Synco

Jorge Baradit · Capítulo 55 de 60

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Synco

Capítulo 53

53

—¿Eso fue una explosión? —preguntó Martina.

—Sí. Y una muy fuerte.

Las calles mostraban restos de disturbios, vidrios quebrados, fogatas. Townley esquivó un automóvil volcado antes de virar desde avenida Suecia hacia la calle Pocuro. Se arrepintió al ver figuras vestidas de verde olivo corriendo un poco más adelante. Se escuchaban gritos y algunos tiros. Las guerras civiles son poco espectaculares en vivo; fragmentadas, sincopadas, están muy lejos de la intensidad de esas realidades épicas construidas por el periodismo y sus fotógrafos.

Townley giró en redondo. Sobre sus cabezas pasaban helicópteros a muy baja altura. Las explosiones comenzaban a hacerse menos distanciadas en el tiempo. Martina probó por enésima vez la radio y esta vez logró recoger una señal, vaga pero entendible.

«… el gobierno del pueblo no va a claudicar. Grupos de subversivos intentaron tomar el Palacio de La Moneda y fueron repelidos por un pequeño pero bravo destacamento de GAP y detectives de Investigaciones encabezados por el propio compañero Presidente, quien, fusil en mano, dio cuenta de varios enemigos aunque éstos los superaban en número. Su valor impulsó a oficinistas y secretarias a tomar palos y armas cortas para unirse a la heroica resistencia. Nos indican que los subversivos fueron completamente neutralizados y que el propio Presidente llamó al jefe de la Guarnición Militar de Santiago para indicarle que el recinto estaba asegurado…».

—A mí me dijeron que Allende no existía —dijo Martina.

—¿¿Qué??

—Que era un invento de los propios chilenos.

—Así que es contagioso —murmuró Townley.

«… en el corto plazo el gobierno del pueblo retomará el control de cada zona del país. El orden será restablecido, porque tenemos la fuerza de la verdad y el espíritu de la gente de nuestra patria. ¡Venceremos!».

—Están blufeando, con suerte pueden enviar una señal de radio.

«… Sergio Amira, Félix Einfalt, Martina Aguablanca, Mariano Tacchi, Michael Townley, Sergio Arancibia, Marcel Hantelmann, Daniela Illanes, Esteban Prado y Ramiro Oliveros. Tienen orden de fusilamiento pendiente. Éste es un llamado a que cualquier ciudadano se sienta con el derecho de ajusticiar a estos enemigos del pueblo dónde y cómo sea. Las tropas tienen órdenes de disparar a matar a estos individuos sin necesidad de advertencia. Todo lo que digan debe ser obviado de cualquier informe; son serpientes venenosas que buscan intoxicar la mente del pueblo. Todos circulan armados, tienen entrenamiento terrorista y son muy peligrosos, repito, son muy peligrosos…».

—¡Entrenamiento terrorista! —se quejó Martina.

En un segundo, dos Fiat 125 aparecieron por una calle lateral. Se ubicaron detrás del Ford azul y comenzaron a señalizar con las luces delanteras. Townley giró a la izquierda en la calle Bilbao, sólo para encontrarse a boca de jarro con una patrulla militar obstaculizando el paso con una valla.

—Cagamos.

—Acelera.

—¿Estás loca? ¡Nos van a dejar como colador! Son militares, no policías.

—Tienen órdenes de dispararnos de todas formas. Apenas descubran quiénes somos nos van a matar. Acelera.

—Pero podríamos hablar con ellos…

—¡Acelera, gringo maricón! —gritó Martina mientras los GAP se abrían buscando ponerse a ambos lados del Ford.

—Fuck all! Ya estamos chingados de todas formas —dijo Townley, y pisó el acelerador a fondo.

Las ruedas rugieron en el asfalto y los soldados levantaron las manos insistiendo en detenerlos. Sonó un fuerte silbato en algún lado, mientras la valla volaba hecha astillas en el aire.

—¡Baja la cabeza! ¡Van a disparar!

Las ráfagas sonaron como tres eventos separados. Martina gritaba ovillada en el suelo de la parte trasera del auto, oyendo el tableteo metálico de las balas al impactar la carrocería y el enjambre de silbidos que los envolvía. Una bala entró y salió limpiamente desde el vidrio trasero al delantero, a pocos centímetros de la cabeza de Townley, que miró por el retrovisor sólo para espantarse un poco más. Los Fiat 125 de los GAP se aproximaban con fusileros con medio cuerpo en las ventanillas, preparándose para disparar a corta distancia.

—¡Afírmate! —gritó levantando apenas la cabeza y apretando el freno hasta el fondo.

El chillido de los neumáticos perforó los oídos de Martina y el violento impacto del auto de los GAP incrustándose en la parte trasera la removió como a un mono de trapo. Townley aceleró. Martina se alzó apenas para mirar hacia atrás: el Fiat 125 yacía contra la vereda y dos GAP habían caído al suelo y permanecían inmóviles; el segundo auto los esquivó y aceleró para continuar la persecución.

—¡Estás sangrando!

Una herida en la frente, producto del choque, llenaba de rojo el rostro del norteamericano. Se pasó la manga de la chaqueta por los ojos para ver mejor el camino y miró por el retrovisor.

—¿Qué usan en el motor estos desgraciados? Se supone que este auto es muchísimo más rápido y me están alcanzando como si nada.

Martina vio a un GAP saliendo por la ventanilla del Fiat y apuntando su AK-47 hacia ellos. Se tiró al suelo justo antes de que la ráfaga golpeara en el maletero del automóvil. Townley frenó nuevamente, pero esta vez el 125 lo esquivó y quedó a un costado. El GAP perdió su arma en la maniobra, pero sacó una pistola de su cinturón y se afirmó para apuntar. Townley giró bruscamente el volante y mandó al Fiat a darse de lleno contra un árbol sobre la vereda. Vieron la explosión y a dos GAP tambaleándose por la calle; uno de ellos cayó de bruces.

—Dobla por esta calle —dijo Martina—; esta parte la recuerdo, hay una universidad aquí cerca.

—Esto es Diagonal Oriente y ésa es la Universidad Católica. Estamos muy cerca.

A lo lejos se oyen sirenas de patrullas.

—Ésos nos buscan a nosotros —murmuró Townley—. ¿Me vas a explicar qué vamos a hacer a la casa de Pinochet, por favor?

—Acelera, tengo que pensar un poco.

—Espero que pienses realmente rápido —dijo el hombre, apuntando por el retrovisor las ocho siluetas que se asomaban a unos trescientos metros.