Synco

Jorge Baradit · Capítulo 11 de 60

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Synco

Capítulo 9

9

Martina tomó el último párrafo impreso que había arrojado la t-Syn hacía ya un par de horas y lo miró con detenimiento. El logo de Synco en cada hoja parecía mal dibujado. Fabricado con puntos, daba más la impresión de un «ojo que todo lo mira» que la de un lucero con la estrella de ocho puntas en el centro. Papel peruano de mala calidad. Impresoras búlgaras de mala calidad.

El insoportable calor que emanaba desde la pared de la t-Syn la hizo ponerse de pie y acercarse a la ventana. Algunos policías comenzaban a establecer puntos de seguridad en torno al Palacio de La Moneda para la vigilancia nocturna. Quizá vería a Allende asomado en algún balcón. Pero no, casi todas las luces estaban apagadas. Martina miró hacia el cielo seminublado, suspiró y bajó lentamente la cabeza hacia los papeles, como quien se sumerge en la historia.

CCC.t-Syn-0923.scl

21:54:18

 

«The coup that failed. Pinochet vs. Merino, confronted archetypes in Latin American military history», Time, article by Mike Wilson, 1976.

 

«Al parecer, alguien al interior del Ejército, que nunca ha logrado ser identificado, alertó a la Armada de los inusuales movimientos de tropas durante la madrugada del 10 de septiembre, todos en dirección a la costa. La escuadra nacional, fondeada en el molo de abrigo del puerto de Valparaíso, comenzó muy temprano a desplegarse a lo largo de la bahía, desde Playa Ancha en el puerto hasta Reñaca en Viña del Mar, apuntando todo su poder de fuego hacia los cerros de la ciudad. Desesperados intentos por acopiar fuerzas les hicieron perder todo sigilo y compostura, y los camiones circulaban por las calles gritando instrucciones a voz en cuello. Habían sido traicionados, decían los oficiales, pero aún podían organizarse a tiempo, resistir el inminente enfrentamiento y, si la suerte estaba de su parte, volcar el pleito a su favor si conseguían aunar fuerzas leales en las otras ramas de las Fuerzas Armadas, al menos para suscitar un problema interno y demorar sus reacciones. Sentían que la única fuerza valiente que había decidido monolíticamente enfrentarse al gobierno marxista era la gloriosa Armada de Chile. Efectivamente, las cosas comenzaron realmente mal para Pinochet esa mañana. Ubicado desde muy temprano en un puesto de telecomunicaciones en Peñalolén, lejos de los puntos de conflicto pero a cargo de coordinar todas las

acciones, debió escuchar con estupor que dos aviones Hawker Hunter habían salido desde Cerrillos en medio de un tiroteo cruzado entre fuerzas leales al general Bachelet y un grupo de oficiales golpistas que intentaban tomarse las instalaciones. Pinochet comprendió inmediatamente que los aviones buscarían un blanco dramático, sabiendo que no durarían mucho en el aire. “La Moneda”, dijo. Consultó si el Presidente Allende ya había llegado al palacio de gobierno y cuando le respondieron afirmativamente tuvo un segundo de duda que pareció eterno; sabía que no había tiempo de desplegar ninguna artillería antiaérea: la maniobra era totalmente inesperada. Llamó al general encargado de la seguridad del perímetro del Palacio y le ordenó coordinar un muro de fusilería, a sabiendas de que era un gasto inútil de recursos; lo que no quería era verse paralizado frente a sus subordinados. Pidió hablar con Bachelet y le solicitó apoyo aéreo para solucionar el problema. Sobre los cielos de Santiago, los dos Hawker Hunter, uno de ellos piloteado por el comandante de grupo Mario López Tobar, efectuaron una pasada de estabilización sobre La Moneda y luego viraron hacia el sur, uno de ellos, y el otro en dirección este, al parecer hacia la Escuela Militar. —¿¿Poder de fuego de los aviones?? —inquirió Pinochet, descontrolado. —Treinta y dos cohetes Sura, ocho cohetes Sneb, cuatro cañones Aden con proyectiles explosivos de 30 milímetros y cadencia de fuego de mil cuatrocientos tiros por minuto, señor.

Pinochet se puso pálido.

—¡Mi general! —le gritó un operario desde el otro rincón de la sala—: El general Bachelet informa que despegaron seis Hawker Hunter para interceptar a los rebeldes, señor.

