Synco
Capítulo 16
16
—Hola, buenas tardes. Mi nombre es Martina Aguablanca y tengo una reunión con don Ricardo Lagos.
Los carabineros de guardia en La Moneda le solicitaron su identificación y un tercero le pidió que lo acompañara. Al cabo de unos minutos un hombre de aspecto enérgico y mirada penetrante se acercó en línea recta hacia ella atravesando el Patio de los Cañones.
—¡Martina Aguablanca! Es un placer conocerte.
—Buenas tardes, don Ricardo, el honor es mío.
—Por favor, dime Ricardo. No me advirtieron que eras tan linda. Dime, ¿todas las venezolanas son así?, porque pido la Embajada de Caracas en este instante.
—En realidad soy chilena, pero ya me estoy acostumbrando a la confusión. Esto de ser extranjera en todas partes se me está volviendo costumbre.
—Acá estás en tu casa, mujer. Vamos a mi despacho y hablemos un poco de tu tierra.
—Preferiría que fuéramos de inmediato a lo nuestro, Ricardo —dijo la mujer, algo bruscamente—. He estado esperando este momento durante muchos meses y estoy ansiosa.
—¡Por supuesto! —respondió el subsecretario, sorprendido—. Acompáñame.
El Palacio era efectivamente mucho más pequeño de lo que había imaginado. La arquitectura era muy austera. Más que un palacio parecía una gran casona en medio de la ciudad. En su mente, La Moneda era una fortaleza inexpugnable de dimensiones titánicas, capaz de albergar a un ejército y resistir los embates de toda una columna de vehículos blindados. Agrandada por la gesta histórica de 1973, poco se parecía realmente a la imagen que el mundo tenía de ella. Finalmente, no era más que un edificio colonial de dimensiones reducidas y materiales sencillos. El reflejo perfecto de un territorio alejado, pobre y fronterizo, al que llegaban a duras penas el oro real y los lujos cortesanos del imperio.
—Aquí es —dijo Lagos parándose frente a una pared del Patio de los Naranjos.
Martina miró desconcertada: ahí no había nada…, salvo una pequeña línea que repentinamente se extendió y se convirtió en un vano oscuro, a través del cual entraron en un pequeño espacio de dos por dos metros, sin iluminación. De pronto, el suelo se movió y comenzaron a descender en medio de un chirrido hidráulico.
—¡Vamos a descender diez metros hasta el primer control de seguridad! —gritó Lagos a centímetros del oído de Martina.
Ella asintió, más asustada que emocionada por la precariedad del sistema. El corazón le latía más fuerte a cada segundo. Lagos miraba hacia arriba y hacia abajo; había perdido su sonrisa, parecía preocupado. Le indicó la pared de concreto que tenían delante y que parecía no terminar nunca.
—¡Estamos atravesando el muro superior de concreto del búnker! ¡Es capaz de soportar el impacto directo del misil más poderoso del mundo! ¡Si hubiera una guerra nuclear, desde aquí reconstruiríamos Chile!
Arriba, el cuadrado de luz se hacía cada vez más pequeño. Abajo, el ruido era casi insoportable. Hasta que el ascensor se detuvo con un gran golpe que retumbó durante algunos segundos. Lagos se puso en cuclillas, hundió una llave en una chapa instalada en el suelo y la giró. Abrió una pequeña escotilla y metió la mano, luego la sacó exhibiendo el pulgar entintado.
—Nuestras medidas de seguridad son muy eficientes —sonrió satisfecho. El montacargas continuó descendiendo hasta descubrir un pasadizo enfrente de ellos—. Los técnicos del Instituto Miguel Enríquez inventaron un método infalible de detección. Toman una microfotografía de la retina del ojo y pueden determinar con cien por ciento de exactitud la identidad de la persona. ¿Sabías que todos tenemos una red de capilares diferentes en la retina? La fotografía es revelada y ampliada en un laboratorio adjunto y rápidamente un grupo de operarios discrimina la información en base a criterios morfológicos archivados en microfichas, ¡todo en menos de tres minutos!
Caminaron por un pasillo hasta una mesa donde descansaba un anticuado aparato oftalmológico con una enorme cámara Leica adosada a un extremo. Lagos se sentó y acomodó el rostro en un arnés de metal y cuero. Se oyó un chasquido y el hombre la miró de reojo con una sonrisa de satisfacción. Luego se sucedieron los diez minutos más largos e incómodos del día.
—Esto no ocurre nunca…
—No hay problema.
—Los va a haber —murmuró Lagos para sí, furioso.
