Synco

Jorge Baradit · Capítulo 6 de 60

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Synco

Capítulo 4

4

A esa misma hora, en otro lugar de la ciudad, y en medio de una oscuridad absoluta, Carlos Altamirano abrió su único ojo en buenas condiciones y estiró la mano derecha para encender el vocalizador. Movió un interruptor y la sala se iluminó. El silbido de fuelles y máquinas de ventilación aumentó imperceptiblemente el saturado ruido ambiente de la sala de suspensión vital clandestina en la que permanecía oculto, como enterrado vivo, desde hacía ya tantos años.

«Martín…», sonó en el vocalizador, y una turba de niños entró en la sala de ladrillo, más parecida al subterráneo de una bodega portuaria que a la sala de un hospital.

—Dígame, tío Carlos —respondió el mayor, un muchacho de catorce años, vestido, al igual que todos, con una bata blanca y un cinturón de cuero que albergaba instrumental médico y mecánico.

—Quiero despertar.

El pequeño ejército de niños, adiestrado a la perfección, se repartió entre los cajones, las poleas, las extensiones mecánicas de la cama y los delicados equipos de suspensión distribuidos por todo el perímetro de la sala. Chapoteaban en la humedad que resbalaba por las paredes: la asepsia no parecía ser una preocupación para estos enanos febriles que ajustaban mecanismos con llaves de tuercas y delicadas pinzas de cirujano. Abrieron llaves e inyectaron químicos en las cánulas que desembocaban en el mueble de diálisis, un monstruo de madera del tamaño de una habitación. Desde afuera, un menor que observaba las pantallas y los teletipos, que imprimían los signos vitales en gráficos de punto, gritó un número y todo se detuvo. Los niños acezaban, los fuelles volvieron a funcionar y Carlos Altamirano emitió un largo suspiro de alivio antes de levantar un brazo y hacer una mueca parecida a una sonrisa.

—Gracias, niños —vocalizó—. Llamen a Gabriel. Tenemos sólo una semana y demasiadas cosas que preparar.