Synco
Capítulo 32
32
La Alameda puede ser un lugar muy poco amable. Suele estar plagada de asaltantes que huelen a quinientos metros a los turistas, de evangélicos del movimiento extático agrediendo a aquellos que no posean un aura limpia y pura en el amor de Jesús, agentes del Estado solicitando papeles inexistentes y vendedores del mercado negro que actúan en connivencia con la guardia civil. Pero lo que Martina encuentra esa tarde es una gran avenida vacía, custodiada cada trescientos metros por la policía. La ausencia de vehículos le confiere una apariencia tétrica al enorme espacio abierto que rasga la ciudad por su estómago de lado a lado. Parece una arteria muerta, una construcción geológica abandonada, una escenografía irreal esperando a los actores que le devolverán la vida.
«El país salió a almorzar», pensó Martina, exhausta por la caminata hacia el hotel. Ningún taxi, de los pocos que alcanzó a ver, se detuvo para recogerla. Carabineros de Chile le pidió seis veces su identificación en diferentes puntos de la avenida. Cuando finalmente llegó al Palacio de La Moneda, sólo un perro le había hecho sentir algo de hospitalidad. Se sentó en un escaño frente al edificio de gobierno y descansó. No había comido casi nada desde la mañana. Sólo recordar el helado de Townley la enfurecía. «Gringo de mierda».
—Buenas tardes, compañera. Sus documentos de identificación, por favor.
—¿Otra vez?
—¿Tiene algún inconveniente?
Por séptima vez sacó sus papeles y se los enseñó al policía. Sólo que esta vez notó algo extraño. El carabinero era calvo y en su mano derecha tenía un tatuaje con una flecha doble. Martina retrocedió un paso y el policía alzó el rostro con los ojos cerrados.
—La IBM es una iglesia corrupta —dijo con voz neutra—. Usted está ofendiendo la tierra que pisa, no la voy a mirar a los ojos.
La mujer movió la cabeza en redondo buscando ayuda, pero la ciudad la miraba en silencio; claramente nadie vendría. El carabinero estiró la mano, le entregó los papeles y se retiró hacia un callejón estrecho. Ella los recibió temblando. Una leve brisa la refrescó y movió algunos periódicos en el suelo. La basura habita los espacios vacíos. Todo parecía un sueño, una extensa ciudad para ella sola. Cruzó la calle corriendo y pasó frente a La Moneda sin mirar.
En el hotel, miró de reojo a los dos GAP que permanecían de pie como estatuas al fondo del lobby. El tipo del mesón la miró con dureza, como si le molestara su presencia. Cuando cerró la puerta de su habitación, sintió que había llegado a alguna especie de refugio. Inmediatamente llamó a Arsenio, pero no recibió respuesta. Encendió la t-Syn y esta vez el aparato funcionó sin problemas. Se acercó a la ventana y escudriñó la calle en busca de algo que le confirmara lo que estaba presintiendo desde hacía horas. Efectivamente: enfrente de su ventana, al nivel de la calle, de pie como dos árboles con ojos de insecto, dos GAP la observaban. Parecían los periscopios de un submarino que la espiaba descaradamente bajo una ciudad que parecía muerta.
Intentó llamar otra vez a la Embajada, pero el teléfono no tenía tono. Ahora había cinco GAP mirando a su ventana. Se sentó en la cama y procuró calmarse. El ojo de la t-Syn parpadeaba con su definición de mala calidad, su gris verdoso de pantalla antigua, curva, deforme. Se acercó una vez más y tecleó rápidamente la razón de sus miedos. ¿Quiénes eran realmente esos hombres que la acosaban? La t-Syn calló durante lo que le pareció una eternidad antes de comenzar a imprimir ruidosamente en papel continuo líneas y líneas de contenido inconexo, frases incoherentes, poemas, bloques de letras Y, lamentos, pasajes del libro del Zohar y una versión inglesa de los Diálogos de Spencer.
Probó con dos o tres combinaciones diferentes de búsqueda hasta dar con un archivero lleno de texto basura en portugués, que sin embargo parecía tener sentido. Al final pudo reconocer unas referencias en alemán e inglés a un PGF (President’s group of friends) en pequeñas escaletas escondidas entre párrafos enciclopédicos relacionados con la construcción de veleros de alta mar. Reveladores y escalofriantes, sin duda se trataba de fragmentos de un texto mayor.
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«El GAP, Grupo de Amigos del Presidente, se organizó originalmente como una escolta armada para proteger al futuro Presidente Salvador Allende del amenazante entorno posterior al triunfo electoral de la UP. Formado por un grupo de integrantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR, fue adquiriendo protagonismo e identidad propia a medida que se acentuaban las crisis al interior del gobierno.
