Stalingrado

Jochen Hellbeck · Capítulo 20 de 38 · parte 3/3

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Stalingrado

2. Un coro de soldados

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Vladimir Jaritonovich Demchenko (comandante, jefe de Stalingrado): El 14 de septiembre entraron soldados alemanes en la ciudad y ocuparon el edificio de la NKVD. En ese momento recibí un mensaje del comandante de la guarnición diciendo que grupos de subfusileros estaban trasladándose del aeródromo central a las laderas meridionales de Mamáyev Kurgán. Me ordenaron que lo verificara. Partí en misión de reconocimiento con tres hombres. Decidí parar en mi cuartel general de la fábrica Octubre Rojo para coger alrededor de una docena más de hombres, porque había escuchado todo tipo de rumores. […] Fui recorriendo la orilla del río, pensando que pronto podría sumar algunos hombres más. Llegamos a las dársenas norte, y resultó que los alemanes habían abierto fuego sobre el cruce del río. Entablamos un tiroteo que duró unas dos horas. Reuní a mis hombres. En el cruce había unos cien vehículos que no podían ser trasladados en el transbordador debido al fuego de las ametralladoras y subfusiles. Reuní a unos quince hombres en la Casa de los Especialistas. Comenzó el fuego cruzado —ellos disparando desde allí y nosotros desde aquí. Un joven funcionario político resultó herido. Me di cuenta de que aquello no iba a ninguna parte. Regresé con mis hombres al puesto de mando situado junto al río Tsaritsa. Llegamos hasta la plaza Jolzunov. Allí había ametralladoras antiaéreas, en la plaza y a la orilla del río. Cinco cazabombarderos las estaban atacando. Nuestro cañón quedaba a quince metros de la orilla. Cinco aviones venían derechos a por él. El cañón empezó a disparar. Veíamos las bombas caer. Dos de mis hombres estaban tendidos en el agua y yo salté dentro de una zanja. Una bomba cayó a unos diez metros de mí. Salté por los aires, caí al suelo y me llevé un buen golpe. Estuve fuera de servicio durante una semana. Me levantaba pero me volvía a caer. Era como si algo se hubiera quebrado dentro de mí. Mis dos camaradas me agarraron y me llevaron a nuestro puesto de mando. El bombardeo volvió a empezar. Una bomba cayó en la pared trasera del edificio y se inició un incendio. Era una bomba altamente explosiva. Cuando lo vi supuse que todos habrían muerto. Me levanté. Vi que el edificio estaba en llamas.

Alexéi Semionovich Chuyanov (Primer secretario del Comité

Regional de Stalingrado): [39] 14 de septiembre […]. El puesto de mando del Comité Municipal de Defensa está a pocos metros de la línea del frente. La comunicación telefónica y telegráfica con las secciones norte y sur de la ciudad ha quedado cortada. En varios lugares los fascistas han llegado hasta el Volga, dejando la ciudad dividida en sectores de defensa aislados. Se decidió que el puesto de mando debía trasladarse a la orilla este del Volga. I. V. Sidorov, secretario del Comité Regional para el transporte, era el encargado de organizar el cruce. […] A última hora de la noche llegaron dos barcos hasta el puesto de mando procedentes de Krasnaya Sloboda, y comenzamos a cruzar. Yo me fui en el último transbordador, con mis ayudantes y camaradas Voronin y Zimenkov. Todo estuvo relativamente tranquilo hasta que llegamos a la mitad del río. Nada más llegar allí vimos un resplandor sobre nuestras cabezas. Fue entonces cuando empezó el fuego de ametralladora.

Nos echamos cuerpo a tierra. El ingeniero decidió silenciar el motor, pero con las prisas se excedió y lo apagó. La corriente nos arrastraba directamente hacia la estatua de Jolzunov, de donde procedía el fuego de ametralladora alemán. […] Sidorov soltó el timón para ir a hablar con el ingeniero.

«¡Pero bueno!», dijo, con un profundo suspiro. «¡Mire lo que ha hecho! ¿Ve usted hacia dónde vamos?»

«¡A hacer una visita a los fascistas!», bromeó Zimenkov, impávido.

Pero la cosa no tenía ninguna gracia. El barco estaba bajo el fuego de las ametralladoras. Solo había una forma de escapar: nadando. Y justo en ese momento el motor se puso en marcha. Ivan Vasilievich volvió corriendo al timón y rápidamente hizo virar el barco hacia Krasnaya Sloboda.

