Synco

Jorge Baradit · Capítulo 14 de 60

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Synco

Capítulo 12

12

Viernes 7 de septiembre de 1979

9:10 a.m.

 

—Me gusta mirar a través de este ventanal y sentir que lo hago desde dentro de la mente de Chile —dijo Fernando Flores, ministro de Nuevas Tecnologías, de pie frente a los cristales de su oficina, a cincuenta metros sobre el nivel de la calle.

El Instituto Miguel Enríquez para el Mundo del Futuro era una monstruosa megaestructura de acero, concreto y cristal, desarrollada por la oficina Le Corbusier de París. Se elevaba diez pisos sobre la calzada y se hundía veinte más bajo ella. Construida sobre los antiguos terrenos del Estadio Nacional, en la comuna de Ñuñoa, se había financiado íntegramente con el diez por ciento de los excedentes del cobre que Allende había entregado por decreto al Ministerio de Nuevas Tecnologías, en agosto de 1974.

Decenas de laboratorios y cuartos equipados con aplicaciones probadas y experimentales, casi todas desarrolladas en el mismo centro, servían de internado, universidad y hotel para los cientos de profesores, estudiantes y pasantes que venían desde todos los rincones del planeta a participar del milagro chileno y a colaborar en el desarrollo de nuevas tecnologías con un criterio internacionalista. Casi todos eran europeos, asfixiados por una Guerra Fría que no dejaba alternativas, al menos hasta la irrupción del modelo chileno, la ansiada «tercera vía». Todos estaban aquí por compromiso ideológico, por responsabilidad socialista y por amor a la humanidad libre.

En el suelo de la oficina circular del ministro, ubicada en la cima de una torre exclusiva junto a la megaestructura, un dibujo de la estrella de ocho puntas destacaba en mármoles de distinta tonalidad. Flores era reconocido como el padre político de Synco, el hombre que luchó contra viento y marea por imponer las ideas del británico Stafford Beer, padre intelectual de Synco y de los softwares que lo hacían funcionar. Cuando todo el mundo le daba la espalda a Beer y a sus conceptos quizá demasiado adelantados para su tiempo, Flores tuvo la claridad de rescatarlos e implantarlos en terreno fértil. El mundo nuevo que Beer vislumbraba requería un lugar con la voluntad de crear ese mundo nuevo. Cuando Stafford Beer y Salvador Allende se conocieron, se reconocieron. El resto es historia. Ahora Flores es el segundo hombre más poderoso de Chile y, como jefe del programa Synco, el sumo sacerdote de una nueva era.

—Don Fernando, ¿cómo se siente estar entre las cien personalidades más influyentes del planeta según la revista Time?

Nada como acariciar el ego de una persona para hacerla hablar.

—No tiene ninguna importancia real —se apresuró a opinar el ministro, girando sobre sus pies y acercándose a su escritorio, frente al que se sentaba Martina—. A mí sólo me interesa la opinión que el trabajador y la trabajadora de nuestra patria tengan acerca de lo que hacemos. Nuestros ojos están puestos en ellos, y todo lo que hacemos, lo hacemos por construir un país justo y digno para aquellos que lo engrandecen con su trabajo, compañera Aguablanca.

«¿Es que acaso todos tomaron clases con el mismo profesor de oratoria?», se preguntó medio en serio Martina, mientras anotaba un par de frases en su libreta.

—Como usted sabe, ministro, nuestro país está muy interesado en la experiencia chilena a raíz de las enormes similitudes entre ambas. Venezuela pasó por una dictadura fascista y hoy busca su estabilización política, económica y social. Creemos que quizá en Chile puede estar la respuesta. Es sorprendente el corto tiempo en que su país logró recuperarse. En una entrevista que tuve con el general Pinochet, él afirmó que fue la intervención del Ejército lo que terminó de garantizar el respeto a las leyes y la conformación de una sociedad socialista. Pero claramente Synco es el fenómeno más visible de todo el proceso.

Flores se quedó mirando el suelo; Martina entrevió algo de molestia en su actitud.