Cuando la puerta se abrió, con ruidos que recordaban a los de una fábrica, un capataz en evidente estado de angustia los recibió. Tras él se vislumbraba un espacioso pasillo blanco perfectamente iluminado y sin ángulos rectos, como traído de algún set sobrante de 2001: odisea en el espacio. Lagos lo fulminó con la mirada.
—Entramos a Synco, Martina —dijo sin mirarla.
Cruzaron una doble puerta que se abrió automáticamente frente a ellos. El ruido desfasado del mecanismo, lo teatral de la puesta en escena, como sacada de alguna vieja película de ciencia ficción, desconcertaron a Martina, cuya expectación se tornaba poco a poco en sospecha.
Lagos pulsó un botón rojo junto a la última pared y la puerta se descorrió como las anteriores.
—¡El ops-room!
De acuerdo, Martina había visto cien veces la célebre imagen, pero aun así el corazón casi se le salió del pecho. Allí estaba el famoso cuarto de operaciones original de Synco, brillante como el primer día. El lugar donde Salvador Allende había pronunciado y emitido su discurso de la reconstrucción nacional, el punto cero de la ciberrevolución socialista que maravillaba al planeta. Un perfecto octógono de madera, piel y plástico termoformado. Parecía que en cualquier momento iba a aparecer el señor Spock detrás de alguna de las sillas diseñadas por Gui Bonsiepe. Lagos la invitó a entrar y se regocijó con la cara de asombro infantil de la joven.
—¿Puedo? —dijo Martina indicando uno de los sillones.
—Por favor —respondió caballerosamente el subsecretario.
La silla era mullida y de formas anatómicas. Los brazos descansaban en las botoneras y el peso estaba tan bien balanceado que con el mínimo esfuerzo se giraba sobre las sillas para mirar los gráficos llenos de luces y parpadeos que llenaban los muros.
—En ese sillón se sentaba al principio Jacques Chonchol —comentó Lagos—. Como era medio nervioso le gustaba quedar mirando hacia la puerta.
—¿Dónde se sentaba Allende?
—En ese de ahí, a veces. Allá Fernando Flores, Espejo y Beer. Allá Guillermo Toro; detrás del gráfico Futuro se sentaba un representante de la CUT y allá otro de Codelco.
—No veo teléfonos.
—Usaban unos auriculares pequeñísimos, del tamaño de pelotas de tenis, montados en un arnés de cuero y con un micrófono colgando del pecho. Todo de última tecnología.
Martina estaba extasiada. Sin querer hacía girar la silla como una niña, observando cada detalle de la sala. Estar ahí era como haber entrado finalmente al sancta sanctorum de cualquier religión y enfrentarse cara a cara con la divinidad. Synco: se hallaba en el interior de Synco. Se quedó en silencio y de pronto lo sintió: un zumbido y un tecleo incesante. Aguzó el oído. El ruido de fondo venía de abajo. En ese instante entró un fotógrafo con cara de aburrido y una hermosa Hasselblad colgando del pecho.
—Mire para acá, compañera.
El flash cubrió de blanco su felicidad. ¿Le entregarían una foto enmarcada con la frase «Yo estuve en Synco»? Cuando la ceguera declinó, todo se había vuelto un poco menos brillante. Se sentía incluso un tanto estúpida.
—Ricardo —dijo casi en un susurro—. ¿Vamos a ir abajo? Me veo muy joven, pero sigo siendo representante del gobierno venezolano.
Lagos sonrió.
—Tranquila. Hasta aquí llegan los visitantes internacionales y los periodistas. Pero Venezuela es un aliado que nos interesa mucho en este momento, y por supuesto, no vinimos en visita de cortesía. Ahora iremos abajo. Pero algo de espectáculo nunca está de más, ¿no es cierto? —hizo un gesto y una de las paredes se descorrió lentamente con un ruido de engranajes bastante más real que los anteriores —. A este ascensor, por favor.
Desde la cabina, Martina miró de reojo hacia la sala que acababa de dejar atrás y se llevó una sorpresa. Unos operarios retiraban la cubierta de tela del sillón donde se había sentado y la guardaban en un gran frasco etiquetado.
—Por si algún día necesitamos encontrarte —dijo Lagos sin mirarla mientras se cerraban las puertas del ascensor—. Éstas son instalaciones altamente confidenciales y… ya sabes, siempre puede ocurrir algo. Tenemos perros entrenados que te podrían encontrar en cualquier parte; para protegerte, por supuesto. A propósito —agregó, sacándose un trozo de tela del bolsillo—, ponte esto entre tu ropa interior. Es parte de las medidas de seguridad, un seguro para evitar…
No alcanzó a terminar la frase antes de que se abrieran las puertas y entraran tres enormes pastores alemanes gruñendo y husmeando entre sus piernas. Martina saltó a los hombros de Lagos dando un gritito cuando uno de los perros literalmente se metió bajo sus faldas.