Vladimir Jaritonovich Demchenko (Comandante, jefe de Stalingrado): La [Comisión Extraordinaria] de la Ciudad existió hasta el 14 de septiembre. A partir de ese día el Comité Regional y el Comité Ejecutivo se mudaron a la margen oriental. La oficina de la comandancia continuó estando en la orilla occidental, pero todas las demás autoridades municipales y regionales se trasladaron a la oriental. […] A raíz de que nuestro edificio en la calle Comunista, del bombardeo sufrido por la oficina de la comandancia empezó a funcionar y a recibir a la gente en varias localizaciones diferentes. Durante algunos días nos establecimos en el hospital, luego nos mudamos a la calle Octubre, luego a la calle Tsaritsa, y a partir del 18 de septiembre nos instalamos en el puesto de mando del general Rodímtsev. Permanecimos allí hasta el 25 de septiembre. El 25 de septiembre nos fuimos con el 62.º Ejército al distrito Barricadas. Desde allí pasamos al distrito Octubre Rojo bajo la dirección del comandante del 62.º Ejército. Construimos búnkeres y permanecimos en ellos todo el tiempo. […]

Debería mencionar que yo era el único que llevaba un mapa, pintado sobre una tela transparente para calcar. Los cuarteles generales del frente nos habían ordenado mostrarles dónde estaban ciertas calles, dónde se encontraban ellos, porque la ciudad no era como otras. Explicábamos cómo llegar a los sitios. A veces aparecía alguien a la una de la madrugada, por ejemplo, alguna subunidad del ejército, y pedía ayuda sobre una calle o dirección. O había municiones o armas que recoger de la estación. Pues nosotros íbamos y les enseñábamos el camino. Porque con todas las barrancas que hay aquí, no es fácil encontrar calles y carreteras.

Vasili Ivanovich Chuikov (teniente general, comandante del 62.º Ejército): El comandante del ejército y el Consejo Militar defendieron Stalingrado mientras tuvieron su base en Mamáyev Kurgán. A veces, cuando estábamos rodeados por subfusileros, salíamos corriendo hacia la orilla. Había veces en que estábamos a solo 150 metros de las primeras posiciones del enemigo. ¿Que si había allí alguna organización local del partido? […] ¡Sí, por supuesto! Recuerdo al camarada Chuyanov, secretario del Comité Regional, que fue nombrado presidente del comité de defensa; yo mismo le vi. ¿Sabe cuándo? El 5 de febrero de 1943, en la concentración que se hizo para celebrar la victoria. Y al secretario Piksin también le vi, si no me equivoco, entre mediados y finales de enero de 1943. Hasta entonces no había visto nunca a ninguno.

[…] Luego, cuando las cosas más o menos se calmaron, el comandante de Stalingrado apareció a la orilla del río.

«¿Qué puedo hacer por usted?»

«¿Quién es usted?»

«El comandante al mando de la ciudad.»

«¿Dónde tiene su base?»

«Al otro lado del río —Leninsk, Ajtuba, Krasnaya Sloboda— todos están allí […].»

Creo que con una jefatura adecuada, la situación aquí habría sido distinta.

Un ejército está formado por hombres, y la jefatura bolchevique debería estar donde el peligro es mayor.

[…] El enemigo había penetrado en Stalingrado. En la fábrica de tractores había cientos de toneladas de combustible. Transportar el combustible por el Volga no es nada fácil. Es extremadamente peligroso. Yo dije: ¡coged ese combustible! Me reuní con el director de la fábrica, que me informó de que sus normas prohibían sacar ninguna cosa de allí. Yo di la orden de que fueran soldados armados a sacarlo. Estos hombres se encontraron con personal de seguridad también armado apuntándoles con sus metralletas. ¿Qué podía hacer yo? Desistir y dejarlo. El combustible se quedó allí, a merced del enemigo.

Alexéi Yakovlevich Zimin (teniente, ex trabajador de la fábrica Barricadas, comandante del cuartel general de la 38.ª Brigada Motorizada de Fusileros, 64.º Ejército): Cuando llegamos para defender la fábrica Barricadas, y tras tomar posiciones en el Asentamiento Superior, tuve ocasión de visitar las oficinas del comité [del partido] de la fábrica y del comité del distrito. El único del comité de la fábrica que estaba allí era Shorikov, pero también vi al secretario Kotov del comité del distrito. El sóviet del distrito se había marchado —de hecho ya había cruzado al otro lado. Los jefes de la fábrica también. El director de la fábrica había vuelto el 25 de septiembre. En realidad, le trajeron de vuelta y le dijeron que se quedara allí hasta nueva orden.

En la fábrica hacían trabajo de montaje. El taller de montaje solo había sufrido la rotura del tejado de cristal, que había caído dentro hecho pedazos, pero era justo ahí donde se hacía el trabajo de montaje. Cuando empezaron a volver, los jefes y capataces tuvieron que ser obligados a organizar el trabajo. Organizaron el montaje de piezas terminadas y armas. Luego se pusieron con las reparaciones. La fábrica de tractores también había volado por los aires, pero al poco tiempo sus trabajadores pusieron en marcha el trabajo de montaje y la reparación de los carros de combate que volvían del campo de batalla.

