Synco

Jorge Baradit · Capítulo 38 de 60

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Synco

Capítulo 36

36

«¡El compañero Presidente es un padre para nosotros!», le gritaban en la cara al periodista extranjero. «¡Allende no se vende, compañero! ¡Dígale a la gente de su país que venga a Chile para que vea lo que es bueno!».

—¡Reelección permanente, Allende Presidente! —voceaba la multitud frente a las cámaras.

—Señor, para la Radio Televisión Italiana, dígame usted qué piensa del «ciberbolivarismo» propiciado por este gobierno para Latinoamérica —le preguntó un corresponsal a un concejal por Quilicura.

—Una federación, los países latinoamericanos unidos en una gran federación y coordinados por la tecnología de Synco para producir como una sola gran nación. Venezuela tiene el petróleo, Chile tiene el cobre, Brasil tiene la madera. El ciberbolivarismo es la respuesta para los postergados de América Latina. Y Synco será nuestro nuevo Ejército Libertador.

—¿Pero qué sistema político debería tener esa federación? En Sudamérica todavía hay guerrillas operando para desestabilizar las democracias. Y Estados Unidos no quiere izquierdas en su patio trasero.

—Socialista y democrático. No somos esbirros de Moscú. Tampoco de Washington, menos de guerrilleros trasnochados que todavía no se dan cuenta de que su permanencia es sólo la verificación de un largo fracaso. El pueblo decide en las urnas, y estamos tranquilos porque sabemos que éste es un solo continente y que es cuestión de tiempo su unificación bajo una sola estrella.

—¿Roja?

—Sí —el concejal apuntó hacia la boina del Che Guevara en la imagen monumental sobre el acceso sur de la Alameda—, pero de ocho puntas.

La Alameda estaba repleta desde la madrugada, cuando comenzaron a llegar desde todos los puntos grupos y familias con pancartas y banderas para saludar al compañero Presidente; ahora era un mar de lienzos y paños impresos con saludos y consignas, pañuelos y papel picado. Todos esperaban expectantes el arribo del invitado de honor. Martina se abrió paso a duras penas entre la muchedumbre.

—Tengo su nombre en la lista, pero aparece tachado —le dijo el guardia junto al acceso a las galerías para invitados extranjeros.

—No puede ser, soy funcionaria de gobierno de Venezuela.

—Le digo que aparece tarjada y así no la puedo dejar entrar, compañera.

—Pero…

—Por favor, le voy a pedir que se retire o llamo a la fuerza pública.

—Déjela pasar —dijo Arsenio Enrieta apareciendo de la nada por el interior del acceso—, ella viene con nosotros, y con eso me refiero al embajador de la República de Venezuela y su señora esposa —agregó mirándolo fijamente.

El guardia titubeó un segundo y luego la dejó pasar. Arsenio la tomó del hombro y la llevó a paso rápido hacia la tribuna.

—Tú siempre dando problemas, Aguablanca.

—Pero, Arsenio, algo horrible ocurrió ayer. Déjame al menos contarte…

Su amigo frenó en seco y Martina prácticamente chocó con él y con un dedo puesto a media altura frente a su rostro.

—Ni se te ocurra decirme nada. Todos están muy molestos con tus imprudencias. Hemos recibido quejas y señales claras de que ya no eres bienvenida en este país, de manera que ni se te ocurra decirme nada —le dijo mirándola con furia.

«A continuación, todos demos la bienvenida a Su Excelencia el Presidente de la República de Chile, doctor Salvador Allende Gossens». Martina estaba sentándose en la tribuna cuando todos se pusieron de pie al escuchar el toque de un clarín. Se paró también, y en el movimiento se le cayó el bolso, monedas y una bufanda. Hizo el gesto de agacharse, pero la mirada fulminante de Arsenio la paralizó en el lugar. Los parlantes ubicados a lo largo de la Alameda reprodujeron una ovación que parecía una ola de aguas torrentosas avanzando en ebullición por las calles hasta el kilómetro cero del país, el Palacio de La Moneda, donde emergió como una aparición la figura de un hombre de estatura media, porte altivo, bigote entrecano y anteojos de marco negro. Un corredor de carabineros le abrió camino desde las puertas del palacio al escenario al otro lado de la calle. En un alarde de confianza, el Presidente caminó solo, sin guardaespaldas, tan seguro se sentía del afecto del pueblo y de sus organismos de inteligencia.

Los dos minutos que demoró en cruzar y subir las escalinatas hasta el escenario fueron acompañados de un griterío ensordecedor, llantos, desmayos, consignas encendidas y demostraciones histéricas de afecto, sobre todo de aquellos que habían conseguido mejores ubicaciones y podían verlo de cerca. Martina adelantaba la cabeza para divisarlo y compartía con el resto de la gente la excitación de estar próxima a una leyenda.

