Synco

Jorge Baradit · Capítulo 43 de 60

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Synco

Capítulo 41

41

Habían pasado dos horas desde que la sacaron del hotel. Hubo tres cambios más e infinidad de vueltas. Martina estaba agotada; sus captores no habían vuelto a abrir la boca. Por fin llegaron a unos antiguos galpones de concreto en la periferia santiaguina, que parecían haber pertenecido a algún matadero de enormes proporciones. Los hombres descendieron apuntando en todas direcciones con sus armas cortas. Una luz se encendió en la pared y las pesadas puertas metálicas del acceso se abrieron.

—No te saques la capucha —le ordenaron.

Percibía goteras y mal olor, pisaba agua. Se resignó a que dos gigantes la arrastraran por escalas que parecían no terminar nunca. Luego avanzaron por un pasillo donde la sensación térmica era más elevada. La soltaron frente a unos portones de latón y se alejaron dos pasos. La mujer esperó sin atreverse a mover un dedo y con la respiración agitada. ¿La irían a matar?

—Sáquese la capucha, señorita Aguablanca —le pidió una voz débil, nasal y arrastrada que salía desde unos parlantes de mala calidad—. Es un gusto conocerla.

Se vio en la entrada de una habitación muy amplia, de concreto desnudo, llena de aparatos y muebles de hospital; en seguida la rodearon niños en batas blancas que la observaron con curiosidad. En el centro de la sala, mal iluminada por una decena de bulbos parpadeantes, un cajón de madera que servía de catre parecía estar conectado a unos toscos y enormes computadores con placas de tubos al vacío, cadenas que sostenían celdas de energía y generadores de electricidad a diésel. Debajo del cajón, una piara de cerdos narcotizados y sujetos a mangueras que filtraban la sangre del enfermo yacían recostados en frazadas malolientes, con bozales, orinándose y gruñendo entre sueños. Sobre el catre, en un entramado de cuerdas y poleas que lo sostenían en vilo, entre ruidos de fuelles de respiración asistida y apenas visible, el cuerpo incompleto de Carlos Altamirano.

—Pero… todos dicen que usted está muerto.

—Así me he enterado —respondió el hombre con voz cansada. Apenas había movido los labios, era el micrófono amarrado a su laringe el que amplificaba su voz, un lamento distorsionado que se arrastraba desde los parlantes adosados a las paredes con cuerda y clavos—. La hija de Eugenio Aguablanca… —murmura—. ¿Y cómo está ese conspirador fascista?

—Muerto.

Altamirano suspiró.

—Como todos nosotros, finalmente.

Martina reparó en las agujas de acupuntura que cubrían el rostro de Altamirano.

—Estuve dormido durante dos años —dijo éste—. Me dieron por muerto tras desaparecer durante la masacre de noviembre. Caí acribillado por unas sombras que aparecieron sin aviso en nuestra casa de seguridad. Creo que todos mis compañeros murieron. Me escondieron en poblaciones leales y me mantuvieron con vida hasta que desperté. Cuando abrí los ojos, el mundo era otro mundo. Mi hermano, Salvador Allende, había pactado con la derecha una paz infamante. ¡Nuestros compañeros más valiosos habían sido asesinados por la derecha y Salvador había pactado con ella! — continuaba, con esfuerzo—. Observé con dolor que nuestro proyecto había sido desmantelado, tergiversado y perversamente reorientado. No me quedó otra alternativa que reorganizar las fuerzas y combatir desde otros frentes por la causa del pueblo.

—¿Por qué me dice todo esto?

—Necesito que entienda.

—¿Por qué?

—Usted parece estar involucrada en un importante acto de sabotaje contra el gobierno, algo que quizá nos sea de utilidad. Por eso necesito que entienda mi motivación y coopere con nosotros, señorita Aguablanca.

—¡¡Pero si no he hecho nada!!

