Synco
Capítulo 45
45
«Yo no voy a renunciar. Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo…».
Los altavoces de toda la ciudad repetían frases entrecortadas, algunas irreconocibles, de un discurso que se abría paso entre la estática y los acoples. Una voz de textura áspera, fracturada, que era como un recuerdo o una pesadilla rebotando entre los edificios, planeando fantasmal entre los callejones, chocando contra la gente que se asomaba a terrazas y balcones para escuchar ese monólogo aterrador.
«Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo…».
Martina y Michael corrían por la Alameda mientras los dirigibles encargados de hacer rebotar las señales de telecomunicaciones daban giros erráticos y comenzaban a perder altura. Dos helicópteros municipales teledirigidos chocaron en vuelo, y otros usaron sus altavoces para llamar a la subversión y saludar el advenimiento del comandante Proxy. Las pantallas proyectaban imágenes extrañas, groseramente trucadas, del general Pinochet con gesto adusto, lentes oscuros y banda presidencial. Su rostro no tenía cicatrices. Luego, fotografías de lugares de muerte y tortura, el logo de algo llamado DINA, pilas de cadáveres resecos en fosas comunes. En un momento de espanto, toda la ciudad tuvo en sus pantallas la imagen de un cadáver momificado con una venda en los ojos; abajo se leía: «Pisagua, 1973».
Un pequeño helicóptero policial cayó sobre el monumento a los Héroes de La Concepción. La explosión hizo chillar a la multitud, que ya no sabía a quién temer. Camiones militares aparecían por todos lados. Un niño irrumpió en las pantallas con un discurso delirante: la UP nos habría vendido a Estados Unidos a cambio de sangre chilena para sus vampiros ocultistas, Synco es en realidad un golem maligno del tamaño del continente. Carabineros y soldados abrieron fuego contra los altavoces y pantallas, terminando de desatar el pánico entre los transeúntes.
—¡Ahí está! —gritó Townley, apuntando hacia una moderna construcción sobre la acera sur de la Alameda.
El acceso estaba lleno de oficinistas y militantes que observaban estupefactos el espectáculo.
—¡Alto, no pueden pasar! —les impidió el paso un joven de impecable traje gris.
—Dígale al presidente del partido que es urgente, que tengo información relevante.
—Entréguemela a mí y yo le hago saber que vino a verlo.
—¡Imposible!…
—¡Michael! —gritó alguien levantando una mano.
Era el contacto del norteamericano en la Democracia Cristiana: un hombre de apariencia juvenil, que no dejaba de gesticular con las manos. «Te llevo donde don Patricio», le dijo en seguida. Se abrieron paso entre los curiosos e ingresaron al edificio. En el vestíbulo, un corrillo comentaba encendidamente los acontecimientos. Parado en el centro de la losa, Patricio Aylwin también participaba de los comentarios y dudas de todos.
—¡Señor Townley! —dijo, estirando una mano para saludarlo—. Espero que nos traiga alguna noticia que aclare toda esta locura.
—¿Podemos hablar en privado?
Aylwin le hizo un gesto y entraron en una pequeña sala junto al vestíbulo. El político cerró la puerta y se limpió las manos como aplaudiendo.
—¿Y… quién es esta señorita?
—Martina Aguablanca, funcionaria…, exfuncionaria del Ministerio del Interior de Venezuela —dijo Martina.
—¡La hija de Eugenio Aguablanca! Toda una celebridad entre los organismos de inteligencia por estos días. Pues bien —dijo Aylwin frotándose las manos y sentándose frente a ambos—, díganme qué los trae por aquí, en medio de este… caos.
—Es largo de explicar…
—Tengo poco tiempo, pero los escucho. Comprenderán que tengo expectativas acerca de lo que me van a decir, o no estaría aquí con ustedes en esta crisis que se siente, por decirlo de alguna manera, profunda…
—Martina necesita ayuda para salir del país y…
—No somos agencia de viajes, señor.
—El gobierno la persigue para matarla… Parece que tiene algo a lo que la UP teme, y pensé…
—Eso es interesante —Aylwin se puso de pie y se frotó el mentón—. ¿Y tiene que ver con todo lo que está pasando?