La organización del evento esperó pacientemente que los vítores se detuvieran antes de indicarle al Presidente que saliera al palco. La aparición, esta vez en el punto más alto de la estructura, saludó con ambas manos haciendo estallar por segunda vez a la multitud enfervorizada. Ahí estaba, brillando como un hombre en su castillo.

«A continuación, les invitamos a entonar con alegría y respeto nuestro Himno Nacional».

Cuando comenzaron a sonar esos primeros acordes arrolladores, Martina entendió que aquello que te ocurre durante la infancia nunca te abandona. No pudo evitar acongojarse al oír la melodía que escuchara en su colegio de niña, y a su padre cantándola en la cena que todos los 18 de septiembre preparaban en su departamento de Caracas. Ese día ella no iba al colegio, su padre izaba una bandera chilena en el salón y se sacaban las cajas con fotos antiguas. Ella fue alejándose de esas prácticas de viejo nostálgico a medida que iba creciendo. Primero comenzó a burlarse y después a odiarlas, como sinónimo de todo lo malo que le sucedía a su padre, el viejo que se moría de nostalgia cada año que pasaba lejos de Santiago. ¿Por qué ocurrió todo lo que ocurrió? Es un misterio que Martina no ha resuelto. Quizá haya sido mejor: lo que había visto en Chile no se parecía en nada a las historias que el viejo repitiera hasta el cansancio en las tardes calurosas de la capital venezolana.

«A continuación, Ziley Mora, director del Instituto de la Tradición, hará una breve homilía en homenaje a nuestro Presidente».

Martina había oído ese nombre, no recordaba dónde. El hombre, de piel oscura, muy joven, hizo su aparición en el estrado, que se proyectaba hacia la calle unos metros. Dirigiendo una mirada hacia el palco de Allende, comenzó su alocución.

—Compañero Presidente, hoy la mapu está de fiesta, los peñis celebran la llegada de un avatar de Ngenechén con regocijo. Salvador no es sólo un nombre: usted es nuestro lonco, nuestro jefe, el que nos cuida, el que nos salva. Usted es la estrella, el que nos guía. Los salvadores tienen su estrella de Belén para indicar el camino; la suya es la estrella roja como la sangre mapuche, de ocho puntas porque es un doble kultrún girando en el espacio. Cuatro más cuatro es ocho, número sagrado; la carta ocho del Tarot es La Justicia, el equilibrio, el buen juicio, el poder bien utilizado. La estrella de ocho puntas es Venus, nuestra wuñelfe kushe sagrada, la que aparece en nuestra bandera, el origen del pueblo mapuche y nuestro destino en este largo viaje de aprendizaje. Venus es el lucero, el que trae la luz, la primera luz que aparece en el cielo en la alborada de la raza. Usted es esa primera luz que despierta a nuestro pueblo y lo guía, compañero Presidente. Usted es nuestro Salvador, con una estrella roja de ocho puntas en la frente. ¡Mari mari, eimi peñi! ¡¡Marrichiweu!! —gritó el orador levantando un báculo con forma de bastón de hockey, pero nadie lo siguió.

«Yo tampoco entendí nada», se dijo Martina.

Allende empezó a aplaudir y poco a poco una ovación discreta creció en el aire. Mora continuó con su báculo erguido indicando hacia el cielo hasta que uno de los organizadores le pidió discretamente que se retirara.

«A continuación, damos comienzo al desfile en honor del Presidente de la República de Chile, doctor Salvador Allende Gossens».

Todos se sentaron y Martina recogió sus pertenencias en silencio. El cielo de Santiago comenzaba a nublarse. La gente se agolpaba mirando hacia el poniente, donde un muro de aspirantes a oficiales de la Escuela Militar esperaba la señal para comenzar su presentación. Un gesto y el tambor mayor inició la marcha. Los tambores y flautines entonaron la marcha «Sigfrido», herencia de los instructores prusianos que marcaron a fuego el Ejército chileno desde la guerra del Pacífico.

Durante más de una hora desfilaron las casas matrices de las cuatro ramas de las Fuerzas Armadas, escuelas de suboficiales y regimientos. Detrás aparecieron los preferidos de la gente: las fuerzas especiales y sus extravagantes tecnologías admiradas en todo el mundo. Enormes jeeps-computadores tirados por caballos; hombres-antena con mochilas negras de donde asomaban antenas parabólicas labradas en cobre con motivos indígenas; gigantescos camiones con misiles Pillán guiados por pilotos suicidas, todos mapuches, todos con una bandera chilena envolviendo sus cabezas como pañuelos y saludando desde sus cabinas abiertas en la parte delantera, sobre la cabeza explosiva del misil; dos camiones Yagán 02 con bombas de vacío del tamaño de casas montadas sobre orugas mecánicas, bombas teledirigidas capaces de introducirse en territorio enemigo resistiendo los peores ataques antes de estallar en sus narices. Tras ellos aparecieron doce hovercrafts para reconocimiento anfibio, los mismos que habían desatado una gran polémica meses atrás, cuando el jefe de proyecto mencionara que estaban especialmente diseñados para avanzar por ríos, canales y quebradas similares a los del altiplano boliviano.

