Platino

Jo Rees · Capítulo 42 de 43

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Platino

Capítulo 41

 

P EACHES, Emma y Frankie, cogidas del brazo, cruzaron la puerta de entrada de Wrentham Hall. Habían tenido que recurrir a todo su poder de persuasión para conseguir que las autoridades se avinieran a esperar fuera y les permitieran enfrentarse cara a cara con Kordinski sin protección. En ese momento se disponían a comunicarle la noticia de que estaba acabado, jodido de verdad, y a disfrutar viéndolo retorcerse.

Rezler había tenido que respaldarlas ante la policía inglesa porque se trataba de una operación británica realizada en suelo británico. Ni él ni los tres agentes rusos del FSB que estaban allí de observadores tenían la menor jurisdicción.

Al final, los británicos habían estado de acuerdo, aunque a regañadientes porque eso suponía situar francotiradores en el tejado y en el interior en caso de que Kordinski o uno de sus matones intentara algo contra Peaches o sus amigas. Sin embargo, no habían tenido elección. Alex se había negado a cooperar a menos que a Frankie y a las demás les concedieran permiso para terminar lo que habían empezado.

La impresionante entrada de Wrentham Hall, con su techo abovedado y su curvada escalinata, se encontraba llena de invitados, y el murmullo de las conversaciones casi apagaba la música que el cuarteto de cuerda interpretaba en uno de los balcones. Peaches cruzó una mirada con Damien, el organizador de la fiesta que Emma le había presentado a ella y a Frankie momentos antes. No cabía duda de que había hecho un trabajo estupendo colaborando con la policía y con Rezler para coordinar los sucesos de aquella noche. Él le hizo un breve gesto afirmativo con la cabeza para indicarle que sabía lo que tenía que hacer.

—Una casa preciosa, Emma —comentó Peaches por lo bajo—. Ya es hora de que la recuperemos de manos de ese hijo de puta, ¿no crees?

—De acuerdo, pero ten cuidado, ¿vale? —la previno Emma.

Peaches notó que Emma y Frankie le daban un apretón en el brazo y se sintió invadida por una renovada energía. Era consciente de lo importante que resultaba para Emma estar allí de nuevo y haber recuperado a su hijo sano y salvo, y también de lo mucho que significaba para Frankie que Alex hubiera conseguido arrancar tan astutamente la confesión a Kordinski.

—Allí está —dijo Frankie.

Peaches siguió su mirada hasta donde se encontraba Alex, de pie junto a la puerta de un pequeño cuarto ropero. Iba vestido de esmoquin y estaba increíblemente atractivo a pesar de tener el rostro surcado por la ansiedad. Peaches había llegado a tomarle aprecio durante la semana anterior, especialmente después de haber tenido ocasión de hablar con él acerca de la noche en el Pushkin. Alex le había dicho cuánto lamentaba la paliza; había sospechado que Dieter lo vigilaba por orden de Kordinski y por eso había fingido que le pegaba un tiro, pero que había sido él quien había avisado a los guardacostas para que la rescataran de aquella playa desierta.

Frankie había tenido razón desde el principio. Alex era bueno de corazón. Había hecho lo correcto entonces y estaba haciendo lo correcto ahora. Peaches sabía lo duro que sería para él adaptarse al programa de testigos protegidos. Sabía que había hecho un gran sacrificio porque no cabía duda de que iba a convertirse en un hombre marcado, en un blanco de por vida de la bratva.

Alex había pasado horas con Rezler y su equipo, y después con la policía británica y la rusa. Les había contado cuanto sabía de las actividades de Kordinski y sus socios.

Y en ese momento parecía que todo el mundo, norteamericanos, británicos y rusos, quería llevarse una parte del culo de Kordinski por fraude, asesinato, estafa y blanqueo de dinero. La lista de delitos era interminable y ya había dado lugar a un forcejeo diplomático para determinar dónde sería juzgado. Pero a Peaches eso no le importaba. Lo encerraran donde lo encerrasen, seguro que tirarían la llave.

Miró brevemente a Alex y asintió para hacerle saber que la señal había sido buena y que tenían grabada la confesión de Kordinski. Luego se volvió hacia Frankie.

