Synco

Jorge Baradit · Capítulo 7 de 60

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Synco

Capítulo 5

5

El reloj de pared lo decía claramente: 2:15 p.m. Martina saltó como un resorte de la cama, donde había dormido la siesta más involuntaria del último tiempo. Llamó asustada a recepción, consultando si aún estaba a tiempo de llegar a la dirección que le habían entregado. Le respondieron que todo estaba bien y que si pedía un taxi estaría sin problemas a las tres de la tarde en Ñuñoa.

—¿Yo pido el taxi? —preguntó, extrañada.

—Por supuesto, compañera. Para eso es la t-Syn de su habitación. Los servicios externos los pide usted. Es más eficiente de esa manera. Le ruego consulte los manuales antes de operarla. Si tiene cualquier problema llame y le enviaremos a un especialista de sistemas que la guiará. Muchas gracias.

Martina se quedó unos segundos con el auricular en la mano mirando hacia las puertas del armario. «T-Syn, qué nombre más feo», pensó antes de suspirar y dirigirse resignada a ellas. Tomó las manillas y descorrió las hojas; una pieza de metal fue activando interruptores de luz que iluminaron el muro de cables, televisores, switches y placas apernadas de la t-Syn gubernamental, la ventana hacia un algo que todavía era leyenda en los seminarios internacionales de tecnología a los que ella asistía: computadores personales con acceso a fuentes de datos interconectadas vía redes telefónicas, transmisiones de radio de onda corta y teletipos. Martina tenía una de esas maravillas enfrente, una de las mil caras visibles de Synco, el leviatán oculto bajo Santiago de Chile, que dormía su sueño de tarjetas perforadas y números binarios, respirando calor, alimentado y protegido por enjambres de seres humanos, latiendo su corazón de palancas, vapor y correas transportadoras, extendiendo antenas, venas de plástico y sangre de cobre entre la arquitectura anticuada de la capital del fin del mundo. Ante ella, el ojo dormido de Synco, el espíritu mecánico del Chile socialista. Y lo iba a utilizar para pedir un taxi. No pudo evitar una sonrisa avergonzada.

El manual de instrucciones parecía la guía telefónica de Ciudad de México, gigante y confuso. Martina fue directo al ítem «Solicitud de servicios urbanos» y tras un par de minutos de lectura acercó una silla y ubicó la «interface hombre-máquina», como llamaba el instructivo al viejo teclado adaptado de una máquina de escribir Underwood, que se sacaba como un cajón desde más o menos el centro de toda la parafernalia. Tecleó la instrucción según el código indicado (todas las instrucciones comenzaban con el prefijo CCC, Compañía Chilena de Cibernética), sacó las tarjetas perforadas y las introdujo una por una en una ranura lateral. «¡Qué se requerirá para pedir algo más complejo!», se dijo con ironía.

Para su sorpresa, dos minutos después de la operación sonó el teléfono de la habitación para informarle que había un móvil de Taxis Nacionales esperándola en la puerta del hotel.

—Buenas tardes, compañera —saludó el taxista con el mismo tono entusiasta del anterior—. A Ñuñoa los pasajes.

Martina sonrió, impresionada por la eficiencia del servicio, y se recostó en el amplio asiento trasero. El móvil también contaba con una t-Syn activada por una radio de onda corta. El taxista le comentó que funcionaba con un computador remoto ubicado en el interior del cerro San Cristóbal. Uno hacía las consultas a través de la radio y un funcionario operaba una t-Syn física y traspasaba la información de regreso a través del mismo medio. Luego, una impresora portátil pequeña, que ocupaba todo el maletero del automóvil, imprimía pequeños rollos de papel con los resultados en matriz de punto.

—Sorprendente —afirmó la mujer.

—Así es todo ahora, compañera. Gracias al gobierno del pueblo, ahora todo es como de película en Chile.

El taxista parecía feliz, la ciudad se veía feliz; quizá demasiado llena de cajas negras y antenas por todos lados, pero radiante. El vehículo hizo un giro y bordeó el cerro Santa Lucía. Cruzó la Alameda y entró en las comunas residenciales de Santiago. Cada cierto tramo edificios platinados casi sin ventanas aparecían entre las casas, como cubos caídos del cielo, mudos y resplandecientes.