—Tranquila. No te harán nada ahora que tienes el olor de Flores —dijo su anfitrión sonriendo.
A Martina no le pareció nada de gracioso. Estaba a punto de soltar un comentario desagradable cuando la visión de cuatro personajes emergiendo de la oscuridad la dejó muda. Cuatro hombres completamente calvos e inexpresivos, con traje café y lentes opacos, entraron a la cabina en silencio y apuntando sus AK-47. Uno de ellos se acercó a Martina y la observó tras sus gafas oscuras.
—¿Todo bien, compañero? —preguntó Lagos.
—Todo bien, compañero —respondieron en un susurro.
Martina miró a Lagos con cara de asustada, pero éste le hizo un gesto de calma y la tomó de un brazo invitándola a salir. Caminaron delante de su muda escolta y cruzaron un estrecho túnel. Al fondo crecía un murmullo de motores, teclados y golpeteos indefinibles, los ruidos intestinales de algún monstruo mecánico aparentemente gigantesco. Tras una curva, el túnel se abrió a una pasarela que colgaba de cuerdas metálicas a seis metros del suelo. A los ruidos indiscernibles se sumaron órdenes imperiosas. Abajo, un centenar de operarios en batas blancas se movía como hormigas entre los transistores de un televisor. El olor no era agradable, y la temperatura, considerablemente más elevada que en el nivel anterior. La iluminación escaseaba en esta extraña mezcla de submarino y biblioteca caótica. Abajo, uno de los hombres calvos tomó de la solapa a un operario y le dijo algo al oído; el operario retrocedió espantado.
—Están algo nerviosos —dice Lagos con una sonrisa—. Por estos días se está terminando de traspasar la información del Ejército de Chile al formato Synco. Serán las primeras Fuerzas Armadas del planeta en ser manejadas de forma completamente digital. La información se encontraba tan dispersa que nos tomó dos años recuperarla. Si supieras cuántos mártires de la informática acumuló esta operación. Llevamos mucho tiempo en esto y hay órdenes muy claras de terminarlo antes del aniversario del 11 de septiembre. El compañero Presidente quiere hacer el anuncio en el Congreso con bombos y platillos —dijo Lagos, mientras ayudaba a Martina a bajar la escalera hacia el nivel de los operarios.
—Esos… tipos de lentes oscuros…
—Son parte del contingente regular de los GAP, Grupo de Amigos del Presidente. ¿No has oído hablar de ellos? Salvador les entregó la custodia de Synco. Ni siquiera le rinden cuentas al Ejército, sólo al compañero Presidente.
—Pero…
—Sí, son algo extraños. Hay muchas historias divertidas sobre ellos, la mayoría falsas. La verdad es que son tremendamente eficientes y leales.
La sala estaba custodiada precisamente por dos GAP y sus AK-47. Martina los miró de soslayo. Todos vestían el mismo traje café y corbata negra. Además de la cabeza rapada y los lentes oscuros, ostentaban como distintivo una franja de tela azul en su antebrazo derecho, con un círculo blanco en el centro y una flecha roja con ambos extremos en punta. Inmóviles, estoicos, fríos, los GAP representaban la quintaesencia del revolucionario, el hombre nuevo socialista. Allende los consideraba sus hijos, ellos lo veían como su líder y estaban dispuestos a darle su vida ante la más mínima sugerencia. Habían evolucionado desde equipo de seguridad hasta ser casi una milicia paralela al Ejército. Los observadores internacionales se referían a ellos como una «guardia de monjes fanáticos», en el mejor de los casos. Para los chilenos eran un ejemplo de compromiso y lealtad. Su entrenamiento era intensivo; eran guerrilleros, ideólogos, músicos y asesinos letales. Escribían poesía y fabricaban explosivos. Eran naturistas, se rumoreaba que hacían yoga. Cumplían turnos de ayuda en hospitales y trabajaban en industrias y plantas de servicios para reducir la carga laboral de obreros y empleados. Todo gratuitamente, todo en silencio y sin ninguna queja.
—¿No hablan?
Lagos sonrió y la invitó a seguir caminando.
—¿Quién es el comandante Proxy?
Lagos negó con la cabeza.
—El comandante Proxy no existe. Es un invento de algún ocioso. Como esas frases, «Jesús ya viene», ya me entiendes.
—¿Jesús es el invento de algún ocioso?
