Cárceles de mujeres

Sinclair Lewis · Capítulo 8 de 48

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Cárceles de mujeres

Capítulo VII

AQUELLO debería haberla puesto sobre aviso.

Cuando, después de la primera clase, Ann se le acercó impulsivamente y murmuró: «¡Oh, doctor Hargis, nunca he gozado tanto en mi vida con una conferencia, y espero que aquí no le encontrarán demasiado radical!», él se echó a reír y le contestó:

—¿Yo radical? ¡Pero, mi querida señorita, si soy el alma del conservadurismo…, si soy un buen republicano, miembro de la junta parroquial de la Iglesia Episcopal, y me gustan realmente los cuadros de Millais y de Leighton!

—Pero… pero… ¿y eso que dijo de los mineros de Pensilvania y los siervos?

—¡Oh! —replicó él largamente—. ¡Eso lo hice para ilustrar mejor mi conferencia!

Ann, toda confusa, dejó el puesto a sus compañeras, que querían preguntarle al doctor Hargis si Gibbon y Buckle eran lecturas obligatorias o simplemente electivas.

Mientras se encaminaba a su casa, Ann pensó con cólera maternal: «Es una vergüenza que tome tan a la ligera sus dotes, siendo tan inteligente como es. Pero a lo mejor es más radical de lo que piensa. Lo que pasa es que ha adoptado ese aire de indiferencia que tienen todos los doctores en filosofía. Me figuro que será parte del oficio… que mira la filosofía del mismo modo que el señor Klebs miraba la suela de un zapato, con aire de conocedor, con una actitud científica. ¿La alcanzaré yo alguna vez? ¡Claro que sí! ¿O no seré nada más que una sentimental?… Es un encanto. Las

cejas casi se le juntan. ¡Y tiene un vello tan rojo y espeso en el dorso de las manos!».

Se encontraron varias veces, como, aunque les resulte inexplicable, se encuentran todos los que tienen interés en encontrarse; se veían después de las clases, en las conferencias, en los tés de la YWCA, en las castas orgías a base de cacao y exóticas galletas de Huntley y Palmer, que ofrecía el decano los jueves por la noche, y en la sociedad de debates, que le había nombrado su director. Ann, que hasta entonces había despreciado el discutir sintético y vanidoso, llamado «debatir», descubrió de repente que era un magnífico aprendizaje para la política. Cientos de muchachas habían demostrado un delicado interés por el doctor Hargis; pero, lo que Ann creía saber, las domésticas Amy Jones de la Universidad le aburrían porque les interesaban menos los reyes carolingios que la masa de un pastel y el decorar por poco dinero las casas pequeñas, y las Mitzi Brewer le asustaban, porque sus miradas atrevidas amenazaban la posición del serio y ambicioso auxiliar. Sufriendo por él y por su ceguera, Ann le veía mariposear de una muchacha a otra, y cuando, por fin, se posaba en ella —

¡oh, ya comprenderéis que del modo más puro, más amistoso!—, le entraban ganas de mostrarse desdeñosa con él, pero no podía.

Eran amigos.

Hablaban horas enteras en el vestíbulo del edificio de la YW. Él abandonaba entonces su aire de superioridad y ligereza que, según Ann llegó a comprender, no era más que un escudo contra las estudiantes voraces, quienes esperaban que él lo supiera todo y se habrían burlado de él al pillarlo en un error.

Y daban paseos… aunque siempre dentro del recinto de la Universidad.

Era regla establecida en Point Royal la de que los hombres, ya fueran miembros de la Facultad o parientes de visita, sólo podían pasearse con las muchachas dentro del recinto universitario, al alcance de las miradas y las risas de las excitadas jovencitas, pero que de ningún modo podían ir de excursión o salir de la Universidad. Porque, a pesar de las valientes discusiones de Point Royal, a pesar de la biología y la filosofía, de la

fingida despreocupación con que hablaban de las amantes de los reyes y de las causas económicas de la prostitución, aunque todas declaraban que eran normales y «modernas», dispuestas para el matrimonio y los hijos, o para trabajar en un plano de igualdad con los hombres, las estudiantes de Point Royal estaban en un convento, vigiladas por religiosos de ambos sexos.

