Synco

Jorge Baradit · Capítulo 20 de 60

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Synco

Capítulo 18

18

Su nombre es Armando Valdés, tiene quince años y está muy asustado. Suda y mira en todas direcciones desde su hamaca sobre la sección de tipeos y ordenanzas del círculo central de Synco. Hoy ha vencido su temor y le ha entregado a una desconocida información que había guardado por semanas, enterrada en el fondo de su corazón como una espina envenenada. Datos que podían causar un enorme daño a la maravillosa utopía cibersocialista. ¿Lo merecía? Ahora Armando pensaba que sí.

No sabía nada acerca de esa mujer, sólo que por su acento debía ser extranjera, alguien ajeno al gobierno. Se estaba jugando mucho con ese movimiento, pero sentía que ya no tenía nada que perder.

Había llegado al Orfelinato Estatal Hijos del Pueblo a los nueve años, a fines de 1973, después de meses de extraños cambios de casa, pasando de tíos a primos, luego a amigos, cada vez gente menos conocida, menos amable, más asustada. Hasta esa noche horrible en que los ruidos de una pelea, gritos y estampidos, lo dejaron solo, llorando en la oscuridad y el silencio posterior a un allanamiento violento. Un carabinero amable lo sacó de su escondite horas después y fue trasladado a hogares donde otros niños, más acostumbrados a la calle y la supervivencia, lo redujeron a la condición de objeto. Un ser golpeado, manipulado y ajeno a sí mismo; callado, vacío. Soñar todos los días con él y sus padres en alguna situación feliz era lo único que lo mantenía vivo, pero también lo que le partía el alma cada vez que despertaba. Hasta que a los doce años fue recogido por un par de extraños hombres calvos con lentes oscuros. El día anterior había sido declarado «inadoptable» y por ende el Estado podía disponer de él como considerara adecuado.

Recordaba perfectamente el largo viaje con destino desconocido. Todos los niños del orfelinato hablaban en voz baja de esos viajes de los que nunca se regresaba. Alguna vez oyó hablar a unos enfermeros acerca de unas fiestas adonde eran llevados para atender a agregados militares y embajadores de gustos exóticos. Otros hablaban de trabajos pesados y hasta de tráfico de órganos para financiar las obras del propio orfelinato. Armando sollozaba en silencio, ovillado sobre sí mismo entre dos agentes desconocidos y terroríficos.

El viaje fue largo; el silencio, aplastante. Recuerda como si fuera hoy el instante en que bajó del automóvil y en vez de fiestas o salas quirúrgicas vio una villa de hermosas casas con antejardín y grandes árboles, iluminados con potentes focos. Le pareció que habían viajado horas, pero no lo suficiente para que hubiese anochecido; sin embargo, no había sol, tampoco estrellas. Desde ese mismo día asistió a una extraña escuela vigilada por camarógrafos aislados en cubículos de cristal, con profesores que parecían atemorizados y compañeros de curso que no hablaban con él, o más bien no hablaban con nadie. Les daban un agua de extraño sabor, recuerda somnolencia, luces, buses que se movían entre túneles y espacios a medio iluminar. Camas comunes, la repentina euforia tras el desayuno y jornadas interminables de estudio y exámenes intensivos frente a pantallas y sistemas de aprendizaje mnemotécnico. Nadie contaba los días, sus compañeros de curso aparecían y desaparecían. Oía discursos susurrados mientras intentaba dormir, frases y términos técnicos que poco a poco comenzaban a cobrar sentido en su mente, como semillas floreciendo y conversando entre sí mientras él soñaba que miraba una pantalla en blanco y una línea de saliva le corría por un costado de su sonrisa.

Un día le ordenaron beber un vaso de agua y despertó horas después, en el interior de un camión militar, junto a otros diez muchachos de su edad. Bajaron, ya de noche, en una villa similar a la anterior, sólo que ésta sí tenía estrellas y la vista de una enorme metrópoli abajo, en el plano del valle.

—Mañana bajan a Santiago a trabajar —les dijo ásperamente un oficial vestido de civil—. El gobierno del pueblo les ha dado una oportunidad de ser útiles para la construcción del socialismo, así que no la desaprovechen. Ahora conocen… cosas que los convierten en valiosos revolucionarios. Ustedes son como la infantería de una revolución armada, los que corren los riesgos, los que pasan penurias, los que pueden caer en la lucha, pero también los que obtendrán el eterno agradecimiento de las generaciones venideras por haber abierto el camino para que pase el hombre libre, el hijo robusto, el nieto hermoso del obrero postergado. ¡Viva el gobierno del pueblo!

Los niños no dijeron nada.