—¿Eso dijo el general? —inquirió con una sonrisa—. Ciertamente el gran protagonista del éxito chileno es Synco, sin ninguna duda. Synco fue desde siempre el proyecto estrella de la UP. El arma que iba a hacer realidad todos nuestros sueños. Por eso los fascistas querían desbancarnos antes de que entrara en funcionamiento. Cuando finalmente conseguimos tener operativa la red, en agosto de 1973, ellos supieron que debían actuar. Pero, gracias al valiente general Pinochet…, con t al final —le indicó Flores, como un profesor corrigiendo un dictado—, pudimos finalmente apretar el switch, por así decirlo, y echar a andar esos sueños.

»En noviembre de 1973, después de los meses oscuros, los militares tomaron el control de las industrias clave y pudimos realizar una intervención limpia y eficiente en ellas. Entonces entraron los técnicos de Synco, que habíamos mantenido protegidos de los atentados en una villa secreta al sur de Santiago, como una marea de batas blancas a intervenir el cuerpo inerte de estos monstruos mecánicos hechos de chimeneas y explotación, para convertirlos desde el interior en fábricas vivas de la esperanza proletaria. Si hubiera visto cómo la gente se volcó a las calles a colaborar con este proyecto. Los ejércitos de voluntarios subidos a postes y antenas, puentes y edificios, tendiendo paso a paso las redes aéreas que conectarían los nodos pensantes de Synco. También ocurrió algo parecido con las conexiones subterráneas. Fue una dura tarea que el pueblo chileno enfrentó con entusiasmo. Pensábamos tardarnos un año, pero nos tomó sólo seis meses gracias al apoyo del obrero y el campesino, pero también de sus esforzadas mujeres e incluso de sus hijos, que sin mediar presión salían alegres junto a sus padres cada mañana a levantar este país que ahora sentían como propio…

Martina creyó ver un asomo de lágrimas en el rostro de Flores; quizá la emoción de escucharse a sí mismo.

—¿El efecto fue inmediato?

—Prácticamente inmediato. Apoteósico, diría yo. Una vez que estuvo cien por ciento operativo, el aumento de la eficiencia y la capacidad de respuesta ante eventos aumentó en un mil doscientos por ciento respecto del período más exitoso de la década anterior. ¡Imagínese! —Flores parecía estar en éxtasis—. De pronto la producción de un país completo dejó de depender de los manejos económicos mezquinos de la oligarquía y el capitalismo para transformarse en una danza armónica entre factores de consumo y necesidades de la población. La pura y prístina relación entre las necesidades del pueblo y su capacidad productiva, movidos todos únicamente por los deseos de prosperidad común y organizados por un programa que se autorregula de acuerdo a patrones matemáticos, no políticos. Los deseos del pueblo son convertidos en números, que Synco y sus asistentes humanos interpretan como en una sinfonía de singular belleza, si me permite la comparación. La producción es ahora un fenómeno biológico que no se debe casi intervenir, sino sólo asistir, como el jardinero que poda aquí o allá, agrega agua y algún fertilizante, pero es consciente de que el proceso mismo se realiza frente a sus ojos, caóticamente al parecer, ordenadamente en realidad, generando patrones tan bellos como la distribución de los pétalos en una rosa.

Martina lo miraba con sorpresa: Flores era un demagogo impresionante, incluso un… ¿poeta? Hasta el momento Chile se le aparecía como un gran zoológico de personalidades excéntricas. Pero los cambios radicales siempre los llevan a cabo los excéntricos, los locos, los suicidas, de modo que no había nada extraño en ello en realidad.

—Ministro…, ¿usted desestima la relevancia de la acción del Ejército?

