Cárceles de mujeres

Sinclair Lewis · Capítulo 42 de 48

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Cárceles de mujeres

Capítulo XLI

TENER un hijo a los cuarenta años no iba a ser cosa muy fácil para Ann. Pero sí mucho más fácil de lo que pensaban sus buenos amigos, que gozaban lo indecible dándole consejos, preocupándose por ella, averiguando lo que quería hacer y convenciéndola de que no debía hacerlo.

Russell quería que se fuera a la cama todas las noches a las nueve, con el resultado de que Ann se despertaba siempre a la desapacible hora de las cuatro de la madrugada y se quedaba dando vueltas en la cama hasta las ocho. Pat Bramble Pomeroy quería que Ann fuera a pasar una temporada a New Rochelle, para que el continuado silencio acabara por cansarla más que el ruido de la ciudad.

Julia Casey —del >ICO— quería que probara el vegetarianismo y los baños de sol. Y la señora Keast, su ayudante del Hogar Industrial, la instaba:

—¡Dios mío, estamos todos tan orgullosos del niño que vamos a tener!

¡El personal entero del >HIS lo considera como si fuera suyo! Ahora bien, si usted me permite una sugestión, ¿por qué no se toma un permiso de cuatro o cinco meses y se dedica a su sagrado deber?

Mientras Ann decía, dulcemente:

—¡Oh, qué considerada es conmigo, pero yo no puedo dejar que cargue con tantas responsabilidades, señora Keast! —interiormente rabiaba: «¡Sí, y darte una oportunidad de meterte en mi sitio y dedicarte al grande y sagrado deber de quitarme mi empleo!».

Había dos personas que no la abrumaban con sus recomendaciones: la doctora Wormser y Barney Dolphin.

Había insistido en que su médico tenía que ser Malvina Wormser.

—¡Esos malditos ginecólogos varones —decía Ann, recordando sus días del settlement— dicen que el embarazo es «nada más que un proceso normal» y sacan la asombrosa conclusión de que, por lo tanto, los mareos matutinos no son desagradables ni los partos dolorosos! Ahora no quiero ninguna compasión sentimental. No quiero que me mimen. Quiero que me traten como a la superintendente Vickers. Pero cuando llegue el momento,

¡vaya si voy a querer toda la compasión y toda la simpatía que quieran darme!

Barney no hablaba demasiado; no la irritaba preguntándole, por decimosexta vez en el día:

—¿Y cómo te sientes ahora?

Se limitaba a tomarla entre sus brazos y a apoyarle la cabeza en su hombro, el sitio donde debía estar.

No llevaba aún dos semanas viviendo con Russell, cuando comprendió que había sido una increíble estúpida, y que no tendría nada de extraño que su estupidez acabara con ella. Había preparado su propia trampa y, con gran cantidad de razones sensatas, pensando de modo muy loable en el bienestar de Pride, se había apresurado a entrar en ella, y había oído cómo la puerta se cerraba de golpe. Se sentía tan prisionera como cualquiera de las mujeres del Hogar Industrial, más aún, porque la intimidad de las celdas de las presas era sagrada.

Al cabo de dos semanas, Russell se había convertido para ella en una almohada apretada sobre la cabeza, en una dieta compuesta de pastelillos de crema y helados de fresa, en una conversación dedicada exclusivamente a las historias picantes, en un cornetín que no dejaba ni un minuto de tocar

«Mi silvestre Rosa Irlandesa», en un baño caliente, perfumado con narcisos negros, al que estaba atada con cuerdas de seda.

Era tan endemoniadamente bondadoso, estaba tan decidido a que ella reconociera su endemoniada bondad, estaba tan endemoniadamente dispuesto a perdonarla… «No —decía furiosa—, sencillamente, no puedo expresar lo que siento sin los endemoniados».

La trataba como a un niño al que se ha pillado robando o cometiendo algún acto licencioso, y a quien sus padres están decididos a llevar por buen camino a fuerza de cariños.