En las universidades del Estado, donde se coeducaba a los alumnos, las muchachas trataban con camaradería y despreocupación a los muchachos y, al verlos constantemente en la biblioteca o en el laboratorio, podían no tomarlos muy en serio. Pero en aquel claustro, aun las mismas muchachas que habían sido educadas de un modo sano y normal con sus hermanos, se sentían tan abrumadas por la perfumada niebla de la femineidad, que se volvían tan anormales como la más histérica de las muchachas.

El pensar en los hombres, el desearlos, era su única obsesión, y la mayoría de ellas intentaban ocultarla diciendo que despreciaban a los hombres… sobre todo cuando no había ninguno cerca. Pero cuando lo había… el más feo de los profesores masculinos, el reverendo Henry Sogles M. A., profesor de latín y griego, se veía rodeado después de cada clase por un grupo enorme de muchachas, que escuchaban con reverencia observaciones tan interesantes como la de que Sófocles era mejor escritor y, desde luego, más moral que David Graham Phillips. Y sus alumnas se peleaban por entregarle sus viejos, polvorientos y gastados chanclos. Una chicuela de aire descarado, que parecía salida de un grabado francés, los encontró debajo de un pupitre y se los entregó, respirando aceleradamente.

Pero cuando las estudiantes se volvían locas era cuando alguna de sus compañeras recibía la visita de un muchacho bien parecido. Mientras el desgraciado atravesaba el Paseo de la Universidad, veintenas de lindas cabezas se asomaban a las ventanas, y cuando entraba en el edificio donde vivían las muchachas, percibía una serie de ruidos, crujidos y subir y bajar de escaleras, como si allí hubiese miles de activos ratones. Cuando el visitante se sentaba tímidamente en el salón e intentaba mostrarse galante con su único amor, le llamaba la atención el que tantas señoritas tuvieran que entrar en la habitación en busca de un libro. Y después, las alumnas discutían todos los detalles del errático dios, desde sus dudosos zapatos amarillos, hasta su alto y espléndido cuello postizo.

Sabían que las alumnas de otras universidades femeninas, mayores que la suya, acudían con la mayor naturalidad a los bailes de Yale o Harvard. Y

ellas mismas, durante las vacaciones, bailaban en los Country Clubs que, por toda la extensión de la América del Norte, recientemente enriquecida, iban transformando en lugares de diversión los prados donde antes pastaban las vacas. Pero, al volver a Point Royal, la esencia, el ritual, el perfume de la femineidad volvían a apoderarse de ellas, y las desvanecían, las hacían perder el sentido de la realidad, como si caminaran entre la niebla. Se hundían en una verdadera orgía de primores femeninos, llevaban encajes y cintas, ropa interior a la francesa, pequeños cortaplumas de plata, claramente inadecuados para la tarea diaria de afilar lápices y bebían té en tazas de la más frágil porcelana. Se perfumaban las unas a las otras y elogiaban la suavidad del perfume… pensando que el que lo elogiaba era alguno de sus imaginarios héroes.

Pero en cada clase existían también unas cuantas muchachas que se sublevaban ante tanto primor y exhibían arrogantes sus trajes de franela y servían el té en gruesas tazas de loza y, unas cuantas más, aunque pocas, que se vestían de un modo elegante y decididamente masculino, y por las que suspiraba tímidamente el resto de las muchachas.

A Ann Vickers la había encolerizado siempre aquel pegajoso hipnotismo de un sexualismo mal dirigido; había luchado contra él por medio del baloncesto, de la oración y de la fría y asexual ciencia económica. Pero la seguía acariciando con su insidiosa ternura, y aquel año llegó a maldecir —con respetables maldiciones presbiterianas—, al verse más asediada y acariciada que nunca por Eula Towers, su compañera de cuarto.