En seguida, y con gran jolgorio, un escuadrón de perros millatrewas avanzó custodiado por sus instructores. Los millatrewas eran criados con muchos cuidados, entrenados por el Ejército e intervenidos quirúrgicamente por especialistas que introducían explosivos plásticos de gran capacidad destructiva en los estómagos modificados de los canes. La gente los adoraba, y los niños eran quienes más disfrutaban con sus apariciones públicas. Luego, con su habitual gallardía, los pilotos de dirigible de la Fuerza Aérea: lo más granado del cielo chileno, todos ingenieros, todos músicos, todos comandos asesinos de gran eficiencia y sangre fría.

Cerraron el desfile militar cuatro camiones blindados con computadores remotos; eran los encargados de coordinar los movimientos del «soldado del futuro». Uno de ellos bajó de un camión rezagado enfrente del palco de Allende y lo saludó con el puño izquierdo en alto. La gente estalló en vivas y el Presidente se puso de pie para saludarlo. Era el proyecto más importante del Ejército chileno: un soldado comunicado inalámbricamente con computadores de campo que informaban en tiempo real la ubicación del enemigo, ángulos de tiro y datos de terreno obtenidos vía satélite. El soldado era corpulento, y aun así avanzaba con dificultad cargando los cuarenta kilos que pesaba el equipo, la extraña máscara y las mangueras que salían desde su traje hacia el fusil y las botas rodeadas de baterías de ácido sulfúrico.

—Están trabajando en su miniaturización —comentó alguien junto a Martina, en tono de disculpa.

—Qué bueno, o la guerra la va a ganar el lumbago —sonrió ella intentando ser amable, pero el tipo enarcó las cejas; las bromas no eran bienvenidas en medio de tanta solemnidad.

Una bandera chilena de diez por veinte metros, portada por niños de todas las provincias del país, indicó el inicio del desfile de las agrupaciones civiles. Pasaron dos escuadrones de Madres de la Patria con sus cinturones de TNT, y luego batallones de Obreros por la Defensa y la Producción enarbolando sus palas y picotas y cantando La Internacional. Más atrás, filas y filas de niños de la Escuela Nacional Unificada, con el batallón especial Down, celebrado por altoparlantes como una de las mejores iniciativas del Ministerio de Educación en su función de encontrar los talentos escondidos y la manera de hacerlos útiles a la patria.

Tras un vacío simbólico, anunciado como «el paso del trabajador olvidado, del mártir de la producción, del explotado muerto en la mina profunda, acarreando el salitre, ahogado en el mar o desfalleciendo de agotamiento entre las parras y manzanos del latifundio explotador», bajó a la calle Ziley Mora. Besó el pavimento y gritó algo hacia el fondo de la avenida, que nadie entendió. Pronto entró en cuadro el emblema del Instituto de la Tradición, una bandera blanca cuadrada con un gran asterisco rojo de ocho puntas toscamente dibujado en el centro.

—Salió en las noticias hace una semana —le comentó el mismo tipo de antes—. Mataron a cuarenta gallos de la pasión para dibujar esas líneas con su sangre.

Martina abrió los ojos como platos.

«Encargados de investigar las fuerzas mágicas, chamánicas y curativas de la sangre indígena original —anunció el orador—, forman el Instituto de la Tradición mapu kimun-ngülam, o los MK, como son conocidos por todos nosotros, a partir del interés visionario del compañero Presidente por recuperar el enorme caudal de sabiduría de sus habitantes naturales, origen de la sangre chilena y reserva moral de la etnia criolla toda».

—Sí, claro —murmuró el tipo arriscando la nariz—. El patio de juegos de Serrano sería una mejor definición.

Cuatro machis encabezaban el grupo. Detrás, contra todo lo esperable, un grupo de hombres y mujeres en traje de oficina desfilaban en bloque. Los que estaban más cerca podían distinguir los suaves tatuajes que cubrían sus frentes y la distintiva estrella-asterisco roja en la nuca, bajo la línea del cabello.

Cuando el grupo pasó, Mora besó nuevamente el pavimento y subió corriendo hacia el estrado. «Junto con celebrar el nuevo triunfo del pueblo chileno en las urnas, no podemos dejar de rendir un homenaje a aquellos que ofrecieron su vida para defendernos del fascismo, que en su hora más amarga intentara robar lo que no había podido conseguir en los altares de la República».

