Synco

Jorge Baradit · Capítulo 15 de 60

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Synco

Capítulo 13

13

La calle vacía, un edificio antiguo de tres pisos con mansarda casi desocupado, un departamento cercano al cerro Santa Lucía. El silencio amplificando los pasos sobre el mármol de la escalera. Tercer piso a la derecha.

—Buenas noches, camarada —saluda un joven delgado y de aspecto enfermizo. Es un novato. Se llama Bernardo.

—Buenas noches, camarada —responde un hombre maduro de pelo entrecano y aspecto señorial.

Los integrantes de la reunión son habituales, hay risas y bromas de difícil comprensión para el novato. No hay alcohol, sólo unas copas con un líquido turbio e indiscernible. A medida que avanza la noche la conversación se hace cada vez más pesada; parece ir tomando el peso de los años, de cientos de años, de miles de años. El lenguaje se torna oscuro, aparecen nombres antiguos, citas extrañas, los rostros parecen agravarse, el tiempo se ralentiza, los tonos graves dominan el aire. Pocos consiguen nadar en aquellas aguas, sólo los más viejos, los con ojos de niño. El aire se vuelve espeso, alguien se pone de pie y deja una estela oscura con el gesto; alza lentamente la mano derecha mientras, con mucho esfuerzo, posa la izquierda sobre su plexo solar. Luego traza unas líneas en el aire.

El novato, paralizado y aterrorizado, intenta convencerse de que todo es una ilusión producto del extraño líquido verdoso que bebieron antes de comenzar. Debe serlo; si no, ¿cómo creer que el anciano está dibujando un signo violeta en el aire con su dedo anular? Es un asterisco hecho con tres trazos. El dueño de casa intenta ponerse de pie también, pero fracasa, a pesar de que es uno de los pocos que podían moverse. Sus ojos azules brillan de gozo, como si estuviera siendo testigo de una epifanía. El anciano introduce el dedo cordial en el centro del asterisco, luego el índice y finalmente la mano completa. Hay un gemido y todo se marchita repentinamente. Los años se vienen encima como en un derrumbe sordo y una nostalgia aterradora oscurece los corazones. La luz vuelve a hacerse invisible y el aire se licúa de tristeza huyendo hacia las esquinas, arrastrándose como un lamento antiguo. La habitación se reduce a su formato original y los colores vuelan hacia las cosas que los contenían con prisa, como temiendo ser descubiertos en falta. Cuando la realidad se termina de ajustar a sus bordes, el anciano está en el suelo y respira con dificultad. Todos se abalanzan sobre él para ayudarlo. En medio de la conmoción, abre su puño derecho y enseña una diminuta piedra azul. Los asistentes caen al suelo llorando, algunos se arrancan los cabellos, otros llaman a sus madres y se tapan la vista. El novato está de pie, perplejo.

—Camarada… —murmura.

Uno de los asistentes lo abraza llorando.

—Repite conmigo, hijo. Nuestro honor es la lealtad.

El joven no entiende, pero la punta de una hermosa daga está apuntando hacia su corazón en medio del abrazo.

—N… nuestro honor… es la… lealtad, señor.

La daga gira en el aire y se le ofrece el puño. El muchacho la toma con delicadeza.

—Con esta daga matas a tu antiguo yo y te conviertes en la persona que ahora ves reflejada en su filo. Lo traes a este lado, como traeremos a los otros.

—Me siento honrado, camarada…

—Así debe ser.