Synco

Jorge Baradit · Capítulo 4 de 60

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Synco

Capítulo 2

2

Jueves 6 de septiembre de 1979

10:30 AM

 

«Se ruega a todos los pasajeros enderezar sus asientos, fijar sus bandejas y ajustar su cinturón de seguridad. En unos instantes iniciaremos el descenso sobre el Aeropuerto Internacional Poeta Pablo Neruda de Santiago».

—Casi llegamos y todavía no entiendo muy bien lo que me estás contando —le susurró el delegado sin mirarla a la cara.

Martina hizo una mueca de profunda molestia, apretó las mandíbulas y miró al hombre a los ojos.

—Lo encontré muerto, ¿okey? ¡Entré en su habitación y estaba muerto! —dijo contrariada, levantando la voz—. ¡Yo tuve que recoger a mi padre del suelo y limpiarle la sangre con mis propias manos mientras llegaba la ambulancia!

El hombre tragó saliva y miró de reojo al resto de los pasajeros.

—No fue mi intención molestarte —dijo en voz baja—. Sólo quería conocerte un poco más y…

—¡Es que sí me molestái! —exclamó Martina, disparando su acento chileno desde el centro de algún recuerdo muy visceral, con olor a humo y gasolina.

Luego suspiró mirando hacia la ventanilla y dejó que el rumor del avión llenara lentamente el silencio entre ambos.

En esos momentos todos miraban hacia afuera, deseosos de sorprenderse con Santiago de Chile, la capital más lejana del mundo, en el país más escondido de todos, donde un milagro había ocurrido. La sensación de descubrimiento y de aventura que llenaba las miradas de los turistas que se agolpaban junto a las minúsculas, sucias y rayadas ventanillas del Tupolev de fabricación soviética la terminó de hartar. Ella no venía por simple curiosidad, ella no era otro turista más. Martina era una chilena que regresaba. No sabía exactamente a qué. ¿Se puede regresar a un nebuloso recuerdo hecho de fragmentos inconexos? Fue el 6 de septiembre de 1970. Había ganado la izquierda y don Eugenio Aguablanca, general de Ejército de brillante carrera, pedía sorpresivamente su baja y abandonaba el país con su única hija. No iba a quedarse a ver cómo la UP incendiaba el país, según sus propias palabras. Él iba a proteger a su hija. Martina tenía quince muy ingenuos años entonces, no tenía idea de dónde quedaba Venezuela y no entendía por qué debía abandonarlo todo por culpa de un tipo de apellido Allende.

«Señores pasajeros, si miran a su derecha podrán apreciar la majestuosa cordillera de los Andes enmarcando la capital de Chile. A su izquierda, los valles que han hecho famosa la fruta chilena más allá de sus fronteras».

—No sabía…, es decir…

—Mira, pana. Yo vengo contigo porque el gobierno nos puso en el mismo vuelo. Si crees que vamos a jugar a las casitas durante estos días, mejor anda buscando otra amiguita porque a mí no me vas a ver ni la cola, ¿me escuchaste?

«Martina», pensó el delegado. Le habían advertido de su carácter, así que giró el rostro y le hizo una mueca de desagrado a otro de los funcionarios venezolanos, sentado dos filas más atrás.

Desde que su padre la había dejado «viuda», como ella decía, un año atrás, la necesidad de volver había crecido dolorosamente en su interior. Quería ver Santiago de nuevo, y quizá de esa manera podría verlo a él también otra vez, sentado en un banco del Parque Forestal o almorzando con sus amigos en un restaurante de Providencia. O en la casa de la calle Condell, donde habían tomado esas fotos de colores desteñidos y casi fuera de foco donde salían abrazados. Por eso volvía, para verlo nuevamente y entender aunque fuera un poco la extraña locura de sus últimos días.

Cuando le propusieron integrar la delegación venezolana que viajaría a Santiago de Chile, casi saltó de su asiento para aceptar. «Asistirás a los actos de celebración por la reelección de Salvador Allende y te entrevistarás con el ministro de Nuevas Tecnologías, Fernando Flores y otros personeros. Queremos saber más acerca de Synco; nos interesa estudiar la posibilidad de ejecutar algo semejante en nuestro país», le habían dicho solemnemente. Su jefe, un viejo socialista, testigo del increíble renacimiento de un Chile sumido en el más absoluto de los desórdenes, siempre les decía, refiriéndose al compañero Allende y a Synco, su proyecto estrella: «No lo creerán hasta que lo vean». El compañero Allende. El mismo que la sacó del país la traía de regreso.

«Señores pasajeros, estamos a minutos de aterrizar en territorio chileno. Son las 10:34 a.m. y la temperatura sobre la ciudad de Santiago es de catorce grados Celsius. Para hoy se espera un día cubierto de nubes y unos gratos veintidós grados de temperatura máxima».

