Synco
Capítulo 37
37
Miguel Serrano era una de las autoridades más célebres del régimen. Sus invitados personales, cada uno más excéntrico que el otro, se arremolinaban a su alrededor y convertían el sobrio cóctel en una experiencia surrealista.
—También nuestro país tiene un particular interés por Isla de Pascua, herr professor —le estaba diciendo Serrano a Stanislav Szukalski, el delgado y pálido artista polaco que formaba parte de su comitiva. A su lado, tres sadhus semidesnudos escuchaban atentamente la conversación—. No sólo por su posición estratégica en el océano Pacífico, sino también por su poder como punto mágico del continente. Pascua es uno de los vértices del Triángulo del Sur. Un vértice es Tiwanaku, que desgraciadamente aún no es nuestro, el otro es Pascua y el tercero es el volcán Melimoyu, en el sur profundo. Ese Triángulo es un cañón de energía que apunta hacia un punto específico en la Antártica; en ese lugar hay una piedra que, cuando despierte, comenzará a calentarse y a derretir el hielo hasta liberar a la Atlántida de su prisión de veintiséis mil años, con toda su riqueza de alquimia y tecnología intactas. Esa roca fue una pequeña luna terrestre que cayó sobre la Antártica cuando ésta tenía otro nombre: Atlántida. Y nosotros debemos ayudar a liberarla del conjuro bajo el cual se encuentra. Nosotros la ayudaremos a despertar. La Atlántida tiene poderosos enemigos, señores.
Martina se acercó silenciosamente al grupo. No estaba segura, pero le parecía que ese hombre alto y señorial, de cabello entrecano, era el canciller Serrano, uno de los hombres clave para intentar comprender la enmarañada tela que envolvía el nuevo espíritu de la nación. Lo escuchó hablar con la boca abierta, sus palabras eran hipnóticas. Se acercó otro poco más hasta que Serrano la saludó y la invitó a unirse al grupo.
Entonces habló Szukalski. Martina se fijó en su extraña corbata bordada de manutaras pascuenses.
—¿Cree usted que las fuerzas que están en contra de la Atlántida vienen del nuevo orden mundial, de los vencedores de la Segunda Guerra?
—Las guerras más terribles son las guerras secretas. ¿Quiere un ejemplo? Los selknam, habitantes de la Patagonia, eran descendientes de los atlantes que habían sobrevivido a la catástrofe, y que permanecieron cerca de su antigua patria esperando verla renacer algún día. Cuando en el siglo XIX la Golden Dawn se enteró de la existencia de los selknam, movilizó a partidas de ingleses para exterminarlos y borrar su recuerdo de la faz de la Tierra. Y así ocurrió.
»¿Por qué Chile es importante? Chile es un sendero, no es sólo un territorio. Es el camino hacia el otro lado. Pedro de Valdivia quería llegar a la terra incognita australis, más allá del Cabo de Hornos. Chile le interesaba como corredor hacia ese lugar de leyenda que él creía lleno de oro. Pero los que estaban ocultos detrás de los conquistadores sabían que esa terra incognita era la Atlántida congelada, la Antártica, y ése era su último objetivo tras la conquista de América. No habían previsto que los mapuches fueran a detener su avance. Ellos son los guardianes de la entrada.
»¿Y por qué no simplemente llegar por mar? Porque era mandatorio seguir el Camino del Inca, una ruta iniciática que había que agotar para que se abriera el paso a la Antártica real, no la que se aparece congelada al testigo novato sino una que vive traslapada, escondida para el que no puede ver. Chile completo es un corredor iniciático, o si se prefiere, una pista de lanzamiento hacia un “otro lado” en la Antártica.
—¿Está hablando en serio? No quiero ofenderlo… —irrumpió Martina.
Serrano rió con una risa sonora y profunda junto a Szukalski.
—No me ofende, señorita…, ¿cuál es su nombre?
—Martina Aguablanca, del gobierno de Venezuela.