Tras la crisis de septiembre de 1973 y durante el proceso de reconstrucción nacional, Allende les encargó la custodia del proyecto Synco, aumentando su dotación y encargando su instrucción, no así su dependencia, a las Fuerzas Armadas de Chile. El GAP dependería directamente del Presidente de la República.
El exoficial nazi avecindado en Chile Walter Rauff (protegido de la extradición a Israel por el propio Presidente y encargado de la construcción de las ciudades Synco para operarios estratégicos) propuso un plan de entrenamiento paramilitar independiente para los GAP. Para ello, convocó al exembajador en Austria, Miguel Serrano Fernández, como encargado del
adoctrinamiento de las fuerzas. Allende pidió diseñar un marco doctrinario apolítico, centrado en los valores patrios más profundos.
Serrano los convirtió en una elite adoctrinada mental y espiritualmente para servir a Synco y a su intérprete, el compañero Presidente. Su estructura es similar a la de los jesuitas o los templarios. Son monjes guerreros fanáticos. Su religión es la tierra patria, la mapu.
Son maravillosos, deberíamos eliminarlos.
(informe de seguridad de la Embajada de los Estados Unidos de América).
Se ha discutido mucho acerca del símbolo que los distingue: una flecha azul con dos puntas en un círculo blanco sobre un campo rojo. La interpretación oficial es que los GAP no tienen dirección política única, sino que defienden los intereses de la patria. La interpretación esotérica dice que son guardianes del pasado y del futuro. Que serían capaces de viajar en el tiempo y realizar actos terroristas para reordenar la historia. Pero también dicen eso del comandante Proxy. Algunos van más allá y plantean que el comandante Proxy sería un ex GAP, el más hábil y hermoso de todos, que habría pasado a la clandestinidad con objetivos desconocidos.
Los GAP habitan en diferentes puntos de la ciudad, todos subterráneos. La ubicación de estos puntos es de dominio público, pero la ciudadanía los protege. Se han construido mitos populares en torno de ellos. Algunas personas los tocan como amuleto de buena suerte, otros se persignan cuando se cruzan en su camino. Se dice que sólo se alimentan de tierra enriquecida y agua depurada del río Maipo. Al parecer, todos son de origen mapuche o pascuense. Se sabe de al menos cuatro suicidios rituales en que se han abierto el estómago con un corvo e introducido, por propia mano, una serpiente y un puñado de tierra.
La exposición accidental de algunos cadáveres semidesnudos de miembros del GAP permitió suponer que todos tienen sus cuerpos tatuados con frases, signos y símbolos. El más llamativo de todos sería una estrella de ocho puntas en el centro del pecho. Abajo, la frase meli witran mapu y un número 201. Al parecer no tienen genitales y todos presentarían una cicatriz de cirugía a lo largo del bajo vientre. Los más especuladores sostienen que deben cargar y alimentar con sondas un feto de cóndor en sus entrañas durante el período de prueba.
Un testigo dice haber visto a un GAP sacar su arma de servicio, a petición del
Presidente de la República, y haberse pegado un tiro sin vacilar.
“… nuestra investigación de cinco meses en Chile, durante la cual perdimos a nuestro camarógrafo en un extraño accidente, nos lleva a concluir, entre otras cosas, que el uso de alucinógenos y otras sustancias en los ritos de iniciación y actividades diarias de los GAP es habitual y quizá necesario. Es decir, ellos actuarían en un permanente estado alterado de conciencia”. (Kurt Eckhardt, Der Spiegel)».
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La cabeza le daba vueltas con la información que acababa de absorber. De modo que esos insectos que le pisaban los talones eran básicamente asesinos fanáticos, un escuadrón estatal de junkies armados y en mescalina. «¿Papá, estás seguro de que éste es el país donde nací? ¿Estás seguro de que no es un invento, un fraude de algún tipo?», pensó mirándose en el espejo del baño. El reflejo de otra realidad. De pronto, la inundó el temor de que esa otra realidad difiriera de la propia en algún pequeño detalle imperceptible. Buscó durante unos segundos en su rostro y los dibujos de los azulejos del baño. «Qué tonta», se dijo, y abrió las llaves de la ducha.
Poco después bajó, ya un poco más despejada y tranquila, al restaurante del hotel. Iba a calmarse, a comer y a beber un par de tragos. El día siguiente era el gran día del desfile, el momento en que podría conversar con autoridades políticas —quizás hasta con el canciller Serrano— y averiguar, con la ayuda de la Embajada, las razones de la estrecha vigilancia a la que estaba siendo sometida.
Se sentó en una de las mesas del restaurante, cerca del televisor.
—Buenas noches, compañera —saludó el mozo, un chileno típico de sonrisa amplia, ojos pequeños y una piel tostada que contrastaba con el albo uniforme de rigor.