Martina Aguablanca, periodista, veintitrés años, miembro de número del partido socialista caraqueño, empleada menor de una oscura repartición del Departamento de Tecnología y Energía del Ministerio del Interior venezolano.

—¿Por qué crees que me eligieron a mí para ir a Chile, Marcelita? —le preguntó a su mejor amiga el día antes de salir de Venezuela.

—¡Pero qué pregunta, chica! Porque tu papá conocía a la mitad de los tipos que ahora gobiernan.

—Era amigo del general Pinochet también.

—¿En serio?

—Dicen que, si no se hubiera venido a Venezuela, él habría estado al mando en 1973. Voy a ir a ver a Pinochet incluso. ¿Quieres su autógrafo?

—No te creo nada, chilena mentirosa —le respondió riendo su amiga antes de despedirse con un sonoro beso y colgar el teléfono.

«Señores pasajeros, de acuerdo a la legislación chilena, la torre de Santiago tomará el control de nuestro avión a través de un sistema remoto de navegación por ondas de radio. Se trata de un procedimiento normal en este aeropuerto, que impide acciones terroristas o errores de coordinación y hace del aterrizaje un proceso mucho más seguro para todos».

—Empezaron las sorpresas, compañera —dijo el delegado sin mirarla, con una sonrisa en los labios.

El aterrizaje fue muy suave. Cuando el Tupolev finalmente se detuvo, todos comenzaron a salir con apuro del avión. Martina prefirió esperar en silencio. Quería disfrutar nítidamente el momento. Luego respiró hondo y tomó su equipaje de mano. Cruzó el pasillo pensando en qué ocurriría cuando pisara suelo chileno. Salió caminando con lentitud, moviendo como una bandera su pelo rojo: «largo como pena de viuda», le decía su tía Clara. Una niña de quince años se levantó del asiento y fue creciendo a cada paso que daba hacia la salida. Atravesó el umbral del avión encandilada. El aire fresco de septiembre le llegó de costado. La luz se ajustaba; la cordillera y los cerros de Colina, al norte de la ciudad, estaban a la vista. Respiró hondo y cerró los ojos con suavidad.

«No siento absolutamente nada», pensó, decepcionada.

No hubo encuadre dramático ni fanfarria emotiva, sólo una brisa leve, los cerros resecos por el sol y nadie esperándola en las terrazas del pequeño aeropuerto de la última capital del planeta. Omnipresente, el logo de Synco: un círculo rojo con ocho líneas radiales rematadas en círculos más pequeños. Omnipresentes los afiches y las fotografías de propaganda con frases y rostros desconocidos.

Venía a celebrar el éxito del primer gobierno socialista en Chile, pero también a reconocer el país de su padre, el país que se lo devolvió hecho un guiñapo humano, asustado, irreconocible. Todos celebraban, ella guardaba una piedra en lugar del corazón.

Cruzó la losa casi con sospecha. «Regresar es un verbo mentiroso. Uno siempre llega por primera vez».

—Buenos días, compañera… de la hermana República de Venezuela. A nombre del compañero Presidente y del pueblo chileno, le damos la bienvenida a nuestro país —le dijo el oficial de inmigración con una sonrisa llena de dientes amarillentos.

Las cabinas de inmigración estaban construidas en madera y metal. Gruesos cables salían desde el techo hacia unas tuberías que recorrían todo el edificio. En su interior, dos televisores Motorola sin sus cajas se inclinaban sobre el operario, que repasaba las fotos y los datos de quienes ingresaban. A su lado, en una ranura, se insertaban las tarjetas de los pasajeros y sólo un par de minutos después, en las pantallas, se desplegaban unos cartones rotulados a plumón con sus antecedentes completos y la autorización de ingreso. Los sistemas de clasificación y entrega de equipaje también estaban completamente automatizados. Los subterráneos estaban llenos de operarios y calígrafos que rápidamente generaban los cartones que se dispondrían frente a enormes cámaras de televisión Hasselblad, donadas por la RDA.

Tras retirar su maleta y dirigirse al exterior, Martina se reunió con el resto de la delegación, una banda de políticos que con suerte se dignaría a dirigirle la palabra; ni pensar en compartir con ellos. Cumpliría con su parte en los actos oficiales, se entrevistaría con Flores y los demás, y luego haría su vida. Se despidió de cada uno con los besos de rigor y les prometió visitas que nunca haría.

—¡Taxi! —gritó.

Apareció un pesado Chevrolet con un extraño aparato negro erizado de antenas sobre el techo.

—Al Hotel Carrera, por favor.

—Cómo no, compañera —dijo el taxista con entusiasmo. Martina supo que iba a terminar odiando la palabrita esa—. Tan solita que anda. ¿Nadie la vino a buscar?

Martina quiso eludir ese diálogo.