—Señorita Aguablanca, la pregunta es apropiada. Y sí, estoy hablando en serio, al menos para aquellos que pueden oír.
—¿Y cómo es que nadie más sabe de esto?
—Saben los que deben saber, señorita.
Martina lo miraba con inquietud. ¿Este señor es el canciller de Chile? Más le parecía el predicador de alguna oscura secta noble. Pero recordó lo que buscaba y salió del trance.
—Don Miguel, quiero hacerle un par de preguntas, si no le molesta.
—Por supuesto que no —dijo el hombre, con la seguridad y el agrado de quien se sabe en el centro del escenario.
—Es acerca del poder…
—Enorme tema, grande como la historia de la humanidad toda —agregó pomposamente Serrano.
—Es acerca de Chile, ¿sabe? Me parece muy difícil de creer tanta prosperidad y estabilidad política en este país después de todo lo que pasó en 1973, don Miguel. No digo que haya algo extraño, pero hasta el momento no he podido entender este… éxito.
Szukalski miró a Serrano un tanto incómodo. La falta de delicadeza de la joven había destruido el aura mística que hasta entonces había rodeado la conversación; se despidió de ambos y se retiró, seguido por los sadhus y el resto de la comitiva que escuchaba las palabras del canciller.
—¿Y qué espera de mí?
—Sólo que me dé su punto de vista. Estoy trabajando en una tesis que intenta establecer el camino que deben seguir los pueblos latinoamericanos para superar las actuales crisis políticas. Algo que me ayude a entender cómo es que Chile consiguió salir del agujero. Quizá ayude a Venezuela y al resto de los países de Sudamérica.
Serrano se tomó la barbilla, pensativo.
—Usted conoce los poderes que hay detrás de los poderes, supongo. Detrás del gobierno de Chile estaba el gobierno norteamericano, detrás del gobierno norteamericano la Skull & Bones, la masonería y la gran sinagoga. Y detrás de ellos está el gobierno secreto mundial, dirigido desde el inframundo por los iniciados de Agartha. Ahora mismo hay sacerdotes mayas infiltrados en el Senado de Estados Unidos, y están en contacto con la Vía Láctea, que no es más que una gran inteligencia artificial utilizada por el reptil conocido como Jehová para programar un experimento del que somos sólo un componente secundario. La galaxia completa es maligna. Todo lo que puedo decir es que cada acontecimiento que ocurrió estuvo planificado por alguno de esos poderes secretos.
—Pe…, pero en Chile estaba interviniendo la Unión Soviética también —repuso Martina, intentando buscarle un sentido a lo que acababa de oír—. Esperaban desestabilizar al gobierno de Allende o que se derrumbara solo, para propiciar una guerra civil y luego implantar la dictadura del proletariado.
—Ja, ja, ja…, eso dicen, eso dicen. Pero detrás de la Unión Soviética están los mismos que finalmente mueven los hilos de Washington o el Vaticano —Serrano sonrió y se acercó a ella, como para decirle un secreto—. La verdad es que hubo un solo poder capaz de enfrentarse al gobierno mundial. Un poder que restauraría la Edad de Oro del ser humano, el verdadero ser humano, el ser de luz que llevamos dentro. Ese poder fue traicionado. Pero estamos investigando la manera de ayudarlo a retomar su posición.
—No entiendo.
—Ése es el secreto… Puedes gritar la verdad desde el centro de la ciudad, pero sólo será escuchada por el que tenga oídos.
—¿Tiene que ver con Synco?
Los ojos azules la miraron con sospecha. Martina cambió rápidamente de tema.
—Me han dicho que la guardia presidencial realiza sus ritos en estados alterados de conciencia, ¿es cierto, don Miguel?