—No es eso lo que dice inteligencia del Ministerio del Interior. Han desplegado un operativo de intervención de comunicaciones y espionaje de altísimo nivel. Usted está involucrada en el asesinato de un operario de Synco-central y…

—¡Otra vez con lo mismo! ¡Yo no tengo nada que ver con esa muerte! —exclamó Martina, sin moverse de su lugar—. Ese chico sólo me habló. Después no lo vi más… hasta las noticias en la televisión.

—¿Ve?, ya avanzamos. El chico le dijo algo. ¿Qué fue lo que le dijo?

—Me dijo que le contara al mundo la mentira de Allende. Nada más.

—Veo que va a ser una larga jornada, señorita Aguablanca. Usted es una agente de origen desconocido que logró entrar en contacto y asesinar a un técnico de Synco de clave naranja. Es la primera, se va a convertir en leyenda. Su jefe debe estar muy complacido. Pero más lo voy a estar yo cuando sepa lo que se guarda.

—¿Me va a matar después de que le diga todo lo que sé?

Un ronquido gutural lejanamente parecido a una risa llenó la sala.

—Espero que todo este operativo para capturarla haya valido la pena. Estamos a las puertas de una operación gigantesca, quizá la más grande que haya conocido jamás este lado del planeta, y nada puede quedar librado al azar. Necesito saber qué es lo que tiene aterrado al omnipotente gobierno de la UP.

Martina comenzaba a sentirse un poco más tranquila y decidió jugar una carta que la quemaba por dentro. Quizá este despojo humano podría darle alguna clave. No tenía nada que perder. Blufear suele ser una herramienta útil en casos desesperados.

—¿Puedo preguntar yo también?

Altamirano permaneció en silencio, quizá sorprendido por la audacia de la mujer, quizá curioso o enternecido.

—¿Unas preguntas? —una mueca extraña distendió la piel llena de pústulas del mutilado—, ¿de qué tipo?

—Mis dudas. Lo que me trajo a este país de mierda.

—¿Después podremos hablar de todo lo que yo desee?

—Por supuesto. Una por otra.

—Así me gusta, colaboración es el juego. Cuénteme, entonces.

Martina se acercó hacia uno de los lados de la camilla y todos los niños en la habitación se pusieron automáticamente de pie. Altamirano les hizo un gesto para calmarlos.

—Creo que mi padre murió por algo que está ocurriendo en Chile, algo que les pesa a todos, algo que esconden como una enfermedad. Quiero saber qué ocurrió realmente el 73. Hay algo muy sucio, muy extraño en todo esto.

Altamirano no contestó en seguida. Los niños se acercaron a verificar sus signos vitales en una ruidosa impresora de matriz de punto que no paraba de producir rollos de papel con informes sobre ritmo cardíaco y respiratorio. El corazón del mutilado se llenó de imágenes en blanco y negro de desfiles, banderas y consignas; recuerdos convertidos en una película hecha de sangre seca y vidrio molido, clavada en un corazón ennegrecido por el humo de las bombas y el keroseno.

—Estuvimos a punto de tenerlo todo. Eso fue lo que pasó —les hizo un gesto a los niños para que se retiraran al fondo de la estancia—. Estuvimos a punto de ganar el poder total para los trabajadores. Pero algo salió mal. Hagamos algo: yo le cuento y luego usted colabora con nosotros, ¿qué le parece? No queremos matarla, Martina.

Ésta asintió. Un niño, un rezagado de unos ocho años, salió bostezando y restregándose los ojos de debajo de la cama de Altamirano.

—De acuerdo. Quiero saber por qué mi padre dijo que Chile había vendido su alma al diablo. Que este país era una mentira. ¿Cuál es la mentira de Allende? ¿Synco es la mentira de Allende? ¿Qué pasó realmente en 1973?

Las luces titilaron un poco. Las máquinas claqueteaban, Altamirano parecía no estar respirando, la vista clavada en algún punto detrás de Martina.

