Synco

Jorge Baradit · Capítulo 12 de 60

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Synco

Capítulo 10

10

Un hombre bien vestido, pero con la vista perdida, se detiene en la calle mirando hacia el Hotel Carrera. «A esa ventana dispararon, los muy tontos. Pensaban que eran armas, pero eran cámaras de televisión», murmura con desprecio. Parece una imagen en blanco y negro mal sintonizada. Un perro lo esquiva asustado. Alguien le pide una moneda y el hombre no puede entender el lenguaje; intenta modular, su velocidad se desacelera, el aire se condensa como una gelatina transparente y le cuesta respirar. Se queda ahí, entregado a su angustia. Ve a una joven salir del hotel con actitud de esperar un taxi. La mujer gira hacia la pared y ve un rayado que la intriga: ¡El comandante Proxy ya viene!

 

—¿Quién es el comandante Proxy? —preguntó Martina al taxista.

—No tengo idea, compañera. ¿Dónde vamos?

—Esperemos a mi guía. Está llenando un formulario para circular de madrugada por la ciudad; técnicamente soy una extranjera.

—Sí, lo noté por el acento; parece cubana —agregó el hombre, distraído.

—Soy chilena, pero he vivido en Venezuela desde pequeña.

El taxista no parecía tan amigable como sus colegas de antes. Hubo un incómodo silencio hasta que el guía apareció con los documentos y entonces partieron.

Santiago no es Buenos Aires o Nueva York. Pasear de noche es más una experiencia poética que una actividad recreativa. Viejas construcciones que querían parecer francesas junto a edificios nuevos que querían parecer norteamericanos; barrios que recordaban lejanamente a París, minúsculas catedrales de hormigón simulando gruesa sillería medieval, parques que aspiraban a verse como jardines berlineses. Todo destilaba provincia, cada esquina quería ser un simulacro de otra cosa. Un país prefabricado con los restos de la modernidad, una maqueta o escenografía pobre, quizá para que los turistas no se sintieran tan a disgusto en este punto que pendía del mapa en las extensiones del fin del mundo. Santiago era como un parque temático de bajo presupuesto.

Pero esa sensación duraba mientras se observaba la arquitectura a ras de suelo. Desde la altura era otra cosa. Subieron al cerro San Cristóbal, que domina todo el valle sobre el que los españoles fundaran Santiago de la Nueva Extremadura, la capitanía más salvaje de toda la Conquista, un destino de castigo para cualquier castellano indisciplinado.

—Es más grande de lo que recordaba —dijo Martina, más al viento que a su guía, al que prácticamente había ignorado durante todo el viaje.

Los mudos dirigibles de Lan Chile cruzaban el espacio aéreo de la ciudad como cetáceos en un descomunal acuario invisible. Debajo de ellos el cableado en altura trazaba un techo virtual luminoso de gran belleza. Por el costado de las calles circulaban, también en silencio, los «pescados», como llamaba la gente a los modernos carros eléctricos del transporte público donados por el gobierno sueco. A lo lejos, hacia el horizonte de Pudahuel, se distinguían nítidamente las turbinas montadas sobre globos aerostáticos que recogían la velocidad del jet stream para convertirla en electricidad, que luego bajaba por delgados cables de carbono hasta las plantas convertidoras. A Martina se le escapó una risa nerviosa. Algo crecía en su pecho; al parecer, a pesar de todo, a pesar de la pobreza y el simulacro, estaba orgullosa de lo que habían logrado. Era por decir lo menos increíble que esta ciudad de mierda en el confín del planeta se estuviera convirtiendo en la nueva Camelot de la tecnología mundial. Un circuito electrónico del tamaño de todo un valle. Un edén mítico, la utopía hecha realidad. Era para reírse. Después de perseguir e imitar al resto del mundo, siempre con retraso, Santiago por fin se atrevía a inventarse un futuro propio.

—Señorita —le dijo el guía en voz baja—, es mejor que nos vayamos.

—¿Por qué?, acabamos de llegar y quiero…

—Los marines —la interrumpió, indicándole con el mentón al par de uniformados que observaban desde un costado—. Creo que van a molestarla.

—¿Son de Quintero?

El guía asintió.

La base de Quintero de la U. S. Army era conocida entre sus detractores como «la segunda Guantánamo». Una base estadounidense con tropas permanentes en territorio chileno y oficiales con fuero diplomático: algo realmente insólito en un Estado manejado por socialistas y nunca explicado del todo por las autoridades, a pesar de los continuos problemas que creaban los marines y la oposición tenaz de los adherentes al gobierno de la UP.