Lagos no respondió y siguieron adelante. Salieron de la primera sala por pasillos larguísimos hasta desembocar en otras de extensiones cada vez mayores. Filas interminables de procesadores con cintas magnéticas zumbaban mientras hordas de mujeres que parecían enajenadas conectaban y desconectaban anticuados plugs de telefonía en paneles de madera; a sus pies, niños pequeños desenredaban una y otra vez la infinidad de cables que, como cabelleras de serpientes rojas y negras, emergían desde los costados. Gruesos cables de energía colgaban del techo y caían ondulando en todas direcciones, entre banderas chilenas abandonadas tras la última inauguración y telarañas de grasa y polvo. Todos espalda contra espalda en espacios ínfimos, hediondos y mal iluminados. El aire era sofocante, y el martilleo de los teletipos reverberaba en los oídos.
Martina creyó ver un perro vagando entre los procesadores. Pisó un charco de agua y pateó sin querer un trozo de madera. El hedor emanaba de todo el conjunto: ese hacinamiento era claramente insano. Lagos caminaba sin hablar.
—¿Falta mucho?
—¿Qué…?
—¡Que si falta mucho! —gritó Martina, y Lagos apenas hizo un gesto indicando hacia adelante.
Unos focos a parafina iluminaban las escaleras de tijera que daban a «las líneas». Allí, los operarios dormían entre los turnos en hileras de hamacas que colgaban a cinco o seis metros de altura, como suspendidas de un cielo que no se alcanzaba a vislumbrar. Martina notó que los galpones que atravesaban estaban repletos de ellas, camufladas por la oscuridad. Una bicicleta con un foquito de esos iluminados con un pequeño dínamo pasó junto a la mujer.
«Esto es una locura, y de las grandes», pensó. Una jauría de perros se atravesó por delante de ellos hasta perderse en la oscuridad, detrás de un carrito de sopaipillas. «El futuro tecnológico del socialismo es una soberana mierda», una red de callejones hediondos a meado, decadente. El desorden propio de cualquier proyecto tercermundista elevado a la décima potencia.
—Pero funciona bien —dijo Lagos, y Martina dio un respingo—. Lo increíble es que funciona maravillosamente bien.
—¿Adónde vamos?
—A la actual sala de control central, para que veas el sentido que tiene un monstruo como éste —dijo Lagos abriendo los brazos y mirando en todas direcciones —. Coordinar los esfuerzos en tiempo real, ése es el objetivo que subyace a todo esto. Synco es el sistema neurovegetativo de Chile. Le hemos dado un sistema nervioso a la patria, para que cada caloría gastada por un trabajador sea un esfuerzo puesto en el lugar correcto en el momento preciso. Cada obrero sabe que su trabajo es valorado y que cada palada de tierra que levanta es parte de una danza que nos beneficia a todos; que cada saco que sube al camión sirve para alimentar a una vaca en el sur, para que al día siguiente su hijo pueda desayunar dignamente un buen vaso de leche de nuestra patria. Eso es lo que hace este monstruo, Martina.
«Monstruo»; estaba escuchando demasiado esa palabra.
Se acercaron a lo que parecía una pared de concreto sin techo visible. Dos GAP permanecían de pie a cada lado de una pesada puerta metálica, más propia de una planta metalúrgica que de la más refinada instalación informática del mundo. Un pastor alemán estaba amarrado a la manilla con una cuerda deshilachada y corriente. Lagos acercó la mano al perro, que la olisqueó y se relamió con indiferencia.
—Lo que querías, Martina —dijo—: el auténtico corazón de Synco está detrás de esas paredes.
La puerta se abrió desde adentro con un ruidoso claqueteo. Ambos entraron y una luz tenue se encendió; era un cuarto pequeño, con otra puerta en el extremo y unas rejillas bajo sus pies. Martina percibió un profundo silencio que pudo comparar sorprendida con el nivel de ruido al que habían estado expuestos. Miró las rejillas con curiosidad.
—Es un aspersor de gases. Si en la sala de control deciden que somos un peligro, comenzará a lanzar una nube de arsénico —dijo Lagos. Martina abrió los ojos como platos—. No te preocupes, nunca se han equivocado —agregó en el instante en que la segunda puerta se abría y entraba, junto a la luz blanquecina de los tubos fluorescentes, el ruido de nuevos teletipos y las voces de mando de los operarios.
La sala también era octogonal. Más amplia, más iluminada, pero igual de sucia que los espacios anteriores.
—El ops-room está encima nuestro, hemos avanzado en espiral.
Martina tenía la sensación de haber salido de una metalúrgica para entrar en una empacadora de pescado. Las paredes tenían seis metros de altura y estaban llenas de procesadores corrientes de cinta magnética, puestos unos sobre otros hasta el techo en repisas metálicas mal pintadas. Colgando de las alturas, más hamacas, aún con un par de operarios durmiendo. Los oficiales de mayor rango dormían en unos agujeros en la pared no más grandes que un ataúd, pero al menos con algo de privacidad y aire acondicionado. Los guardias dormían bajo el suelo, en unos cubículos tapados con planchas metálicas que se levantaban con manillas y que sólo contaban con un colchón y una sábana; ni hablar de frazadas, el calor era insoportable.