—En 1973 —carraspeó el mutilado—, el Partido Comunista chileno había dejado de ser el interlocutor con Moscú. Su postura blanda y solidaria con el plan burgués de la UP había ofuscado al Komintern y los soviéticos decidieron considerarnos a nosotros, el Partido Socialista, como sus verdaderos aliados en el país.

Altamirano respiró con dificultad; los niños se acercaron pero él los rechazó con un gesto, escupiendo flema amarillenta mezclada con unos fragmentos oscuros. Uno de los niños la recogió con delicadeza desde las sábanas.

—Cuando el golpe militar era un secreto a voces —continuó—, recibimos informes desde Moscú que lo confirmaban para octubre de 1973. Nos pidieron sondear la disposición del gobierno de Chile para recibir armamento y tropas de elite soviéticas para combatir a los militares sediciosos. Me puse feliz, era la oportunidad de eliminar de raíz a los golpistas y hacerse del poder total para imponer los cambios radicales por los que luchábamos. Así se lo comuniqué a Salvador en agosto, y él pareció aliviado. Yo no sabía que Pinochet trabajaba en un plan de contrainteligencia para desmantelar el intento de los conspiradores. Después de su triunfo de septiembre, los soviéticos me informaron que sus tropas ingresarían de todas maneras en Chile, porque temían un nuevo golpe en el corto plazo e incluso una intervención norteamericana; ellos querían salvaguardar nuestra democracia. Pero cuando se lo conté a Salvador, ya no pareció tan feliz. Luego me enteré de las reuniones que estaba teniendo con la derecha, esos chupasangre y asesinos de obreros, para evitar que los hermanos soviéticos aseguraran nuestra victoria. Salvador era un pusilánime, pero jamás pensé que nos iba a traicionar de ese modo.

»Pese a todo, las tropas soviéticas no abortaron la misión: su interés era el pueblo chileno y no nuestras disquisiciones pequeñoburguesas. Pero no tuvimos tiempo para alegrarnos. Por las noticias nos enteramos de que el Nimitz y unas fragatas misileras de la US Navy habían interceptado al supuesto convoy mercante que traía los pertrechos y las primeras tropas de elite para la etapa inicial. ¿Recuerda ese incidente?

—Claro que lo recuerdo, en mi universidad nos manifestamos a favor del derecho de los países del Tercer Mundo para solicitar ayuda internacional de cualquier naturaleza. Pero esos buques iban hacia Cuba, ¿o no?

—Esas armas no eran para Cuba; eran para Chile, mi amiga. Para consolidar el triunfo del pueblo, legitimado primero en las urnas, luego en las calles. Fue un gran triunfo de Estados Unidos, finalmente; dijeron que la U.R.S.S. estaba provocando conflictos artificiales en América Latina con la ayuda de Cuba. La condena internacional fue unánime y las operaciones soviéticas en América Latina disminuyeron notoriamente desde entonces.

»A ese duro golpe se sumó la Matanza de Todos los Santos. La oligarquía no iba a quedarse de brazos cruzados mirando cómo los postergados les arrebataban sus granjerías y privilegios. Un torbellino de odio se abatió sobre Santiago, el apocalipsis que habíamos predicho y que nadie creyó. Desde ese momento, Chile se convirtió en un cementerio. Cientos de cuerpos aún no han sido hallados, cientos de nuestros jóvenes más valiosos, chilenos asesinados por la misma oligarquía con la que Allende ahora gobierna. ¿Lo puede creer?

»Cuando la sangre de esos jóvenes aún no se enfriaba, vino el programa de reconstrucción nacional, la consolidación del Ejército como garante de la democracia… y todo se fue al demonio.