El primer mes, Eula la alarmó. El segundo, la fastidió. El tercero, la enfureció. Y cada mes que pasaba con Eula le parecía más deseable la masculinidad velluda de Glenn Hargis.

Sin embargo, no podía despedir del todo a Eula. Aquella muchacha, nebulosa y afectada, a pesar de todos sus alardes ficticios, sabía muchas cosas que ignoraba la viva y eficiente mentalidad de Ann Vickers. Le enseñó a apreciar a Keats y Shelley, Beethoven y Rodin, aunque Ann no pudo soportar nunca los verdaderos ídolos de Eula: Swinbume, Edgar

Saltus y Oscar Wilde. Con su risa aguda y socarrona, logró que Ann dejara de apreciar plácidamente a Elbert Hubbard, por más que Ann insistía en que el señor Hubbard tenía unas «enseñanzas» muy hermosas, hasta que un día Eula la hizo callar preguntándole cuáles eran aquellas «enseñanzas». Y, en un momento de ironía, Eula cerró para siempre uno de los libritos favoritos de Ann. ¡Era un libro tan lindo, susurró Ann, y además el reverendo Donnelly se lo había enviado como regalo de Navidad! Era una antología de extractos de los sermones más poéticos pronunciados por los pontífices americanos, comenzando por Henry Ward Beecher. El librito se titulaba Besos celestiales del corazón.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Eula en un arranque de histérico deleite, agarrándose los tobillos y estirando luego los brazos con un ademán de vulgar jovialidad, raro en persona tan estética—: ¡«Besos celestiales del corazón»! ¿Y por qué no hígados marineros? ¿O heroísmo de cara de pensamiento?

Para ser honrados, diremos que Ann no se enteró nunca bien de cuál era el defecto de su librito, un libro que le gustaba tanto que muchas veces se había propuesto leerlo más allá de la página veintiuna. Pero el caso es que lo dejó y lo guardó en un baúl, y que un día reconoció que prefería los versos favoritos de Eula:

El búho tenía frío a pesar de sus plumas

Temblaba la liebre entre la hierba helada

Y dormía el rebaño en cálido redil.

Más cuando le demostró su gratitud a Eula, cuando salió de la fortaleza de frialdad que había erigido contra la insinuante muchacha, Eula se abalanzó sobre ella, la besó y exclamó con una ternura que asqueó a Ann:

—¡Oh, vida mía, no sabes cuánto me alegra verte sonreír! Estabas tan alejada, tan retraída, que pensé que algo te preocupaba. ¡Oh, deseaba de tal modo simpatizar con tus penas, ayudarte! ¡Oh, sí, déjame que te bese la mano, en prueba de lo mucho que te quiero!

—¡Eh! ¡Déjate de eso! ¿Es que quieres estrangularme? ¡Deberías dedicarte a la grecorromana, no a la pintura! —dijo Ann con una voz que ella misma no reconocía, una voz llena de odio…, no de odio sino de un pío temor.

Las mañanas que hacía mucho frío, Eula quería meterse en la cama y fumar unos cigarrillos perfumados de un modo horrible, mientras murmuraba:

—¡Oh, no vayamos hoy a la clase! ¡Las clases pueden irse a paseo!

Quedémonos en la cama soñando en lo que haremos cuando salgamos de esta prisión. Piénsalo bien…, tú y yo tendremos una villa en Capri, y nos pasaremos el día soñando, junto al mar purpúreo, bajo las colinas violeta.

¡Vida mía!, ¿quieres una taza de café? ¡No te muevas, no te muevas! ¡Yo me levantaré y te prepararé una en el hornillo de alcohol!

—¡Nada de eso! ¡Tengo clase a las ocho y media! —mentía Ann, saltando de la cama y vistiéndose con una velocidad que habría asombrado a su padre.