Ivan Vasilevich Vasilev (Comisario de Brigada, jefe de la sección política del 62.º Ejército): Podían haber dejado a los activistas del partido allí, para que pudieran responder al fuego desde cada apartamento y edificio, de modo que cuando los alemanes entraron en la ciudad habríamos estado justo encima de ellos. No teníamos otro apoyo. La ciudad estaba indefensa. […] Si tienes 400 000 trabajadores, qué más da si te llevas 100 000, ¡eso es un ejército entero! Habríamos podido proporcionarles armas. Les habríamos situado en lugares altos, y los alemanes no habrían entrado nunca en Stalingrado. Les habríamos parado antes de que entraran, pero tuvimos que hacerlo cuando ya estaban dentro de la ciudad. Si nos hubiéramos quedado allí ahora lo tendríamos más fácil pero, en la ciudad, aun haciendo uso de toda nuestra habilidad, fue una tarea difícil y compleja que provocó que se derramara mucha sangre. Lo cierto es que la ciudad fue abandonada, no se la defendió.

Pável Petrovich Matevosyan (ingeniero jefe de la acería Octubre Rojo): El 15 de septiembre estábamos con el general Chuikov y con Gurov, un miembro del consejo militar. Ellos exigieron que sacáramos a nuestra gente de allí, basándose en que estaban muriendo personas —ellos nos disparaban, y nosotros les disparábamos a ellos. Fue entonces cuando comenzamos a marcharnos.

Iliá Fiodorovich Burin (ex mecánico de la fábrica Barricadas, explorador en la 38.ª Brigada Motorizada de Fusileros, 7.ª de la Guardia): Todos los trabajadores teníamos que comenzar la evacuación al otro lado del Volga. A continuación nos llegó la orden de que fuéramos a Leninsk con toda la maquinaria. Se nos llevaban a todos. Cruzamos a Leninsk. De allí nos evacuaron a Novosibirsk. Pero algunos llegamos tarde y no nos dejaron ir. Más adelante dieron la orden de que cualquier trabajador con papeles de evacuación que se quedara atrás sería detenido y enviado a combatir. Eso fue lo que nos ocurrió a nosotros.

Nuestra unidad fue formada en Solianka. Yo era el único de mi taller. Más adelante me encontré con un camarada de la misma fábrica, pero del taller n.º 16, Neznamov se llamaba. Desde entonces hemos estado siempre juntos. […] Al principio estuvimos en el Regimiento de Emergencia de Fusileros de la Fábrica. Nos entrenaron y cuando terminó nuestra formación, nos preguntaron qué queríamos hacer. Yo me ofrecí voluntario como subfusilero, y luego me transfirieron a labores de reconocimiento.

Vladimir Jaritonovich Demchenko (Comandante, jefe de Stalingrado): Últimamente hemos tenido que obligar a la gente a marcharse. Algunos de ellos piensan: he vivido aquí durante veinte años, ¿adónde voy a ir? Defenderé nuestra ciudad hasta el final; la ciudad no se rendirá. Hubo algunos, claro, que esperaban de buen grado a los alemanes. […]

Del 23 de septiembre al 15 de octubre evacuamos a 149 000 familias [de la población de los distritos de las fábricas]. Tuvimos que mandar a la milicia para que lo hiciera. Entraron en cada trinchera y refugio antiaéreo para sacar a la gente y enviarla a la orilla oriental. Dentro de la ciudad no quedó mucha población. La mayoría de los que sí se quedaron estaban en los distritos de Dzerzhinsky y Voroshílov, que habían sido ocupados repentinamente. En el resto de lugares quedó muy poca gente —ancianos desvalidos, enfermos. En el área donde se encontraba el 62.º Ejército, permanecieron hasta el final mismo. También había bastantes niños. Niños que se quedaron solos al morir sus madres. A algunos les encontramos dentro de los búnkeres.

En una ocasión echamos a los alemanes de un búnker y destruimos su posición, pero no entramos hasta la noche siguiente. Dentro había una niña, de ocho o nueve años, tumbada en el suelo entre los cadáveres. En el momento que entramos se puso a llorar. Llevadme con vosotros, aquí con ellos hace mucho frío. Habían matado a su madre. El general Sokolov, al

mando de la 39.ª División,[40] se hizo cargo de la niña.

Pável Petrovich Matevosyan (Ingeniero jefe de la siderúrgia Octubre Rojo): Colocamos minas por toda la fábrica en tres ocasiones, y en las tres las volvimos a quitar. Manteníamos comunicación directa con el cuartel general del ejército y con la división que nos estaba dando protección. Al principio tuvimos a una división de la NKVD. Ellos nos advirtieron de lo complicadas que estaban las cosas. La última vez que vimos al general Chuikov nos dijo que no había orden de Moscú. Dudaba de que fuéramos a volar la fábrica: nosotros íbamos a pelear hasta el final. Esperábamos no perder la ciudad, pero si llegaba el momento, tendríamos que abandonar Stalingrado. Así que sacamos las minas. Más adelante las volvimos a colocar, al fin y al cabo, solo era su opinión personal. Nadie nos había ordenado que no lo hiciéramos. […] Luego recibimos la orden de Moscú de quitar las minas. Al parecer la había

dado el propio Beria.[41] […] Nosotros nos fuimos de allí el 4 de octubre y fuimos los últimos en marcharnos.