—Esa pregunta está al borde de la imprudencia, señorita. Pero me encanta la imprudencia de la juventud, es el tipo de espíritu que nos salvará de perecer — Serrano habló ahora con otra voz, más profunda—. Cada territorio tiene una vibración particular. Nuestro continente vibra a seis megaciclos por segundo; el cactus llamado San Pedro nos hace vibrar a las personas a esa misma frecuencia, nos pone on-line; aunque no creo que usted esté familiarizada con esta noción, es muy avanzada. Como sea, el San Pedro es la llave de acceso a las redes de nuestro continente, él es la puerta, el camino, la verdad y la vida. Comer su cuerpo y beber su sangre nos permite hablar directamente con el territorio y actuar según su voluntad. «Hágase tu voluntad y no la mía».
—¿Los GAP son junkies?
Serrano frunció el ceño.
—Ellos son los guardianes del tiempo. La flecha biunívoca significa eso. Ellos son guerreros del tiempo. Vendrán labores más y más complejas para ellos y deben estar preparados. El San Pedro y sus psicoactivos son la contraseña para entrar en la malla de realidad del continente. Lo necesitamos para entrar en contacto con su mente… —se quedó callado de pronto—. Pero no sé por qué le explico esto, si no entenderá nada de todas maneras.
En ese mismo instante, un hombre alto, rubio y muy blanco se acercó a Serrano y le susurró algo al oído. Éste miró a la mujer de soslayo y apretó los dientes.
—Si me permite, señorita. No diré que ha sido un agrado conocerla —dijo, y se alejó a grandes zancadas.
A la distancia, Martina lo vio recriminando duramente a dos ayudantes mientras giraba para mirarla una y otra vez con el rostro enfurecido. Claramente ya no era bienvenida entre las autoridades del país. A unos metros reconoció a parte de la delegación argentina de tecnología, encargada de la misma labor que ella, investigar el modelo Synco.
—Hola, buenas tardes —los saludó, esperando que la repentina aversión a su persona no hubiera cruzado las fronteras.
—Martina Aguablanca, si no me equivoco —la saludó afectuosamente uno de los representantes argentinos—. Qué agradable sorpresa, che. Justo a tiempo para unirte a nuestra pequeña conversación. Te presento a los señores de la delegación de Brasil y México.
Tras las presentaciones de rigor, el argentino, un joven de unos veintiocho años, con una enorme sonrisa de muy blancos dientes, bajó un poco la voz en actitud cómplice.
—Estábamos hablando de las locuras que nos ha tocado ver a cada uno —dijo, y todos asintieron—. Cada una más grande que la anterior. Pero la que se lleva el premio es el costo energético del proyecto Synco.
Martina habría disentido ampliamente —no era ésa precisamente la locura más grande de todas—, pero prefirió seguir escuchando.
—Hemos averiguado que el costo de operación es descomunal. Este país está a pocos años de una crisis total de consumo energético, che. Y lo más escalofriante es el argumento que le dieron al compañero brasileño. En un momento de molestia, Flores dijo que no importaba si Synco consumía la energía de todo el país, si finalmente todos iban a trabajar para Synco. Así es. El proyecto se está devorando al país y las autoridades lo saben; además, parecen alentarlo.
—Pero tienen a medio mundo trabajando para encontrar fuentes de energía alternativas —dijo Martina—. Lagos me dijo que era algo que ya se estaba resolviendo.
—Pero, ¿has visto de qué se tratan esos proyectos?
—La verdad, no…
—Está en redacción una ley que va a obligar a los presos a pagar su pena en voltios. Van a instalar subterráneos en las penitenciarías, llenos de ruedas de hámster gigantes para que los reos corran todo el día generando electricidad.
—A mí me contaron de proyectos para instalar juegos infantiles especiales en los patios de los colegios, conectados a dínamos y condensadores.
—Yo supe que ya están proyectando cientos de galpones en las afueras de Santiago con correas transportadoras. Me dicen que van a tener caballos galopando día y noche sobre esas correas sin fin para generar energía.
—Dejando fuera los megaproyectos de energía solar en el desierto de Atacama, o los eólicos en la Patagonia, que suenan relativamente cabales.