—No salen de aquí en semanas —comentó Lagos—. Por eso tienen aquí todo lo necesario para vivir dignamente mientras le prestan sus valiosos servicios al pueblo.
—¿Y para qué hay guardias acá adentro?
—Para evitar que se suiciden o se agredan entre ellos.
Martina estaba sobrepasada por la situación. Nunca se habría esperado algo semejante. El lugar parecía un botadero. Los televisores se acumulaban en los rincones, los cables y las conexiones de todo tipo bajaban por las paredes como vegetación abandonada; habían pintado varias veces encima, como si diversos estratos de instalaciones se hubieran sucedido sin eliminar las anteriores. Tres enormes generadores impedían la libre circulación. Anaqueles y mesones de madera llenos de bulbos al vacío y atornilladores obstruían el paso hasta el panel central. Un ropero de madera antiguo se abría para mostrar su estómago lleno de cajas de plástico, envases de aceite de motor, pantallas en desuso y botoneras cubiertas de polvo. Sobre una mesa de comedor, tres máquinas de escribir Underwood incorporadas a un mecanismo ensamblado en cajas de televisores Motorola servían para imprimir las tarjetas que se utilizarían en el computador de control.
La joven miró en derredor sin alcanzar a distinguir nada extraordinario. ¿Este montón de basura era Synco? Lagos pareció darse cuenta y exclamó, en tono melodramático:
—El corazón de Synco. Hay mucho más que lo que puedes ver. El crecimiento de Synco ha sido exponencial. Nos hemos tomado casi veinte kilómetros cuadrados de terrenos subterráneos en búnkers y túneles blindados por capas y capas de concreto y aleaciones especiales. Expropiamos edificios para demolerlos por dentro y convertirlos en enfriadores, bodegas de acopio de materiales, contenedores de cintas de archivo. Los edificios fiscales contienen terraplenes con miles de bombillas al vacío en cientos de pequeños pisos donde operarios con trajes térmicos deben arrastrarse durante días por laberintos candentes para realizar la mantención y vigilancia básica; para matar las hordas de ratones que se comen los cables, por ejemplo. Antiguos edificios administrativos contienen transistores del tamaño de automóviles. Hay embajadas convertidas en gigantescos radiotransmisores. El viejo edificio del Seguro Obrero, por ejemplo, hoy es un gran acumulador de energía eléctrica, con pisos y pisos de dínamos movidos por animales. Convertimos el Barrio Cívico de Santiago en una inmensa placa madre, que destila gases y vapores condensados por tuberías que silban evacuando la respiración de este monstruo dormido bajo tierra; nuestro propio dragón protector, Martina. Un computador a escala de una ciudad, con personas moviéndose entre sus resistencias y transistores sin saberlo.
Martina lo observaba en silencio. Y además se sentían orgullosos.
—El funcionamiento de Synco es en tiempo real, por cierto; creo habértelo dicho. Todo el país está conectado con estos ejércitos de operarios que ingresan información en los procesadores de la base. El «hipotálamo», como al Presidente le gusta llamarlo, reordena y distribuye los datos a empresas, plantas e industrias a lo largo del país. Pero ésta es sólo una de las muchas funciones de Synco, no te engañes; coordinar la producción es sólo un aspecto entre muchos…
La mujer titubeó contemplando la sala, que parecía un garage abandonado y no el corazón del constructo tecnológico descrito por el funcionario de La Moneda.
—¿Dónde… está Synco? —murmuró, con temor de ofender mortalmente a su orgulloso anfitrión.
—Estás parada sobre él.
Martina lo miró con cara de pregunta. Luego miró hacia abajo y se dio cuenta de que el suelo ennegrecido por el aceite y la suciedad había sido alguna vez transparente y que un movimiento era apenas perceptible a través de él. Cuando miró a Lagos de nuevo, éste había abierto una escotilla por un costado y la estaba invitando a descender por una escala de caracol sacada de alguna casona antigua.
—Muy pocas personas han entrado aquí, Martina. Eres una privilegiada, gracias al inmenso cariño que tenemos por el pueblo hermano de Venezuela.
