Cárceles de mujeres

Sinclair Lewis · Capítulo 31 de 48

Páginas del PDF

Cárceles de mujeres

Capítulo XXX

LA MUCHACHA que llegó a Nueva York en el Quarker Limited, aquella tarde del 16 de septiembre de 1925, tenía un aspecto ligeramente provinciano. Su traje, desde luego de dos años atrás, era muy largo, demasiado largo para la moda actual, y no tenía un corte elegante. Llevaba guantes nuevos, zapatos limpios y brillantes, tenía los tobillos finos, los ojos oscuros e impacientes y el cutis bonito. Era una persona reservada, que no se fijaba en las miradas invitadoras que le dirigían sus compañeros de viaje. ¿Sería una maestra de escuela? Sea como fuere, era una mujer preocupada por algo. Con frecuencia, dejaba el libro que estaba leyendo y se ponía a reflexionar, y no hacía más que morderse los labios.

Al llegar a la estación de Pensilvania, siguió al mozo de equipajes que llevaba sus maletas, como si no lo viera. Alzó los ojos, rústica y asombrada, para observar el enorme vestíbulo de la estación y luego siguió adelante, mirando hacia la calle.

Cuando el mozo le preguntó: «¿Quiere un taxi?», ella vaciló:

—Esto…, creo que sí… Sí, bueno.

Dentro ya del taxi se asomó a la ventanilla para mirar el Gibraltar del Hotel Pensilvania, murmurando: «¡Caramba!». Pero luego se echó hacia atrás, sin ver nada que no fuera ella misma, ni siquiera los hombros del chófer, a quien en apariencia miraba.

Le había dado una dirección en la calle Sesenta, Oeste. Al llegar a una de esas innumerables casas de departamentos neoyorquinas, que tratan de ocultar el olor a col y a ropa lavada, con un portal cubierto de mármol y un ascensor dorado, aunque poco digno de confianza, la muchacha le dijo aguadamente al chófer:

—¡Aguarde! ¡Aguarde! ¡Voy a ver!

Luego le preguntó al portero negro:

—¿Ha llegado ya a casa la señorita Bramble? ¿La señorita Patricia Bramble?

—Ya no vive aquí. Se ha marchado a New Rochelle. Ha puesto un negocio en New Rochelle (Connecticut), señora. Sí, señora.

—¡Oh!

Pero era un «¡Oh!» de indignación, de colérico desamparo.

Luego le dio al conductor del taxi otra dirección, una dirección de la Quinta Avenida, hacia la calle Treinta. Al llegar allí bajó ante una vieja mansión, cuyos bajos habían sido transformados en taller de baúles, y los demás convertidos en pisos de alquiler.

Cruzó jadeando la ancha acera; tocó uno de los mil botones eléctricos, y cuando la puerta se abrió con un chasquido, penetró en la casa. Subió los tres pisos, como una mujer enferma, y llamó a una doble puerta pintada de color castaño claro. Le abrió una mujer bajita y gordezuela, con ojos agudos y, en las muñecas, unos adornos de encaje pasados de moda, quien al verla exclamó:

—¡Caramba!

Ann vaciló y se dejó caer en un sofá, demasiado agotada, demasiado vencida para poder hablar.

—Querida, ¿qué te pasa? ¿Cómo llegaste aquí? Es igual. Sigue sentada y no me hagas caso —dijo Malvina Wormser.

—Envíe… envíe —Ann se ahogaba como un pez fuera del agua—

envíe abajo a Gertrude Waggett… que pague el taxi… Está corriendo el contador… Las maletas…

La doctora Wormser silbó:

—¡Ni la muerte ni la desesperación evitarán que tu vieja economía de Nueva Inglaterra deje de funcionar!

—Bueno, es que soy una pobre celadora de prisión, y hace tres noches dimití de mi empleo en Copperhead Gap. Sí, dimití. Algunas personas lo llaman así. Ya estoy bien. No volveré a ponerme trágica.

No se puso trágica. Pero hervía de pies a cabeza en una cólera de cruzado. Iba a terminar con el sistema penal diciéndole al mundo lo que era.