—¿Prendo la radio?

—¿Perdone usted?

—La radio —dijo el taxista, apuntando hacia el receptor.

—Por favor, por mí no hay problema.

Acordes desconocidos de flautas y zampoñas llenaron la cabina. Frases acerca de los obreros, la revolución y el poder de la raza chilena surgían entre los instrumentos y el tarareo monocorde del chofer. Afuera, los paisajes urbanos pronto dieron paso a casas de dos pisos, parques y calles flanqueadas por árboles; a las personas de a pie, los perros y las bicicletas. La gente se veía alegre, la ciudad se sentía segura, bien mantenida y ordenada. A Martina le costaba asociar este panorama con el que describían su padre y la gente que había vivido los años terribles, antes del milagro de 1973, en el país que la había visto nacer.

—Usted no es de acá, ¿cierto?

—No, la verdad no.

Martina se acomodó sonriendo. Sentía que el país, a pesar de todo, la recibía. Miró hacia el cielo desde su rincón. Árboles, postes, cables, transformadores eléctricos, palomas. A la distancia se divisaban unos letreros pintados sobre gigantescos bastidores anunciando el próximo festival juvenil de teatro. Los firmaba la Brigada Ramona Parra.

—Ya estamos llegando, compañera.

La pasajera se desperezó y miró por la ventanilla las tradicionales calles ñuñoínas, llenas de vegetación, casas y niños corriendo por las veredas con sus uniformes azules de la escuela.

—¿Tengo que pagarle? Disculpe, es que no estoy acostumbrada…

—No se preocupe —le dijo el taxista con un gesto—. Así ayudo yo a la construcción del socialismo, compañera —y agregó, solemne, indicándole una casa de dos pisos y antejardín—: Pedro Torres 151. Ésta es.

Paredes blancas y una reja negra que dejaba ver un jardín de pasto y rosas amarillas muy bien cuidadas. Un cachorro de pastor alemán jugueteaba con un trozo de tela en un rincón.

«Finalmente», pensó la mujer. Se regaló unos momentos para revisar con detalle la fachada, la calle y el barrio. Sonriendo casi sin querer, apretó el botón del citófono y escuchó la voz de una anciana a través de la reverberación ruidosa del comunicador.

—Buenas tardes, dígame.

Martina, nerviosa, sintió que le hablaban desde otro mundo.

—Buenas tardes, mi nombre es Martina Aguablanca y tengo una reunión con don Augusto a las tres.

—El general la está esperando, adelante.

El interruptor emitió un ruido espantoso que la hizo retroceder. El cachorro saltó y comenzó a ladrarle; la mujer se paralizó.

—No se preocupe, no mata ni una mosca éste —dijo alguien desde la puerta.

Martina miró y se encontró a dos metros de distancia con la figura que tantas veces había visto en fotografías. Un hombre sencillo, de luminosos ojos azules y gesto amable. Un par de cicatrices como de quemaduras antiguas cruzaban su rostro.

—¡Sal de aquí, bandido! —le gritó al perro, que corrió hacia la parte trasera de la casa gimiendo.

—Gracias, don Augusto —titubeó Martina, un tanto aturdida—. ¿O prefiere que le diga general?

—Augusto estaría bien por ahora, Martinita —le respondió el hombre con amabilidad—. Qué manera de crecer, chiquilla, por Dios —y le hizo un gesto invitándola a pasar.

—¿Se acuerda de mí?

—Pero, claro. «Pajarito» te decía tu papá, que en paz descanse —dijo el militar con un gesto de tristeza—. Más de alguna vez te tuve sentada en las rodillas, chiquilla. Pasa, pasa.

El interior de la casa era de la misma sencillez que el exterior. Muebles de madera tradicionales, algunos adornos de porcelana y cristal sobre mesas y arrimos. Cuadros baratos de paisajes chilenos y un par de bustos de personajes históricos sobre la chimenea.

—Son O’Higgins y Portales. Personajes muy importantes de nuestra historia.

—Sí, lo sé. Alcancé a estudiarlos antes de irme a Venezuela.

—Ah, es verdad, qué tonto —sonrió su anfitrión.

