Synco

Jorge Baradit · Capítulo 29 de 60

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Synco

Capítulo 27

27

Carlos Altamirano tiene su ojo bueno desencajado y mira a un punto indefinido de la habitación. Casi no respira. Se muere. Su mano apenas se arrastra hacia un interruptor de plástico. Un timbre de campana rasga el silencio de los subterráneos con su alarido histérico. Todos corren desesperados, la cama del anciano se ve rodeada de niños que se tropiezan y hablan a gritos; algunos lloran, otros se abrazan, los mayores mueven mecanismos, abren llaves de paso, se escuchan martillos y órdenes. Cuatro mayores se suben a extrañas bicicletas sin rueda delantera y comienzan a pedalear frenéticamente, hasta que las ampolletas montadas sobre un mueble junto a la entrada comienzan a encenderse una a una. Los gritos cesan poco a poco, hay suspiros y voces tranquilas, sólo el más pequeño solloza en una esquina.

—Ponle unos temas de Charlie Parker —dice un mayor, dirigiéndose a la ventana que da al centro de control y evaluación del ilustre decrépito—. O mejor ponle esas grabaciones que lleva días escuchando. Déjalas girando hasta que despierte completamente.

La sala va quedando vacía, a excepción de los cerdos amarrados y sedados bajo la cama, y de los guardias que el mayor dejó a cargo de la vigilancia nocturna. El único sonido es el de los insectos que zumban dentro de las ampollas de vidrio que cuelgan del techo; ellos filtran el aire y la estática de la habitación.

Cada día circula menos gente por la sala. Altamirano da instrucciones en código morse a los batallones que duermen en las barracas sobre el nivel de su habitación. La dirección en terreno está a cargo de Martín, un musculoso adolescente que empuja un carro de madera con ruedas de motocicleta que contiene una enorme y pesada cámara de televisión. Son los ojos y oídos de «el Tata». Cada sala contaba con uno de esos carros, que recibían y enviaban imágenes al panel instalado sobre el cielo raso de la habitación del mutilado. Los rusos llamaban «Kontrol» a ese prototipo, un constructo caótico de pantallas y tubos al vacío, radios de onda corta, transmisores y micrófonos radiales que bajaban con elásticos y poleas hasta el nivel de la camilla de hospital, pintada blanca por Luchín, el regalón del tata.

Esa noche, Altamirano esboza una mueca ridícula, una sonrisa de borracho. Por los altoparlantes se oye la voz altisonante de un hombre luchando por emerger desde el océano de estática como una figura en la niebla, apenas audible, pero a la vez clara y contundente.

«… mente Radio Magallanes será acallada y el… de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa… Siempre estaré junto a ustedes… menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria…».