Konstantin Vasilievich Zubanov (Ingeniero jefe de la Central Eléctrica de Stalingrado, StalGRES): El fuego de artillería alcanzó su máxima intensidad el 23 de septiembre, cuando sobre la central cayeron unos cuatrocientos proyectiles. Fue un día muy intenso y un periodo difícil para los trabajadores. Para la central resultó funesto.

Al principio hubo disparos aislados, luego una lluvia de fuego (lo que los militares suelen llamar un fuego de asalto). Nuestra posición quedó completamente inutilizada. […] Aparte de la metralla, los proyectiles que impactaron en la central destruyeron el armazón y partes enteras del edificio, formándose una masa de metralla, maquinaria, cristal, madera, ladrillo, metal —todo se vino encima de las personas que estaban allí trabajando. La sala de calderas se llevó la peor parte. […] Aquel día una bomba defectuosa cayó a los pies del técnico de calderas Dubonosov. Él no sabía que la bomba no iba a explotar enseguida. Permaneció allí arriesgando su vida. Yo mismo pude ver por lo que pasó aquel hombre. No se calmó hasta que la bomba fue cuidadosamente sacada de allí y puesta en un lugar seguro.

En todo caso, hubo que echar el cierre. Teníamos que pensar qué hacer. Los alemanes nos tenían bien centrados en su punto de mira y apuntaban con precisión. Trabajar en estas condiciones era peligroso. […] Me reuní con el capataz del taller para comentar cómo proceder. Pasado un tiempo

denominamos en broma a esta reunión el Consejo de Fili.[42] ¿Qué podíamos hacer? Si parábamos, las fábricas cercanas no podrían reparar los tanques ni fabricar bombas; toda la zona se quedaría además sin agua, y el ejército sin pan. Por otro lado, volver a poner la central en funcionamiento expondría a nuestros operarios y a todo el personal directivo a un considerable peligro. El hecho de que ni uno solo de los capataces votara en sentido negativo, no nos causó ninguna sorpresa. Con toda sencillez y serenidad, y bajo la incesante música de la artillería, cada uno de ellos emitió su veredicto: la central debe continuar en funcionamiento. Y la central volvió a ponerse en marcha aquel mismo día, 23 de septiembre.

Cuando anochecía, la oscuridad al principio reducía y luego eliminaba por completo el fuego de artillería. Parecía que los alemanes habían estado apuntando a la nube de humo procedente de la central. El fuego de artillería continuó sin parar hasta el 10 de noviembre. Tras la lección del 23 de septiembre, nuestras autoridades regionales decidieron que la central solo debía funcionar de noche.

Ivan Alexeyevich Piksin (Secretario del Comité Municipal de Stalingrado): Ocurrió un incidente que suena a chiste. El fuego de artillería era increíble. Zemlyansky, el director de la central, se dirigió por escrito al comandante del ejército: «Le exijo que neutralice de inmediato la artillería enemiga, ya que está haciendo imposible el funcionamiento de la Central Eléctrica de Stalingrado. Caso de que se niegue a satisfacer esta petición, recurriré a sus superiores». Shumilov lo recordaba así hace poco: «Cuando recibí esa petición, escribí al comandante de artillería: “Camarada tal y tal, tiene usted que neutralizar de inmediato la artillería para que la central eléctrica pueda funcionar”».

Konstantin Vasilievich Zubanov (Ingeniero jefe de la Central Eléctrica de Stalingrado, StalGRES): Una anécdota sorprendente: la gente a la que habíamos destinado a lugares menos expuestos a la caída de escombros o a la explosión de bombas, a menudo encontraba estas intensas lluvias de fuego muy difíciles. Pero si avanzabas hasta el puesto de mando principal del general, veías, o mejor dicho, oías, algo extraordinario: por encima del ruido de fondo de la artillería se escuchaba música clásica. Era el camarada Karochansky, haciendo sonar discos en el gramófono.

Serguéi Dmitrievich Babkin (Primer secretario del Comité del distrito de Kirov): Cuando los aviones llegaron la primera vez y sobrevolaron la colonia de viviendas, la gente salió corriendo a esconderse en las trincheras. Ahora ya están todos acostumbrados. Ven un grupo de aviones en el aire y ya saben qué objetivo van a atacar. En Staraya Beketovka había unos treinta o cuarenta Katiushas. Cuando disparaban, el molino empezaba enseguida a dar vueltas. En octubre, cuando estábamos en la granja colectiva, vimos cómo atacaban a los Katiushas. De repente llegó un Messerschmitt, se dio la vuelta y se fue. Yo dije que llegarían más aviones alemanes en diez minutos. Al cuarto de hora aparecieron los aviones alemanes y empezaron sus andanadas de bombas. Nosotros estábamos a unos 250 metros de distancia y vimos cómo un avión lanzaba ocho bombas y a continuación llegaban los demás, soltaban su carga y se iban. Hasta nuestros oídos llegaban los gritos y gemidos. Dos bombas aterrizaron a tres metros de nosotros, otra a cinco. El conductor y yo quedamos cubiertos de polvo. Vimos a un tercer grupo. Estuvieron atacando casi todo el día, pero todo el mundo aguantó bien, no cundió el pánico. Había allí alguna artillería de largo alcance, y los niños se quedaban esperando montados sobre sus esquíes y trineos y cuando se producía la detonación, la onda expansiva de los cañones les empujaba cuesta abajo.