Habló durante media noche, de un modo inconsecuente, pero tan claro como un noticiario cinematográfico… Describió un té en casa del alcaide Slenk; la señora Bitlick con un traje ligero, de faldas cortas, que descubrían sus gruesas piernas; el capitán Waldo contando la anécdota cómica de un preso que se había pasado semanas enteras haciendo un túnel debajo de los muros —el idiota pensaba que podía llegar a su casa, para ver a su mujer el día del aniversario de su boda— y, mientras tanto, los guardianes lo sabían y lo vigilaban muertos de risa y lo dejaban cavar. Lo pillaron la última noche, cuando salió al muro exterior y, riéndose tanto que casi no podían sujetar el látigo, lo azotaron y lo llevaron al «Agujero»… Cómo resultaban fritos los gusanos que aparecían en el picadillo de la prisión… Que Jessie Van Tuyl había pasado una semana en la celda solitaria, por haberle dado una rebanada de pan a una mujer que estaba encerrada en ella… El breve poema épico, ejemplo perfecto de la democracia americana, de una muchacha de dieciséis años, una virgen alegre y silvestre, que lo ignoraba todo, excepto los coqueteos rústicos, y que había entrado en Copperhead dos días después que Ann, por haber robado unos plátanos de un almacén y haber abofeteado al dueño, que la había denunciado. La condenaron a un año de prisión, y durante aquel año recibió la educación que, con la venganza y el terror, es uno de los fines de la cárcel, porque, ¿acaso no compartió su celda con una mujer de cuarenta años, versada en diversos asuntos, tales como el chantaje, el llevar el revólver del jefe de unos gangsters, la prostitución y la cocaína? La educación produjo su efecto. Dos meses después de su salida volvía a la prisión condenada a cadena perpetua, por asesinato… Cómo el buen doctor Slenk se había negado a que los presos tuvieran cualquier fiesta en Navidad, porque días antes había habido una «revuelta del pan», es decir, que los presos habían tirado su pan al suelo, un día que estaba rancio… De los renacuajos que había en el agua de las bañeras, que nunca quedaban del todo vacías… De que el capitán Waldo había abofeteado en la boca a una mujer, porque se negaba a compartir su celda con una sifilítica… De que la señorita Peebee le había gritado al tímido doctor Sorella, porque él había ordenado que dejara el taller una mujer con una mano infectada e hinchada… De los fósforos que amablemente vendía la firma Kaggs y Cognac, a diez centavos los tres

fósforos, y del agradable olor a tabaco que reinaba después de aquello, durante la noche, en celdas donde el fumar estaba estrictamente prohibido… Una evangelista que les dijo a las presas, en la capilla, que los oficiales de la prisión se preocupaban mucho por ellas y deseaban convertirlas en mujeres mejores… De la vez en que una tubería rota dejó escapar dos dedos de agua sobre el suelo de las celdas oscuras del

«Agujero», y de cómo las cuatro mujeres encerradas en ella tuvieron que pasarse una noche entera durmiendo sentadas en medio del agua… De la legislatura del Estado que, después de oponerse a que se concedieran doscientos mil dólares para construir un nuevo anexo femenino para Copperhead Gap, votó doscientos cincuenta mil dólares para un monumento al Soldado, una serie de estatuas y un cenotafio… Del eminente senador del Estado, un padre ambicioso, un bondadoso abuelo, un universitario, miembro del Consejo de la Universidad del Estado, e importador de productos alimenticios, casi honrado, quien había pronunciado el siguiente discurso: «Esas viles presidiarlas viven ahora como muchas reinas; tienen tres buenas comidas al día, sin tener que mover ni un dedo para prepararlas, como hacía mi pobre madre, ¡mil diablos! Un hermoso patio de recreo, para ellas solas. Baños modernos, cuando la mayoría de las mujeres cristianas y decentes de este Estado tienen que seguir lavándose en las tinas de lavar la ropa. Un médico y un sacerdote, dispuestos siempre a servirlas. ¡Clases gratis, donde se les enseña a coser, idiomas, y, sin duda alguna, a jugar al bridge-whist y preparar un buen té!

