Cárceles de mujeres

Sinclair Lewis · Capítulo 4 de 48

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Cárceles de mujeres

Capítulo III

DESDE los once a los quince años, Ann estuvo románticamente enamorada de Adolfo Klebs. No supongáis por eso que se salió de la sana y normal ridiculez al suspirar por él, o que no tenía otras cosas que hacer.

Estaba tan ocupada como… un cachorro. Todos los días tenía nuevas aventuras: patinaba, montaba en el tobogán, pescaba, nadaba y una vez atrapó un conejo…, aunque volvió a soltarlo enseguida, llena de compasión; curaba a los perros, a los gatos y a las patitos, muchas veces con gran disgusto de sus pacientes; descubrió a Virgilio, a lord Macaulay y a Hamlet, el automóvil, y el nuevo e inmenso campo del arte cinematográfico. En una de las fiestas de la Orden de la Estrella Oriental oyó a una joven de cabellos negros y ondulados recitar versos de Kipling.

Hacía pasteles, barría y planchaba; le encantaba planchar, porque ¡dejaba las telas tan suaves y tan lisas! Se encargaba de los trabajos domésticos cuando se despedía la criada, cosa que ocurría con bastante frecuencia, y cuidaba siempre de su padre, tan distraído y mucho más desorganizado y aturdido que ella misma. Le daba sus pañuelos, le ponía la bufanda, y le obligaba a salir de paseo los domingos por la tarde. Y se acostumbró a mirar a los hombres de un modo tan protector que parecía imposible el que alguna vez llegara a amar a alguien a quien no pudiera reñir y mimar como a un niño.

Pero todos los días seguía viendo al imperioso Adolfo.

Estaban en la misma clase en la escuela y, aunque toda la ciencia de Adolfo consistía en sonreír con gesto de condescendencia cuando no sabía qué contestar, a Ann le parecía un ser superior. Nadaba, luchaba, patinaba y jugaba al béisbol mejor que cualquiera de los otros muchachos del grupo.

No temía al policía del pueblo y sabía bailar mejor que nadie…; pero otras chicas, además de Ann, se habían dado también cuenta de esto y a veces, en las fiestas de los jóvenes, se pasaba toda la velada esperando en vano que él le dijera:

—¿Me haces el honor de bailar conmigo?

Quizá la mejor de todas las fiestas a que asistió por entonces Ann fue la ofrecida por la señora Marston T. Evans, esposa del presidente del Banco Lincoln y Douglas y presidente del Midstate Plough y Wagón Works —el Lorenzo de Médicis, el J. P. Morgan, el barón Rotschild de Waubanakee—, el día en que su hija Mildred cumplió los quince años, dos meses después de que los cumpliera Ann Vickers.

Ann había admirado siempre, y hasta envidiado un poco, la casa de los Evans. Era blanca, con una torrecilla verde, muy alta, y tenía salón y biblioteca. El salón tenía un suelo de madera oscuro y brillante, cubierto en parte por una legitima piel de tigre, y, en las paredes, dos cuadros verdaderos pintados a mano, muy antiguos, quizá de unos setenta y cinco años, que, según decían, valían cada uno varios cientos de dólares. En la biblioteca, detrás de las puertas de cristal de los estantes, se veían hileras e hileras de libros, encuadernados en piel y con adornos dorados.

Durante todo aquel sábado del mes de mayo, mientras la criada la ayudaba a preparar su vestido de fiesta, Ann no hizo más que preguntarse si Adolfo acudiría o no a la fiesta. No se había atrevido a preguntárselo, y los rumores diferían entre sí. Adolfo no contestaba nunca a las preguntas directas y salía siempre del paso con evasivas más o menos ingeniosas.

Costaba trabajo imaginarse que la señora y el señor Marston T. Evans invitaran al hijo de un zapatero socialista, pero se decía que Mildred «estaba loca por él».

«¡Si no va a la fiesta me muero…; tan bonito como ha quedado mi vestido!», pensaba llena de angustia Ann, mientras planchaba con aspecto independiente y animoso.