En todo Point Royal no había más que cuatro o cinco Eulas, pero eran las suficientes para convertir en una aventura valiente y purificadora los paseos que daba con Glenn Hargis por los mustios prados del recinto de la Universidad.

Aunque sin acuerdo previo, tomaron la costumbre de encontrarse en el promontorio, sombreado por unos cuantos robles y adornado con un cañón de la Guerra civil y una estatua de Elizabeth Cady Stanton, que parecía mirar al oscuro Housatonic, salpicado de manchitas doradas por el sol a fines de otoño, y, más allá del río, una granja cuyos rojos tejados asomaban entre unos grupos de álamos. Allí, él le hablaba con exuberancia de las universidades alemanas, de los cafés del Unter den Linden y del Kurfühstendamm, del sencillo estudiante de leyes que resultó ser un Herr Graf, quien le había llevado a pasar unas vacaciones al viejo castillo que su familia poseía en Turingia, y de la rara y emocionante semana —pagada con el dinero ahorrado durante meses enteros de prescindir del desayuno y de comprarse zapatos nuevos— que había pasado en Egipto. En esa semana

había presenciado la excavación de la tumba de un rey, y, al ver los colores frescos y naturales de las pinturas realizadas cuatro mil años antes, había descubierto que la historia era una cosa viva, y por eso no se hallaba ligado a aquel año de 1910 ni a la Universidad de Connecticut, sino que en aquel momento le parecía estar paseando también por Tebas, en el año 200 antes de Cristo, o quizás en alguna Nueva Tebas asiática o americana del año 3000 antes de Cristo.

—¡Aquello cambió mi vida, como cambia la del astrónomo al mirar por el telescopio y ver que añade a su campo la Luna y Marte! —exclamó Hargis, en uno de los escasos momentos en que se atrevía a ser sencillo, sentimental.

A Ann le agradaba su inteligencia… no, su cultura. Sospechaba que Hargis era afectado y vano como una solterona, que le faltaba superioridad para ser torpemente sincero; pero como era el único hombre notable de aquel convento de monjas y, como evidentemente la había elegido a ella entre todas las demás, le compadecía y no tomaba en cuenta su puerilidad.

Pero le era imposible seguir siendo dócil y respetuosa con él…, seguir jugando a la estudiante inteligente junto al sabio maestro. No se engañaba respecto a él, como se engañó respecto a Adolfo Klebs, lo que significaba un aumento de su discernimiento, porque Adolfo Klebs era infinitamente más egoísta, mucho más desdeñoso que Glenn Hargis, PH. D. Al cabo de poco tiempo, comenzó a contestar a sus preguntas con un plácido «¡Ah, ah!», en vez de un ansioso «¡Oh, siiií!».

Aquello lo encolerizaba a él.

—¡No me toma en serio! —le decía, quejoso.

—¿Y usted?

—¡Claro que sí! Bueno, a lo mejor no. Pero usted debería hacerlo. No pretendo ser más inteligente que usted, Ann, pero desde luego tengo mucha más cultura.

—Eso me pasa con casi todo el mundo. He nacido para jefe. Siempre contaré con personas que trabajen para mí, aunque sepan más que yo; pero yo seré la que las dirija. ¡No creo que tenga nada de particular el ser una enciclopedia viva, cuando uno puede comprar por cincuenta dólares una encuadernada, de segunda mano!

—¡No soy una enciclopedia! ¡Mi fin en la clase es inspirar a los estudiantes, hacerles pensar por sí mismos!

—Bueno, yo he empezado a pensar por mí misma… acerca de usted, doctor Hargis; así que creo que debería gustarle.

—¡Es la muchacha más ofensiva del mundo!

—Le aseguro honradamente que no era ése mi propósito. Sí, lo soy, pero sin proponérmelo. No sé por qué, pero todos los hombres, incluso mi padre, él especialmente, me han parecido siempre niños pequeños. Quieren que se fijen en ellos. «¡Mamá, mírame! ¡Estoy jugando a los soldados!».