Martina sonrió y bajó la escalera casi a ciegas, intentando proteger sus oídos del estruendo espantoso que surgía desde abajo. Una corriente de aire le arremolinó el pelo y levantó sus ropas. El calor le abrasaba la piel. A medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, comenzó a entrever unas paredes excavadas en la roca viva. Miró hacia abajo y el vértigo se apoderó de ella. Estaban en una pequeña plataforma; hacia el fondo se proyectaba una informe gruta rocosa y oscura. En el centro, un gigantesco cigüeñal de acero lleno de números giraba profiriendo chirridos desgarradores, retumbando y brillando con destellos eléctricos y chispas azuladas que llovían hacia un fondo oscuro e impenetrable. Pendiendo de cuerdas, poleas y cadenas a diferentes alturas, vio a personas que le parecieron diminutas: entraban y salían del cigüeñal aferrándose de manillas y protuberancias para operar tuercas, interruptores y relés entre las articulaciones numeradas del mecanismo. Una maraña de cables cubría la escena en todas direcciones. Oyó los gritos en clave de los operarios ordenándose labores que debían ser ejecutadas rápidamente en el inestable conjunto que chorreaba aceite hacia los muros negros, iluminados de pronto por pequeñas descargas violeta.
Lagos estaba aferrado al pasamanos, despeinado por el viento en espiral que subía desde las profundidades, y aparentemente ajeno al ruido de lo que parecían alaridos de multitudes muy lejanas. Martina aguzó la mirada y se dio cuenta de que en muchos niveles del cigüeñal parecían estar trabajando niños. En un segmento, que parecía fabricado con los restos de una retroexcavadora y algún tanque militar, cinco críos se movían velozmente entre los recovecos de fierro y hojalata para operar pequeños sistemas con llaves de tuerca y martillos. Se gritaban números y contraseñas que anotaban en libretas de papel; algunos vomitaban, todos parecían asustados. A Martina se le encogió el corazón al distinguir a una pequeña meciéndose desvanecida en el vaivén sincopado de una pieza que quizá giraba demasiado rápido. Miró a Lagos con angustia, pero sólo recibió un gesto de la mano indicando calma y espera.
—¡En una hora vendrá el relevo de operarios! —gritaba para hacerse oír en medio del estruendo—. La sacarán y la atenderán los médicos. Pero son muchachos valientes, no te preocupes —sonrió triunfante.
Martina sufrió un pequeño mareo. Una máquina monstruosa horadando con púas metálicas la vagina de la tierra, bajo Santiago de Chile. El bramido enloquecedor de un coito entre la máquina y el territorio, como enterrándole una sonda el Demiurgo a la Pachamama, inoculándole un virus entre las venas, operado por pequeños parásitos que invaden su corazón y la ahogan con su ferretería y sus martillos ásperos. La visión era horrenda, y Martina percibió que había algo profundamente equivocado en todo aquello. Sintió náuseas. El sudor la cubrió tal como la grasa supuraba entre los tendones de bronce y fierro del gran engranaje que rugía enfrente de ella, hundiéndose hasta la médula de la ciudad auténtica, esa de la que en realidad no sabemos el nombre, pero que palpita bajo nuestra conciencia e invade nuestros sueños.
—Más abajo están las galerías de procesadores y las llanuras de tubos al vacío — prosiguió Lagos—. Esto es sólo el vástago de calibración, como lo llama Beer.
—¡¿Hay más personas trabajando allá abajo?!
—Sólo las necesarias. Trabajan algunas horas, luego las sacamos y, mientras las llevan al hospital para la desintoxicación, ingresamos a los equipos reemplazantes. Siempre hombres de entre veinte y veinticuatro años, nunca casados. Los muchachos son duros y resistentes. Solamente huérfanos. Somos gente responsable.
Aún tenía la mirada enfocada en esa niña y su largo cabello negro, cimbreándose al ritmo hipnótico del cigüeñal. Pero un grito la sacó de su estupor. Algo ocurría más abajo aún; muchos operarios corrían, gritaban, se descolgaban. Manchas de un color diferente cubrían un segmento donde una máquina diésel impulsaba un engranaje menor.
Lagos la tomó del brazo y la empujó hacia la salida.
—¿Subimos?
De regreso en la sala sobre el vástago, Martina buscó una silla y se sentó temblando.
—¿Cuán abajo llega todo? —preguntó tímidamente.
—Casi un kilómetro, justo debajo de La Moneda. Synco está organizado en anillos y espirales descendentes. Ocho, para ser más exactos. Y nos hemos encontrado con toda clase de sorpresas en las excavaciones, vieras tú. Túneles coloniales con imágenes paganas extrañísimas, osarios, fosas comunes de la época de la Independencia llenas de símbolos masónicos, cavernas con ídolos que parecen polinésicos pero con ofrendas mapuches, en fin. Creemos que este lugar es… especial. De hecho, el pozo sobre el que descansa el vástago ya existía. Nuestros geólogos sólo nos pudieron decir que era una formación natural… muy antinatural — sonrió el funcionario—. La verdad es que nos ha costado dar con el fondo. Un asesor de la Presidencia ha sugerido que se trata de un pasaje hacia un mundo dentro de la Tierra, quizá la huella de un antiguo rito de acupuntura geodésica. Como sea, ha resultado el lugar ideal para instalar la médula espinal del nuevo Chile.