Townley asintió, convencido.
—En realidad… —intervino Martina—, todavía tenemos que descifrar el contenido de esa información…
Townley la fulminó con la mirada.
—¿No tienen nada todavía? —preguntó Aylwin con calma.
—Casi… —mintió Townley.
—Entonces, cuando tengan algo me llaman y hablamos —dijo el político sonriendo y dirigiéndose a la puerta.
—Pero, ayúdenos —le rogó Martina—. Usted conocía a mi padre; estamos tratando de entender algo… grave que tiene que ver con este gobierno.
—Yo no tengo nada que ver con esto, hija. Vayan a su Embajada o al Hogar de Cristo. Con su permiso —y siguió caminando hacia la puerta.
—¡Pero usted también es responsable de esta locura!
Aylwin giró para mirarla.
—¿Así pretende que la ayude? —miró a Townley—. Controle a su niñita o voy a pedir que los saquen de aquí de inmediato.
—¡Usted complotó con Jarpa para que Allende siguiera en el poder y produjera… Synco y todo este mundo! —agregó Martina con un gesto de asco—. ¡Si no hubiera sido por los yanquis y su flota, habrían llegado las tropas rusas y usted estaría en Siberia!
—¿Quién le dijo eso? —Aylwin soltó el pomo de la puerta y giró hacia ella.
Martina jadeaba, mirando a ambos hombres alternativamente.
—Altamirano. Él me lo dijo.
—¡Vaya! —dijo Aylwin acercándose a una ventana—. Dígame, ¿realmente está vivo Carlos Altamirano?
—Es un despojo humano, apenas un pedazo de hombre, pero sí, está vivo…
—Sorprendente. Realmente es usted una agente peligrosa, tan linda y tan delicada. Pero está equivocada.
—Dígame en qué y me voy de aquí sin ocasionarle más problemas.
Aylwin la miró pensativo.
—Supongo que lo que les diga pasará a los oídos adecuados y de alguna manera contribuirá a alejar del poder a estos inmorales. Qué más da, desde que Salvador se presentó a la reelección, rompiendo nuestro acuerdo de alternancia, ya no le debemos nada… En fin, es fácil. Fue el propio Allende quien nos entregó las coordenadas de la flota soviética. La idea era entregárselas a Estados Unidos a cambio de protección, y para eso nos necesitaba a nosotros y a la derecha. Estados Unidos confiaba en nosotros. Punto.
Martina quedó congelada.
—¿Qué…?
—Él no quería invasión soviética y nos entregó a la flota a cambio de protección, ¿por qué cree que hay una base gringa en Quintero? Eso es todo, si me disculpan — concluyó el político, acercándose nuevamente a la puerta.
Afuera, unos disparos sonaron muy cerca. Un helicóptero Huey Bell pasó a la distancia como en un sueño. Martina tenía la boca abierta y los ojos como platos. Townley observaba sorprendido, en una esquina.
—¿Allende nos vendió a los yanquis? —murmuró Martina, incrédula.
—Salvador hizo lo que debía hacer para salvar al país, señorita —repuso Aylwin —. Y en ese momento nos admiramos de verlo tomar semejante decisión, su nítido compromiso con el país antes que con la ideología. Fue realmente un momento de reencuentro con él como político. De todo lo que ocurrió después no podemos sentirnos responsables. Nadie podría haber intuido toda esta locura.
—Era tan simple como eso —dijo Martina, con honda desilusión—. La estabilidad sudamericana es siempre la ocupación por Estados Unidos. Así de imbécil. Allende se rindió, eso fue todo.
—La tercera vía es una ilusión, hija —dijo Aylwin paternalmente—. Salvador nos evitó ser otro satélite soviético…
—Para ser un satélite yanqui…
—No es tan así en realidad. Pero ésta es una guerra de perros grandes, hay que elegir sartén o fuego.
—¿Y qué dijeron los partidos más radicales?