Armando Valdés, como otros miles de operarios centrales de Synco, vivía en una de las decenas de comunidades sobre y bajo la superficie donde se mantenía aislados de la sociedad a los trabajadores de nivel «naranja». Se les consideraba de importancia estratégica y eran protegidos militarmente como tales. Altos muros cubiertos de hermosas enredaderas y trincheras electrificadas, amén de radar y artillería antiaérea, rodeaban las idílicas villas con nombres tan significativos como Lomas de Recabarren o Valle Santa María de Iquique. Constantes sobrevuelos de helicópteros y la presencia permanente de un dirigible artillado sobre sus cabezas les recordaban su importancia. Todas las mañanas ingresaban buses blindados escoltados por jeeps y un camión de extrañas características, con una pesada parabólica encargada de la detección, obstrucción y rastreo de señales de cualquier tipo. Al salir de la villa, el convoy era acompañado por una jauría de perros armados que rodeaban furiosos al grupo hasta la entrada correspondiente de Synco, bajo el río Mapocho a la altura del puente Pío Nono algunas veces, o el acceso bajo la Estación Central Ferroviaria en otras. Los ciudadanos comunes veían pasar estos extraños desfiles con pasmosa indiferencia; la tolerancia de la opulencia es el más potente de los anestésicos.

Armando viajaba dentro de esos camiones sin ventanas con la mente en blanco, adelantándose a cada bache y cada curva con la seguridad que da la rutina mil veces repetida. Sólo una vez el bus se había detenido antes de llegar a destino y el griterío que se armó en torno al camión se hizo insoportable. Repentinamente se abrió la puerta metálica y tres militares jóvenes con rostros de horror se apostaron frente a ellos apuntándoles con sus armas. Ni Armando ni el resto movieron un solo músculo; se sabían importantes, en realidad los soldados los estaban protegiendo. Lo cierto es que eran tan importantes que de haber sido necesario los habrían acribillado ahí mismo para evitar cualquier filtración hacia agentes extranjeros u otras reparticiones dentro del mismo Estado chileno. Una fuga era impensable, un secuestro cerraba automáticamente todas las fronteras, una petición de renuncia era imposible.

Armando trabajaba en el batallón de acopio de datos. Tipeaban directamente en ceros y unos, en un estado de contemplación inducido por psicotrópicos, los datos acumulados en papeles amarillentos, algunos manuscritos, otro apenas legibles. Trabajaban hacinados en largos mesones de madera en tres niveles hacia el techo, en agotadoras jornadas de doce horas, con sondas para recoger la orina y suero inyectado directamente en una cánula incrustada en el cuello de cada operario.

Un día, cierto incidente produjo un pequeño error de ritmo en el trabajo de la fila 35 de los digitadores de información. Armando Valdés detuvo repentinamente su teclear y se quedó paralizado frente a su televisor Motorola de caja de pino, adaptado para proyectar imágenes de documentos. Sus compañeros oyeron el súbito silencio entre el tejido homogéneo de ruiditos metálicos. La conmoción creció en la sala y las miradas furtivas hacia los GAP se multiplicaron. Dos compañeros se miraron aterrorizados cuando uno de los agentes giró la cabeza en dirección al grupo. Los vecinos de Armando le suplicaban en voz baja que continuara trabajando. El GAP le hizo un gesto a su compañero. Otro niño detuvo el tipeo abrumado por la angustia, justo cuando Armando comenzó a sollozar mirando atónito la pantalla, releyendo una y otra vez los caracteres impresos en el papel que proyectaba el televisor. Los GAP se encaminaron hacia el grupo pasando la bala de sus AK-47 y Armando se puso de pie con la clara intención de gritar algo, pero su vecino le dio un golpe fulminante en el estómago, otro lo recibió antes de caer y un tercero gritó «¡¡Médico!!» con toda la fuerza de sus pulmones. Los GAP se detuvieron y llamaron por sus walkie-talkies a los enfermeros de campaña, que corrieron con una camilla. Armando lloraba con los puños apretados entre los brazos de sus compañeros. Continuaría llorando y gritando en la enfermería durante toda la tarde, hasta quedar en un silencio del que sólo salió después de dormir la borrachera de una buena inyección de pentotal.

Al día siguiente, resistió sin una queja los interrogatorios y trabajó con más ahínco que nadie una vez que estuvo de regreso «incrustado» en su lugar de trabajo. A veces lloraba un poco, pero no volvió a detenerse, hasta el día en que a lo lejos vio pasar a esa mujer con acento extranjero. Entonces se puso de pie ante la mirada aterrorizada de sus compañeros y se dirigió hacia los pasillos con destino desconocido.