Pinochet guardó silencio y evaluó la posibilidad de reorientar sus esfuerzos hacia una mejor causa. Las circunstancias no eran las mejores y quizá, quizá, la Armada consiguiese sublevar al resto de las ramas, pensaba, y en ese momento le asaltó una terrible duda: ¿habían sido exitosos sus esfuerzos por desmantelar al golpismo dentro de sus propias filas? ¿Y si se le hubiera escapado alguien? ¿Y si algunos regimientos clave se alzaban e inclinaban la balanza en favor de la Armada? ¿Aún era tiempo de sumarse a la asonada? En ese mismo instante el oficial Tobar es informado del acercamiento de tres Hawker Hunter hostiles y decide bajar casi a ras de suelo sobre la comuna de Puente Alto. Establece su eje de tiro de sur a norte y avanza a toda velocidad sobre los edificios del sur de Santiago en una acción suicida, dejando un rastro de cristales y estructuras livianas estallando a su paso. Bastaría un cable de acero invisible, una antena escondida, incluso un disparo afortunado para derribarlo. Nada de eso ocurre y a las 8:20 de la mañana del 10 de septiembre de 1973, dos cohetes Sura P-3 rompen la barrera del sonido, avanzan por la calle Zenteno, cruzan la Alameda y detonan en la fachada sur del Palacio de

La Moneda con un bramido espantoso que se oye en todo el centro de la ciudad. El Hawker Hunter atraviesa la explosión de fuego y humo negro en una parábola ascendente que revienta los vidrios de los edificios contiguos. Pero, entre la lluvia de cristales que dibuja una atmósfera absolutamente irreal sobre la escena, los soldados en tierra ven cómo una larga y delgada estela de humo, esta vez blanco, avanza en línea recta contra el avión que emerge entre la niebla oscura y lo hace estallar en mil pedazos. Luego, un avión de iguales características atraviesa el cielo en dirección oeste. —Rebelde uno anulado. Repito, rebelde uno anulado —se escucha por los parlantes del puesto de telecomunicaciones.

Los operarios celebran y Pinochet respira aliviado. —Que los aviones sigan con el plan en dirección oeste. ¡Alberto! —grita, llamando al general Bachelet—. Que se queden tres para eliminar al otro jetón que parece que viene para acá.

El centro de Santiago es un caos. Los restos del Hawker Hunter derribado caen sobre el Barrio Cívico destruyendo algunas construcciones y desatando pequeños incendios que dispersan a las fuerzas de bomberos en una serie de siniestros. Se escuchan tiroteos en el edificio de las Fuerzas Armadas y el Presidente sube a los tejados de La Moneda justo en el instante en que otros dos Hawker Hunter se suman al primero en su viaje hacia el oeste, hacia el mar. Un afortunado corresponsal captaría desde la calle el momento en que el Presidente Allende saluda el paso de los aviones leales enarbolando su fusil AK-47, regalo de Fidel Castro.

El segundo avión rebelde realiza maniobras evasivas en torno al cerro San Cristóbal para intentar un nuevo ataque sobre el palacio de gobierno, pero una ráfaga cruzada procedente de un avión leal atraviesa el fuselaje y los motores convirtiendo al luminoso pájaro de acero en un pesado montón de fierro inútil. El aparato en llamas cae trazando una curva de humo y fuego, intentando un estrepitoso aterrizaje forzoso a través de avenida Providencia. Al tocar el suelo se parte y arrasa con todo a su paso, hasta que, convertido en un meteoro de chispas y ruidos metálicos, se estrella contra el muro oeste de la Iglesia de Nuestra Señora de la Providencia. Lo atraviesa y finalmente se detiene, ante la mirada estupefacta del sacerdote que en esos momentos ponía orden en el altar de la nave central. El piloto lo mira un segundo con los ojos velados de sangre, y la iglesia se derrumba estrepitosamente, ante la incredulidad de los santiaguinos que se habían atrevido a observar desde sus ventanas. La estela de humo que indica la curva de caída del avión permanece durante algunos minutos suspendida en el cielo, como señalando el lugar de la tragedia.

Para Santiago, el peligro más grave había pasado. Bachelet informa que se ha recuperado el control total sobre las dependencias de la Fuerza Aérea y que,

salvo algunos tiroteos aislados e intentos de sabotaje, la situación está superada y podrían concentrarse en las acciones en Valparaíso, donde el general Urbina se encontraba desde las cinco de la mañana en un puesto secreto en el Hospital de Ferroviarios, en el cerro Barón, una posición privilegiada desde donde se dominaba toda la bahía».

Martina dejó el rollo de papel sobre la cama un instante. ¿Todo esto había ocurrido realmente? Le resultaba imposible relacionar esa noche apacible, esa gente amable, con los espantosos hechos relatados en esos artículos improbables, a veces contradictorios, que escupía la t-Syn. ¿La memoria es literatura? ¿Escribir es mentir? Todos los lugares comunes discutidos hasta el cansancio en cualquier universidad del mundo se le vinieron a la mente de golpe.

Al menos el café del hotel era decente.