Como el predicador de Boston que predicó el domingo pasado en la capilla:

«¡Señoritas, mírenme! ¡Soy tan noble… y vosotras no sois más que unas pobres corderillas a las que me toca guiar!». ¡Si hubiera oído como se reían de él al salir de la capilla!

—¡Y —exclamó irritado Hargis— me figuro que las encantadoras señoritas se reirán también de mí al salir de la clase!

—No, no nos reímos. Nos gustan mucho sus clases. Hace que Ricardo Corazón de León nos parezca tan real como el presidente Taft.

—Es natural que así sea. Ricardo era mucho más real que el presidente.

A propósito, ¿sabía que Ricardo era un buen poeta y un crítico literario de primera categoría? Decía…

Y el doctor Hargis comenzaba a hablar de un modo agradable, como siempre que se olvidaba de sí mismo, y Ann Vickers le escuchaba, con agrado, como siempre que se olvidaba de que era un hombre y se limitaba a oírle como si fuera un libro parlante.

Cuando el doctor Hargis se dio clara cuenta de que no podía impresionar a la joven mediante bravatas o falsas tristezas de niño abandonado, adoptó una táctica contra la que ella no podía hacer nada. Se volvió burlón; se reía de la gran cantidad de naíveté que Ann tenía aún…, que siempre tendría. Ella, que pensaba con bastante rapidez cuando tenía que realizar alguna tarea, se volvía lenta y confusa cuando se trataba de defender sus propias ilusiones.

Se reía de ella, porque se enojaba por culpa de una persona tan claramente floja como Eula, porque se preocupaba por el estado de eficiencia del equipo de baloncesto, porque trataba de averiguar si la nueva secretaria de la clase, Mitzi Brewer —su malvada creación— tomaba o no en serio el registro escolar, por el sencillo orgullo que le producía obtener notas altas en el árido reino de las matemáticas, por su firme creencia de que las cosas cambiarían el día en que las mujeres obtuvieran el voto, y por su convicción, tan propia de Waubanakee, de que un vaso de whisky equivale a un billete de primera clase para el infierno.

Luego, sus dedos se llegaron exploradores hasta sus creencias religiosas y Ann retrocedió y, en su angustia, se entregó inerme a la superior táctica de Hargis.

La cosa comenzó de un modo inocente, como un simple ejercicio de gimnasia mental, y terminó impulsándola a realizar uno de los actos más dramáticos de su vida: arrancarse del corazón, en las dudosas aras de la honradez, algo tan precioso para ella como el amor.

Se hallaban junto al cañón de Stanton Point y se golpeaban los helados dedos contra las piernas, para reaccionar contra el frío de aquel triste día de noviembre, aunque el interés de su conversación les había hecho olvidarse casi por completo de él.

—Anoche tuvimos una reunión muy interesante en la YW. Era el Festival de la Cosecha, no una reunión ordinaria. Todo el mundo parecía feliz —observó Ann.

—Bien, bien, mi querida Ann, ¿y qué es lo que se hace en su feliz Festival de la Cosecha?

—¡Oh, no tiene por qué burlarse! Estuvo muy bien. Cantamos y rezamos…, pero rezamos «de veras», no de un modo maquinal. Todo el mundo estaba emocionado y deseaba unirse a nuestras oraciones. De veras.

¿Sabe que hasta Mitzi Brewer estaba allí y que cuando la directora la llamó…?

—Me figuro que usted sería la directora.

—Sí, ya que quiere saberlo, así fue. ¡Bueno, basta de bromas! Y cuando yo la llamé, Mitzi se levantó y rezó una oración preciosa.

—¿Y qué invocación ofreció al Trono Divino nuestra insinuante amiga la señorita Mitzi Brewer?