»Salvador…, aún no lo entiendo. Después llegaron esos lunáticos a meterle ideas en la cabeza. A veces creo que me cambiaron a Salvador. En estos años han pasado muchas cosas extrañas, cosas que no podría creer si se las cuento. Como si hubiésemos torcido una esquina y nos encontráramos de pronto en otro país…, en otro planeta. Quizá estemos en otro planeta. Martín… —llamó a uno de los niños que vigilaba unos instrumentos al costado de su cama—. No tiene idea de lo extraño que se ha vuelto todo.

Altamirano volvió a refugiarse en un hondo silencio que hizo más evidente la cacofonía áspera de bufidos, engranajes, chirridos y claqueteos de la maquinaria que lo sustentaba.

Martina preguntó a quemarropa.

—¿Es usted el comandante Proxy?

Los niños rieron; Altamirano también.

—No. Yo no soy el comandante Proxy. Él es un iluminado, un aliado que pelea en el bando correcto; pero aún no entra en contacto con nosotros. Creemos que se manifestará en cualquier momento. Es cierto que sus métodos son un tanto… extraños, pero todas las formas de lucha son aceptables, ¿no es así, compañera?

Martina arriscó la nariz.

—¿A qué se refiere?

—Elimina a sus objetivos de un modo… raro, aleatorio. Destruye edificios abandonados, comete pequeños atentados innecesarios, escribe frases crípticas aquí y allá. Robos excéntricos: la cabeza de una muñeca, un libro en una biblioteca pública, un gato. Atentados indescifrables que quizá tengan un gran efecto en los eventos por venir. Ha asesinado a dos niños y a ocho mujeres embarazadas. Les deja… marcas que hielan la sangre de los forenses. Mató a la hija del general Bachelet en Berlín, una joven estudiante de medicina. Le parecerá increíble, pero dicen que eliminó a un niño absolutamente inocente, un tal Sergio de Castro, en la década de los treinta… Y muchos otros crímenes aparentemente sin sentido. Es una especie de guerrillero santo, un vidente que lee la mente de la patria y la protege de su propia historia.

»Hoy parece estar más ocupado que nunca. La infinidad de cosas extrañas que han ocurrido en el último tiempo lo han tenido trabajando duro en reorganizar nuestra historia. Nosotros vamos a ayudarlo…, en grande.

La mujer se acercó más y se apoyó en el armazón metálico al pie de la cama. Los niños se miraron, alertas.

—¿Cuáles son esas «cosas extrañas» que han pasado en Chile?

Altamirano suspiró largamente; tenía la mirada perdida en el techo enmarañado de la habitación. Hacia algún lugar del tiempo viajaba su mente, encerrada en ese saco de carne a medio quemar y cruzado de cicatrices. De pronto, miró a Martina.

—Lo que le voy a contar nos ha costado años de labor de inteligencia y decenas de vidas muy valiosas. Nos ha costado, por encima de todo, nuestra cordura. Espero que honre esta información, el cuchillo que abrirá sus párpados que hasta ahora permanecían cerrados —dijo el tullido, y sonrió con sus encías negruzcas y sin dientes.

Martina creyó ver un insecto moviéndose en el fondo de su boca y se le erizó el vello de la nuca.

—Allende se intoxicó con algo que estamos investigando. Quizá ni siquiera sea el Salvador Allende que conocemos, quizá sea un impostor, una suerte de golem elaborado con arcilla en Praga o qué se yo. Los GAP son unos monjes asesinos robotizados, capaces de tirarse a las ruedas de un tren a la mínima orden del Presidente. Chile se volvió loco, Martina. Synco crece y crece en el costado de la patria como un cáncer en el útero de la Pachamama. Ha desquiciado el territorio. La vibración de nuestra tierra ha variado. La nota musical que emiten las olas al reventar en la costa ha variado en medio tono. Ha proliferado el uso de ciertas palabras en desmedro de otras. Nuestros investigadores prevén consecuencias catastróficas de esas variaciones del lenguaje, sobre todo en la estabilidad de nuestros volcanes. Pronto esta medusa maligna penetrará todos los órganos del continente y la metástasis será inevitable.