—Ve con él y dale las gracias de mi parte.

Frankie salió corriendo y se lanzó a los brazos de Alex, que la abrazó, sosteniendo su cabeza contra su pecho.

Peaches y Emma entraron en el salón de baile y se dieron cuenta de que estaban causando sensación, y no solo por su paso decidido y por la sobriedad de su atuendo. Gracias a la habilidad con la que Emma había manipulado a la impresentable de Yolanda y a su buena relación con Damien, aquella noche estaban presentes prácticamente todos sus viejos amigos y conocidos.

Incluso Peaches había tenido que reconocer que la lista de gente que había dado la espalda a Emma era impresionante, y en ese momento comprobaba cuán confundidos y avergonzados estaban al verla pisar nuevamente Wrentham Hall. Ciertamente, la buena de Emma era más dura que todos ellos juntos, y además estaba comportándose magníficamente, caminando erguida y demostrando una absoluta seguridad en sí misma. A medida que avanzaban, cogidas del brazo, Peaches se dio cuenta de que todo el tiempo que habían dedicado a sus planes había valido la pena.

Sonrió siniestramente, sorprendida como de costumbre por lo despistada que era la gente. Para ella no podía estar más claro que la operación se había puesto en marcha a su alrededor. En lo alto, a través de la bóveda de cristal, vio las figuras de los tiradores de élite de la policía desplegándose; y a su alrededor, uno de cada tres camareros llevaba un auricular en el oído con un cable que se le metía bajo el cuello de la camisa.

Junto a la puerta de la biblioteca reconoció a Dieter. El guardaespaldas estaba de pie, contemplando a las invitadas y fumando un cigarrillo. Entonces vio que sus ojos se salían de las órbitas del susto que se llevó cuando dos pares de manos enguantadas lo amordazaron y lo arrastraron al interior de la biblioteca, fuera de la vista de todo el mundo. Nadie se dio cuenta de nada.

—¿Quién es esa? —preguntó Peaches a Emma cuando una mujer vestida con un traje de noche rosa pálido se les acercó.

—Es Natalia Kordinski —contestó Emma.

«O sea, que tú eres la mujer de ese cabrón», pensó Peaches, mirándola fijamente.

Natalia tenía un rostro afilado pero atractivo. En su cuello y orejas brillaban grandes diamantes en forma de corazón. Pero Peaches sabía que no eran corazones que se hubieran regalado por amor, sino para dominar. A lo largo de su vida había visto las suficientes mujeres víctimas de abusos para saber distinguir al instante las señales: la mirada apagada, el gesto vacilante… Natalia Kordinski llevaba a su alrededor el aura inconfundible del miedo.

La mujer las contempló con horror cuando reconoció a Emma.

—Yo… Yo… —empezó a decir.

—Tú no nos has invitado, ya lo sabemos —contestó Peaches, terminando la frase por ella—, pero no te preocupes, querida, no estaremos mucho rato.

—Allí está Willy, el embajador —le indicó Emma, separándose de ella y caminando hacia un distinguido caballero de pelo blanco vestido de chaqué.

Peaches se había quedado sola y notó que las piernas le temblaban mientras daba los últimos pasos hacia Kordinski.

Este y sus compañeros eran los únicos que no se habían percatado de la teatral entrada de Peaches y Emma. Kordinski estaba hablando con un grupo de gente, y todos reían, ya fuera sinceramente porque disfrutaban con los comentarios de su anfitrión o fingidamente porque no eran más que simples bufones en la corte del nuevo emperador. «¡Cómo te atreves a mostrarte tan fanfarrón! —pensó Peaches—, ¡cómo tienes la cara dura de comportarte igual que un caballero inglés cuando no eres más que basura!» Bien, ella se ocuparía de desenmascararlo ante todos. ¡Iba a desnudar al rey en presencia de sus siervos!

Kordinski se dio la vuelta como si hubiera notado un cambio en el ambiente de la fiesta.

En el mismo instante en que Peaches lo miró a los ojos, todo lo ocurrido a bordo del Pushkin regresó a su memoria. Volvió a verlo, desnudo, escupiéndole en la cara, dándole puñetazos en el estómago, pateándola y blandiendo un cuchillo para cortarle el cuello.