—Perdoname, che, pero contratar a poetas, niños y criminales para el diseño de los campos de energía solar no es algo muy cabal.
—Lo de los volcanes es más descabellado todavía. Quieren contratar a machis como gerentes de producción para que ayuden a controlar el ímpetu de la actividad volcánica con rogativas programadas.
—¿Han oído que quieren erradicar los combustibles fósiles? Dicen que quemar cadáveres de animales para mover máquinas es evidentemente magia negra.
—Están locos. Todos estamos de acuerdo en que Synco es un monstruo que se está devorando a Chile. Es un aparataje descomunal que nace para servir a la gente, pero la gente terminará sirviéndolo a él. Ninguno de nosotros piensa recomendar el proyecto para nuestros países. Estos tipos están locos, Martina.
—¿Le contaste lo del Instituto de la Tradición?
—Ya oíste el discurso de ese tal Ziley Mora. Es otro demente manejando dineros públicos. Comanda un área completa de investigación de nuevas fuentes de energía. Pero está investigando la que emanan los chamanes quechuas en trance; estudia la manera de absorber la ira de perros contagiados con rabia y la energía corporal liberada por un orgasmo. Nos mencionó incluso la posibilidad de contar con ejércitos de mujeres conectadas a receptores y en permanente estado orgásmico. También ha organizado cuatro viajes a Isla de Pascua para investigar el «maná», que se supone era la energía que usaban los pascuenses para levantar los moais.
—Acuérdate que también dijo que había un programa de reclutamiento temprano de niños con habilidades psíquicas. Quiere niños capaces de mover dínamos con sus mentes. ¿Te das cuenta? ¡Están utilizando fondos públicos para rastrear a niños telequinéticos! Me contaron que pretende utilizar médiums para reclutar psíquicos, premios Nobel y poetas en el Más Allá para sugerirles que se reencarnen en tierra chilena a cambio de beneficios políticos. ¿Te das cuenta? ¡Son unos dementes!
Martina los miraba sin saber qué decir. De pronto, tras el hombro del representante brasileño, vio a dos GAP que se dirigían hacia el grupo. Su expresión hizo que todos se giraran hacia los agentes, que ya estaban a dos pasos de ellos.
—Señorita Aguablanca —dijo uno de ellos, con esa voz átona característica—, el canciller Serrano le ofrece sus disculpas por el inconveniente y le solicita que se acerque a su oficina para entregárselas personalmente.
Un no como respuesta estaba fuera de toda posibilidad, y Martina aceptó resignada. Se dirigió a la Cancillería, ubicada en el antiguo edificio del Banco del Estado, con un GAP caminando delante de ella y otro detrás, lo que la hacía parecer más una prisionera que una invitada. Arsenio la siguió a la distancia con la mirada. Poco después, ingresaron por un pasillo tapizado de gobelinos hasta llegar frente a una puerta de caoba, abierta.
—Adelante, Martina —la saludó cordialmente el canciller.
—Buenas tardes. Me pidió que viniera y aquí estoy —dijo ella, intentando parecer tranquila.
—Me dicen que abandonará el país esta noche. Es una lástima, me habría gustado conocerla mejor… La habría invitado a conocer mi casa en Valparaíso, tiene una hermosa vista a la bahía.
—¿Por qué me llamó, señor?
Serrano sonrió.
—En realidad, no sabemos qué pensar de usted, querida. Creemos que ha cometido un grave error y lo ha ido haciendo cada vez más grande. Le ruego que escuche a su embajador y deje de cometer errores que puedan ofender al gobierno que actúa como su anfitrión.
—No entiendo a qué ofensas se refiere.
—Entre otras cosas, conspirar contra el gobierno de Chile con esos cuervos…
—Ellos sólo me contaban…
—Lo único que le pido es que esta noche tome ese avión reservado para usted. De lo contrario, será considerada persona non grata por el gobierno y detenida por conspiración en contra del Estado chileno.
Martina escuchó sorprendida por la dureza del trato.