»He soñado con el retorno del dios blanco a América, un Viracocha con ojos de kultrún emergiendo desde la cordillera como el cordón de la cicatriz de un parto. Synco, un dios hecho de cable y mente común, una colmena, establecerá la primera dinastía tecnológica de la historia —Altamirano hizo una pausa y rió como un anciano, con ruiditos agudos y saltarines—. Pero nosotros construimos un ejército de niños rompecódigos. Hemos educado a estos pequeños en los secretos de Synco y son los mejores, una nueva generación cultivada entre tubos al vacío y estrobos hipnóticos. Un batallón de soldados mentales que enfrentará con sus teclados un nuevo tipo de guerra para la que ellos no están preparados. Ya verá…, ya verá.

Martina lo miró con una expresión mezcla de compasión y asco. «Este tipo perdió algo más que las extremidades durante la Matanza de Noviembre», pensaba durante el discurso hipnótico del mutilado.

—Serrano le metió en la cabeza a Salvador que Chile era el país destinado a manejar los hilos del continente. Le mostró documentos, pruebas reales e inventadas, le habló de nuestra proximidad con la Antártica y no sé qué más. A través de Rauff contactó a un grupo de científicos que permanecían en la clandestinidad desde 1945, evadiendo la Operación Paperclip. Ellos aseguraron que podían levantar un programa espacial para Chile en el corto plazo.

—¡Un programa espacial! —exclamó Martina, un tanto superada por lo que oía —. Pero, por Dios, ¿de qué está usted hablando?

Altamirano esperó, como midiendo si quería continuar o no. El rostro de la mujer reflejaba desconcierto, no burla, de modo que decidió continuar.

—Para traer a Chile algo que les daría mucho poder. Traer algo… desde arriba.

Martina miró de reojo hacia todos lados, buscando alguna vía de escape cuando las cosas se desmadraran definitivamente.

—Le voy a contar la razón de nuestra lucha —continuó Altamirano con gravedad —: evitar que todo se siga distorsionando, devolverle la cordura a la nación y permitir que los procesos históricos sigan su camino.

Se mojó los labios delgados y resecos con su lengua ennegrecida por los hongos. Suspiró, carraspeó y comenzó el viaje.

—En 1908, en Tunguska, Siberia, cayó una piedra desde el espacio, provocando gran conmoción en el espíritu del planeta. Esta piedra, gema, objeto, lo que sea, se supone que era el corazón de un nuevo Cristo que se estaba preparando para venir: un Sagrado Corazón. Al parecer, los cristos se fabrican en órbita antes de caer a la Tierra e iniciar su labor destructora. Esa piedra negra es una fuente de poder inagotable, porque en realidad es un estallido atómico detenido, un agujero en nuestro universo, un sol negro. ¿Se imagina una pila de energía inagotable? ¿No suena útil, dado el consumo monstruoso y suicida de Synco? La gema viene a dividir a hermanos y amigos, a desatar la hecatombe en el siglo XX. Miembros de la sociedad Thule viajaron a Siberia y consiguieron hacerse con la piedra. La mantuvieron a resguardo hasta entregársela a una guardia de monjes guerreros negros, las SS. Usted sabrá que SS no significa Schutzstaffel, sino schwarze steine, piedra negra. La piedra negra le entregó invaluables servicios al Tercer Reich, entre otras cosas sirviendo de transcomunicador con los muertos. Así, la SS creó departamentos de cooperación científica entre profesores vivos y muertos de todas las nacionalidades y edades.

»En 1942, el científico Wernher von Braun traiciona al Reich y usa un prototipo de V-2 capaz de viajar en el tiempo para enviar la piedra a Estados Unidos y dejar a Alemania entregada a su suerte. En 1947, el misil V-2 aparece y cae en Roswell, Nuevo México, cuando Von Braun ya está secretamente a cargo del primer programa espacial norteamericano. Todo el proyecto Apolo es exclusivamente diseñado para llevar la schwarze steine a la Luna, mientras aprendían a controlar su poder destructor. Debían hacerlo antes de la década del setenta o el cronómetro interno de la piedra la haría estallar, por razones que desconozco; de ahí la promesa de Kennedy y la desesperada carrera por llegar primeros a la Luna.