—Jarpa adelantó que los más «apasionados» no iban a aceptar ningún trato, y que daba por hecho que continuarían los atentados y los ataques. Salvador confesó que pensaba lo mismo, que podía desatarse una oleada de violencia civil. Un desastre social se nos venía encima. «Confiemos una vez más en el profesionalismo de nuestras Fuerzas Armadas, ellos sabrán contener el orden», dijo, y brindó por nuestro acuerdo con mucha tristeza. Se veía quebrado.
—Altamirano dijo lo mismo —murmuró Martina, choqueada con la revelación—: que ellos nunca habrían aceptado esta situación.
Aylwin se cruzó de brazos y miró por la ventana. Afuera todo se derrumbaba. Algunas columnas de humo se alzaban desde distintos puntos de la capital, y podían oírse los primeros tiroteos cruzados.
—Miren, el gobierno ya recuperó el control sobre algunas pantallas —dijo, invitándoles a acercarse.
Martina no podía creer lo que veía a través de los cristales. En una pantalla de leds sobre un edificio cercano se desplegaba una enorme foto de ella bajo la frase «SE BUSCA». Sus propios ojos, cada pupila de un metro de diámetro, la miraban desde la altura. Los parlantes anunciaban a los cuatro vientos: «Martina Aguablanca, criminal peligroso, enemigo del pueblo, se ha dado a la fuga. Se exige a todo chileno que informe a su comisaría más cercana del paradero de esta delincuente. Cualquier información deberá ser entregada personalmente, mientras no se restablezcan servicios de telecomunicaciones confiables. La omisión de información será considerada traición al Estado».
En ese instante se abrió la puerta y un joven con cara de asustado, mirando de reojo a Martina, hizo un gesto a su líder para que se acercara. Aylwin escuchó unas palabras al oído y se volvió.
—Vienen a buscarlos. Jorge, llévalos por atrás…, tú sabes, la puerta que usábamos en los tiempos difíciles. Hay un automóvil, entrégales las llaves y vuelve directo a mi oficina.
Martina y Townley se dispusieron a partir.
—¿Qué va a pasar con usted? —preguntó la joven.
—Supongo que ahora soy un sedicioso o algo así —dijo Aylwin con soltura—. Espero que valga la pena lo que se me viene encima, señorita. Vayan y consíganlo, ahora ya no les soy de ninguna utilidad…
Fue lo último que Martina oyó antes de ser arrastrada hacia un pequeño pasillo oscuro que daba a una portezuela. Otro túnel y un patio trasero, una barda, la calle, unas llaves. Subieron al auto, un Ford azul, y Townley echó a andar disparado.
—Vamos a mi oficina, necesitamos descifrar ese código. Es nuestra moneda de cambio.
Martina se pasó al asiento trasero para operar la t-Syn del automóvil. Se puso los audífonos y encendió la señal estándar.
—Se escuchan proclamas… ¡Es Altamirano! ¡Dice que hay un ejército subversivo rodeando la ciudad y que sus niños rompecódigos tienen a Synco maniatado y en etapa REM!
—Ponlo en altavoces.
«… por eso, conciudadanos, compañeros todos, ha llegado el momento de la libertad. Han de saber que hemos conseguido silenciar las antenas que cubren nuestros cielos con señales esclavizantes. Hemos destruido las radioemisoras que entraban en sus mentes y fabricaban falsas realidades para encubrir una verdad atroz. Muchos de ustedes están despertando ahora, no saben qué es lo que hacen operando maquinarias que no conocían. Algunos pensarán que sólo se trata de un nuevo tipo de señal y que nada ha cambiado. Nuestra convicción nace de que encontramos y destruimos los aparatos que transmitían sintonizados con el pensamiento humano en 410 megahertz, canalizados por síquicos esclavos enterrados en cemento y aislados en crisálidas de loza. Les aseguro que estamos transmitiendo desde la auténtica la realidad, no desde el futuro, y…».
Martina cortó abruptamente el discurso y se cubrió la cara.
—¿Qué pasa?
—Me aburrí de sentirme así de extraña. Ya no lo soporto. Vamos a tu oficina.
La calle está casi vacía. El sol trepa hasta el centro del cielo entre hermosos nimbos blancos como la nieve. Santiago titubea. Se oyen explosiones y tiros en la lejanía. El Ford azul cruza el asfalto a toda velocidad.