Su nuevo vestido de fiesta no era, en realidad, un vestido nuevo. El verano anterior había sido un vestido de organdí blanco, con banda roja, que hacía muy buen papel en las noches veraniegas. Ahora, con sus propias manos —que durante una semana se parecieron a las de un habitante de las

islas Salomón—, lo había teñido de un color azul pálido, y ella y la cocinera se habían pasado el día cosiéndole unos puñitos y un cuello blanco y planchándolo hasta que quedó fresco y sedoso, como nuevo.

Para la cabeza tenía un chal de encaje de su madre, y su padre le había comprado unos zapatos de baile, de color azul cobalto. Pasados varios años, Ann solía preguntarse a veces si su padre, el profesor, tan severo cuando se trataba de las notas escolares, con su Carlyle y su Revista Educativa, habría sido en realidad tan irremediablemente persona mayor como ella lo creyera.

Cuando murió, lo echó mucho de menos, y la apenaba el pensar que no volvería a oír aquella risita apagada que tanto la enfurecía de niña.

La fiesta iba a empezar tarde…; algunos de los chicos del grupo dijeron que no terminaría hasta las once y que les habían citado para las ocho, no para las siete o las siete y media, como en las demás fiestas burguesas de Waubanakee.

No había luna cuando, después de terminada su toilette, se dirigió a la fiesta. Pero el cielo estaba iluminado por el último reflejo del sol, una luz más cálida y suave que la de la luna, lo cual, a pesar de toda su celebridad, no es más que una claridad bastante fría y burlona, hecha del aliento de los enamorados muertos. Los copudos sicómoros de Nancy Hanks Street tenían contornos escultóricos, y las partes del tronco desprovistas de corteza parecían huecos misteriosos a la luz crepuscular. El aire se llenaba con los murmullos del pueblo, las risas distantes, las pisadas de los caballos y el ladrido del perro de una granja, ruidos vagos y apagados. Y Ann se sentía feliz.

Se emocionó y hasta se sobresaltó un poco cuando, al doblar la esquina, vio desde lejos los esplendores de la fiesta. El jardín de los Evans estaba iluminado con linternas japonesas, pero no sólo con una o dos hileras, como en los festivales de la iglesia, sino colgadas de todas partes; de los arces que había junto al seto, de los abetos y los rosales del jardín y del enorme porche central. ¡Aquello era París! Y, cuando se acercó más, Ann vio que en el jardín —¡al aire libre, a la vista de todos!— había una mesa cubierta de los más delicados manjares del mundo: varias clases de pastel, innumerables jarras de limonada y otras bebidas, igualmente delicadas y tres grandes recipientes con helados. Una criada, —no la criada de los

Evans, sino una muchachita contratada para la fiesta— había comenzado ya a servir el helado a varios jóvenes que le tendían ansiosamente sus platillos.

¡Refrescos desde el principio de la fiesta, y quizá durante todo el tiempo que durara, no sólo al final, como en otros sitios!

Pero el espíritu concienzudo de Ann que siempre venció en ella al aventurero, la llevó a pensar si no le haría daño al estómago tomar tanto dulce durante la velada.

Súbita y brillante como un cohete, la música dejó oír sus primeros compases y Ann vio que estaban bailando —¡bailando en el porche, al aire libre!— y que no lo hacían a los sones de un simple fonógrafo, sino de una orquesta compuesta de un piano —¡habían sacado el piano al porche!—, un violín y un clarinete. ¡Y el que tocaba el clarinete era nada menos que el señor Bimby, de la tienda de tejidos «Eureka», y director de la banda de Waubanakee!

Aquello era demasiado. Ann huyó. Ella, la nadadora intrépida, la que subía a los aleros, sintió miedo de la sociedad; echó a correr hacia la oscuridad y permaneció en la sombra, mordisqueándose la punta de un dedo. Años después sentiría lo mismo cuando, después de haber presidido una gran asamblea de damas importantes, complacientes y tontas, reunidas para tratar de imposibles reformas, se encontrara de repente en un bullicioso club nocturno de Nueva York.

Perdida toda su alegría, y como el que cumple un deber desagradable, se encaminó de nuevo a la casa de los Evans y atravesó la puerta. Su estado de ánimo empeoró. Le parecía que iba vestida con un viejo traje de algodón.