»El grupo de Serrano, comandado por un anciano de apellido Kammler, le ofreció a Allende un programa espacial basado en la física escalar de Nikola Tesla para traer la piedra de regreso a la Tierra. Querían utilizarla como fuente de energía inagotable para las necesidades de Synco, parte de un futuro cerebro para el sistema que multiplicaría exponencialmente sus capacidades. Por supuesto, sus objetivos no eran necesariamente los mismos que los de Allende, pero eso fue lo que le ofrecieron: una especie de dios socialista, comunicado con otros planos de realidad.

—Y ese programa espacial, ¿se está desarrollando ahora mismo?

—Las naves se están fabricando en las ensambladoras de automóviles en Arica, y los motores, en un búnker bajo el morro de la ciudad —Altamirano levantó la vista para mirarla directamente a los ojos—. Serán platillos volantes fabricados según los planos dictados desde el futuro a una médium polaca en 1921. Sólo ahora contamos con la tecnología para fabricarlos. Cuando se consiga el objetivo, se instaurará una república nacional y socialista mágica, con sede en Chiloé.

»¿Sabía usted que Stafford Beer fue capitán de un pelotón de gurkas durante la Segunda Guerra Mundial?

»¿Sabía que el tema de la tesis de medicina de Salvador Allende, en 1925, fue la eugenesia? ¿Sabía que, como ministro del Frente Popular, en 1939, intervino para entregarle a la Alemania nazi una base de submarinos en el sur? ¿Sabía acaso que Salvador nació el mismo año del evento Tunguska, 1908?

—¡¡Basta!! —estalló la mujer, y de la nada aparecieron dos guardias armados que la flanquearon con bala pasada.

—¡Atrás! —les gritó Altamirano—. Estamos viendo la reacción ante la verdad.

La mujer se tomó la cabeza con una mano y giró para mirar al mutilado: se dio cuenta de que sus genitales estaban intactos; de hecho, parecía tener una erección.

—He visto cosas extrañas, pero esto es demencial; nadie en su sano juicio podría creer lo que me ha dicho. Le exijo que me deje en libertad, se está metiendo en graves problemas al tener retenido a un funcionario del gobierno de Venezuela —amenazó Martina, con voz temblorosa.

—Investigue —le pidió con voz calma el hombre en el camastro—; use sus contactos para averiguar qué hacen en Chile tres de los ingenieros involucrados en el Experimento Filadelfia, alojados como reyes en el Instituto Miguel Enríquez. Averigüe qué significan realmente las siglas CIA, ITT o IRT…

—¡Qué tiene que ver todo eso con…!

—¡Es lo que estoy tratando de decirle! ¡Con la schwarze steine quieren convertir a Synco en una máquina del tiempo y trasladar a todo el país, con gente, montañas, ríos y desiertos, hasta 1930! Ahí apoyarían al Eje con tecnología actual para ganar la guerra, luego pondrían la piedra en el centro de la Antártica para que su energía derrita los hielos y salga a la superficie la Atlántida. Sus tesoros tecnológicos les asegurarían la supremacía para siempre. ¡Ése es el plan real del equipo de Serrano!

Martina se acercó nuevamente a la cama.

—No sé por qué quieren matarme. No me interesa si quieren convertir a todo el planeta en una Disneylandia para marcianos. Lo que tengo claro es que no voy a creer que el gobierno chileno tiene platos voladores construidos por alemanes escapados de la Segunda Guerra…

—Existen. Hace cuatro meses probaron uno viajando fuera de nuestro plano, hacia otro Chile, donde las cosas son diferentes. Trajeron a un cabo del Ejército al que tuvieron retenido tres días, sometido a intensos interrogatorios, antes de enviarlo de regreso. Antes de que su imagen comenzara a perder definición les entregó mucha información acerca de cómo son las cosas en ese otro Chile. Ahora saben que en el pasado hubo una gran conspiración para derrotarlos.