Russell estaba encantado de la vida. En aquel año, el primero de la gran crisis, cuando cientos y miles de empleados eran despedidos o veían reducidos sus sueldos, Russell había subido de doce mil dólares anuales a quince mil. Por lo visto, tenía un genio hasta entonces desconocido para todo lo referente a los estofados, las duchas comunales, impedir que robaran las toallas, economizar la luz de las bombillas, y todas las brillantes metáforas y adjetivos relacionados con el arte de explotar hoteles baratos. Y

aquel año, los hombres que antes pagaban tres dólares por una habitación, andaban buscando habitaciones de un dólar, y no era muy agradable que el que se aprovechara de aquello fuera Russell Spaulding, que no era negociante comercializado, sino ingeniero industrial, y además hombre de ideales. Era un triunfador; un triunfador que ganaba quince mil dólares, y ya no le impresionaba el que su esposa fuera doctora, superintendente y presidenta de varios clubs. No pasaba día sin que le pidieran que hablara en alguna parte, en el club Kiwanis, en la Asamblea de la Industria del calzado y del cuero, y en el banquete anual de la Asociación de camareros y empleados de restaurantes. Y cuando se convirtiera en millonario, haría donaciones a las universidades y no se contentaría con un simple título de doctor en Derecho, sino con un hermoso doctorado en Letras y, hasta probablemente, en Teología.

Podía permitirse el lujo de reírse de las pretensiones de la «mujercita», de ignorar su irritante vanidad y mostrarse bondadoso con ella; ¡y qué inexorablemente bondadoso se mostraba! No solamente la mandaba a la cama a las nueve de la noche, sino que a las nueve y media entraba para quitarle la novela policíaca que estaba leyendo, apagarle la luz y arroparla, por muy bien arropada que estuviera ya. Por la mañana le entraba el té, y si daba la casualidad de que había dormido toda la noche de un tirón, la despertaba para gozar del espectáculo de la satisfacción de Ann, al verse objeto de tantas bondades.

Y aunque no sabía quién era el villano, sus amigos habían hablado algo de un tal juez Bernard Dow Dolphin, pero eso no podía ser verdad, porque

él nunca había visto a Dolphin y, desde luego, Ann no había recibido ninguna llamada telefónica ni ninguna carta suya; aunque todavía no había podido identificarlo, Russell estaba completamente seguro de que Ann, la pobrecita, no volvería a ser molestada por el infame.

Ann sabía que él abría las cartas. ¡El pobre Russell se daba tan mala maña para volver a cerrar! Sabía que, siempre que telefoneaba, la puerta de su dormitorio se entreabría ligeramente para que Russell pudiera oír lo que se decía.

No había exagerado, suspiraba, al pensar que ni en el Hogar Industrial, ni en la misma Copperhead Gap, había habido nunca un preso tan estrechamente vigilado como Ann Vickers en su voluntaria prisión. Pero lo toleraba todo sin una palabra colérica, limitándose a soltar unos resoplidos de rabia, porque sabía que si decía una palabra, diría luego mil y aquella misma noche se iría de la casa de Russell; y entonces Pride se quedaría sin padre.

«Además —se decía—, Russell ha sido en realidad muy bondadoso conmigo, me lo ha perdonado todo, y yo tengo que jugar limpio con él».

Pero, como es natural, no jugaba limpio, y todos los días veía y besaba desesperadamente al improbable juez Dolphin que nunca le escribía y nunca telefoneaba a su piso.

El Gobierno había nombrado una comisión, compuesta de miembros de la legislatura, jueces retirados y un par de decanos de las facultades de Derecho, para que investigaran las actividades de los tribunales y juristas del Estado. Aquella investigación era la que tanto había preocupado a Barney, pero, al parecer, él estaba tan sujeto a ella como los demás jueces.

La investigación siguió desmayadamente su curso. Los comisionados interrogaron a todos los magistrados y empleados de los tribunales. La prensa, excitada al principio con la esperanza de un ruidoso escándalo, fue desanimándose poco a poco.