Se escucharon silbidos de reprobación, y luego un zumbido que Martina creyó identificar: poco después, tres Hawker Hunter cruzaron transversalmente la avenida con su estruendo característico. Los aviones viraron en un giro cerrado y se prepararon para una segunda pasada sobre la tribuna oficial, sólo que esta vez uno de ellos hizo una parábola ascendente simbolizando a los caídos durante los enfrentamientos de aquel lejano septiembre de 1973.

«Ésta es la última misión de vuelo de los gloriosos Hawker Hunter de la Fuerza Aérea de Chile, que este año descansarán en los patios del Museo de la Reconstrucción Nacional como mudos testigos de un acto valeroso y decidido en defensa de los trabajadores de nuestra patria». La gente rompió en aplausos y gritos de aprobación.

Cuando todos bajaron la vista, descubrieron que ya estaba en posición, aguardando al fondo de la avenida, una gigantesca tela blanca enrollada, llevada por hombres y mujeres de industrias estatales del país, con el nuevo escudo patrio aprobado en sesión secreta por el Congreso Nacional pocos días atrás. La noticia se había filtrado convenientemente a la prensa y todos estaban expectantes por ver las modificaciones de un símbolo tan querido por los chilenos.

A los sones del «Himno de Yungay», los obreros comenzaron a desenrollar la tela y con ello a develar el secreto. La estructura permanecía idéntica: ahí estaba el Kuntur, el cóndor desplegando sus alas, las formas doradas sosteniendo el conjunto, el penacho de tres colores, pero el tímido y frágil huemul, animal en peligro de extinción y carente de la fuerza simbólica para hacerse un lugar en el corazón de la gente, había sido reemplazado por una corpulenta serpiente rampante en forma de s, que miraba desafiante al cóndor en el otro costado.

«De esta manera —explicó el orador—, Chile le otorga el lugar que se merece a Tren-Tren, la serpiente mágica que habita bajo nuestros suelos y que es la representación viva de la energía tectónica de nuestro territorio, de su capacidad de ponerse de pie y arrasar con todo lo que se opone a su paso, símbolo de la tremenda fuerza del pueblo chileno. La serpiente, al igual que nuestro territorio, es un animal largo, extenso, lleno de fuego, una metáfora de la cordillera y sus volcanes, de sus terremotos, de su fuerza indómita.

»Desde hoy, el pueblo chileno tiene en su emblema un símbolo del cielo, el Kuntur, y de la tierra, Tren-Tren. La unión de los dos mundos, del norte aimara y quechua, y del sur mapuche y selknam. La unión de la mente-aire y del cuerpo-tierra. La serpiente y las alas. Símbolo americano por excelencia, además, se une hoy en nuestros corazones a nuestra querida bandera de siempre, para celebrar con regocijo el renacimiento patrio junto a nuestro guía, el compañero Presidente. Y para que a nadie le quepa duda de nuestra decisión, la enseña patria desde hoy reza “Con la razón y la fuerza”, para recalcar la decisión con que nuestro país enfrentará cada uno de sus dilemas de cara al futuro que nuestra nación se merece».

La multitud estalló en aplausos y hurras ensordecedores. Martina sintió que se le erizaba el cabello de la nuca cuando, espontáneamente, todos los asistentes comenzaron a cantar el Himno Nacional a capella. El Presidente se puso de pie, emocionado, y detrás de él lo hicieron todas las autoridades y el público en las graderías.

Así cerraron las actividades de la mañana. Eran las dos de la tarde y los invitados asistirían a un cóctel y un almuerzo de honor en los patios de La Moneda. Martina siguió a duras penas a Arsenio, que caminaba raudo hacia el palacio.

—Pana, por favor escúchame…

—No tengo nada que escuchar, Martina. Y te ruego que no des más problemas.

—Creo que estoy en peligro, pana, necesito la ayuda de la Embajada.

Arsenio se detuvo y Martina casi chocó con él.

—Cuando la Embajada de Venezuela te pidió que no dieras problemas, estaba de alguna manera pidiéndote ayuda también; tu deber es no deteriorar la relación entre nuestros países. Tú sabes que un incidente diplomático es algo serio. No eres libre de hacer lo que quieras, niña. Eres representante de todo un país, ¡¡y la estás cagando!!

Los ojos del hombre echaban fuego. Giró nuevamente y se perdió entre la multitud que avanzaba hacia la recepción oficial en el Patio de los Naranjos. Martina apuró el tranco, asustada. No quería perder la oportunidad de conversar con un par de personas durante el cóctel y temía que la organización se lo impidiera. Ahora, además, tenía claro que ya no contaba con el apoyo de sus superiores.