¡Las otras muchachas resultaban tan primorosas!… Mildred Evans con su traje de encaje con viso de raso rosa; Mabel McGonegal —la hija mayor del doctor—, vestida de terciopelo rubí, con un collar de piedras del Rin; Faith Durham con un vestido de vaporosa seda japonesa… ¡Todas tan primorosas, tan femeninas, tan atrayentes, tan ligeras… y ella tan ordinaria, tan pesada!

Pero no se dio cuenta de que la mayoría de las otras veinte muchachas llevaban vestidos tan familiares como el suyo. En cualquier fiesta, Mildred, Mabel y Faith se las arreglaban para presumir, lucirse y colocarse en primer plano. No se distinguían mucho en el estudio del latín o en la cocina, pero

habían nacido para brillar, casarse con condes lituanos, ser estrellas de cine o vivir gloriosamente de las pensiones que les produjeran sus divorcios y de cocktails.

Como un pesado perrazo de ganado que contempla con asombro los asaltos de un galgo, Ann las miraba dar vueltas al compás de los divinos acordes. Pero la señora Evans salió graciosamente a su encuentro, exclamando con benevolencia:

—¡Annie, querida, te echábamos mucho de menos, aunque esperábamos que no dejarías de venir…! ¡Ven a tomar un refresco antes de ir a bailar! —

y Ann recobró su confianza. ¡Qué refresco le sirvieron! La gran fuente de soda, con todo su esplendor, no había aparecido aún en el mundo occidental; en los establecimientos del ramo se tomaban un icecream de vainilla, o helado de vainilla. El refresco que la señora Evans le ofreció a Ann (sin explicarle, desde luego, lo que era un refresco) estaba cuajado de trozos de hielo, rodajas de ananá y de naranja, y ¡hasta tenía dos cerezas!

Ann se lo bebió como si estuviera en el paraíso, hasta que se dio cuenta de que la señora Evans la había dejado.

¡Sola! Le entraron deseos de marcharse.

Y entonces vio a Adolfo Klebs, medio oculto por la sombra de un abeto, sentado en un taburete plegable y bebiendo también limonada de frutas.

—¡Hola, Annie! Ven aquí y siéntate a mi lado —le dijo él con tono ostensiblemente cariñoso.

En señal de tributo a Adolfo —un tributo que no volvería a recibir en su vida—, Ann dejó sobre la mesa su refresco, no solamente sin terminar, sino con una de las cerezas. Al lado de Adolfo había otro taburete, y Ann se sentó en él y apoyó la barbilla entre las manos.

—¿Por qué no bailas? —le preguntó.

—¡Oh, que se vayan al diablo! Son demasiado elegantes para mí. ¡No soy más que el hijo del zapatero! ¿Por qué no bailas tú? ¡Tu padre es rico, como ellos!

Ann no tuvo la falsa modestia de negarlo; aquello era verdad, desde luego: su padre ganaba dos mil ochocientos dólares al año. Pero, exclamó:

—¡Oh, estás loco! ¡Todas están chifladas por ti! ¡Pero, Dolph, si eres el mejor bailarín de la ciudad! ¡A todas las chicas las vuelve locas el bailar

contigo!

—¡Que se vayan al diablo! Mira, Ann, tú y yo somos las únicas personas decentes que hay aquí. Esas chicas no son más que un manojo de coquetas. No saben cazar o nadar tan bien como tú, son todas unas mentirosas. Pero tú eres una chica estupenda, Annie. ¡Eres mi novia!

—¿De veras? ¿Soy de veras tu novia?

—¡Vaya si es verdad!

—¡Oh, Dolph, qué feliz me haces! ¡Cuánto me gustaría ser tu novia!

Le tomó la mano y él la besó torpemente en la mejilla. Ésa fue su única caricia. Los besos prolongados y otras caricias aún más íntimas existían ya en aquella velada de la Edad de la Inocencia, pero el acariciarse delante de todo el mundo no se había convertido aún en un deporte público y aceptado por todos.

—Vamos a bailar. ¡Ahora verán lo que es bueno! —dijo ella con entusiasmo.