¡Y ahora el caballero del Condado de Cárter nos propone que les construyamos una mansión más lujosa! ¿Qué es lo que quiere? ¿Que la vida de la prisión sea algo tan maravilloso que a todas las mujeres del Estado les entren ganas de cometer un crimen para poder tener una oportunidad de conocerlo?».

La doctora Wormser la dejó hablar y hasta llegó a animarla, sin cansarse al parecer, aunque Ann siguió hablando como una loca hasta las tres de la madrugada; durante aquel tiempo, alguien había preparado una cena ligera, y la doctora había convencido a Ann de que debía tomar aunque sólo fuera

un huevo. A las tres de la madrugada, Ann había perdido toda su amargura y había recobrado su creencia optimista de que las «grandes personas vulgares», harían algo para remediar aquellas cosas, si las supieran. Y la doctora Wormser había planeado ya a qué editores debía ver Ann.

Charley Erman, director gerente de un diario de la mañana, era el mejor de todos ellos; amigo de la doctora Wormser, y periodista liberal que trabajaba en un diario en el cual, por más que fuera tan conservador como un banquero episcopal, no había nada que le gustase tanto como el publicar un discurso socialista donde se atacara al Chronicle. Y luego, claro está, uno o dos artículos en el Statesman, el semanario liberal que había sido el primero en decir en América que no solamente Alemania, sino también Francia, Gran Bretaña y Rusia habían tenido noticias de la Gran Guerra antes de 1916.

En dos días, Ann fue de nuevo neoyorquina y dejó de ser una tímida y doméstica rústica. La doctora Wormser le había prescrito unos cuantos trajes nuevos y unas cuantas comidas raras. Ann era rica. De los mil quinientos dólares de sueldo que había ganado en los catorce meses, había ahorrado novecientos siete dólares con sesenta y tres centavos; el resto se había ido en cigarrillos, libros, billetes de tren y préstamos a las presas que salían y que, en un ciento por ciento, no le habían pagado todavía. Se compró un traje sastre, más medias de seda que las que necesitaba —lo que es la verdadera definición del lujo—, un traje de noche y una boquilla de jade, y fue a ver una revista, aunque se marchó bruscamente a la mitad, en un cuadro donde se mostraba la prisión moderna, y donde unos criados entraban con botellas de champaña en cubos de hielo, para dar de beber a los felices bandidos…

Lindsay Atwell no había vuelto aún de sus vacaciones de Vermont. Dos días después de que Ann le hubiera telefoneado a su oficina, Lindsay la llamó desde Dorset.

—¡Querida, cuánto me alegro de que haya vuelto! Nueva York me resultaba intolerablemente aburrido sin usted. ¿Le gustaría relacionarse con las cárceles de Nueva York? ¡Tiene mucha razón! El juez Bernard Dow

Dolphin, del Tribunal Supremo del Estado de Nueva York, está aquí de vacaciones. Es un hombre muy influyente. Le hablaré inmediatamente.

Hasta pronto.

Bueno, a ella le habría gustado más que él le dijera que sus labios eran cálidos rubíes, y que deseaba besarlos, pero… También era agradable que fuera tan práctico y servicial.

A Charley Erman, el director gerente del Chronicle de Nueva York, lo habían echado a perder los años que había pasado como corresponsal en el extranjero; a la hora del té solía tomar té, en vez de pedir un cocktail. En aquel momento estaba tomando té en el abarrotado cuarto de estar de la doctora Wormser, mientras Ann le hablaba de Copperhead Gap, con toda la frialdad que le era posible… Habló de Birdie Wallop, que era Topsy, Ariel y Skippy, colgada de las muñecas durante horas enteras, sujeta contra los barrotes de una puerta, en medio de la oscuridad, con la espalda desgarrada y la garganta reseca de sed; y todo aquello por defender a Jo Filson.

Erman se aclaró la garganta, ruidosamente:

—Bueno, ¿qué es lo que quiere que hagamos?

Por mí, nada.

—¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé! Los peores disgustos no los proporcionan las gentes que no quieren nada para ellas, sino para el mundo. No tengo la menor duda de que su prisión es tan mala como dice y que, probablemente, hay prisiones mucho peores. Pero ya se ha dicho todo lo que había que decir, por ejemplo, en In Prison, de la señora O’Hare, y en Wall Shadows, de Frank Tannenbaum, y en Crucibles of Crime, de Fishman, y… ¡oh, en docenas de libros! Pero la mayoría de las gentes no hacen caso de las cosas que no tienen delante de los ojos. Nadie ha logrado hacer una revolución que tuviera éxito con personas que se encontraban a más de ciento cincuenta kilómetros de distancia. Pero lo verdaderamente importante es que usted no nos cuenta nada nuevo, ya que eso es constante, y un periódico existe porque publica noticias, cosas nuevas. Si hay un motín o un escándalo en la prisión, lo publicamos, y con él todos los detalles acerca de la mala comida, de la falta de sanidad, de la crueldad o cualquier cosa. Así

lo hicimos hace dos años, con ocasión de un escándalo. Si quiere volver a Copperhead y presentar una solicitud al gobernador, pidiéndole que actúe, o simplemente ataca al alcaide, o hace algo por el estilo, cuando la juzguen puede hablar de todo eso; nosotros lo publicaremos en lugar destacado… y usted, probablemente, irá a la cárcel por cinco años. ¿Quiere hacerlo así?

—¡Nada de eso! —dijo Ann con voz temblona—. Hubo un tiempo en que creía que no le tenía miedo a nada. ¡Pero ahora le tengo miedo a la cárcel…; un miedo terrible!

Los demás editores de los diarios dijeron:

—Sí, no dudo de que eso sea cierto, pero no es interesante. Es algo horrible, pero se trata de algo viejo, y a la gente no le interesa leer esas cosas.

El editor del Statesman, ese distinguido y liberal semanario, suspiró:

—Sí, estoy seguro de que no exagera, señorita Vickers. Y todavía hay prisiones peores. ¿Ha leído los artículos que hemos publicado en los últimos años acerca de la colonia penal de Guayana francesa y de las prisiones de la Florida?

—No, no los he leído. Lo siento, pero no los vi.

—¿Lo ve? Hay muchas gentes que tampoco «los ven». Me dice que se siente espontáneamente inútil porque no consigue que el mundo escuche lo que tiene que decirle. Pues bien, durante treinta años he tratado de que el mundo escuchara relatos verídicos de cien mil abusos que se podían impedir, y el resultado es que, aun cuando se trata de gentes como usted, la mayoría de las personas «no los han visto». ¿Qué se figura que he experimentado yo? Al cabo de cierto tiempo he aprendido a ser paciente, y me temo que usted va a tener que aprenderlo también. Y… ¡hay tantos abusos! A veces me gustaría abandonar por completo mi papel de Casandra y dedicarme a pescar. Me gusta la pesca. ¡Y cuando pesco, por lo menos saco algún que otro pez! Permítame que le lea las cartas o las publicaciones de propaganda que he recibido esta mañana; en todas ellas se me habla de algún abuso y sé me pide que cuente la verdad en el periódico y que trate de que lo arreglen, ahora mismo —y rebuscó entre el montón de papeles que llenaba su enorme escritorio—. Todas estas personas me piden, como usted,

que las ayude a ponerse en comunicación con el mundo. ¡Hum! Veamos.

Bueno, aquí tenemos un ejemplo: los presos políticos se mueren de hambre en las prisiones de Rumania. Los mineros se mueren de hambre en West Virginia, sus representantes son muertos a tiros y un maestro, persona absolutamente respetable, que protestó contra todo eso, fue deportado en plena noche, dejando a su familia aterrada y sin amparo. Los nativos de la isla de Pafugi, posesión inglesa en los mares del Sur, son explotados por los plantadores de azúcar, quienes les pagan veinte centavos diarios. Los descendientes de los esclavos liberados que se establecieron en Liberia, han convertido ahora en esclavos suyos a los habitantes del país. Emma Goldman dice que los bolcheviques tratan a los anarquistas mucho peor que un republicano del Estado de Nueva York. Los trabajadores chinos de las fábricas textiles, dirigidas por chinos, no ganan más que seis centavos diarios. Los residentes de un hotel de la YMCA de un pueblo del Oeste dicen que el secretario es un degenerado, y que un obrero joven y decente que protestó contra tal estado de cosas, ha sido detenido, acusado de sindicalismo criminal. En una Universidad del Este, un profesor que llevaba veinte años de servicios distinguidos, fue despedido por haber alabado a los mormones.