—Es… enorme. ¿Puedo descansar unos minutos?
—Por supuesto. ¿Quieres algo para beber?
—Un café, si es posible.
—Nada es imposible en este lugar.
Mientras su anfitrión se alejaba un momento a pedir un café, Martina intentó asimilar todo lo que había visto. Estaba impresionada hasta el agotamiento. Megamáquinas, galerías bajo la ciudad, explotación humana, ingenios desaforados, miseria y triunfo. Chile se iba convirtiendo con los días en un misterio profundo y oscuro.
—¿Cuánta gente trabaja aquí? —preguntó a su interlocutor cuando éste volvió con un platillo y una taza humeante entre las manos.
—No lo puedo revelar. Hay personas que trabajan en puestos clasificados y prácticamente no pueden salir de aquí, viven aislados; y hay algunos que son traídos muy jóvenes para adoctrinamiento y entrenamiento. Pero, finalmente, en Chile todos de alguna manera trabajamos para Synco —sonrió el subsecretario tomándose el mentón y mirando en torno, como buscando aprobación entre los lánguidos operarios que hundían sus brazos entre los cables.
—¿Los chilenos no conocen la envergadura de Synco?
—¿Conoce un norteamericano la envergadura de su programa nuclear? El pueblo chileno confía en sus gobernantes, no hacen preguntas de más, compañera; cada uno trabaja en lo que le toca para construir el socialismo.
Martina sorbió su café. Lagos parecía molesto y ella no era hábil con la gente molesta. Pronto emprendieron el largo retorno por los mismos callejones atestados de operarios sudorosos.
—El trabajo de niños, ¿no es explotación infantil?
La presión arterial de Lagos subió tres puntos.
—El gobierno ayuda a los niños huérfanos o hijos de criminales proporcionándoles un espacio donde puedan hacer un aporte a la comunidad. Hemos constatado que esta ayuda al desarrollo de la patria les devuelve la dignidad a las familias de los convictos, y les entrega un hogar a niños huérfanos que de otra manera verían sus días perdidos en las calles de la ciudad. Son hijos de los males de un sistema que está por desaparecer.
—Pareciera que la inmensa necesidad de mano de obra que exige el funcionamiento de Synco sólo es superada por su voracidad energética. ¿Es cierto que su gran talón de Aquiles es su monstruoso consumo eléctrico? Los informes que poseo dicen que Chile está a dos años del colapso energético…
—Es algo en lo que estamos trabajando —el rostro de Lagos adquiría una peligrosa tonalidad rosa oscura—. Nada que nuestros ingenieros no estén ya solucionando, con la ayuda de las mentes más brillantes y solidarias del mundo libre.
—¿Esos proyectos extraños que buscan energía en el desierto y los volcanes? Parecen algo descabellados, si me permite.
—Compañera Aguablanca, no creo que sea prudente hablar en esos términos, considerando que usted es una invitada del gobierno del pueblo —ya no la tuteaba—. Y está aquí en una visita oficial de nuestros amigos del gobierno de Venezuela. Usted es joven, entiendo eso. ¿Por qué no mejor me comenta su impresión sobre la cordillera de los Andes? Impresionante, ¿no es cierto?
Martina bajó la cabeza y se mordió el labio inferior. Estaba inquieta. Todo era extrañísimo, surrealista, y nadie parecía querer admitirlo. Se moría de ganas de preguntarle otro par de cosas a Lagos, pero éste miraba al frente como un tótem hermético. Tras un minuto de incómodo silencio, se había decidido a preguntarle por el rumor que circulaba acerca del proyecto de fuentes de energía alternativa que usaría a reos comunes…, pero ocurrió aquello.
Con el tiempo, Martina se preguntaría por qué a ella, que no era nadie; qué extraña cadena de acontecimientos la llevó a encontrarse en ese preciso momento allí, en el lugar exacto donde todo se coordinó para sumergirla en una pesadilla. Por el altavoz de la sala sonó una voz gutural. «Compañero subsecretario don Ricardo Lagos, compañero subsecretario don Ricardo Lagos. Por favor, acérquese a un teléfono celular, por favor, acérquese a un teléfono celular».