Mientras cruzaban el jardín y se dirigían a un lugar más iluminado, Ann vio que su Hombre iba tan magníficamente vestido como Morgan Evans: llevaba un traje de sarga azul marino, un cuello altísimo, una elegante corbata de lazo, de color verde, con un estampado de hojas de trébol blancas y haciendo juego con ella, un pañuelo de seda verde que asomaba por el bolsillo del pecho.

En cambio, detalle curioso, él, el hijo del zapatero, no llevaba escarpines, como algunos de los aristócratas, sino sus toscos y gruesos zapatos negros de todos los días.

El bañe acababa de terminar y la orquesta comenzaba a tocar un two-step[3], cuando Ann y Adolfo subieron desafiadores al pórtico. ¡Oh!, aquella música hecha de espuma y luz lunar, a la que acompañaban extasiados los románticos, cantando:

¡Oh, éste es el día

en que despiden a los bebés

con media… libra… de téééé!

En los brazos de Adolfo perdió su energía. Su fuerza se perdió en la de él, que la hacía girar sin esfuerzo. Ann era una pompa de jabón, una mariposa, una alondra. Se olvidó de sus rivales y de sus elegancias; ni siquiera tenía que evitarlas al bailar, porque Adolfo la guiaba con mágica seguridad. Aunque bañaban moralmente, separados por una distancia de un palmo, la mano fuerte y nerviosa del muchacho, apoyada contra su espalda, le producía el efecto de una batería eléctrica.

En aquel momento cesó la música, y Ann cayó del cielo y escuchó aturdida a la señora Evans, que gritaba con su voz fuerte y clara:

—¡Ahora, muchachos, vamos a jugar a las prendas!

Ann y su enamorado se separaron. La timidez del muchacho ante los esplendores de aquella fiesta versallesca se había desvanecido. Nadie saltaba con mayor agilidad ni cantaba con voz más fuerte. Adolfo era mayor que los demás, pero se adaptaba fácilmente. La noche anterior había estado bebiendo cerveza con maduros hombres de veinte años: aquella noche dominaba a los niños. Cuando volvieron a bailar, Ann buscó a Adolfo con la mirada, pero él bailó primero con Faith, luego con Mabel McGonegal, la distinguida hija del doctor —una chica que sabía tocar el piano y recitar poemas en dialecto franco-canuck—, y al fin con Mildred Evans en persona.

La señora Evans los miró y le dijo a su esposo, riendo entre dientes:

—Ya ves que el hijo de Klebs es todo un caballero.

—Sí. Después de todo, esto es una democracia y, yo también nací en una granja —observó, ponderativo, Marston T. Evans.

Pero Ann Vickers contemplaba a Adolfo y a Mildred, que giraban lánguidamente en el vals, con la mirada dolorida de un perro abandonado por su amo.

Se había quedado casi todo el tiempo sentada. Bailó un two-step con Winthrop, su fiel camarada, pero después de la ligereza de Adolfo el baile le resultó un tormento. Le parecía que tiraba de Winthrop como de un carro.

Tropezaban con todos y aunque Winthrop seguía el compás de la música con sus silbidos, altos e irritantes, sus honrados pies protestaban contra

tanta frivolidad y seguían su camino sin hacer caso de todas aquellas tonterías.

Jugaron al Correo.

Cuando el jefe de Correos —estacionado junto a la puerta de la biblioteca, que habían dejado a oscuras y en cuyo interior se hallaba Adolfo para recibir los besos de quien entrara—, inspeccionó a las muchachas para elegir una de ellas, todas se turbaron más que de costumbre. Adolfo era, a la vez, el paria y el rey de la fiesta; era un Robin Hood que alborotaba la provinciana corte.

—¡Ah…, ah…, Ann! —gritó el jefe de Correos.

Hubo risitas ahogadas.

—¡Está loca por él! —murmuró Mabel al oído de Mildred.

Ann no la oyó, afortunadamente para Mabel, porque en su modesta esfera su venganza era tan terrible como la del Señor.

No la oyó. Tan ligera como si volara entró en la habitación, que había dejado de ser biblioteca para convertirse en una maravillosa y emocionante caverna. Tropezó con objetos que, con toda seguridad, no estaban antes allí.