Y entonces pensó en su madre, en Irina, muriéndose lentamente en Moscú, sola y destrozada. Asesinada.

La adrenalina corrió por sus venas al ver que él la reconocía, al contemplar en sus ojos la sorpresa y el asombro. Estaba intentando situarla, pero no podía por culpa del disfraz que ella se había puesto aquella noche y de la borrachera que él llevaba encima. Y también porque la última vez que la había visto, él le había destrozado la cara.

—¿Qué significa esto? —preguntó Kordinski, mirando a su alrededor y buscando a Dieter.

—Permítame que se lo aclare, a usted y al resto de sus invitados —respondió Peaches con voz bien audible, aprovechando que el cuarteto de cuerda había dejado de tocar ante la señal de Damien para respirar hondo. Los murmullos de las conversaciones se fueron apagando hasta que se hizo un completo silencio. El ambiente parecía cargado de electricidad, como si se avecinase una tormenta.

«Ha llegado el momento —se dijo Peaches—. Hazlo. Harry estará a punto de llegar. Estás a salvo. Kordinski no puede hacerte nada.»

Natalia Kordinski empujó a Peaches para ponerse al lado de su marido. Leal hasta la muerte, como un perrito faldero. Conmovedor, pensó Peaches.

Antes de que Kordinski pudiera hablar, ella alzó una mano y vio el rostro triunfante de Emma, que tenía agarrado al embajador para asegurarse de que este no se perdiera detalle.

—Como bien sabe el embajador, esta noche no se celebrará ninguna fiesta — anunció Peaches—. Estoy aquí para informar a su excelencia de que su anfitrión está siendo objeto de una investigación internacional que lo acusa de numerosos delitos, entre ellos el de asesinato.

El murmullo de perplejidad de los invitados acompañó las palabras de Peaches. Luego todos callaron, y las carcajadas de Kordinski resonaron en el silencioso salón. Una risa fría y aterradora.

—¡Que chiste tan gracioso! —dijo, aplaudiendo—. Ahora, por favor, ruego a mis invitados que sigan divirtiéndose y disfrutando de la velada como si nada de esto hubiera ocurrido. —Dio la espalda a Peaches y gritó—: ¡Dieter! Haz el favor de acompañar a esta señora a la puerta. —Luego ordenó a los músicos—: ¡Sigan tocando! Nunca he dicho que dejaran de hacerlo.

Los músicos miraron nerviosamente a Damien, que negó con la cabeza.

—¡Dieter! —gritó nuevamente Kordinski, mientras el miedo y la ira le deformaban la cara—. ¡Te he dicho que…!

—Dieter no va a venir —lo interrumpió Peaches—. Nadie puede salvarlo.

Kordinski pareció agigantarse, alzándose igual que un oso. Dando todavía la espalda a Peaches, aplastó el habano con el talón del zapato. Cuando se volvió para mirarla, ella quiso huir. La ira manaba del rostro de Kordinski igual que el calor de un horno. Sin embargo, no había llegado hasta allí para salir corriendo. No podía traicionar la memoria de su madre; le había prometido que se vengaría y allí estaba para cumplir su juramento. Notó la mirada de Emma, animándola a ser fuerte. Ya que no iba a mandar a Kordinski al otro mundo, al menos le causaría el mayor daño posible: le haría saber que era ella quien iba a convertir su vida en un infierno. Y por qué.

—No sé si lo sabe, pero las autoridades llevan años tras sus pasos, solo que ahora tienen las pruebas que necesitan.

—Yuri, ¿qué está pasando? —preguntó Natalia Kordinski, mientras su marido clavaba los ojos en Peaches—. Dile que se calle.

Kordinski le espetó algo en ruso.

—¿Quién demonios es usted? —preguntó con malignidad a Peaches.

—¿No me reconoce? —preguntó ella, procurando que la voz no le temblara de furia—. Pues debería. Yo soy la que usted quiso violar a bordo del Pushkin, antes de que me diera una paliza de muerte y mandara que me asesinaran.