El funcionario le hizo un gesto para que se detuviera y la esperara. Se acercó a una de las paredes y desprendió un auricular desde un mueble de madera con ruedas. Martina estudiaba con curiosidad el increíble aparato cuando sintió una mano temblorosa posándose en su hombro y otra que depositaba algo en su palma, aferrándola para que la empuñara. Giró sorprendida y vio el rostro asustado de un joven de no más de quince años, vestido con una bata blanca, que la miraba directamente a los ojos.
—Cuéntele al mundo, por favor. Cuéntele al mundo la mentira de Allende —le dijo en un susurro antes de empujarla y seguir su camino sin mirar atrás.
Martina quedó estupefacta. Intentaba caminar hacia él cuando una mano la aferró del brazo. A cinco centímetros de su rostro, los lentes negros de un GAP parecían los de un insecto gigante.
—¿Qué le dijo? —murmuró casi sin abrir los labios.
Martina se vio reflejada dos veces en las enormes pupilas de cristal del vigilante. Estaba aterrada.
—Nada; es decir, me pidió disculpas por haberme empujado —dijo temblando—. Parece que no me había visto.
—¿Nada más? —el GAP la escudriñó de arriba abajo sin soltarla, el cañón de su AK-47 apuntándole al abdomen.
—Nada —dijo Martina recuperando el control sobre sí misma, y sin dejar de empuñar su mano izquierda.
—¿Qué ocurre, compañero?
Lagos se acercó con una sonrisa y el GAP lo miró con gesto mecánico.
—Hubo un contacto no autorizado. Tengo que llevarme a este sujeto para interrogatorio.
Martina dio un respingo y miró al subsecretario con terror.
—Tranquilo, compañero. La señorita es una diplomática de mi mayor confianza. Nos visita desde una nación amiga con la que no queremos tener conflictos. Ella nos ayudará en nuestros intentos por liberar a Latinoamérica del yugo imperialista, compañero.
El GAP lo miró fijamente por unos eternos diez segundos, durante los cuales Martina pudo darse cuenta de que, de alguna extraña forma, Lagos también les temía.
—Pueden irse.
«Pueden irse…, ¿que acaso podría haber detenido al propio subsecretario?», pensó Martina. Pero respiró aliviada y se alejó junto a Lagos hasta llegar al montacargas que los llevaría de regreso a la superficie.
—¿Realmente no le dijo nada?
—Nada, sólo se disculpó por empujarme.
—Perdone las molestias, pero los empleados de Synco están considerados patrimonio estratégico de la nación y son protegidos como el oro. Hablar con eventuales agentes de potencias extranjeras podría dar pie a un cargo por traición. Ya me entiende.
Martina entendía perfectamente. La densidad de vigilantes había aumentado y en la puerta del montacargas ya no había uno sino cuatro GAP, cada uno con su arma y un pastor alemán amarrado con una cadena a su muñeca.
—Yo me quedo aquí abajo —dijo Lagos al despedirse.
Martina se horrorizó: subiría lentamente con cuatro escoltas calvos en una cabina diminuta. Nadie dijo una sola palabra durante el ascenso y, cuando llegaron arriba, uno de ellos la tomó del brazo y la llevó a tranco rápido hasta la puerta de La Moneda.
—La señorita tiene que retirarse —le dijo al carabinero de guardia, que lo miró sin expresión.
—Comprendido —dijo el oficial, tomando a su vez del brazo a Martina.
El GAP la soltó y se retiró hacia la entrada del montacargas. El policía esperó a que se perdiera de vista y soltó a una Martina que no podía ocultar su temor.
—Tranquila, señorita —le dijo el carabinero—. Ellos son muy raros, pero nosotros no somos así. ¿Quiere un vaso de agua?
—No, muchas gracias —susurró Martina, ordenándose el pelo y sonriéndole aliviada—, mejor me voy.
—Buenas tardes. Gracias por visitarnos y que tenga buen día.
Martina no le devolvió el saludo. Enfiló de inmediato hacia su hotel, a cien metros de distancia, con el corazón encogido y la mano izquierda en un puño. No se atrevía a mirar qué había allí a cielo abierto. Tenía el rostro asustado del muchacho en mente, flotando entre los edificios ministeriales que rodeaban al diminuto palacio presidencial, que ahora le parecía la punta de un iceberg oscuro, la antena visible de un pez abisal que nadaba ominosamente debajo de la ciudad.
Miró de reojo la gigantesca imagen del Che Guevara que colgaba entre los dos edificios que flanqueaban la avenida Bulnes, sobre la cual había avanzado el único avión rebelde que disparara sus misiles contra La Moneda en un ya lejano 10 de septiembre. No notó que, en lugar de la estrella roja sobre la boina del guerrillero, había pintado un logo de Synco, la estrella de ocho puntas del ciberbolivarismo.