—No ocurrirá nada. Son unos tontos. Si yo formara parte de esa comisión, vaya si encontraría cosas —le dijo gruñendo a Ann.

Le había pedido prestado a un amigo suyo un pequeño pisito donde él y Ann podían verse para comer o tomar el té, cuando algún compromiso les impedía comer juntos. Se preparaban ellos mismos la comida y, en su indolencia, no comían muchas veces más que copos de trigo y crema. El piso estaba situado en una enorme casa del East River, y no era muy fácil que alguien la descubriera allí; pero, para estar más segura, Ann tomaba siempre un taxi, ¡loco derroche!, y lo dejaba dos o tres manzanas antes de llegar a la casa. Se imaginaba que la seguían. Que la seguía Russell, la señora Keast, que tan furiosamente deseaba su puesto, o cualquiera de los enemigos de Barney. Sería un gran alivio que Russell o la Keast la descubrieran, para poder arreglar de una vez las cosas con ellos; pero antes que comprometer a Barney, prefería renunciar a él… o casi lo prefería.

Hablaran de lo que hablaran durante la comida, volvían siempre al tema que más les preocupaba:

—Le estoy tomando al tal Russell un odio verdaderamente homicida, Ann.

—Yo no lo odio. Simplemente… ¡Oh, sencillamente me asquea! Soy su prisionera.

—Tan prisionera como yo, vida mía… Tú me has encarcelado. Yo siempre había pensado que lo mejor es amarlas y dejarlas. Yo me tenía antes por un hombre de mundo, por un hombre serio, Su Señoría el juez Bernard Dow Dolphin, y resulta que no soy más que Barney y me he enamorado tan completamente de una muchacha, como cualquier joven Romeo… Ven aquí, siéntate en el suelo, apoya la barba en mi rodilla y trata de adoptar un aire inteligente. Y… ¡no podemos seguir así más! Tenemos que marcharnos. Pride puede ir ya haciéndose la idea de que sus padres no están casados. Mejor es que se entere ahora, que es tan joven. ¡Vámonos!

Podían haberse ido. Los dos casi no podían aguantar más. Luego llegó la investigación y él no podía, o al menos se lo imaginaba, «dimitir en el campo de batalla», y mucho menos huir del campo de batalla. Aunque la razón fuera un motivo trivial simplemente tradicional, a los dos les parecía que el caso era realmente indiscutible.

Pero, diariamente, los románticos enamorados, que ya no eran muy jóvenes, se reunían en el pequeñísimo comedor, con vigas en el techo y

ventanitas enrejadas que se abrían a un patio de un metro de anchura, y comían sus copos de trigo en vez de beber «Lachrima Christi» en una logia iluminada por la luna.

Parecía como si estuvieran dando vueltas y vueltas en un pantano. No iba a ocurrir nada; Pride estaría siempre a punto de nacer, pero no nacería nunca; Russell charlaría eternamente con ella, y la señora Keast, con su nariz larga y su gesto avinagrado, la vigilaría constantemente, con la esperanza de que dejara su trabajo; y en casa de Barney, Mona seguiría fríamente asqueada ante su ordinariez.

Al fin, él estalló.

Cuando Ann llegó aquel día al pisito oscuro y prestado que era su único hogar, él la recibió exclamando:

—¡Ya lo he hecho! ¡La he plantado! Anoche, sin que viniera a nada (en realidad se mostraba más cortés que de costumbre y me había puesto al lado del sillón un whisky con soda), le dije a Mona: «Me parece que no te sientes muy feliz conmigo. ¿Te gustaría divorciarte de mí? Yo te proporcionaría los motivos. No te asuste el pensar que eso puede perjudicar mi posición. Ya está bastante mal de por sí».

—Y…

—¡Oh, no me sirvió de gran cosa! Ella me contestó: «No me divorciaré nunca de ti, aunque me gustaría mucho verme libre de ti y de tus ordinarios amigotes políticos, por mis hijas, por nuestra religión y porque todavía sigo esperando, como he esperado durante muchos años, leal y honradamente, el día en que te canses por fin de tus amantes y puedas apreciar la pureza de mi afecto». ¡Dios mío! Parecía un candelabro de cristal blando.