Konstantin Vasilievich Zubanov (Ingeniero jefe de la Central Eléctrica de Stalingrado, StalGRES): 4 de noviembre de 1942. Al final del turno de noche en la central, después del cierre, todo el personal (dicho sea de paso, nadie había recibido permiso para marcharse desde los primeros días del asedio) se iba a dormir. La gente estaba tan acostumbrada a este nuevo modo de vida que ningún fuego de artillería, por intenso que fuera, impedía a los trabajadores desvestirse e irse a la cama como siempre. Pero el 4 de noviembre, a las 8.30 de la mañana, los buitres fascistas, inesperadamente, desplegaron sus alas sobre la central. Cuarenta y nueve stukas —o, como nosotros les llamábamos, «músicos»— iniciaron un metódico bombardeo. La intención era destruir nuestra central de una vez por todas. Cada uno de los 49 cazabombarderos hizo múltiples pasadas. El sonido de las sirenas era particularmente desagradable. Nunca creo a los que dicen acostumbrarse al fuego de artillería o de las bombas. No me parece en absoluto verdad. Para mí cada bomba o proyectil es doloroso y difícil de aguantar. Lo importante es cómo te comportas tú, hasta qué punto eres capaz de controlar lo que sientes. Yo nunca he vuelto a experimentar nada igual a aquello. Con frecuencia se dice que los soldados del Ejército Rojo tenían menos miedo de las bombas que de las sirenas. Yo estoy seguro de ello. Las sirenas de los stukas te dejaban incapacitado. Así que, imagínese cómo se vivió en la central. Hombres medio desnudos saltando de la cama y corriendo a los refugios, algunos hacia los cuadros eléctricos para asegurarse de que estaban «preparados» para un ataque así.

El bombardeo no duró mucho —puede que veinte o veinticinco minutos — pero a nosotros se nos hizo una eternidad. Cuando los aviones se marcharon nos dimos cuenta de los efectos extraordinariamente devastadores de este bombardeo. Hasta entonces no habíamos sufrido un número de bajas importante, pero aquel día fueron dos docenas. Muchas de las unidades se perdieron. En términos operativos, la central dejó de funcionar durante bastante tiempo.

Entonces llegó el secretario del Comité Regional del partido, Ilin. El comité finalmente nos hizo evacuar a la orilla oriental a fin de que estos últimos valientes pudieran salvarse.

Nikolái Romanovich Petrujin (Jefe del Departamento de Guerra del Comité Regional del partido en Stalingrado): Respecto a los partisanos […] para cuando se produjo la invasión alemana habíamos creado 34 destacamentos de reconocimiento de partisanos, integrados por un total de 839 hombres. Se instalaron unos sesenta zulos con provisiones para abastecer de comida a estas unidades, así como de equipamiento, por lo que en estos almacenes se ocultaban también armas y municiones. La mayoría de los partisanos habían sido entrenados en unidades de los batallones de

destrucción o en unidades creadas por el consejo regional de [43] OSOAVIAKhIM ,

en los denominados grupos de entrenamiento. Nosotros también entrenamos a algunos de ellos en una escuela especial. […]

Todos los destacamentos partisanos estaban localizados en plena estepa. Sin posibilidad de esconderse, sin agua. Esta es la razón por la que los destacamentos tendían a ser pequeños, de no más de siete, diez o quince hombres. Las hordas fascistas llevaron a cabo duras inspecciones y cometieron verdaderas atrocidades contra la población civil en los distritos ocupados (catorce de los distritos regionales estaban ocupados), que también dificultaban las operaciones de estos destacamentos.