Se sintió extraviada y alegre. Tendió las manos… ¿hacia qué? En su inocencia no tenía ni idea de los ardores corporales. Lo que quería era la esencia del amor, no su corteza…, aunque andando el tiempo habría de convencerse, por experiencia, de que la carne no es el enemigo, sino el intérprete del amor.

—¡Ven! —oyó gruñir a Adolfo.

Se acercó a ella y la besó ligeramente en el extremo de la mandíbula; luego murmuró:

—¡Ahora te toca a ti! —y su caballero abrió apresuradamente la puerta y salió de la biblioteca.

Ben entró entonces. Desde muy pequeño había adorado a Ann, la había seguido a todas partes, le había regalado manzanas. Ahora que era ya casi un hombrecito, el besarla le parecía una gran cosa. Por eso, mientras la buscaba a tientas, rió con risa estúpida y murmuró:

—¡Diablos, tengo miedo! —al fin, la halló sentada en el sillón y, mientras la besaba tímidamente, exclamó—: ¡Pero, Annie, si estás llorando!

—¡Oh, por favor, no me beses, Ben!

—¡Pero si estás llorando! ¿Te trató mal Adolfo?

—¡Oh, no, no, no es que… tropecé con una mesa en la oscuridad!

Se sentaron en silencio y Ben le dio unas cuantas palmaditas en el hombro, hasta que al fin Ann murmuró:

—Ya se me pasó. Creo que debemos salir.

Al verla aparecer, los muchachos que se hallaban frente a ella prorrumpieron en una tempestad de carcajadas.

—¡Oh!, ¿qué habéis estado haciendo tú y Ben? ¡Apostaría cualquier cosa a que os habéis estado besando, Annie!

Y Adolfo la miró de reojo.

Gracias a un violento esfuerzo de su voluntad, Ann logró dominar su deseo de marcharse inmediatamente a casa. Tenía ganas de matar a alguien, de matarlos a todos. Pero se dominó y se sentó, sin hablar. Nunca llegó a saber quién era la muchacha que entró después que ella en la biblioteca para someterse a las tibias caricias de Ben.

Pero se enteró perfectamente de que llamaban a Adolfo para que se entrevistara en la oscuridad con Mabel McGonegal.

En el grupo se había murmurado muchas veces que Mabel era una coqueta, y que era «muy amable con los chicos». Los asistentes a la fiesta, con excepción de Ann, permanecieron cinco minutos contemplando la puerta de la biblioteca, riendo nerviosos, poseídos de un embarazo juvenil.

—¡Y conmigo no se quedó ni cinco segundos! —se decía rabiosa Ann.

Mabel salió de la biblioteca sacudiendo ligeramente la despeinada cabeza. Pero no se parecía en nada a Ann, era mucho más mundana. Antes de que pudieran reírse de ella, exclamó:

—¡Y lo más probable es que no me haya besado!

En el corazón de Ann reinaba un frío de muerte.

Pero cuando Adolfo salió a su vez, orgulloso y fanfarrón, no sufrió cómo había esperado, sino que se echó a reír y pensó: «¡Pero si es como un gato, si anda como un gato!».

En aquel instante desapareció todo el amor que sentía por su héroe y por eso no se apenó al oír que Adolfo le preguntaba brevemente a Mabel McGonegal:

—¿Puedo acompañarte a tu casa?

A ella la acompañó Ben, que iba tropezando tontamente por el camino y precedía todas sus observaciones con un «¡Oh!» o un «¡Mira!».

La luz del crepúsculo había desaparecido totalmente.

Al llegar a la puerta de la casa de Ann, Ben exclamó quejoso:

—¡Oh, Ann!, ¿por qué no te buscas un novio? Nunca has tenido novio.

¡Uf, cómo me gustaría que fueras novia mía!

Pero se quedó muy asombrado y aún más embarazado al recibir un cordial beso, y enormemente sorprendido al ver que Ann, después de haberle besado, decía:

—¡Eres muy simpático, pero nunca seré la novia de nadie! —y echaba a correr hacia la casa.

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