Martina estaba sorprendida con la calidez del general. El héroe que organizó la resistencia contra los golpistas y que tuvo la decisión para enfrentarlos en combate, a riesgo de llevar al país a una guerra civil, se comportaba como una visita en su propia casa, casi tímido. La invitó a pasar a su estudio, donde guardaba una pequeña colección de armas cortas en cajas acristaladas, y le entregó con orgullo una Luger para que sintiera el peso.

—La gracia es que el año de producción es 1942, en plena Segunda Guerra Mundial —comentaba entusiasmado.

Martina sopesó el arma y se la devolvió con una muy cortés sonrisa. Pinochet pidió té para ambos y dio inicio a un interesado diálogo acerca del proceso político venezolano. Parecía muy informado sobre la historia y los detalles de la toma del poder por los militares. Aprobó el derecho a la sublevación de los suboficiales y valoró la capacidad de sus generales de actuar en conjunto frente a la amenaza imperialista. Martina lo contemplaba con admiración; era un hombre en la cincuentena, tranquilo, con la sensación de haber cumplido con su deber, descansando en paz y disfrutando de su retiro.

—¿A qué se dedica hoy, don Augusto?

—A ver pasar la vida, Martinita —sonrió el general, pasándose la mano por las cicatrices del rostro—. Hago clases en la Universidad de Chile, asesoro al gobierno en materias de seguridad, le limpio sus necesidades a Rommel, el perrito ése que casi te come; visito a mis nietos, en fin.

Una señora entrada en años interrumpió la conversación anunciando el té. Puso una bandeja en la mesa de centro, abrió el azucarero y se retiró. Pinochet sirvió las tazas y le preguntó a su invitada con cuántas cucharaditas de azúcar le gustaba.

—Cuéntame ahora qué te trae por mi casa —murmuró con voz arrastrada mientras le acercaba el té—. Entiendo que vienes a las celebraciones por la reelección del Presidente. Me pareció extraño recibir una llamada de la Embajada solicitándome una entrevista con un «delegado oficial de la República de Venezuela». Yo soy un general en retiro y no quiero ocasionarle problemas al gobierno con estas cosas, pues. Así que vámonos con cuidado.

—No creo que haya problema, Augusto. Usted sabe que queremos importar la tecnología Synco, pero primero es necesario investigar el contexto que permitió su desarrollo en Chile. El tema es de primera importancia para nuestro gobierno —se apresuró a aclarar atropelladamente la joven—. No se preocupe, que vengo con las mejores intenciones.

—Cuéntame, entonces; pero no sé cómo les puedo ser útil en ese tema —agregó el militar, y se acomodó en el sillón, entre cojines y mantas bordadas a crochet.

Martina hizo una pausa para ordenar sus ideas y comenzó su exposición tratando de que no sonara redactada y pomposa, aunque se la había aprendido de memoria.

—Es simple; pensamos que si logramos entender la manera increíble en que Chile alcanzó la estabilidad social y económica después de la crisis de 1973, podremos encontrar la clave para promover el equilibrio en nuestro país y, quién sabe, quizá en el resto de América Latina.

Pinochet la miró sin un gesto.

—Y qué tengo que ver yo con todo eso.

—Mucho —prosiguió Martina entusiasmada—. Usted vivió un momento similar al que hoy se vive en Venezuela. Encabezó un movimiento que le devolvió la paz a un país que parecía condenado a convertirse en otro Brasil, aplastado bajo la bota yanqui —exclamó con grandilocuencia militante.

Pinochet la miraba ahora casi con ternura.

—¿Qué quieres saber, entonces?

—Quiero entender el proceso posterior a la intentona golpista. Llegar a comprender cómo es que un país como Chile, hundido en el desastre, logra construir una sociedad socialista que hoy es un ejemplo de prosperidad y estabilidad social para todo el mundo. El suelo fértil en que floreció Synco es en parte obra suya, Augusto —agregó ella con la firmeza que da la fe—. Creo que, si somos capaces de hacer un análisis correcto, estaremos ayudando al resto de Latinoamérica a seguir el ejemplo chileno —terminó con tono épico.

—¿Y qué te hace pensar que ese análisis no está hecho?

—Algo falta. Hemos estudiado todo lo que se ha escrito y nos parece insuficiente. Hay algo que no ha sido tomado en consideración.