—¡Oh, ya lo sabe! Rezó como las demás, diciendo que no siempre hacía lo que debía, pero que esperaba que el Señor dirigiría sus pasos.

—¡Humm, nuestra Mitzi ha debido de ser últimamente más mala que de costumbre! Me parece haber oído que había algo entre ella y ese buen mozo que es dueño del garaje de las Falls. Están hechos el uno para el otro. Así que celebraron un casto Festival de la Cosecha y probablemente cantarían

«Entrad con los haces». ¡Espléndido! Claro está que como son cristianas y muy modernas no se les ocurriría celebrar un festival como los de los antiguos romanos. ¿Recuerda el festival de junio en Mario el Epicúreo?

Ceres y Dea Dia eran llevadas en cofres sacramentales, por muchachos vestidos de blanco, los altares estaban adornados con guirnaldas de lana y flores que más tarde serían arrojadas en la hoguera de los sacrificios…, el perfume de los campos, los sacerdotes vestidos con sus antiguas y rígidas vestiduras. Y Mario tenía la obligación de colocar violetas y panales de miel en la urna de su padre. ¡Violetas y miel! ¡Oh, esos paganos estaban completamente pasados de moda! No escuchaban los rezos con que Mitzi se arrepiente de su último flirt, ni cantaban monótonamente. «Trabaja, que la noche se acerca, cuando el hombre deja de trabajar…», lo que siempre he considerado como el peor non sequitur en la literatura.

—¡Oh, probablemente los romanos cantaban algo tan malo como eso!

¡No creo que el señor Pater conociera todas las cosas que cantaban! Sea como fuere, estábamos muy contentas. Aquello era verdadero… ¡había una quietud, una especie de felicidad crepuscular!… Era la verdadera religión.

—¡Es tan exquisita, tan conmovedoramente pueril cuando se trata de su religión, hija mía! Está perfectamente convencida de que todos los milagros ocurrieron tal cual nos los cuentan. Cree que la Biblia es historia, y no poesía.

—¡Pero, Santo Dios!, ¿no lo cree usted así también? ¡Pero si hasta es miembro de la junta parroquial!

—¡Claro que sí! Es la mores. También me afeito, pero no lo considero una cosa sagrada; y si fuera moda entre los profesores jóvenes el usar barba, como lo era hace unos cuantos años, yo la usaría. ¡Oh, sí, soy miembro de

la junta parroquial, pero se habrá dado cuenta de que no voy muchas veces a las reuniones! ¡Pero no me llame «hipócrita»! Sé con toda claridad lo que hago y lo que pienso, y usted no se atreve a hacerlo. Nunca ha aplicado la prueba de la realidad en esas emociones vagas que usted siente, no les ha aplicado las mismas pruebas que aplicaría a un archivo histórico medieval.

Después de todo, Ann, usted es típicamente femenina; es bastante realista para todo lo que no altere sus emociones, pesa la manteca y cuenta el cambio, para que la desgraciada criada no pueda sisarle un centavo. Pero se niega a preguntarse a sí misma si sus creencias son el producto de una reflexión honrada o las ha heredado simplemente de su familia. ¡Y algún día tendrá la misma fe (probablemente digna de encomio, pero desde luego irracional) en su esposo y en sus hijos! ¡Después de todo, mi querida doña Sabia, no es más que una mujer vulgar!.

—¡Es un bruto!

—¡Ya lo sé qué lo soy! Sin embargo, ni por un momento deseo privarla del consuelo de su superstición. Quiero simplemente que se conozca a sí misma (¿no es ése el fin principal de una educación universitaria?) y que, como es una dulce, serena y sana Hausfrau[7], no trate también de ser cortantemente intelectual.

—¡No soy sana! No consentiré que usted… Es… es… —«Un bruto».

¿No era ésa la palabra?

—Sí, claro que lo es. ¡Es un bruto!

Durante todo el camino de vuelta ella se mostró belicosa, mientras que él caminaba ligero, con una sonrisa de satisfacción por haberla vencido.