¡Y den mil más! Y yo he escrito tantas cosas acerca de las prisiones, que por el momento debo callarme un poco. Sin embargo, voy a dejar que me relate las historias de Josephine, ¿se llama Filson, no?, de Birdie Wallop y de la vieja esa que fue ahorcada, no sé cómo se llama, en tres artículos cortos, digamos de unas dos mil palabras cada uno.

Ann escribió febrilmente sus tres artículos, que fueron publicados con todo esmero en el Statesman.

Los artículos hicieron tanto ruido como una pompa de jabón tirada en medio del océano. Produjeron el mismo efecto que una hojita de propaganda religiosa, abandonada en un speakeasy.

Un periódico religioso y liberal publicó un editorial elogioso acerca de ellos. Tres diarios citaron uno de los párrafos. Una revista nueva, llamada La Mujer Triunfante, ¡revista que, desgraciadamente, vivió muy poco!,

envió a una ambiciosa y joven periodista para que se entrevistara con Ann, y luego escribió que Ann había sido celadora en una penitenciaría llamada Rattlesnake Gap, y que en compañía del alcaide, doctor Dringoole, había instituido clases de costura que habían reformado a todas las presas.

Luego recibió una larga carta de un caballero, que decía lo siguiente: Los sentimentales como usted, que quieren convertir las cárceles en lugar de recreo, son en gran parte responsables de la presente ola de criminalidad.

Porque en 1925 había una ola de criminalidad, como la hubo en 1932, 1931, 1930, 1898, 1878, 1665, 1066, once años antes de Jesucristo y en la mayoría de los años intermedios.

Las autoridades más informadas y con mayor experiencia en asuntos criminales declaran ahora que los azotes, sobre todo cuando producen sangre, deberían ser puestos de nuevo en vigor en todo el mundo, ya que son el único castigo que impone verdaderamente miedo al criminal.

Pero la respuesta más importante fue la del Proletarian Pep, el diario comunista más importante de toda América:

Con su característica impertinencia, el Statesman, la más dulzona y anodina de todas las publicaciones liberales, ha publicado algunos artículos firmados por una tal Vickers, donde se habla de las condiciones de una cárcel del Sur, llamada Copperhead Gulch. La escritora es una social-fascista, como todos los colaboradores del Statesman, también socialistas y un agent provocateur del llamado liberalismo, que ayuda secretamente a los capitalistas en sus esfuerzos por declarar la guerra a la URSS. La falsedad de tales artículos quedará demostrada por el hecho de que en ellos ni siquiera se menciona a la camarada Jessie Van Tuyl, que sufre una condena en Copperhead Gulch. Todos los camaradas, aun los que están más libres de toda desviación ideológica, saben muy bien que la camarada Van Tuyl y ella sola, es la responsable de todas las reformas que se están realizando en Copperhead Gulch. El que ese instrumento de los capitalistas, esa tal señorita Vickers, haya estado allí y no se haya dado cuenta de la presencia y autoridad de la camarada Van Tuyl, demuestra cuál es su posición, y lo necesario que es para todos los

camaradas mantenerse alerta frente a los manejos de los social-fascistas, y sostener al Proletarian Pep, que, a causa de su lucha para desenmascarar la conspiración de los liberales que intentan acabar con la URSS, se encuentra en estos momentos en una difícil situación financiera. Se les ruega a todos los camaradas que envíen un cinco por ciento de sus jornales al Proletarian Pep.

Dos años más tarde, Ann se enteró de que el doctor Sorella se había suicidado, tomando un veneno en su dormitorio de la prisión.

OceanofPDF.com