—¿Qué es todo esto de aquí atrás? —preguntó al ver un pesado equipo de radioaficionado conectado por cables a una pequeña pantalla.

—Es una t-Syn, compañera.

—…

—Significa «terminal Synco» y es parte del equipo obligatorio de todo taxista en Chile —agregó el hombre con cierto orgullo—. No se preocupe si no lo entiende; la verdad yo tampoco entiendo mucho, pero es parte de lo que el gobierno del pueblo hace por nosotros, para que seamos personas bien informadas y mejores socialistas — concluyó, con el convencimiento que dan las frases aprendidas de memoria.

Martina sonrió mirando hacia las primeras casas que aparecían por los costados de la carretera, todas rematadas con el mismo equipo negro lleno de antenas. Se veían fantasmales. Era extraño, no parecían estar ahí. ¿Una terminal en un taxi? Quizá sí era cierto todo lo que le habían contado. Su admiración por la Unidad Popular sólo se igualaba al temor a desencantarse una vez que la conociera de cerca, pero, por el momento, el despliegue gubernamental la mantenía expectante. Tal vez el milagro era real después de todo.

La brisa entraba por la ventanilla. «Avanzar sin transar», rezaba una valla caminera con el rostro de Allende. Se sentía extraña en medio de esa geografía tan diferente, tan seca, tan pobre. Chile parecía áspero comparado con la exhuberancia venezolana, aunque la brisa lo arreglaba un poco. «La brisa de septiembre en Chile es lo mejor del mundo», le decía su padre en esas tardes de humedad insoportable de Caracas. ¿Y si todo fuera cierto, papá?

—¿Qué la trae por Chile, compañera?

—Las celebraciones por la reelección de Allende —contestó con indiferencia.

El taxista se rió con extraños sonidos que despertaron a Martina de su letargo.

—¡Le sacamos la cresta a la DC…! Estaban bien locos si pensaban que iban a ganarle a Allende. Ese palotieso de Frei casi se murió cuando el compañero Presidente aceptó ir a la reelección. Ahí supieron altiro que no tenían na’ que hacer — reía entre extraños rugidos—. Creían que la gente se iba a olvidar de que ellos anduvieron apoyando el golpe del 73. Creen que la gente es tonta…

—¿Allende no iba a la reelección?

—No, poh. Pero una concentración de trescientas mil personas convence a cualquiera, ¿no cree usted?

—Lo quieren mucho, ¿no es cierto?

El taxista se enderezó en el asiento, carraspeó y sacó su voz más solemne.

—El compañero Presidente es como nuestro padre; nuestro guía, como se dice. Él nos defendió metralleta en mano y no reculó, como esos otros que se arrancaron para Argentina. El compañero Presidente salvó al país de caer en manos de los fascistas y nos dio dignidad. Viera usted cómo aplaudían a la selección chilena en el mundial de Alemania; «los futbolistas de Allende», decían todos, y los aplaudían y los llevaban para todos lados. Eso no se olvida, compañera. Si hasta me emociono cuando pienso en todo lo que vivimos con él.

—¿Él salvó al país, dice usted?

—Sí, poh. Él solito, muñequeando por aquí y por allá. Sacando a los golpistas de una oreja. Buen ojo tuvo para nombrar a Pinochet. Buen ojo para fusilar a los momios extremistas —dijo casi en un susurro, y Martina sonrió al escuchar el término—. Buen ojo para traer a Flores y a esos gringos girosintornillos también. A mí me dieron este taxi y lo trabajo para darme mis gustos, porque la UP me da todo lo que necesito; y tengo a mi cabro estudiando ingeniería en la Universidad de Chile, y no pago niuno. Él quiere trabajar en Synco cuando salga. Lo que tengo que hacer es ser buen socialista y manejar bien el taxi, cuidarlo y hacer que la gente viaje feliz; eso no más me piden.

—Al menos yo estoy feliz —dijo Martina, y se le escapó una risa nerviosa que anunciaba que sus miedos comenzaban a retirarse y que tal vez podría disfrutar del sueño que vino a soñar. A lo mejor su padre estaba equivocado. Quizá el milagro chileno era real. Quizá no debía ser tan desconfiada.

—Eso es lo fundamental, compañera. A las finales, la felicidad es lo que importa —concluyó el taxista mientras encendía la radio.

Sonaron los Rolling Stones, «Simpathy for the devil». Martina la reconoció y volvió a reír.

—¡Chucha, los imperialistas! —exclamó el taxista, y cambió de sintonía con una risita cómica.

El taxi avanza raudo por la carretera y se adentra en la ciudad del mito, la capital del sur del mundo donde finalmente la utopía parece haber funcionado. Son las 11:30 de la mañana y el sol cae oblicuo sobre la cordillera, que, por efecto de la luz, parece una ola gigantesca y congelada esperando caer de golpe sobre Santiago de Chile.