—Pensé que me había invitado a esta oficina para disculparse por la manera en que me dejó hablando sola.
—No, le ofrezco disculpas de antemano por el trato que deberemos prodigarle si no abandona el país. Ahora déjeme solo, por favor.
—¿Debo entender que me está expulsando del país?
En el acto sintió la pinza de acero de uno de los GAP tomándola del brazo y dirigiéndola con rudeza hacia la salida. En unos minutos estaba de nuevo en el Patio de los Naranjos, donde los invitados ya daban cuenta del almuerzo. Sola, despeinada y más asustada que antes, se acercó a una de las mesas y se sentó, pero no pudo comer nada. Reprimió una mueca de llanto, se tomó la cabeza con las manos y respiró hondo. Era el momento de renunciar y acatar.
Pronto, los organizadores pidieron a los concurrentes regresar a las tribunas en la Alameda para presenciar la segunda parte del desfile de homenaje. Martina se apostó en el mismo lugar que antes en la tribuna, pero no alcanzó a ver a Arsenio; su lugar parecía vacío. La tarde estaba calurosa y se puso sus gafas de sol de marco blanco, regalo de su padre. «¿No son demasiado grandes?», le había dicho cuando le entregó ese par de anteojos enormes como ojos de mosca.
Finalmente podría escuchar a Salvador Allende en persona. El compañero Presidente se acercó al estrado y se aclaró la voz antes de saludar a la concurrencia, que estalló en vítores y gritos de apoyo. Era amor correspondido con creces.
Allende habló de los más variados temas durante tres largas horas. Todos parecían extasiados ante cada frase exactamente recalcada, cada adjetivo perfecto tras cada sustantivo escogido con precisión. Realmente esa multitud era el instrumento musical más grande que Martina hubiera presenciado en acción, uno que era manejado con destreza por el compañero Presidente, que pulsaba teclas aquí y allá, guardaba silencios y arrancaba aplausos con una melodía a veces acompasada, otras frenética. La gente lo amaba. Cuando concluyó, los aplausos se extendieron duraron cinco eternos minutos, durante los cuales Allende tuvo que ponerse de pie una y otra vez para saludar.
El discurso terminó al atardecer. Las luces de Santiago, sin embargo, no se encendieron y poco a poco una especie de intimidad de la muchedumbre se hizo dueña del espacio. Quince minutos, media hora, cuarenta minutos en silencio, todos en una especie de misa secreta y muda esperando que la oscuridad se derramara sobre ellos. A una señal se encendieron uno por uno los treinta reflectores de seguimiento aéreo apostados a lo largo de la avenida; sus potentes haces de luz se elevaron como enormes columnas que parecían sostener un lejano dosel oscuro que flotaba sobre la ciudad. Una catedral de vacío para el rito más solemne del día.
Ocho helicópteros Huey Bell pasaron entonces a baja altura arrojando kilos y kilos de papel blanco, pequeñas tiras con nombres impresos que brillaban ante los reflectores. Dos integrantes de las Juventudes Socialistas abrieron las puertas de La Moneda. Potentes reflectores iluminaron también la boca del recinto. Desde su interior avanzó una hilera de mujeres menudas vestidas de blanco, como novias, como monjas, pálidas en sus túnicas o mortajas. La gente presenció en absoluto silencio el paso de estas ánimas sagradas que, casi ingrávidas, atravesaron el callejón fabricado de lámparas. Eran las Madres de Noviembre, los úteros sangrantes, los corazones atravesados de la patria. Las mujeres que lloraron al pie de la cruz de cada inmolado en el altar de la nación. Todas llevaban un relicario con un mechón de pelo sumergido en sangre colgando del cuello. Todas vestían camisa roja bajo el ropaje blanco, representando su corazón estallado en lo profundo, su derrame mortal, su propio desangramiento. Cuando los parlantes se atrevieron a romper la magia de esta aparición fantasmal, lo hicieron con suavidad, recitando pausadamente los nombres que la ciudadanía conocía: los de cada uno de los mártires de la Matanza de Todos los Santos.