«La Armada tenía un plan ordenado y eficiente, pero para el 11 de septiembre, lo que no significaba que fueran incapaces de implementarlo, al menos en sus grandes trazos, ante esta emergencia. Con lo que no contaban era con la tremenda decisión con que iban a ser enfrentados. Contaban con el apoyo del mismo Ejército que ahora los atacaba, suponían el apoyo de algunas unidades de la Fuerza Aérea, así como de los barcos norteamericanos de la Operación Unitas fondeados en Coquimbo. Suponían, finalmente, que de haber enfrentamiento entre ramas se abrirían canales de negociación y otras instancias. En la Marina suponían demasiadas cosas. A las 8:50 de la mañana, tres solitarios Hawker Hunter aparecieron tras los cerros de Valparaíso con su estruendo característico. Ante la mirada desconcertada de los marinos, bajaron siguiendo el perfil del cerro La Virgen hasta quedar casi a ras del mar y desde allí, sin aviso y ante la sorpresa de toda la población que se asomaba a los balcones, dispararon seis cohetes Sneb y se abrieron en parábola ascendente hasta desaparecer tras las nubes bajas de la mañana porteña.

Desde el cerro Barón, Urbina vio con estupor las estelas de los cohetes trazando una línea recta en dirección del buque escuela Esmeralda, fondeado en el molo de abrigo. Un minúsculo segundo de silencio precedió a la explosión del símbolo más querido de la Armada chilena, la Dama Blanca, el buque escuela, el verdadero primer amor de todo marino de este país, que todo el puerto vio envuelto en una bola de fuego antes de volar despedazado por los aires, con toda su tripulación a bordo. Sus restos cayeron desperdigados por toda la poza del molo de Valparaíso, entre gruesas columnas de humo negro.

Los segundos que vinieron después no cuentan, no existen, nadie los recuerda. El resto de la flota, a la distancia, también parecía perpleja y paralizada. El

contragolpe era manifiesto, el Ejército y la Fuerza Aérea desplegarían todo su poderío para aplastar el movimiento en ciernes y no habría negociación de ningún tipo. El mensaje era claro. Habían perdido antes de comenzar siquiera el combate.

Durante todo el día 10 de septiembre fuerzas del Ejército, apoyadas por una decena de helicópteros Huey Bell, se dedicaron a apagar los focos de resistencia de la Marina en Valparaíso. La Fuerza Aérea desplegó misiones de amedrentamiento y sólo registró un par de ataques desorganizados, protagonizados por suboficiales y marinos encolerizados a quienes los impulsaba el deseo de venganza antes que un intento real de sostener el motín. Las naves se rindieron una por una, en un efecto dominó imparable. Al mediodía, sólo el Blanco Encalada y el Almirante Latorre se mantenían en estado de rebeldía, más por lavar su honor de la previa acusación de una infiltración marxista que por convicción.

A las tres de la tarde, un avión de reconocimiento de la Fach detectó una barcaza dirigiéndose a toda velocidad hacia Coquimbo, al parecer al encuentro de algún barco norteamericano de la Operación Unitas. La barcaza, interceptada minutos después, llevaba al almirante José Toribio Merino y a parte de su oficialidad más cercana. Todos fueron detenidos sin ofrecer resistencia. Tras el arresto del alto oficial de las Fuerzas Armadas que representaba el mayor riesgo para la seguridad del país, se declaró oficialmente que el intento de golpe de Estado contra el Presidente Salvador Allende de septiembre de 1973 había sido exitosamente neutralizado».

 

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Martina miró el reloj análogo adosado a la pared del t-Syn: las 12:25 de la noche, en unos minutos la llamarían para presentarle a su guía turístico. Pinochet detuvo el golpe; al interior de algunas reparticiones del Ejército los días siguientes serían caóticos, habría tiroteos y suicidios, pero ningún alzamiento serio y organizado. Pinochet había detenido el golpe del 11 de septiembre y emergía como el héroe del pueblo. El mismo hombre con quien había conversado esa misma tarde, ese hombre maduro que jugaba a ser un anciano afable. ¿Había ocurrido todo esto realmente? La memoria es un archivo caótico, un pésimo bibliotecario que inventa, agranda y tergiversa para no ser sorprendido en falta. ¿Se puede saber la verdad?

—Sí, habla Martina Aguablanca. Necesito comunicarme con el señor Arsenio Enrieta, su número es 625565. Sí, espero.

A través de la ventana oyó los sones de una banda de música nortina; debía ser una de las delegaciones de obreros, que llegaba con anticipación.

—¿Hola, Arsenio? Sí, disculpa que te llame a esta hora, mi negro. No, no te preocupes, me alegró mucho verte, de verdad… Nada raro, no me pasaba nada. Si yo también te quiero, negrito, no te preocupes. Oye, pana, necesito que me confirmes la reunión de mañana con el ministro Flores. Sí, llegaré a la hora. Si sé que represento al pueblo libre de Venezuela y todas esas patrañas. Es una broma, mi negro…, ja, ja, ja… Tranquilo, sé que es importante para el gobierno, iré con una minifalda entonces… Okey, a las nueve. Hablamos después, mi negrito. Un beso.

Colgó el teléfono pensativa, se levantó de la cama y se dirigió al baño. Necesitaba una ducha rápida. Necesitaba despejar su mente de tanto disparo y olor a humo.