—Claro que hay algo, pues —Pinochet sonrió condescendiente, paternalmente—: Tus veintipocos años y la arrogancia de los jóvenes. Ya está todo dicho acerca del golpe y…

—¿Podría escucharlo de sus propios labios?

Pinochet la miró un par de segundos y se puso de pie lentamente, incómodo.

—Lo que ocurrió fue uno de los capítulos más heroicos de la historia de las Fuerzas Armadas chilenas. Y todo lo que sé al respecto está en tomos empastados, entrevistas, reportajes. Palabras que estoy un poco cansado de repetir, si me entiendes.

—Sí, claro que entiendo, pero… —Martina titubeó, consciente del cambio de talante del antiguo amigo de su padre.

—Entonces, si estás buscando algo que no aparece en los libros, te ruego que me hagas la pregunta justa, porque todo lo demás está disponible para un buen investigador en cualquier biblioteca. Te puedo recomendar un par.

Martina miró su taza, buscando en el fondo la pregunta precisa, la que resumiera toda la información que buscaba.

—En realidad, lo que quiero saber es cómo Chile consiguió salir del agujero. La situación era explosiva y ustedes parecen haberla remontado milagrosamente en muy pocos meses. Ahí hay algo muy raro que me gustaría entender.

Pinochet se acercó a la ventana, crispado. Su voz era ahora chillona, tensa.

—Chile se había llenado de odio. El país estaba dividido. Los señores políticos de la derecha habían infiltrado las Fuerzas Armadas y querían que traicionáramos nuestro juramento constitucional. El cáncer del odio estaba muy extendido, pero las muertes pueden engendrar vida. Todo se fue dando como si una mano invisible lo fuera permitiendo. Gente cercana a mí, compañeros de toda una vida, se habían transformado en conspiradores peligrosos, asesinos y mentirosos que no titubeaban en matar a quien fuera con tal de conseguir sus objetivos. Me di cuenta a tiempo de la verdad: la situación estaba sacando lo mejor y lo peor de las personas, todos se estaban quitando las máscaras y actuaban de acuerdo a su naturaleza oculta. La vida me abofeteó en la cara, pero sólo para despertarme, para hacerme ver que el odio se iba a adueñar del país y que iba a correr mucha sangre si yo lo permitía. Así que, con un puñado de patriotas y compañeros de lucha, comenzamos a trabajar en la sombra, a riesgo de nuestras vidas, para que nuestros hijos pudieran ver la luz el día de mañana.

»Cada día se nos unían más y más patriotas leales, hasta que conseguimos debilitar a las fuerzas del odio y asestar nuestro golpe más certero. Si quieres saber cómo es que Chile alcanzó la estabilidad pregúntale a cualquier soldado de la patria; él te dirá que el respeto a la Constitución y la ley son sagrados. Eso fue lo que hicimos: hacer valer la Constitución y la ley y extirpar el cáncer del odio de nuestras filas. Una vez que los instigadores se dieron cuenta de que con el Ejército de Chile no se juega, se retiraron a sus cuevas de porquería y nos dejaron en paz. Tú sabes que la reserva moral de nuestro país son sus militares, y fueron ellos los que levantaron el espíritu nacional después de tanta calamidad.

Martina guardó silencio, un tanto sorprendida.

—Pero haber detenido un golpe militar no asegura la paz y la prosperidad. Cuando se detiene un golpe, en realidad sólo se está ganando tiempo antes del siguiente intento…

—¡Es que tú no entiendes este país! —la interrumpió ofuscado el general. Las cicatrices del rostro parecían de un rosado más intenso, la cordialidad se había esfumado—. Quizá en Venezuela las cosas son distintas, pero aquí, cuando un militar habla, es ley. Los extremistas y la CIA sabían que la única forma de parar al gobierno de la UP era a través de los militares; entonces, cuando vieron que habíamos reaccionado con lealtad y que nunca traicionaríamos nuestro juramento, se retiraron del asunto y listo. Eso fue lo que pasó.

—Pero también había que estabilizar el país desde el punto de vista productivo. Synco apareció como un ángel que…

—De esas cosas yo no sé nada; no es mi campo —insistió Pinochet con fuerza—. ¿Querías que te dijera lo que pasó? Eso fue lo que pasó, y punto.