Los ojos de Kordinski recorrieron la multitud como reflectores, buscando a Alex, pero este hacía rato que se había marchado, se dijo Peaches. Seguramente se encontraba lejos, a salvo para siempre de Kordinski. Vio que Natalia daba un respingo y se cubría la boca con la mano.

—Pero no —prosiguió Peaches—, como puede ver, Alex no me asesinó como usted le ordenó. Y ahora ya no lo encontrará. ¿Lo entiende? Yo soy una de las herramientas con la que Alex lo ha traicionado.

—¿Quién es usted? —volvió a preguntar Kordinski.

—Soy la hija de Irina Cheripaska —respondió Peaches—. Irina Cheripaska, su esposa.

Natalia agarró a Kordinski por el brazo, pero él se la quitó de encima.

—¿Se acuerda de Irina? —bufó Peaches, hecha una furia, con los puños apretados y lágrimas en los ojos, haciendo lo imposible por no abofetearlo—. ¿Recuerda que en un ataque de rabia hizo que le arrancaran los ojos con un hierro candente? Seguro que se acuerda, ¡porque hace solo unas semanas ordenó a sus sicarios de Moscú que la asesinaran!

Kordinski palideció.

—¡Usted es…!

—¡Sí, Anna! La misma a la que su sicario Gorski vendió por orden suya. Yo solo tenía tres años.

—¡No puede ser! —exclamó Kordinski sin moverse, pero Peaches se dio cuenta de que algo en el interior de aquel desalmado se encogía.

—Lo cual, por desgracia, me convierte en su hija —prosiguió Peaches—, querido padre.

Incluso en esos momentos, después de todo lo que había pasado, Peaches se preguntó si aquellas palabras conmoverían a Kordinski; si él le suplicaría que lo perdonara y se arrojaría a sus pies, intentando abrazar a su hija perdida.

Pero Kordinski no estaba para sentimentalismos y la miró con ojos desprovistos de cualquier emoción, salvo el odio.

—¡Miente, maldita puta! —le espetó.

Peaches se puso en guardia. Su primera impresión había sido la acertada, como de costumbre. A Kordinski su propia carne y su propia sangre le traían sin cuidado. Nunca le habían importado nada y tampoco le importaba en ese momento.

—¿Quiere ver la cicatriz de mi espalda?

—¡Está usted mintiendo! —repitió, pero una gota de sudor había empezado a correrle por la frente. Sus ojos tenían una mirada asesina—. Irina me traicionó. Esa niña era hija de su amante, ¡de Tomin!

—Ojalá fuera verdad, pero yo soy hija suya, ¿quiere un análisis de ADN para demostrarlo?

De repente, a través de unos altavoces empezó a sonar una voz, la de Kordinski:

«—No solo me aproveché de la forma en que Dimitri formalizó

el acuerdo, sino que, de paso, pude quedarme con la casa de Harvey. El muy idiota la había puesto como garantía ante el banco. En cuanto empecé a buscar casa en Inglaterra, me encapriché de esta y quise quedármela. Al final, Harvey la perdió junto con la mina, y yo me presenté ante el banco con una oferta que no pudieron rechazar.

»—Muy afortunado, sí señor.

»—Los ingleses tienen un dicho para esto: “Matar dos pájaros

de un tiro”. Sí, eso fue lo que Harvey hizo por mí.

»—¿Estuvo dispuesto a entregarte la casa?

»—No, claro que no. Me dijo que lucharía para recuperarla,

que no pensaba defraudar a sus inversores ni a la estúpida de su esposa. Me amenazó con demandarme y hacerme no sé qué más. Se puso en plan gallito, de modo que no me quedó más remedio que silenciarlo para siempre. Cuando lo empujé, no me costó nada que pareciera que había sido un suicidio.»

Se oyó un murmullo cuando todo el mundo empezó a hablar sin poder dar crédito a lo que acababan de oír. Kordinski contempló a la multitud que lo miraba fijamente.

De repente, se movió y rodeó el cuello de Natalia con un brazo, utilizándola de escudo mientras se metía la mano en el bolsillo y sacaba una pistola que le puso en la sien.