—¿Conspiración? Para derrotar a quiénes…, ¿al ratón Mickey, que en realidad es un agente de la CIA pagado por el Vaticano?

Era una burla llena de tristeza.

—En el Universo Original, antes de sufrir su primera intervención externa en 1904, los alemanes ganaron la Segunda Guerra Mundial, eso todos lo saben. Luego, en el 2058, durante un decomiso policial de videos snuff en Los Ángeles, el gobierno americano encontró películas de la crucifixión de Cristo, reales, de origen desconocido. En ellas, Cristo dice «otras cosas» antes de morir en la cruz, detalles que llevaron a conclusiones importantes. Jesús no resucitó, sino que viajó en el tiempo gracias a unos excepcionales sistemas meditativos basados en el electromagnetismo. Por eso durmió durante dos días, acumulando la enegía que el cuerpo humano produce para descargarla de una sola vez al amanecer del tercer día. Por eso se imprimió la Sábana Santa, por el impacto de la descarga eléctrica que lo devolvió al pasado. Por eso encontraron la sábana vacía. Todos los seres humanos somos máquinas del tiempo.

»Con la tecnología desarrollada a partir de esas investigaciones, enviaron a 1904 al ingeniero Nikola Tesla para que comenzara a introducir material diferente y ayudara a los aliados a derrotar al Eje. Esa primera vez consiguieron que los alemanes no conquistaran Moscú. En 1943, Nikola Tesla fabrica el aparato del Experimento Filadelfia y regresa de nuevo a 1904 para conseguir nuevos logros y reiniciar el ciclo. Se supone que ya en el giro número cuatro consiguieron una victoria en Normandía para los aliados, pero sólo en el giro treinta y dos lograron un armisticio conveniente. Nosotros vivimos en el universo número cuarenta y cuatro, en el que consiguieron finalmente derrotar a Alemania, pero aún no han podido evitar la consolidación de la Unión Soviética. Tesla ya está en el universo cuarenta y ocho, y sigue en su batalla-samsara sin fin…

Martina lo observaba cansada, con la cabeza apoyada en una mano.

—En realidad, la Segunda Guerra Mundial se ha vuelto cuántica. Hoy se sigue peleando a una escala casi imperceptible para la gente común.

»Nuestro universo perceptible está lleno de incongruencias gracias a estos manejos irresponsables. Las batallas en el tiempo lo tienen convertido en una estructura frágil, sostenida con mucho esfuerzo por una serie de agencias y corporaciones estatales y privadas. Por debajo, nuestra realidad es atroz. Ésa es mi guerra ahora, Martina —concluyó el tullido, agotado.

La mujer estaba agobiada y tardó varios segundos en reaccionar. Tenía la mirada perdida en algún punto.

—¿Me va a dejar libre ahora? ¿O me va a matar porque no puede dejar a alguien ir por ahí con tanta información? —sonrió con tristeza.

—Estamos a las puertas de una enorme operación que involucra todo lo que acabo de contar, y necesito saber por qué usted removió los cimientos del gobierno de esta manera. Para quién trabaja y si debo matarla por ello. Nuestra operación es compleja y frágil; no podemos dejar ningún cabo suelto ni correr el más mínimo riesgo.

Martina caminó hacia la puerta de salida, donde uno de los guardias la detuvo. Se giró, deshaciéndose de la mano que la sujetaba con violencia.