—¡De ninguna manera! —aclaró Flores—. Aunque, de haberse hecho efectivo el golpe, el pueblo también se habría volcado a las calles, y los golpistas se habrían enfrentado a una dura resistencia por parte de los aparatos militares de los partidos. Los cordones defensivos que se habrían instalado en la periferia de Santiago lentamente los habrían sofocado. El MIR estaba en el corazón de la juventud chilena, y se hubieran hecho pocos los fusiles rojinegros para defender al gobierno popular. Le aseguro que antes de una semana el Presidente habría estado de nuevo sentado en La Moneda, festejando junto al pueblo la recuperación del control sobre nuestra patria. Habríamos lamentado la pérdida de valiosas vidas proletarias, pero el camino al socialismo no se puede detener; cuando los procesos históricos se ponen en marcha, son inevitables. Le recuerdo que fue el pueblo el que nos defendió cuando comenzamos los primeros tendidos de cables en octubre de 1973, en los meses oscuros. Recuerdo al mismo Stafford Beer colgando de algún poste en Matta con Santa Rosa, abrazado al madero, resistiendo las balas de militantes de Patria y Libertad. Los propios obreros de las industrias aledañas salieron a repeler el ataque con sus herramientas de trabajo y sus gritos enfurecidos de rechazo al fascismo. No, compañera, el pueblo chileno es especial, nunca abandonaría a su Presidente, nunca dejaría de poner el pecho ante las balas, tal como lo hiciera en Huamachuco o Miraflores hace ya casi cien años. Ellos sabían que esas líneas eran importantes. Eran las primeras, las que conectarían los cordones industriales de Vicuña Mackenna con el ops-room ya instalado bajo La Moneda, y las defenderían con su sangre.

—Entiendo…

—No, nadie que no haya vivido en Chile lo entendería.

—El ops-room —se desvió Martina— es el corazón de Synco; desde allí parte todo, según tengo entendido.

Flores giró nuevamente hacia una ventana, orientada hacia la cordillera de los Andes. No había lujos en la sala, pero el traje del ministro era impecable, hecho a la medida. Un enorme anillo de oro brilló desde su meñique derecho cuando cruzó sus manos en la espalda.

—El ops-room es una semilla tecnológica, plantada por un grupo de visionarios entre los que tuve el honor de estar. Fue enterrada en el kilómetro cero del país, en el corazón mismo de nuestra república. Desde ahí extiende sus raíces, subterráneamente primero, a la luz del sol después. Sus tendidos conectaron partes inertes de nuestro cuerpo productivo, formando una masa que convirtió al centro de Chile en un cerebro del tamaño de una ciudad. El embrión bajo La Moneda creció poco a poco, junto con los sueños de futuro del país. El metal y el émbolo, el motor y la chimenea se iluminaron con su chispa. Los obreros aprendieron a cuidarlo, a trabajar hombro a hombro con él, a criarlo como a un niño que da sus primeros pasos. Lo protegieron y lo habitaron como abejas curando las heridas de un animal gigantesco, hecho de acero y cobre. Hoy Synco es saludable, enérgico y está lleno de vida. Convirtió a todo un territorio en un organismo armónico —Flores se emocionaba con sus propias palabras—. Chile, compañera, es el primer país orgánico. El primer territorio con un sistema neurovegetativo. El alma de un pueblo es su gente, ¿pero qué pueblo puede decir que esa alma también tiene un cuerpo? Chile existe no como una abstracción; ahora tiene un cuerpo que respira algoritmos y produce como la naturaleza produce. Hemos creado el paraíso socialista, la cumbre de la revolución industrial. La historia termina aquí, compañera Aguablanca, lo que resta es que el mundo se sume.

Martina sentía que en cualquier momento iban a sonar aplausos pregrabados o alguna fanfarria orquestada. Flores era un orador notable.

—Sólo piense en la cantidad de gente de todo el planeta que viene a vernos, a conocernos. A nosotros, un país pequeño en el confín del mundo. Todos llegan con la sonrisa en los labios, el corazón abierto y el puño en alto. «Vengo a aprender, compañero», dicen, en mil lenguas diferentes. Si pudiéramos fotografiar la creatividad, le aseguro que desde los satélites nos veríamos como un gran faro iluminando al resto de la humanidad. ¿Vio el Times? Dicen que lo que ha ocurrido aquí es similar al Renacimiento italiano.

—«El Chile de Allende es sólo comparable a la Italia de los Borgia o a la corte francesa de María de Champagne: un ejemplo para el mundo, pero una herramienta de poder político finalmente», cito —agregó Martina mirando sus notas.

