Synco
Capítulo 3
3
—Es bien pequeño, ¿no es cierto? —dice Martina mirando el Palacio de La Moneda por la ventana.
El mozo que arregla su equipaje la mira de reojo.
—¿Usted cree?
—Siempre me pasa lo mismo —continúa la joven mientras se aleja de la ventana y arroja una bufanda sobre la cama—. Los fotógrafos les hacen un flaco favor a los monumentos. Los enfocan desde abajo, los hacen aparecer enormes, eligen la luz y el día perfectos. Y cuando uno finalmente llega, el día está nublado, uno está muerto de hambre y los enfrenta inevitablemente pensando que se veían más grandes en la enciclopedia, o, lo que es peor, descubre que ya conoce todos los detalles y que no hay nada más que ver, como si el verdadero monumento se agotara en la fotografía.
—Nunca lo había pensado —agrega el botones, un tanto nervioso.
—Te voy a ahorrar mucha plata, pana —dice la mujer—. Resulta que la Mona Lisa es un cuadro de mierda diminuto, la Estatua de la Libertad es pequeñísima, el David es un cabezón horrible a metros de altura, y la famosa Última Cena no es más que un manchón descascarado que apenas se distingue.
El mozo espera en la puerta sin saber qué acotar. Martina vuelve a mirar por la ventana.
—¿Por dónde pasaron los jets el 73?
—¿Perdone usted?
—Los jets, cuando fue el intento de golpe de Estado, ¿por dónde pasaron? ¿Es cierto que sobrevolaron La Moneda para saludar al Presidente?
—La verdad, yo soy de Loncoche y no sé mucho de esas cosas, señorita —dice el joven, al borde de la fuga—. Además, yo era muy chico cuando pasó todo eso.
Martina intenta reproducir el recorrido de los aviones con la mirada.
—Es bien chico el famoso Palacio, la pura verdad —gira hacia la puerta, pero el mozo ya no está.
«Los chilenos son tan poco sociables», piensa con desgano, pero algo llama su atención en la pared. Un armario demasiado largo empotrado en un tabique demasiado ancho. Se acerca y distingue una pequeña placa junto a las manillas: «Terminal personal Synco. Gobierno de Chile». Toma las manillas de bronce y loza y abre las puertas del armario. Una parafernalia horrible de cables, pantallas desnudas y teclados desgastados parece venírsele encima. Un enorme switch junto a una ampolleta de cuarenta watts pintada de rojo indica que el t-Syn de esta habitación está apagado. Martina mira con algo de rechazo la combinación de texturas y colores que se adhieren a la pared sin orden ni concierto y cierra las puertas con gesto agrio. Es lo más parecido al interior de una máquina del tiempo de utilería, piensa. Se acerca al teléfono del velador y pide una llamada mientras se sacude las manos como si hubiera tocado artefactos antiguos y llenos de polvo.
—Con la Embajada de Venezuela, por favor. Sí, con el secretario Arsenio Enrieta.
Mientras espera, abre su portafolios, saca una carpeta rotulada y deja a un costado la pistola Browning que siempre carga en el bolso; su padre le había enseñado a usarla a los doce años, antes de saber siquiera lo que era un lápiz labial. El título de la carpeta era más que directo: «Pacificación de Chile. Análisis del renacimiento de una sociedad agónica tras el intento de golpe de Estado».
—¿Arsenio? ¡Cómo estás, demonio caribeño! —saluda—. ¿Es cierto que las chilenas son fáciles? Porque no me explico de otra manera que alguien tan feo como tú lleve tres años en este país tan frío, pana…
Martina ríe, acercándose a la ventana nuevamente.
—Si sé que soy chilena, qué quieres que haga, nadie es perfecto. Escúchame, chico, ¿pudiste conseguirme esa entrevista que te pedí? ¿Le dijiste que era hija de Eugenio Aguablanca? Mañana comienzan las actividades oficiales y…, okey, okey. Sabía que no me ibas a fallar, negrito lindo. Dame todos los datos.
Martina está feliz; finalmente se enfrentaría cara a cara con uno de sus héroes personales. Se le consideraba una mujer fuerte, madura y determinada para su corta edad, pero después de colgar el teléfono salta sobre la cama pataleando y conteniendo un grito de júbilo, igual que una niña. Luego se ríe unos segundos de ella misma y se va a tomar una ducha. Ya es más de mediodía y a las tres de la tarde en punto debe estar en la comuna de Ñuñoa para entrevistar a Augusto Pinochet, general en retiro y, en su opinión, el héroe secreto del éxito chileno. El gobierno venezolano consideraba parte importante de su misión comprender la sorprendente estabilización de la democracia chilena. Entender el fenómeno de Synco es entender el contexto que permitió su florecimiento. Pinochet, está segura, es el hombre indicado para explicar el milagro.
El sol brilla sobre Santiago.