—No tengo ni puta idea de por qué me andan buscando. Es más, creo que usted se lo ha inventado. A lo más me han hostigado un poco. Y ahora yo le voy a decir lo que va a pasar. Me va a llevar de regreso a mi hotel, voy a llamar a la Embajada para disculparme por no haber tomado el avión, y mañana me voy derechito al aeropuerto para salir de este manicomio que llaman país lo antes posible…

Uno de los niños se le acercó tímidamente y le tomó la mano. Martina lo miró y su enojo se deshizo en repentina ternura: su rostro era angelical. La invadieron las náuseas. El niño la soltó y volvió a su lugar.

—Lo que dice es cierto —murmuró—; no sabe nada. Es una caja vacía, parece muerta por dentro. Ve cosas que no existen.

Altamirano carraspeó, decepcionado.

—Gracias, Luchín.

—Déjeme ir.

—Hay una guerra mágica, ¿sabía? —prosiguió Altamirano a través de esa herida que a veces parecía una boca—. Es entre América y Europa, por eso el papa besa el suelo cada vez que llega a un país. Absorbe un poco de polvo, lo mezcla en la máquina alquímica que cada papa tiene en su interior en vez de órganos y se apodera del lugar durante la noche. Pura magia negra.

—¡Basta! No quiero escuchar más sus locuras. Por última vez, le ruego que me deje ir.

—Así que el famoso «incidente Aguablanca» era un fiasco —sonrió el hombre, apesadumbrado—. ¿Debo eliminarte ahora, hija del perro fascista Eugenio Aguablanca?

Martina sintió que un calor le subía por el rostro.

—¿Qué está diciendo?

—De tal palo, tal astilla.

—No le entiendo.

—Conspiradores y asesinos. El milico Aguablanca y su hija son la misma mierda burguesa y traidora.

—Deje a mi papá tranquilo, porquería —dijo Martina rechinando los dientes.

—Despertó la gatita… para defender a su papito.

—¡Cállate, huevón!

—No te preocupes, no tengo ningún interés en un cobarde que se pega un tiro como solución a sus problemas. Los socialistas no somos así.

—¡No tienes idea de lo que pasó, huevón de mierda! —masculló la mujer con la rabia iluminándole las pupilas.

—Sé todo lo que pasó —dijo Altamirano con sarcasmo—. La niñita de papi quiso jugar a la revolución para llevarle la contra. La pijecita jugando a la proletaria. Te acostaste con algún cubano después de la zafra, disparaste algunos tiros y ya. A aprenderse el manifiesto y citar frases del diario del Che, ¿no es así? Para molestar al papi y sacarle celos. Les abriste las piernas a sucios obreros para sacarle celos al papi milico, ¿eh?

—¡No tienes ni puta idea, monstruo asqueroso!

—¿Monstruo? ¿Quién es más monstruo? Tenemos fotos, hijita de papi. Tenemos fotos tuyas besando el cadáver de tu padre, besando una boca llena de sangre y aullando como una perra en celo. Los que llegaron primero te vieron chupándosela al cadáver de tu papi. Tuvieron que sacarte de ahí entre cuatro. Hay uno de nuestros agentes al que le debes la mitad de su oreja, perra loca.

—¡¡Cállate, conchetumadre!! —gritó Martina abalanzándose sobre la cama. Cuando se alteraba sólo le venían a la cabeza insultos muy chilenos.

Un guardia le dio un golpe de puño en el rostro y Martina cayó sobre las bolsas de orina bajo el catre de Altamirano. El guardia blandió su pistola y pasó la bala. Martina cerró los ojos, sollozando, mareada.

El líder hizo una pausa antes de dar la orden.

—Llévatela de mi vista, de inmediato. Déjala por ahí tirada.

El guardia le puso la capucha negra y la sacó a empujones de la habitación, mientras Altamirano golpeaba la cama con débiles puñetazos. Dos niños se acercaron al mutilado y le tomaron la cabeza con ternura.

—¿Por qué no la mataste, tío?

Altamirano los miró con verdadero cariño.

—Porque ya está muerta, niños.