—Eso lo dicen porque tienen miedo de que consigamos la liberación de América Latina de su dependencia económica de Estados Unidos. Saben que nos hemos reunido con delegaciones de Brasil, Argentina y ahora con ustedes, Venezuela, para organizar comisiones de intercambio tecnológico que permitan a las naciones amigas tener los mismos beneficios que Synco le ha entregado al pueblo chileno.

—Dicen que ustedes se valen del éxito de Synco para intervenir política y electoralmente en esos países. Que sólo entregarán la tecnología a gobiernos socialistas, presionando de este modo a la población a inclinarse por una opción. Un diario chileno afirma que Synco es prácticamente un partido político, con aspiraciones de dominio continental…

Flores giró lentamente para mirar a Martina con ojos llameantes.

—Ese pasquín se llama El Mercurio y es el último reducto de una derecha amargada e incapaz de asumir su derrota histórica, compañera. Me extraña que venga a mi oficina a hablar con la voz de los enemigos del pueblo.

—Dicen que pretenden crear un bloque continental socialista, dirigido desde Chile con orientación totalitaria…

—¡Ciberbolivarismo, compañera! ¡Ciberbolivarismo! —la interrumpió el ministro, caminando hacia su escritorio para poner los puños en la mesa y mirarla melodramáticamente a los ojos—: Una red para toda América Latina, que coordine esfuerzos productivos, borre fronteras arancelarias, distribuya los servicios haciendo énfasis en lo que mejor hace cada pueblo, y compartiéndolo con el resto en un gran organismo continental de bienestar para su gente. Nuestra gente.

—Lo que equivale a la emergencia de una nueva potencia mundial…

—A la liberación histórica de América Latina, a su independencia definitiva del yugo colonial.

—¿Con un politburó en Santiago?

—En el corazón del pueblo y donde éste lo dictamine.

—Es una visión ambiciosa. No pocos están nerviosos.

—Los procesos históricos no se detienen, compañera, ya lo dije. ¿Está segura de que viene de parte de los hermanos venezolanos? Su actitud me parece un tanto… reaccionaria.

Martina sonrió.

—Mi juventud, ¿sabe usted? En realidad soy una profunda admiradora del compañero Presidente y del proceso chileno. Estoy muy emocionada de ver en primera fila todas estas maravillas que han levantado aquí. Sólo que tengo algunas dudas…

—No hay dudas ni nada que investigar. Lleve Synco a Venezuela y conseguirá lo mismo que nosotros: prosperidad y bienestar para su pueblo. Synco es el responsable de la estabilidad chilena y lo será de la latinoamericana, se lo aseguro.

—En eso estoy —sonrió de nuevo la joven.

Flores la miró fríamente durante unos segundos. Martina descubrió entonces lo que le había molestado de su interlocutor. No había realmente pasión en él, sino únicamente una teatralidad vacía, una retórica amanerada.

—Olguita —el ministro habló hacia el intercomunicador con voz melosa—. Dígale a Juan que lleve a la compañera Aguablanca donde ella disponga. Terminamos la reunión.

—Quería mostrarle una presentación de nuestra Comisión de Energía… —se apresuró a decir Martina, desconcertada.

—No se preocupe. Déjesela a la Olguita y después lo conversamos. Ahora tengo que recibir a otros compañeros. Santiago es una fiesta por estos días, usted sabe. No sólo es primavera en la naturaleza, sino también en los corazones de los trabajadores de mi patria —agregó el ministro poniéndose de pie y acercándose a Martina para estamparle un sonoro beso en la mejilla.

—Y acerca de la visita a las instalaciones centrales de Synco…

—No se preocupe, está todo arreglado.

—Y quién…

—Ricardo la recibirá. Ricardo Lagos, mi mano derecha en La Moneda. Dele mis saludos, con tanto trajín hace semanas que no lo veo —concluyó Flores, llevándola de un brazo hasta la entrada.

Lo último que vio Martina fue un rostro sonriente y un par de ojos diminutos y helados.