A principios de septiembre de 1942, un grupo de partisanos fueron a casa de Ulyana Vasilievna Sochkova, en la aldea de Kamyshki, a pedir agua. Mientras la ciudadana Sochkova iba a coger el agua, dos patrulleras alemanas se aproximaron a los partisanos, que mataron a los alemanes y desparecieron. Al día siguiente, los soldados alemanes se llevaron a Sochkova de sesenta años y a su hija de treinta. Llevaron a cabo una cacería humana en toda el área cercana a la aldea con un gran número de hombres a caballo y encontraron a algunos soldados del Ejército Rojo que habían llegado hasta allí tras conseguir romper el cerco. Los alemanes reunieron a todos los hombres de la aldea y les hicieron cavar una tumba. Luego llevaron allí a los soldados rusos y a las dos mujeres y los fusilaron delante de todos. Un oficial alemán advirtió a los habitantes del pueblo que lo mismo les pasaría a ellos, que por cada soldado alemán asesinado, matarían a cien de ellos. […] En la localidad de Averino, en el distrito Kalachevsky, arrestaron a diecisiete niños de entre ocho y quince años de edad. Los llevaron al camino y los azotaron públicamente. Durante siete días los tuvieron sin alimento ni agua. El 7 de noviembre, los fascistas fusilaron a diez de estos niños indefensos como parte de una sangrienta y deliberada represalia. Los cuerpos fueron arrojados al silo de la granja colectiva. Se dijo que habían fusilado a los niños porque un oficial había perdido un paquete de cigarrillos y las sospechas habían recaído en uno de los chicos. En la aldea de Plodovitoye, la esposa del jefe de una granja colectiva que había sido expulsado del partido en 1938 y sentenciado a cinco años por agitación antisoviética denunció a Natalia Nikoláievna Ignatievna, miembro del partido, que a continuación fue ejecutada por los ocupantes alemanes. Su cadáver quedó allí tirado una semana entera.

Ezri Izrailevich Ioffe (Director en funciones del Instituto de Medicina de Stalingrado): Ya en diciembre de 1942, mientras Stalingrado estaba bajo la ocupación alemana, se estaban dando pasos para traer de vuelta a un grupo básico de profesores. El profesorado del Instituto de Medicina de Stalingrado empezó a trasladarse allí hacia finales de enero. El 25 de febrero, cuatro miembros del claustro estaban ya de vuelta en sus puestos.

Veniamin Yakovlevich Zhukov (Jefe del taller n.º 7 de la siderúrgia Octubre Rojo): Yo vi crecer la fábrica, así que no es fácil para mí ahora [esta entrevista se llevó a cabo el 8 de enero de 1943, en el propio emplazamiento] verla destruida. Es como dejar a tus padres en casa, vivos y sanos, y encontrártelos muertos al volver, esa es la sensación. […] Ahora no veo más que ruinas. Ni siquiera puedes caminar entre ellas, no digamos ya conducir. Es difícil de asimilar. Un equipo de mi taller, veintidós de nosotros, hemos venido a trabajar. Estamos esperando a entrar para ayudar a que las cosas vuelvan a estar como estaban.

Alexéi Semionovich Chuyanov (Primer secretario del Comité Regional de Stalingrado): 4 de febrero. Estamos celebrando nuestra victoria en el Volga. La sobria y majestuosa plaza de los Héroes Caídos está cubierta de banderines rojos. […] Son las doce en punto del mediodía. Los miembros del Consejo Militar y del frente aparecen sobre una tarima improvisada, incluidos V. I. Chuikov, M. S. Shumilov, A. I. Rodímtsev y los líderes de las organizaciones regionales y municipales. […] A petición del Comité Regional, el Sóviet Regional de Representantes de los Trabajadores, y el Comité Municipal de Defensa, me dirijo a los allí congregados: «Mientras luchábamos contra este feroz enemigo, los ocupantes fascistas alemanes diezmaron nuestra ciudad. Pero hoy, en nombre de la madre patria, del partido y de todo nuestro Gobierno, juramos que reconstruiremos nuestra querida ciudad». […] Digo adiós a mis camaradas de armas. Su camino les lleva hacia el oeste, yo me quedaré en la ciudad. Vuelvo a ser un civil más. El frente se ha desplazado varios cientos de kilómetros más allá. El ejército tiene que trasladarse hasta allí. No es fácil ver marchar a esos camaradas con los que he compartido tantas cosas.

El general de división Stepan Guriev entrega la fábrica Octubre Rojo a su director, Pável Matevosyan, en enero de 1943. Fotografía de G. B. Kapustianski.

 

Vasili Petrovich Projvatilov (Secretario del Comité Regional del Partido Comunista (Bolchevique) de la Unión Soviética en Stalingrado):

El 4 de febrero hubo una concentración pública.[44] También se celebraron otras por toda la región. Habíamos sabido por el Sovinformburó que Chuyanov había eliminado a las fuerzas de asedio y recibí muchos telegramas de felicitación procedentes de otros lugares de la región y más adelante de toda la Unión Soviética. No hace mucho que recibí uno de un tal Pletnev, en el que nombraba su unidad y nos felicitaba por nuestra victoria. Significó mucho para Stalingrado. No solo para Stalingrado sino para todo el país. Llegaron muchos mensajes en este sentido.

Limpiando el terraplén del Volga. Fotografía de L. I. Konov.

 

Ivan Alexeyevich Piksin (Secretario del Comité Municipal de Stalingrado): Justo después de que hubiéramos eliminado por completo a las fuerzas alemanas presentes en Stalingrado, concentramos todos nuestros esfuerzos en deshacernos de los cuerpos. En cada distrito había varios miles de cadáveres.