«Okey, volvamos al hotel», dijo, y comenzaron el descenso por las escalinatas. En la mitad se volvió para mirar por última vez la imagen blanca de la enorme Virgen del San Cristóbal, recortada contra el cielo oscuro de la capital: su rostro suplicante, quizá capturado en el momento de rogar que le entregasen el cuerpo de su hijo para darle sepultura y calmar así su alma desgarrada. Una madre llorando por el cuerpo de su hijo. Martina creyó recordar algo, pero en ese instante el taxista la llamó por su nombre. Era hora de retirarse.

El viaje de regreso fue un largo discurso panfletario acerca de los logros del gobierno de la Unidad Popular. Las obras viales, la red energética más sui generis del planeta, la reforma estudiantil y un largo etcétera. Martina casi no escuchaba. A ras de piso Santiago le producía escalofríos. Era todo digno de admiración, pero no era su país, aunque sintiera cariño por él. Regresar no es volver. El futuro es siempre un país extranjero, y el pasado la patria perdida. De todos modos, cómo le gustaría poder mostrarle este nuevo Chile a su padre, manifestarle que quizá estaban en lo correcto y él se equivocaba, que la llegada de los socialistas no era el fin de los tiempos. Que Allende no era el demonio encarnado. Ella también quería creer, era tan hermoso creer.

Se sentía más sola que nunca, ahora que volvía a su primer hogar. Tampoco sentía que Venezuela la esperara. Ahí, en medio de la noche en una ciudad semidesconocida, descubrió que su patria había sido su padre, y ahora estaba muerto. No sintió tristeza, sino una sensación de extraña irrealidad.

De pronto, las calles cobraron vida. Vio grupos de gente oscura entrando por los callejones, con pancartas y lienzos enrollados bajo el brazo. Todos sonreían y se movían con soltura, parecían los dueños de la ciudad. En el Parque Forestal Mártires de Noviembre se estaban levantando carpas fabricadas con frazadas y lonas impresas. Eran los trabajadores de Chile que peregrinaban a Santiago a rendirle culto a su líder. Un ejército alegre y leal que venía desde todos los rincones del país a agradecerle sus conquistas a Salvador Allende, nuevo padre de la patria popular. Se preparaba una fiesta. Algo grande iba a ocurrir. A Martina se le encogió el corazón al descubrir que, siendo socialista, esas masas anónimas le producían temor, la hacían aferrarse al asiento y sentir alivio cuando quedaron atrás y el taxi enfiló por una Alameda Bernardo O’Higgins más iluminada y custodiada por la policía. Al mirar hacia atrás, tuvo lo que seguramente era una alucinación: algunas de esas personas parecían brillar con una luz que le produjo náuseas.

Cerró los ojos y meneó la cabeza.

—¿Falta mucho? —murmuró casi para sí.

—Algunas cuadras, pero, si se fija, en unos instantes tendremos a la vista el cerro Santa Lucía —dijo el guía con entusiasmo—. Si gusta podemos bajarnos para que se tome una fotografía junto a la entrada del Centro Informático Central Synco, famoso en todo el mundo por ser una de las maravillas de la ingeniería moderna. Está construido dentro del cerro y se extiende cientos de metros bajo tierra, hasta…

—No, gracias —interrumpió ella con cansancio—. La verdad, preferiría que fuéramos directo al hotel.

—Como usted guste, compañera.

El taxi avanzó por la Alameda a velocidad regular. Martina vio al pasar el enorme logo de Synco hecho de cobre que remataba la entrada al centro del Santa Lucía.

—Esa estrella está por todos lados —dijo.

—Yo me acuerdo perfectamente de la primera vez que la vi —dijo en voz alta el taxista.

Martina y el guía se miraron sorprendidos; el conductor había parecido mudo durante todo el trayecto y de pronto se encendía como un juguete a baterías.

—Fue cuando nos juntamos con los compañeros que habíamos ocupado la industria, para el intento de golpe del 10 de septiembre. Nos juntamos en la casa del compañero Sanhueza a ver el discurso del compañero Allende, el de «la fiesta de noviembre», cuando anunció que habíamos detenido a los fascistas y que todos éramos héroes de la revolución. Me acuerdo que ahí, abajito en la tele, a la derecha, vi por primera vez el dibujito de la estrella. Yo le decía a mi socio: «¿Qué será esa cuestión?». En esa época no tenía idea. Mire usted ahora todo lo que ha pasado —y cerró su inesperado comentario con una risita ronca que sonó casi como un ahogo.

Martina no dijo nada, sólo miró hacia la calle. Distinguió a media distancia a otros dos marines. Salían de un bar tambaleándose. Sí que era extraño verlos en la capital de la socialdemocracia occidental; allí afuera, en el mundo real, la Guerra Fría arreciaba y aquí, en la propia casa del enemigo, se emborrachaban muy sueltos de cuerpo.