Synco

Jorge Baradit · Capítulo 53 de 60

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Synco

Capítulo 51

51

—¡Álvaro Jaque, qué alegría verte, huevón! —saludó Townley con un abrazo a un técnico de IBM, al parecer el único que no había huido una vez declarada la emergencia. Era bajo y usaba unas pequeñas gafas de marco redondo.

—¡¿Querís decirme qué chucha está pasando, huevón?! —le gritó éste en el oído con voz chillona, deshaciéndose nerviosamente del abrazo—. He estado tratando de entrar a la red pública de Synco desde las nueve de la mañana, pero es como si no hubiera nada ahí. Intenté llamar a los huevones de control y producción, pero yo creo que ya están cruzando la cordillera. Me estoy empezando a asustar —gesticulaba como si tuviera un electrodo clavado en la nalga—. Llamé a mi casa, pero el teléfono tampoco funciona. Tú conoces a la Miwako, ser japonesa en Chile y no tener teléfono es un pésimo chiste. Va a pensar que no la llamo a propósito y que tengo una amante. ¡Y no hay televisión, huevón! ¡Hoy jugaban el clásico el Colo y la U!

—Pero, Alvarito, si no te gusta el fútbol.

—¡Eso no es lo importante, huevón!

Martina miraba estupefacta a este nuevo personaje, que prescindía de ella como si fuera invisible.

—Álvaro, tranquilo…

—¡¿Cómo querís que esté tranquilo, huevón?! —insistió Jaque, aleteando por toda la oficina—. ¡Si caga Synco se nos acaba la pega!

—Álvaro, enfoca —dijo Townley tomándolo suavemente por las solapas y mirándolo de frente—. Necesito que nos ayudes en algo sumamente importante, ¿me entendiste? Por favor, concéntrate.

Jaque se sacó sus pequeños anteojos y se restregó los ojos con energía.

—Okey, okey. Pero esto es grave, huevón, es supergrave.

Townley le estiró el papel donde había escrito el código. Martina miró al técnico con desconfianza.

—¿Qué es esta huevada?

Jaque se puso los lentes y se sentó en su escritorio. Tomó la nota, la volvió del revés, la puso a contraluz, emitió un par de sonidos guturales, la devolvió a la mesa y suspiró.

—¿Y esto es todo?

Townley y Martina se miraron sorprendidos.

—No tenemos más que eso —dijo la mujer—. Se supone que es algo muy importante.

El técnico se rió con una risita aguda y saltarina.

—Esto no sirve para nada. Es el nombre de catálogo de una cinta de los archivos de Synco. Una entre millones.

—No… no entiendo —murmuró Martina desconcertada—; se supone que tiene un significado oculto.

—Te lo explico en fácil. Tienes la ficha de un libro, no el libro. Y uno que pertenece a la biblioteca más grande del mundo —agregó Jaque con una sonrisa burlona—. Una aguja en el pajar más grande que puedas imaginarte.

Townley giró hacia la ventana y se apoyó en el marco, abatido.

—¿Estás completamente seguro de que no hay nada más?

—A ver, cómo te lo explico. Si eres espía, esto es como tener la dirección de la Embajada de la Unión Soviética.

Sólo Jaque se rió de su chiste.

—Ya entendí, ¿qué recomiendas?

—Bueno, ir a la biblioteca de Synco, que está vigilada día y noche por cuerpos de asesinos entrenados; encontrar la cinta, decodificar un sistema famoso en el mundo por su invulnerabilidad, leer el contenido y vivir un par de horas para contarlo.

Jaque miró el papel antes de devolverlo a su compañero de trabajo.

—Lo siento, amigo. Me habría gustado ayudarte, pero de verdad ahí no hay nada. Sea lo que sea que ocurrió el 31 de octubre de 1973, está muy bien guardado a kilómetros bajo tierra en las bodegas de Synco.

Martina lo miró con sorpresa.

—¿Por qué mencionas esa fecha?

Townley leyó nuevamente el papel y sonrió con incredulidad.

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—Qué tonto, ¡cómo no me di cuenta! Tantos años en Chile te convierten en chileno —dijo, mostrándole el código a Martina—. Ahí, donde dice 10.3173, ¿te das cuenta? Es 10-31-73, una fecha con el mes por delante del día, al estilo gringo. Finalmente, el pináculo del socialismo igual compra sus cintas en Miami.

La mujer tomó a Townley de la mano y tiró bruscamente de él mientras se despedía del técnico con la otra mano.

—¡Qué pasa!

—Vámonos inmediatamente de aquí. ¿Tienes las llaves del auto? —preguntó mientras bajaba las escaleras de tres en tres.

—Sí, claro, pero, ¿adónde vamos?

—A buscar nuestro pasaporte para salir de este infierno.

Fuera del edificio los recibió el estruendo de los aviones que atravesaban el cielo capitalino. Las columnas de humo ya se multiplicaban en la lejanía, y sólo papeles sueltos parecían habitar la calle. Algunos estallidos a la distancia hicieron temblar los ventanales.

—Martina, ¿dónde vamos?

—A casa de Pinochet, y rápido.