Carlos Eulefi
María Paz Morales
Sebastián Barros
Rodrigo Vicens
Eugeni Guillem
Nicolás López
Luis Felipe Cortés
Jorge Wittwer
Bárbara San Martín
Francisco Estrada
Gabriel Benítez
Juan Fuentes
Sebastián Guzmán
Martín Cáceres
Francisco Javier Gómez
Gardenia Camui
Miguel Ferrada
…
La lista no se hacía larga, la gente recordaba esos nombres; algunos se habían vuelto animitas de culto, otros eran ejemplos en colegios, tenían calles, plazas o parques. Permanecían en el corazón del pueblo ligados a la más grande atrocidad cometida por el fascismo en el momento en que el país se encontraba en el suelo, moribundo pero luchando. Los asesinatos habían calado hondo. La mayoría eran jóvenes idealistas, verdaderos ejemplos de compromiso y valor, adolescentes luminosos que habían dado la vida por los derechos del pueblo. Ahora yacían bajo tierra, segados en la flor de su juventud, y constituían una pérdida irreparable para todos.
Mientras las madres avanzaban hacia un estrado dispuesto para ellas al otro lado de la calle, por los altavoces se oía una reseña de los hechos de noviembre de 1973. El orador recalcaba que las muertes no fueron en vano, que la matanza no destruyó el movimiento popular sino que, por el contrario, fue el punto de partida de un nuevo esfuerzo que culminó con el proceso conocido como «Reconstrucción Nacional». Pidió rendirles respeto a las Madres de Noviembre, porque ellas habían entregado a sus hijos como semillas a la tierra, habían regado sus tumbas con sus lágrimas para que inmensos árboles crecieran y dieran maravillosos frutos para bien del pueblo. Nuestra alegría, dijo, debe estar siempre consciente del dolor de estas madres y del enorme costo que tuvo nuestra prosperidad. Pues de su dolor al pie de cada cruz surgía nuestra salvación.
Martina tenía un nudo en la garganta.
El compañero Presidente bajó a la calle y se dirigió hacia el estrado. Ninguna de las mujeres se puso de pie, conscientes de su condición. Allende se detuvo a una distancia prudente e inclinó su cabeza en señal de respeto. Luego se acercó y saludó con delicadeza a la más anciana de todas. Le dijo unas palabras en voz baja, la reconfortó, le sostuvo las manos en las suyas y se las besó. Luego retrocedió tres pasos sin darles la espalda y volvió a inclinar la cabeza. Cruzó la calle en completo silencio, subió las escalas y retomó su lugar. Se oyeron algunos carraspeos, alguien tosió.
Rompió el silencio una banda de bronces. A Martina se le encogió el corazón al ver que en la calle se armaba con antorchas el signo de la doble flecha de los GAP. Instintivamente buscó a Arsenio, pero no pudo hallarlo. La banda avanzó tocando una pieza casi fúnebre, de sonidos guturales lejanamente similares a las trompas de los lamas tibetanos, y se encajonó en un costado para dar paso a un escuadrón de GAP que desfiló silenciosamente con su paso contenido, maquinal. Vestidos de riguroso café —como la Virgen del Carmen, patrona de Chile—, corbata negra y guantes blancos, sostenían en ristre sus AK-47. Al pasar bajo el estrado presidencial se quitaron sus lentes oscuros para ejecutar el célebre «paso del peregrino», su característico desfile con los ojos cerrados, el que simbolizaba su compromiso con la vida interior. El mito urbano propagaba que en realidad no tenían ojos, pues se los arrancaban al ser admitidos en el servicio. La gente los respetaba, los admiraba y les temía: pensaba que eran sobrehumanos.