Cuando se despidieron le dio las «buenas noches» con tono alegremente afectuoso.

Pero Ann no estuvo afectuosa ni alegre en toda la semana, hasta que volvieron a hablarse.

Lo que más la enfurecía era que nunca se había encarado consigo misma para cerciorarse si creía en la vida futura, en la omnipotencia y existencia concreta de Dios, o en la divinidad de Cristo.

Esta vez sí que se encaró consigo misma, aunque no sin grandes preocupaciones. Eula eligió aquella semana de agonía en el Getsemaní para proponerle que organizaran una lectura pública de poesía, y se quedó muy asombrada y alarmada cuando Ann se volvió hacia ella, exclamando:

—¡No me fastidies…, vete al diablo!

Se pasaba todo el tiempo leyendo su Biblia.

Y al llegar al capítulo IV del Evangelio de San Lucas, leyó con ojos nuevos la historia del demonio que lleva a Jesús a una montaña y le muestra todos los reinos del mundo, ofreciéndoselos si le adora.

—¡Claro! —exclamó, admirada—. ¡Es un símbolo!

Con asombro se dio cuenta de que toda su vida había tomado aquello como la crónica de un hecho real, y se figuró que lo había explicado como tal hecho real en la Escuela Dominical de Waubanakee. Contemplando su inteligencia de un modo impersonal, como si la viera por primera vez, descubrió que nunca se le había ocurrido reflexionar acerca de lo que decía la Biblia ni de lo que le enseñaban de niña en la iglesia, y que lo había aceptado todo sin digerirlo. Aun el vago agnosticismo de Oscar Klebs no había representado para ella más que unas cuantas frases que había adoptado sin aplicarlas a sus verdaderas creencias.

«Y todos los milagros…, son mitos bellos… tan reales como Santa Claus para un niño de cuatro años», se dijo, maravillada.

Sentía lo mismo que si acabara de descubrir que su esposo la engañaba desde hacía varios años, enterándose al mismo tiempo de que todo el mundo lo sabía y se reía de ella. Y trató de recobrar su serena fe, leyendo el salmo dieciocho:

Los cielos publican la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la grandeza de las obras de sus manos.

Un día da al otro nuevos motivos de celebrarlas y la noche las comunica a la noche siguiente.

No hay lenguaje, ni idioma, en los cuales no sean entendidas estas sus voces.

Su sentido se ha propalado por toda la tierra, y hasta el cabo del mundo se han oído sus palabras.

Puso Dios especialmente en el sol su tabernáculo; y a manera de un esposo que sale de su tálamo, salta como gigante a recorrer su carrera.

Sale de una extremidad del cielo y corre hasta la otra extremidad del mismo; ni hay quien pueda esconderse de su calor.

La ley del Señor es inmaculada, y ella convierte a sí las almas; el testimonio del Señor es fiel y da sabiduría a los pequeños.

Los mandamientos del Señor son rectos, y alegran los corazones; el luminoso precepto del Señor es el que alumbra los ojos.

El puro y santo temor del Señor permanece por todos los siglos; los juicios del Señor son verdad…

Por primera vez en su vida no le pareció más que una hermosa poesía; leía los versículos con tono grandilocuente, contenta de que Eula no estuviera en la casa para reírse de ella. Y, también por primera vez, le pareció que aquello no tenía nada que ver con la vida diaria.

Y casi con ferocidad, fue a encontrarse con el doctor Hargis, en Stanton Point.

Mientras se paseaban por un caminillo que había al borde del acantilado y contemplaban el valle, cubierto de mustia hierba abrasada por la helada, él le preguntó burlón:

—¿Ha pensado un poco más acerca de su interesante religión medieval?

—¡Sí!

—¿Y ha decidido algo acerca de los panes y los peces?