—Sí, buenas noches. Quiero una ensalada y la corvina, por favor.
—¿Algo para beber?
—¿Qué me recomienda?
—Casillero del Diablo, por supuesto. Además, usted sabe, es el vino preferido del compañero Presidente —agregó el mozo con una sonrisa cómplice.
Martina parecía más interesada en el televisor y en un repentino cartón con la frase «¡¡Extra!!» cubriendo toda la pantalla.
—Algo pasó, algo importante —dijo el mozo con el dedo en la boca.
La cortina musical era frenética y pomposa, como anunciando una catástrofe terrible. En pantalla apareció un conductor de traje oscuro ordenando sus papeles; miró a la cámara con mucha seriedad y comenzó su intervención ante la mirada atenta de todo el restaurante y seguramente de todo el país.
«Muy buenas noches, interrumpimos nuestra programación habitual para entregarles un extra de nuestro departamento de prensa. Hoy, alrededor de las siete y treinta de la noche, fue encontrado el cadáver de un adolescente en espantosas circunstancias junto al Monumento a los Mártires de Noviembre, frente al Palacio de La Moneda».
La pantalla cambió a las imágenes sin editar de una calle y muchos carabineros moviéndose febrilmente entre las personas que se agolpaban para curiosear. El mozo balbuceó algo acerca de la ubicación de la calle, pero Martina no logró entenderle.
«Como decíamos, el cuerpo fue hallado en macabras circunstancias por carabineros que hacían una inspección de rutina. Testigos declaran haber visto seis trozos del cuerpo del occiso clavados a la pared de alerce que contiene los nombres de los mártires. La cabeza fue hallada veinte minutos más tarde en un frasco de vidrio, sumergida en orina de caballo, sobre una mesa cubierta por la bandera chilena. Se rumorea que algo vivo se movía dentro de su boca».
Martina y el resto de la concurrencia contemplaban hipnotizados el pequeña monitor, que mostraba una y otra vez las mismas imágenes de la policía subiendo bolsas a los carros policiales, supuestamente con los restos de la víctima.
«Escuchemos las declaraciones del prefecto de Santiago, general Rodrigo Guzmán Alcalde».
El corte mostró a un canoso general de Carabineros con la mirada desencajada. Enfrentaba las cámaras con dificultad, encandilado por los focos.
«Claramente se trata de un atentado que busca afectar las celebraciones de mañana. Pero el único mensaje que enviaremos a las bestias que cometieron esta atrocidad es que los festejos se realizarán normalmente».
Todos en el restaurante murmuraron y asintieron. De pronto, lo impensable. Un escalofrío recorrió la espalda de Martina y le erizó los vellos de la nuca.
«Tras un rápido análisis de la policía forense y del Departamento de Identificación, se ha determinado que la víctima es el joven operario de Synco Armando Valdés Araneda, de quince años de edad. Fuentes cercanas al Departamento nos informan que el joven no se había presentado a sus labores hoy en la mañana, desatando un fuerte operativo policial destinado a dar con su paradero».
Martina sintió que se le helaba el corazón al reconocer en la foto que llenaba la pantalla el rostro de aquel joven que sólo ayer había chocado con ella en los subterráneos de Synco.
«El cráneo presentaba un traumatismo en su parte superior, un agujero por donde fue vertido ácido sulfúrico, nos aclara el vocero de la policía. En estos momentos, los especialistas están abocados a determinar si el peligroso químico habría sido vertido en momentos en que la víctima aún se encontraba consciente y con vida».
El restaurante comenzó a girar frente a los ojos de la mujer. Sintió náuseas y se aferró ruidosamente a la mesa.
—Señorita, ¿se siente bien?
—Tráigame un vaso de agua, por favor —murmuró con un hilo de voz.
El mozo corrió a la cocina mientras Martina sufría un nuevo ataque al percatarse de la presencia de dos GAP que, salidos de la nada, custodiaban la puerta del restaurante. Miró en derredor y creyó ver a tres o cuatro más entre las mesas.
«Cada diente tenía labrada una letra y dentro de la órbita ocular derecha encontraron un pequeño escarabajo negro… vivo».
La cámara mostraba nuevamente a los carabineros intentando detener a los curiosos, sólo que esta vez la mujer vio nítidamente a cuatro GAP mirando hacia la cámara dentro del perímetro de seguridad, como apuntándola a ella. Se preguntó si eso era posible. Su sentido de la realidad tambaleaba. Se puso de pie y subió a su habitación pasando entre los GAP de la entrada con los ojos cerrados.
En su habitación, rogó que el teléfono tuviera señal. Tenía. Llamó al departamento de Arsenio Enrieta contando los pulsos del tono como la cuenta regresiva de algún acontecimiento fatal.