Pasó el desfile de los GAP y entró en escena una nueva bandera, esta vez con un símbolo conocido para Martina: la famosa estrella roja de ocho puntas de Synco, sostenida por doce operarios vestidos con capas blancas. Detrás de ellos un escuadrón de flamantes Fiat 600 que contenían el microcomputador personal desarrollado por el Instituto Miguel Enríquez para los ejecutivos de terreno de Synco, una maravilla de la miniaturización que había causado asombro en la última feria tecnológica mundial en París.
El último Fiat 600 tiraba de un pequeño acoplado con el modelo «Atacama X-12», un moderno computador completamente inalámbrico de apenas ochenta kilos de peso. Desde el interior, un operario se conectó remotamente con las pantallas de bulbillos ubicadas sobre La Moneda y proyectó su propia imagen saludando al compañero Presidente. La multitud estalló en aplausos al paso del pequeño automóvil y su demostración de esta asombrosa tecnología en desarrollo.
Cerró el desfile un escuadrón de Hijos de la Patria, huérfanos y parias adoptados por instituciones estatales y educados intensivamente para desarrollar labores específicas al interior de Synco; algunos como operarios, otros como técnicos y algunos incluso como ejecutivos. Con un pañuelo blanco en alto saludando al Presidente, encabezaba el escuadrón el jefe del área norte de Synco, Sergio Melnick, un joven encontrado con un golpe en la cabeza y rescatado por funcionarios que lo acogieron, lo educaron y lo convirtieron en el ciudadano útil y entusiasta que ha llenado planas de diarios y revistas con su increíble historia.
Un número específico de niños se desmarcó de las filas y, en ordenada distribución, se acercaron a cada una de las Madres de Noviembre. Juntos saludaron a la multitud despidiendo la ceremonia, mientras el compañero Presidente se retiraba con su séquito hacia las puertas de La Moneda.
El desfile había terminado y Martina estaba exhausta. Intentó encontrar a Arsenio por última vez, sin éxito. Se sentía completamente sola, abandonada, frágil entre tanta gente extraña. Vio a dos grupos de GAP mirando en todas direcciones, como buscando algo. Agachó la cabeza e intentó confundirse entre la multitud. Ahora sólo restaba regresar al hotel y esperar el llamado de Arsenio para salir del país de una buena vez. No comprendía el alcance de los acontecimientos que había presenciado, pero si algo sabía es que tenía miedo. Ni siquiera ha pensado en el informe que debe redactar para su gobierno, quizá incluso durante el mismo vuelo. No sabe qué dirá, pero lo cierto es que la prosperidad chilena y su maravilla, Synco, le parecían sólo la punta de un iceberg muy negro que se hundía en profundidades que ella no alcanzaba a medir con propiedad.
De camino hacia el hotel, una mujer se le acercó. Era joven, de unos veinticinco años, rostro pálido, pelo negro muy largo, rasgos indígenas. Martina la miró de reojo, en cambio la mujer la observó fijamente mientras comenzaba a caminar a su lado.
—Yo estoy soñando todo esto, ¿sabe usted?
—Lo siento —Martina intentó eludirla—, no la conozco.
—Ése es el problema, pues, porque parece que yo a usted sí.
—No lo creo.
—A mí me golpearon en la cabeza cuando era chica y a veces me duele mucho y me acuerdo de cosas. Y me acuerdo de las mismas cosas pero diferentes, ¿me entiende?
—No, disculpe —Martina aceleró el tranco.
Diez metros más allá asomó entre la multitud la imagen inconfundible de un GAP buscando entre la gente.
—Usted debería estar con su papá en una casa por aquí cerquita, yo la vi una vez. Otra vez la vi paseando con un niño bien bonito. Los he visto a todos y me va a estallar la cabeza.
—Tengo que irme, de verdad —le ruega—. ¿Por qué no le habla a otra persona? Discúlpeme.
—Hay gente que anda caminando que debería estar muerta.
Martina desaceleró y la miró de frente por primera vez.