—¡Oh, cállese! Sí, he decidido algo. Mañana por la noche… (dentro de un par de meses, probablemente, me elegirían presidenta del YWCA), pero en la reunión de mañana por la noche, renunciaré a mi puesto y les diré por qué lo hago.

—¿Quiere decir que se va a poner frente a esa masa de pureza con anteojos y le va a decir que cree en el cristianismo tanto como en el budismo?

—¡Claro que sí!

—Pero… ¿qué les interesa eso a ellas? Es un problema suyo y nada más. No es asunto de mentir o no mentir; pero, sencillamente, no hay ley alguna que la obligue a confesar, palabra por palabra, todo lo que le pasa por la cabeza.

—Puede ser que no, pero yo he dirigido las reuniones, he rezado, he confesado mi fe… por lo visto sobre bases falsas. ¡Oh, no voy a intentar quitarles a ellas la suya! ¡No! Que sigan teniendo fe, si les gusta. Pero, por respeto a mí misma, debo decirles cuál es ahora mi posición.

—Pero, ¡Ann! —el doctor Hargis había perdido su tono burlón, su alegría por haberle demostrado a la muchacha que era superior a ella. Sus ojos la miraban con una mirada de pueril desamparo; su aguda voz era casi un chillido—. No me gusta que me mezclen en esto ni quiero que inspeccione mis opiniones privadas un grupo de charlatanes provincianos.

¡Entiéndame bien, no es que me dé miedo! ¡Pero si supieran, especialmente el presidente, que yo había influido en usted, eso podría perturbar seriamente mi misión de enseñar historia de un modo inteligente!

—¡Oh, no se asuste! ¡No le expondré a nada de eso!

—¡No sea idiota! ¿Cree que tengo miedo? ¿De esos estúpidos? ¡No diga tonterías! Pero no quiero darles una oportunidad de que se inmiscuyan en mis asuntos privados.

—Ya le dije que no le expondría a nada. ¡Buenas tardes!

Y se alejó hecha una leona.

Al día siguiente, se dirigió a la asamblea de la YWCA y grave, brevemente, sin nerviosidades ni exaltaciones de un falso heroísmo, les dijo que ya no podía aceptar ciertas doctrinas más que como una fábula brillante y valiente, como las del ciclo del rey Arturo. Les anunció que renunciaba a su puesto de vicepresidenta… y de pronto, con la alegre actitud cooperadora, propia de todos los políticos, ¡agregó que esperaba que eligieran a Amy Jones para su puesto!

Pero no mencionó al doctor Hargis en aquella ocasión ni más tarde, cuando, de nuevo en su habitación, se vio rodeada de sus amigas, que gemían:

—¿Qué te ha pasado? ¡Te has vuelto loca! Aunque pienses de ese modo,

¿por qué les das a los fanáticos esa ocasión de hacerte daño?

Eula aprovechó el momento para echarse a llorar y declarar que su querida, su amada Ann, podía creer lo que le viniera en gana, y que ella le seguiría a los infiernos o al destierro.

El suceso, que ocurrió en un mes muy aburrido, causó sensación en Point Royal. La presidenta, una mujer piadosa, aunque fuera la hermana de un popular obispo episcopaliano, llamó a Ann para discutir con ella y leerle a Newman —el Newman primitivo y corregido—. En una reunión especial de los directores de la YW, una muchachita asustada y anémica llamada Sara rezó en voz alta por Ann, con gran disgusto de ésta. Era curioso, pero aunque no había transcurrido más que una semana, a Ann le parecía que su lucha había sucedido hacía varios años y había sido olvidada ya.

Con el único con quién podía hablar de ella era con el doctor Hargis; desde luego no con Eula, que empezaba enseguida a retorcer sus brazos húmedos y delgados.

Aunque despreciaba ligeramente el pánico de Hargis, pensaba que habían compartido juntos los peligros del destierro y… ¡oh!, al fin y al cabo era un hombre y ella necesitaba la seguridad que, como había oído decir, sólo los hombres pueden dar a las débiles mujeres.

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