Al ver el arma, los invitados gritaron.

—¡Apártense! —gritó Kordinski—. ¡Apártense o disparo!

La gente echó a correr hacia las salidas más próximas.

Natalia gemía mientras su marido la arrastraba hacia el pasillo.

Entonces apareció Alex, abriéndose paso entre la multitud como quien nada a contracorriente.

—No, Yuri —le dijo—. Suéltala y deja el arma. Todo ha terminado.

—¡Tú! —rugió Kordinski, y sin vacilar levantó el arma y disparó.

Peaches contempló con horror cómo Alex se desplomaba en el suelo y gritó cuando Kordinski se volvió hacia ella con la pistola, sonriendo malévolamente. Pero entonces pareció tropezar, arrastrando a Natalia con él.

Desconcertada, Peaches vio con asombro que una gran mancha roja aparecía en el vestido de la mujer. Natalia bajó la vista y miró con incredulidad mientras la sangre se extendía.

Entonces, las piernas le fallaron y se derrumbó en el suelo, arrastrando a Kordinski con ella. Su cabeza golpeó las losas de mármol y quedó tendida, con un hilillo de sangre goteándole por la comisura de la boca.

—¡Suelte el arma! —gritaron los policías rodeando a Kordinski.

Este se puso rápidamente a cuatro patas en el suelo, buscando desesperadamente una vía de escape. Pero estaba rodeado y no tenía forma de huir.

Entonces soltó el arma, y la pistola cayó encima del cuerpo de Natalia, rebotó y resonó al golpear el suelo de mármol.

Kordinski se sentó, levantó las manos por encima de la cabeza y permaneció inmóvil como una roca en medio del griterío de los invitados, frío e inhumano hasta el final. No dijo una palabra, ni siquiera cuando la policía lo esposó y lo levantó violentamente.

Fue entonces cuando Peaches cruzó la mirada con él, solo durante una fracción de segundo, tiempo suficiente para que él supiera que ella había presenciado su caída y que así lo recordaría: igual que un perro encadenado.

Sabía que no conseguiría nada más de él, pero tampoco lo necesitaba. Había llevado a cabo su venganza, y Kordinski no representaba más que un cadáver para ella.

Era a los vivos a quienes debía dedicar su atención.

Corrió junto a Frankie. Su joven amiga estaba arrodillada en el suelo, sosteniendo la hermosa cabeza de su Alex entre las manos. Este tenía la camisa manchada de sangre y respiraba con dificultad. Se retorció cuando un espasmo de dolor lo traspasó.

—No pasa nada, cariño —lo tranquilizó Frankie, antes de volverse y gritar—: ¡Por favor, quiere alguien llamar a una ambulancia!

Peaches la rodeó con los brazos y la abrazó con fuerza mientras Frankie sollozaba. Por primera vez en su vida, se sorprendió elevando una plegaria.

El tiempo pareció transcurrir a cámara lenta. Unos enfermeros aparecieron con una camilla, examinaron rápidamente a Alex, lo subieron en ella y se lo llevaron. Frankie no se apartó de su lado.

La policía iba de un lado para otro, intentando tranquilizar a los histéricos invitados.

Peaches se levantó y contempló a través de una ventana las luces que centelleaban en la noche. También vio cómo metían a Kordinski a la fuerza en el asiento trasero de un coche de la policía. Habría deseado matarlo con sus propias manos, pero, a medida que lo veía alejarse, comprendió que el mejor castigo que podía recibir era que cayese sobre él todo el peso de la ley. En realidad, nadie estaba por encima de la ley; nadie, ni siquiera ella. Era algo que empezaba a comprender.

Todo había acabado para los dos. La diferencia estribaba en que a Kordinski le aguardaba un negro futuro, y ella veía abrirse ante sus ojos un horizonte de libertad. Eso suponiendo que Alex viviera; no quería que la vida de Alex fuera el precio de la caída de Kordinski.

Emma fue junto a ella, y Peaches vio que tenía los ojos llenos de lágrimas. También contemplaba el coche que se llevaba al antiguo magnate, alejándose en la negrura.

—¡Lo conseguimos! —dijo—. ¡Lo conseguimos!