—Aunque no sé si sea cierto ahora, a lo mejor en otro sueño. Tuve uno donde la matan y otro donde la mataron ayer en su hotel. Pero hay otro en que usted es feliz en otro país y nunca volvió. Ni siquiera sé si estoy soñando ahora, ¿sabe?
Martina comenzó a desesperarse, quedaban cincuenta metros, la mujer ya no estaba a su lado, los GAP se multiplicaban, empezaron a sonar unas sirenas y un hombre gritó: «¡El comandante Proxy ya viene!». Todos los policías, los GAP y algunos civiles se dirigieron hacia él y se armó una estampida, un tumulto de gritos, forcejeos y desorden.
Corrió hasta el hotel. Al entrar, respiró muy hondo. Se acercó al mesón, donde un empleado limpiaba la cubierta con un paño.
—¿Tengo algún mensaje?
—¿Número de habitación?
—1321.
El empleado se inclinó sobre las gavetas y sacó un papel.
—Tiene una llamada de Arsenio Enrieta y seis del señor Michael Townley, que dejó su número —dijo el hombre estirándole el papel con una sonrisa.
«Gringo molestoso», pensó Martina guardando el papel en un bolsillo.
En el ascensor recordó a la mujer de la calle, a Armando Valdés, a Arsenio; pensó en el gran zoológico que había conocido en los últimos días. «Seguro que el suelo chileno está emitiendo algún tipo de gas extraño, no me explico de otra forma tanta locura». Suspiró, aliviada: aunque estaba segura de que alguien trataba de hacerle daño, de alguna forma en el hotel se sentía protegida. No sabía por qué.
El viaje hasta su piso se le hizo eterno. La puerta se abrió y entraron dos tipos vestidos con abrigos oscuros; uno de ellos se situó a su espalda y sorpresivamente le cubrió la boca con una mano.
—Cálmate, queremos ayudarte —le dijo al oído, pero Martina, desesperada, se largó a dar golpes y patadas con toda la fuerza de la tensión acumulada.
—¡No somos del gobierno! ¡Cálmate! Estamos tratando de ayudarte.
El segundo hombre sacó un revólver y le apuntó a la cabeza.
—Si quisiéramos matarte, ésta es la ocasión, y si fuéramos del gobierno no nos importaría hacerlo aquí mismo. Pero queremos ayudarte, ¿no lo entiendes?
Martina sintió la dureza del cañón contra su parietal derecho y se detuvo; respiraba agitadamente entre los dedos que la ahogaban.
—El GAP te está buscando. Hiciste algo que los tiene como locos y decidieron eliminarte. ¿Tienes idea por qué?
Martina negó con la cabeza y empezó a llorar.
—¿Vas a gritar si te saco la mano de la boca?
El otro levantó el martillo del revólver, Martina sollozó ruidosamente y negó de nuevo. Cuando la soltaron, se llevó las manos a la cara y retrocedió hacia una pared del ascensor con el llanto atravesado en el pecho. Estaba aterrorizada.
—Alguien quiere hablar contigo. No te vamos a hacer daño. Estás más a salvo con nosotros —dijo uno acercándose para tomarla del brazo.
—¿Adónde me llevan? —murmuró Martina entre sollozos—. ¡Salgo del país esta noche, por favor!
—Vamos a salir tranquilamente del hotel y vas a venir con nosotros. Te voy a abrazar y la pistola irá en tus costillas, así que nada de estupideces —dijo uno, apretando el botón del primer piso.
El otro miró a Martina, le alzó la barbilla, le ordenó el cabello.
—Está bonita esta mina.
Más tarde, el recepcionista declaró haber visto a Martina salir del hotel en compañía de dos hombres de mediana estatura, uno de ellos abrazado a la mujer. No alcanzó a verles el rostro, pero ambos eran morenos y de pelo negro, es decir, la descripción tipo para el setenta por ciento de los hombres chilenos. «Se veían apurados; la mujer no se sentía bien, parece, porque la llevaban afirmándola. Pensé que la llevaban al hospital o algo así. Por eso llamé a la Embajada».