Synco

Jorge Baradit · Capítulo 10 de 60

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Capítulo 8

8

—Los túneles. ¿Están listos los túneles, Ramiro? —preguntó Altamirano.

Una voz metálica sumergida en estática surgió desde la oscuridad del techo de la sala, derramándose como una lluvia eléctrica sobre el cuerpo fragmentado del paralítico.

—«… la historia es nuestra y la hacen los pueblos…».

Altamirano abrió un ojo y la boca en una mueca grotesca. «Lo consiguieron», pensó, emocionado casi hasta las lágrimas.

—Ramiro, Gabriel, Sacha, Enzo. Estoy muy orgulloso de ustedes, compañeros.

En la sala contigua, los niños enfermeros se miraron sorprendidos. La actividad de los signos vitales de Carlos Altamirano registraba un aumento generalizado. Un hombre que tiene su corazón fuera del cuerpo, mantenido en una cámara presurizada, y la mitad de su sistema digestivo reemplazada por bolsas plásticas cosidas a las paredes interiores de su abdomen, rellenas de tierra de cultivo, parásitos y pequeñísimos animales que reducen los alimentos, no registra ritmos de setenta latidos por minuto. Alguien que tiene su sistema nefrológico paralizado, y que debe valerse de cerdos vivos amarrados bajo su cama para filtrar su sangre, no sufre un arranque de euforia como el que embargaba a Altamirano en esos instantes. Algo había ocurrido, y la inteligencia más interna del Frente Patriótico Manuel Rodríguez se lo tenía muy bien guardado.

 

Entre tanto, al otro lado de Santiago, Augusto Pinochet contemplaba la calle pensativo. Frente a su casa se construía una escuela para preescolares. Se le ocurrió que la calle Pedro Torres se iba a llenar de niños ruidosos y llorones que acabarían con la paz de su jubilación. Sonrió con ternura pensando en esos mocosos que le iban a alegrar la vejez, meneó la cabeza y suspiró pensando en su nietecita menor. Caminó hacia el teléfono y marcó el número de la Embajada de Venezuela.