—Mi padre ya no estaba en servicio activo en ese tiempo y…

—Sí, lo sé. En la institución sentimos mucho que él haya abandonado el país cuando, más que nunca, necesitábamos a todos nuestros oficiales —espetó el militar con dureza.

Se hizo un silencio incómodo. Martina acusó el golpe.

—Él murió hace un año…

—Me enteré de eso. Lo lamento muchísimo, créeme. Era un buen hombre y un gran profesional. Nunca entendimos por qué abandonó el Ejército en esos momentos.

—Mi padre vino a Chile poco antes de morir —continuó Martina—. Y vio algo extraño. Algo, no sé qué, lo afectó emocionalmente. Volvió quebrado, abatido. Dijo que Chile había vendido su alma al diablo, o algo así…

—No sé de qué me hablas —interrumpió el general—. Y si tú que eres su hija no lo sabe, menos yo, pues.

De pronto Martina vio realmente a quién tenía enfrente. A un militar simple, no sencillo: simple. Ni siquiera muy convencido de lo que decía; más bien con ganas de terminar la discusión, que por alguna razón lo incomodaba, y dedicarse a jugar canasta con sus amigos en retiro.

—Don Augusto, para terminar… —se había dado perfecta cuenta de que su anfitrión no tenía intenciones de continuar—: ¿Fue la muerte de sus familiares una razón…?

—Creo que llegamos hasta aquí —la interrumpió el hombre, y llamó hacia el interior de la casa—. ¡Marta! Lleve a la señorita a la puerta, que tengo que salir en media hora a la casa de Arturo. Si me disculpas, creo que se nos anduvo yendo el tiempo. Muy agradecido de tu visita. Nos veremos en otra ocasión —concluyó, despidiéndola sin siquiera mirarla.

Martina guardó su libreta de notas en el bolso y vio allí el libro El día decisivo, que había llevado para que el general se lo autografiara. No lo sacó. Se puso de pie, lo saludó cortésmente y salió de la casa con paso rápido. Apesadumbrada, desconcertada, pero por sobre todo desilusionada. La visita más importante de su viaje había terminado abruptamente, y el resultado era tan insulso como el tecito que aún calentaba su boca.

Caminó varias cuadras pensando en el encuentro. Llegó a Plaza Ñuñoa y se sentó en un banco mirando hacia la fachada de la Municipalidad. Estaba sorprendida, sobre todo por la imagen que el Ejército tenía de su padre, y por la increíble falta de tacto de Pinochet al referirse a él.

Ahora le parecía obvio que la acción de Augusto Pinochet era insuficiente para explicar los acontecimientos posteriores al golpe de septiembre de 1973. Sin duda pudo haber habido otro intento en noviembre, otro en febrero, y así, hasta que una de las ramas de las Fuerzas Armadas desatara la guerra civil. Nadie excepto Allende parecía querer que el proyecto socialista chileno funcionara. La derecha quería el fracaso para forzar la intervención armada e implantar un gobierno anticomunista. La izquierda quería el fracaso para forzar una guerra civil que imaginaban como un romántico e infantil mural alegórico, con ellos conduciendo al pueblo fusil en mano camino al triunfo, en bellos colores estilo Guayasamín. Estados Unidos quería el fracaso para evitarse una nueva Cuba en su patio trasero. Y la Unión Soviética quería el fracaso porque lo suyo era la dictadura del proletariado, no experimentos socialdemócratas que desperfilaran la lucha internacional. Nadie, excepto Allende, parecía querer que la Unidad Popular funcionara.

Martina abrió su carpeta y tomó notas breves de su reunión. Se reclinó en su banca para mirar las copas de las araucarias brasileñas que proyectaban una hermosa sombra sobre la plaza. Por supuesto que había algo más, algo que explicara el éxito de un proyecto moribundo. Debía haber más.

Se puso de pie y continuó caminando. Chile se le aparecía con el rostro duro e impávido de un indígena vestido de occidental. Peinado, limpio y ordenado, escondiendo sin una mueca un dolor oscuro en el fondo de su corazón. Algo terrible que no le impedía caminar por la calle, hacer su vida normal y saludar cortésmente cuando era necesario. El país se veía desesperadamente tranquilo y normal. Tan normal como un sicópata dando de comer a las palomas. Por supuesto, era su paranoia: ahora veía a todos escondiendo algo. Por supuesto, sólo era su paranoia.