Alexéi Mijailovich Poliakov (Vicepresidente del Comité Ejecutivo del Sóviet Regional de Representantes de los Trabajadores de Stalingrado): Nuestra principal tarea ahora es despejar las calles lo antes posible. Llevamos un mes en ello y apenas hemos avanzado. No es que no estemos trabajando. Miles de personas están colaborando.

Los trabajadores de las granjas colectivas de Sredniaya Ajtuba y Praleiksky han prestado una enorme ayuda. Cada una de ellas envió unas cincuenta carretillas, así como trabajadores con camellos y bueyes. Estos hombres y mujeres han desalojado decenas de miles de cuerpos.

Vasili Petrovich Projvatilov (Secretario del Comité Regional del Partido Comunista (Bolchevique) de la Unión Soviética en Stalingrado): […] Los trabajadores de las granjas colectivas trataron de prestar ayuda a todos los distritos que habían sido ocupados por los alemanes. Yo estuve en

Kotelnikovo[45] tres días antes de su liberación. La granja colectiva Poperechensky está en esa zona. Los trabajadores de dicha granja habían salvado a todo el rebaño ocultándolo en una hondonada donde los alemanes no pudieron encontrarlo. También escondieron el grano en un silo e informaron al Ejército Rojo cuando llegaron. Ahora esa granja tiene semillas para la siembra de este año. Consiguieron quedarse además con doce tractores. ¿Cómo lo hicieron? Cuando los alemanes estaban ya tan cerca que no había tiempo para sacar los tractores de allí, desmontaron algunas partes de su maquinaria para que no pudieran funcionar. Una vez los alemanes se hubieron marchado, los operarios volvieron con las partes que se habían llevado y en diez días los pudieron poner en marcha de nuevo. Ahora todos los tractores funcionan. La flota de tractores de esta granja colectiva está a salvo, porque la gente aquí son cosacos. Los alemanes trataron de ganarse a los cosacos, pero no lo consiguieron. Nos enteramos de esto por los trabajadores de la granja. […]

Dentro del distrito de Perelazovsky conduje hasta Lipovsky y hablé con los trabajadores de la granja. Me contaron las atrocidades cometidas por los alemanes y los rumanos allí. En el pueblo quedaban aún unas pocas vacas. Todas las demás se las habían llevado los alemanes, y eso que en aquel asentamiento vivían unas 170-180 familias, no era precisamente pequeño. Los aldeanos se sentían particularmente indignados por el campo de prisioneros de guerra. En Lipovsky hay una granja de cerdos junto a un pequeño río. Casi todas las granjas habían ardido. La granja de cabras, la de ovejas y la de cerdos eran las únicas que quedaban en pie, y las habían rodeado con una alambrada de púas y utilizado para albergar a los prisioneros de guerra. Les alimentaban con paja de centeno. El día antes de que yo llegara había habido un entierro. Veintitrés oficiales rusos tenían los pies congelados. Los alemanes no podían llevárselos y les cubrieron con paja en una pocilga y les prendieron fuego. Seis prisioneros rusos habían sobrevivido en una pequeña cabaña, otros cinco en un refugio subterráneo que había en el jardín. Los lugareños les ayudaban, y cuando llegó el secretario del comité del distrito les llevaron al hospital; la mayoría de ellos estaban congelados y famélicos debido a la falta de comida.

Grigori Dmitrievich Romanenko (Primer secretario del distrito de Barricadas, de Stalingrado): De los muchos miles de personas que habían estado viviendo en nuestro distrito antes del 23 de agosto, solo nos encontramos con 130 —estaban famélicas, congeladas, con los estómagos hinchados por la inanición. Muchas de ellas dijeron que si hubiéramos tardado dos o tres semanas más, habrían muerto a causa del hambre o del maltrato que les daban los alemanes.

Iliá Fiodorovich Burin (Ex mecánico de la fábrica Barricadas, explorador en la 38.ª Brigada Motorizada de Fusileros, 7.ª de la Guardia): Mi familia se quedó en Stalingrado. Yo no tenía padre, pero a mi madre la mataron allí. Cuando llegué, fui a casa y me encontré con que había muerto el 8 de septiembre. Estaba en la cocina guisando a las cuatro de la mañana cuando cayó la bomba. El edificio entero ardió, así fue como mataron a mi madre.

Claudia Stepanovna Denisova (secretaria del Comité del distrito de Yermanski): En este momento en el distrito viven 62 personas. Los alemanes echaron a buena parte de la población pero alguna gente se quedó. Los que se quedaron estaban próximos a los alemanes, trabajaban para ellos. Les permitieron permanecer aquí. Era un área restringida.