—¡¡Pana, qué alegría escuchar tu voz, mijo!! Estoy en el hotel, sí… Hey, Arsenio, no me hables así. Déjame contarte, es importante… ¿Que mañana viajo? Bueno, pero después del desfile, por supuesto. Okey, okey, pero ocurrió algo importante y quiero saber si cuento con el apoyo del embajador… ¿Que he dado muchos problemas, me dices? Yo soy la que está asustada, chico. No, mentira, estoy aterrorizada, Arsenio. Por favor…, okey, mañana hablamos, pero es que lo que tengo para contarte es espantoso… No, no voy a salir a la calle, tranquilo. Hey, pana…, de verdad estoy asustada.
Soltó el auricular sobre la cama y se quedó de pie, mirando hacia la ventana en silencio, en blanco. No se atrevió a asomarse, pero las sirenas, las luces y reflectores lo decían todo. Un helicóptero se acercaba, acrecentando la tensión. Parecía un derrumbe acercándose con su ruido insoportable.
Estaba detenido frente a la ventana. Temblaron los cristales con su tableteo que todo lo llenaba y que Martina sintió en medio del pecho, como si el esternón fuera a quebrarse con cada golpe de sus aspas. Un reflector barrió el edificio y encandiló a la mujer, bañando momentáneamente la habitación con una luz azulina, irreal, como en medio de un terremoto submarino. Luego, el infernal insecto se retiró hacia su guarida con un zumbido cada vez más lejano, sordo.
En ese momento, Martina descubrió algo fundamental. No era tan valiente como pensaba. Tenía miedo, un miedo tan palpable que casi podía tocarlo: la rodeaba como una niebla espesa que la fijaba al suelo. Sus brazos envolvieron su cuerpo y pidió ayuda en silencio, más sola que nunca. Sin proponérselo, pensó en la única seguridad que conoció, disuelta en el aire por una bala en su habitación de viudo, con una foto de su mujer en una mano y otra de ella entre los dientes.
Al comienzo los policías pensaron que Martina era su amante; en la fotografía salía maquillada y peinada como una adulta, salía hermosa y mujer, como preparada para enamorar a su padre. Lo había admirado desde que tuvo memoria. A cierta edad comenzó a inflamársele el rostro cuando lo veía llegar en su uniforme perfecto, con su apostura perfecta. Recuerda con inmensa culpa cuánto se alegró con la muerte de su madre. Albergaba el ingenuo deseo de reemplazarla, de convertirse en la mujer de su padre y dormir abrazados en la misma cama. En el primer cumpleaños después de la muerte de su madre preparó una sorpresa para él. Tenía trece años y en medio de la cena de celebración, llena de amigos, se puso de pie, le declaró su amor y le prometió que sería una buena esposa para él en adelante. El silencio gélido que todo lo detuvo le dio a entender que algo no andaba bien. Su padre fue hasta ella y la abofeteó por primera vez, violentamente. Martina recordaba con claridad el sonido que hizo su corazón al romperse; la vergüenza, las miradas, las risitas compasivas. El horror. Quiso morir, y lo intentó. Huyó a la casa de una amiga a morir de pena. A los tres días vio llegar el auto de su padre. Salió a recibirlo, él le abrió la puerta y viajaron en silencio de regreso a casa. Quiso pedirle disculpas, llorar en sus brazos y decirle que estaba equivocada. Pero, antes de entrar, fue él quien murmuró: «Me equivoqué. Lo siento mucho, Martina. Perdóname».
Lo amaba. Él estaba tan contento de regresar a Chile para ayudar a reconstruir su país. Quería traerla de regreso. Ella lo amaba. A pesar de eso, ese día en Caracas le gritó, lo insultó, le dijo «te odio, perro fascista» y salió de la casa.
Nunca más habló así con él. Cuando estaba en Cuba, la llamaron avisándole que su padre había vuelto a Caracas desde Chile y que no estaba bien. Llegó tan rápido como pudo, sólo para encontrarse con un despojo triste y mudo que se pasaba las horas mirando por las ventanas. Un día, Martina entró en su habitación después de la siesta, como todas las tardes, y lo encontró de pie, desnudo, con el arma entre las manos. «Chile es mentira. Chile vendió su alma al diablo. Todo está perdido. Todo es mentira», dijo antes de pegarse el tiro que aún retumba en los oídos de su hija.
Sollozaba sin ruido, más pequeña que nunca en una cama demasiado grande, demasiado vacía. Sacó la Browning de su bolso, se la puso entre los pechos, le besó la punta y se tapó la cabeza con una almohada buscando desaparecer, agotada. Así la sorprendió el sueño.