Synco

Jorge Baradit · Capítulo 59 de 60

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Synco

Capítulo 57

57

Martina fue sacada del camión a tirones. Lo último que vio de Townley fueron sus ojos azules llenos de terror y una M-16 pasando la bala. Las puertas se cerraron. Se escuchó un disparo.

Un bus se estacionó a pocos metros y la obligaron a subir. Alguien le escribió una letra D mayúscula en la mejilla con un marcador y le dio la instrucción de no hablar con nadie so pena de muerte inmediata. Se sentó en uno de los asientos disponibles junto a decenas de hombres, mujeres y niños que sollozaban quedo e intentaban no mirar a nadie a los ojos, todos con la misma letra dibujada en sus rostros.

El camino hacia el aeropuerto estaba vacío, sólo patrullas militares y algunos camiones al costado del camino parecían escoltarlos y mantenerlos separados del resto de la población. En una esquina creyó ver una camioneta con una pila de al menos veinte cadáveres, apilados ordenadamente en el remolque, todos calvos y vestidos de café, todos con agujeros negros en el sitio donde deberían haber estado los globos oculares.

Las calles vacías, las columnas de humo negro elevándose como incienso hacia las alturas.

Chile como un cementerio.

O como un país construido sobre un cementerio, intentando el olvido como método de superviviencia.

En el aeropuerto todos desviaban la mirada. Más tarde se enteraría de que un decreto de la nueva administración prohibía bajo pena de muerte dirigirse a los «desaparecidos» como si se tratara de personas vivas.

Nadie habla: todos escuchan, pero nadie habla.

Arriba del avión nadie habla. Por la ventanilla ve con estupor que la ciudad crece con la forma de una E mayúscula. Y que más al norte otras ciudades más pequeñas formaban con ésta lo que parecía ser una palabra, de la que desconocía el significado: EMETH.

A lo lejos, distinguió tres bombarderos nucleares B-52 que volaban en sentido contrario. Trató de imaginar su misión; quizás atacar Santiago y volar la letra E de la frente del continente.

 

Martina nunca supo nada más de su país de origen. En Caracas, descubrió que poca gente reconocía siquiera el nombre, y otros simulaban groseramente no saber nada. Quizá debería esperar veinte años, quizá debería usar el AK-47 con que su padre había acabado con su vida; ¿o había sido una pistola? Sus recuerdos se fundían, su interior permanecía en un profundo silencio, ya no soñaba. Encontró una Browning entre su equipaje.

Nunca más regresaría a su país, y después de unos años, comenzó a dudar incluso de que alguna vez hubiera existido.

 

FIN