que la prensa decía cuando hablaba de lo cabrón que era.
Era muy probable que solo fueran habladurías. Peaches dudaba mucho que alguien como Ross pudiera tener una relación con una mala persona.
—O sea, que por eso tiene tantos abogados en nómina —comentó Peaches—. Para que se ocupen de los rumores.
—Para cortarlos de raíz —le aclaró Ross, con un destello de orgullo en la mirada—. Somos muy discretos.
Peaches se preguntó cómo habían logrado mantener el secreto. Si hubiera corrido el más mínimo rumor sobre ellos dos, sin duda se habría enterado enseguida. En los círculos donde ella se movía, una indiscreción, un comentario, una imagen de los dos juntos habría llegado a sus oídos al instante.
Meneó la cabeza, pensando en la cantidad de veces que había flirteado con Ross en el pasado y en la cantidad de mujeres que había visto que lo perseguían como gatas en celo.
Sin embargo, la verdad era que las inclinaciones de Ross le importaban muy poco siempre y cuando él fuera feliz. Y a juzgar por la chispa que veía en sus pupilas, seguro que lo era. Como también era cierto que se sentía orgulloso de confesarle que Todd Lands era su hombre.
—¿Y por qué me cuentas esto ahora? —quiso saber Peaches—. Ya casi me habías convencido de que eras un solterón feliz.
—Te lo he contado porque tú me confiaste tu secreto. Llámalo un deber de confianza. Además, vas a conocerlo y, como sé que eres la mujer más intuitiva del mundo, estoy seguro de que lo habrías adivinado al vernos juntos.
Una serie de imágenes pasaron por la mente de Peaches: Todd corriendo por la jungla en la trilogía que había rodado a principios de los noventa; y, más recientemente, el héroe de ciencia ficción que lo había hecho internacionalmente famoso; por no mencionar el cartel de veinte pisos de alto de Blue Zero con su rostro, ante el que acababan de pasar en Times Square. El mismo cartel al que Ross apenas había dedicado una mirada de soslayo, el muy pillo.
—Pues ya ves adónde se ha ido mi famosa intuición —dijo Peaches con una triste sonrisa.
Ross se encogió de hombros.
—Y el apartamento en Londres, tus misteriosas escapadas de fin de semana, el castillo en Francia al que nunca me has invitado… ¿Todo eso es por Todd?
—Exactamente. Lo de Londres son dos casas que se comunican por la parte de atrás. Aunque la prensa descubriera que Todd es el verdadero propietario, nunca nos pillarían saliendo por la misma puerta.
Peaches soltó un silbido. Aquello era mucho subterfugio para mantener a flote una relación.
—Entonces, lo vuestro va en serio, con fidelidad por parte de los dos, ¿no?
—Por completo.
—¿Nada de bi?
—No. Nos queremos y siempre será así.
—¿Y qué me dices de todas esas amiguitas suyas? ¿Y su reputación? Cuando venía en el avión leí algo de su último ligue, una tal Frankie. Por lo que vi en la foto, la chica estaba estupenda.
—Prefiero que sea Todd quien te lo explique —repuso Ross con gesto pensativo—. Pero, entre tú y yo, no es más que una cortina de humo.
«¡Y bien buena!», se dijo Peaches. Todd era un icono mundial, y allí estaba ella, sentada junto al hombre que, según decía, le había robado el corazón.
Peaches no era ajena al hecho de que la gente creara apariencias tras las que disimular la realidad de sus vidas. Conocía cientos de matrimonios que parecían felices y que en realidad eran un desastre; pero ¿Ross y Todd? Le costaba metérselo en la cabeza.
—Si os queréis de verdad, si lo vuestro va en serio, ¿por qué no salís del armario? —preguntó, pero en el momento de formular la pregunta se dio cuenta de que resultaba imposible.
El éxito de taquilla de Todd se basaba en el hecho de que las mujeres de todo el mundo y de todas las edades lo encontraban lo bastante atractivo para fantasear con él. Era una adoración que podía convertirse fácilmente en vitriolo en el instante en que descubrieran que su ídolo preferiría meterse en la cama con sus maridos antes que con ellas.
Y con Ross ocurría tres cuartos de lo mismo. Peaches se acordó de todas aquellas mujeres aguardando en la sala de espera. ¿Cómo reaccionarían cuando sus fantasías chocaran con la realidad de las inclinaciones sexuales de Ross?
Empezaba a comprender por qué aquellos dos hombres habían mantenido el secreto tanto tiempo. Conocía mejor que nadie la doble moral que imperaba en Hollywood. Poco importaba lo vicioso que uno fuera bajo la superficie. Para triunfar realmente era necesario dar una imagen de impecable moralidad. Sabía que era asqueroso y que apestaba, pero ella no podía quejarse: personalmente había amasado una fortuna gracias a semejante hipocresía.
—Todd cree que eso acabaría con su carrera —contestó Ross—. De todas maneras, Nueva York es mucho más liberal que Los Ángeles, y el ambiente de Broadway tiene muy poco que ver con el de los estudios.
—Lo cual significa que…
—Que Todd va a hacer una obra de teatro en Broadway. Los dos creemos que una temporada en los teatros le irá muy bien. Además, yo estoy encantado de montar aquí mi consulta porque significa que podremos pasar más tiempo juntos sin riesgo de que nos descubran.
—¡Caramba, me cuesta creerlo!
—Sí, la verdad es que me siento raro contándotelo. Creo que me he acostumbrado a mi doble vida.
Pero no tuvieron tiempo de seguir con la conversación. El chófer acababa de detenerse ante un rascacielos neogótico situado ante Central Park.
—Estamos en el ático —anunció Ross.
—No me digas —repuso Peaches, sonriendo y bajando del coche.
Miró hacia lo alto del rascacielos y las estrellas que se veían en el firmamento. Sintió un cosquilleo de nervios en el estómago y, de repente, supo que su destino estaba a punto de cambiar.