Ahora estamos yendo bloque por bloque. Hemos hecho recuento de la población tres veces, determinando quién es quién. En los casos en que

corresponde, informamos de ellos a las autoridades competentes.[46]

Ezri Izrailevich Ioffe (Director en funciones del Instituto de Medicina de Stalingrado): Los que no pudieron esconderse fueron conducidos al oeste por los alemanes. Solo aquellos que pudieron ocultarse en rincones y recovecos se quedaron. Era fácil identificar a la gente que colaboraba con los alemanes —eran aquellos que habían perdido el respeto a sí mismos. Conocí a muchas personas mientras visitaba a los pacientes, y podía reconocer a los no soviéticos a simple vista.

Cocina pública en Stalingrado, marzo de 1943. Fotografía de Georgi Zelma.

 

No hablaban abiertamente, no eran resueltos ni directos, tal vez porque se sentían nerviosos y desmoralizados. Eso no es fácil de superar. Estas personas eran psicológicamente distintas del resto.

Konstantin Vasilievich Zubanov (Ingeniero jefe de la Central Eléctrica de Stalingrado, StalGRES): Cuando fui evacuado a la orilla oriental, me pidieron que me trasladara a Moscú. Parecía lo más acertado — trabajar en Moscú, conseguir un apartamento. Para un determinado tipo de persona esto habría sido estupendo, pero yo tuve que rechazarlo. Aquí me necesitaban más que en Moscú. No podía abandonar la central en un momento tan difícil. Esta central me lo había dado todo cuando las cosas iban bien, así que en aquel momento tan complicado yo tenía que hacer lo que pudiera por ella. Aquí había hecho carrera, partiendo de la nada, y había llegado a ser ingeniero jefe. Mi conciencia me dice que tengo que ayudar a reparar la central y tratar de que recupere su productividad anterior a la guerra.

Residentes de vuelta en Stalingrado encuentran cobijo en los refugios abandonados del 62.º Ejército, 1943. Fotografía de Georgi Zelma.

 

Ezri Izrailevich Ioffe (Director en funciones del Instituto de Medicina de Stalingrado): [La entrevista se llevó a cabo el 1 de febrero de 1944.] Nuestro principal problema es la vivienda. Los estudiantes todavía tienen que compartir las camas de dos en dos. Aunque hay sábanas, colchones y camas de sobra, no tenemos dónde ponerlos. […]

Ha habido una gran afluencia de gente en Stalingrado. La población ha llegado ya a los 250 000 habitantes y cada mes llegan unos 10 000 más, según informa la sección «Reconstruyendo Stalingrado» del Stalingradskaya Pravda. Esta afluencia de gente genera graves problemas de vivienda, alimentación, distribución, escolarización y atención médica.

El crecimiento de la población no se está teniendo en cuenta en lo que respecta a los servicios públicos. Las escuelas han empezado a funcionar por turnos e imparten clase desde las ocho de la mañana hasta la medianoche. Los alumnos de cursos inferiores solo van un día sí y otro no. Aunque debo decir que esta gran afluencia de gente es señal de la recuperación de la ciudad. Muchos viven todavía en condiciones muy diversas —en sótanos, trincheras, búnkeres, con docenas de ellos amontonados en una sola habitación. Pero a pesar de todo vienen, superando todos los obstáculos. Son muy pocos los que se marchan, en su mayor parte personas que no han nacido aquí. La gente viene para luchar por la recuperación de Stalingrado. […] El estado de ánimo es alegre, queremos vivir de verdad y hacer un buen trabajo. Las victorias del Ejército Rojo han sido para nosotros un elixir de vida.

 

Telefonistas del Ejército Rojo trabajando en Stalingrado, diciembre de 1942. Fotografía de Georgi Zelma.

 

Dmitri Matveyevich Pigaliov (Presidente del Comité del Sóviet de Stalingrado): Recuerdo a una telefonista. Su centralita no estaba escondida, se encontraba en la segunda planta. Si caía una bomba, estaban todas perdidas. Nuestro puesto de mando estaba hecho de hormigón. A veces estabas allí sentado y notabas que se movía, como si fuera un barco, mientras estas pobres chicas permanecían allí arriba frente a su centralita. No se podían marchar, sin ellas las personas no podían comunicarse. Cuando llamabas, podías oír cómo les temblaba la voz:

«¡Póngame con fulano!»

«Le paso ahora mismo.»

Su voz tiembla, pero pasa la llamada. La oyes llorar por el auricular, pero no deja su puesto sin una orden, aguanta ahí. En aquel momento esto parecía algo normal, pero ahora que las cosas están más tranquilas, te acuerdas de ello y lo ves de otra forma. Pero entonces lo que pensabas era: «Pero qué coño te pasa, ¿qué haces ahí llorando?». Ahora lo piensas y es sencillamente horrible. En medio de todo ese estruendo tú estás a salvo protegido por hormigón, desgraciado. Pero ¿y ella, allí, en la segunda planta? Es una mujer, al fin y al cabo, no un curtido combatiente. Una mujer corriente, una simple telefonista, ¿qué esperabas?