—¿Has tenido muchas amigas?

—¿Desde qué te conocí? No, ninguna. Ni una sola. ¿Me crees?

—Sí.

—Me alegro de que me creas. Pero da la casualidad de que en este caso es verdad. De todos modos, no te recomiendo el procedimiento en general.

¡Vida mía!

—Barney, ¿verdad que sabes muy bien que si los tres nos marcháramos me sería igual el estar casada contigo que el no estarlo? No me importa que Mona siga disfrutando de su título, con tal que yo tenga al hombre… Nunca

te he hablado de ello: pero sé que eres buen católico, o que lo serías si pudieras, y sé muy bien lo que has pensado antes de decidirte a divorciarte para casarte conmigo.

—¡Oh! ¡Te has dado cuenta de ello!

—Y en cuanto a Pride, mejor será que se contente con el padre y la madre que tiene ahora. ¡Oh, lo más probable es que se convierta en una dama, como Mona, o en una fanática político-religiosa, como Pearl McKaig, y en los dos casos le parecerán muy mal su papá y su mamá!

¡Probablemente terminaremos los días sentados en un escalón del asilo de viejos, fumando juntos nuestras pipas, mientras nuestra Pride pasa delante de nosotros en un Rolls-Royce!

—Bueno, quizás eso no fuera tan malo como parece. Te juro que en un asilo hay conversaciones más interesantes que en un Rolls-Royce, y uno no tiene que molestarse en vestirse para la cena… ¡Oh, Dios mío, hasta sé hacer chistes como mi querido Russell! ¡Todo es tan absurdo! Tú y yo, que hemos nacido para recorrer juntos el mundo… seguidos de Pride, llevando un pequeño rucksack… ¡Russell, Mona! ¿Cómo diablos nos las arreglamos para encadenarnos a dos completos desconocidos? Querida, por muchos sobornos que haya aceptado, resultan completamente éticos en comparación con el pecado que cometí, un pecado contra ella, contra mí mismo, y ahora contra ti y contra Pride, al pensar que estaba enamorado de Mona y obligarla a que se casara conmigo. Lo hice por el más bajo de los motivos…, por cobardía. Esperaba ser gobernador, senador, algo por el estilo, y sabía que tenía cierta energía, pero, desgraciadamente, que esa energía estaba unida a cierto cariño por la vulgaridad y la disipación. Pensé que si me casaba con alguien tan correcto, tan poco apasionado y tan reservado como Mona, me convertiría en un muchacho serio y ejemplar.

Traté de huir de atolondramientos casándome con una monja. Como es natural, mi matrimonio fracasó. Me lo merecía. Pero las otras víctimas no se lo merecían. ¡Oh, Dios mío, me estoy volviendo moral! Según me han dicho, a los enamorados les da a veces por esas cosas.

La alegría de Barney no aumentó por el hecho de que las acciones en que había invertido su dinero fueran perdiendo rápidamente su valor. Nunca le había gustado jugar arriesgadamente con sus inversiones, por mucho que le agradaran las amistosas partidas de póquer con que se entretienen los consejeros privados de Tammany, mientras deciden el destino político de unos cuantos millones de personas. Nunca había especulado; había invertido su dinero en acciones tan seguras como Gibraltar, en ferrocarriles, aceros, automóviles, y de repente, Gibraltar se hundía silenciosamente en el océano.

—Me habría divertido mucho más y habría hecho una inversión más acertada si hubiera cambiado todo mi dinero en dólares de plata y los hubiera ido tirando, uno por uno, en el East River —dijo.

Hacía un año que había comenzado la gran crisis. Y al menos tuvo la ventaja de que, como en las comidas la gente no hablaba de otra cosa, se dejó de hablar de la prohibición, tema que había ocupado durante diez años a los grandes cerebros de los Estados Unidos. Unas cuantas personas, aun los presidentes y los banqueros, habían comenzado a dejar de decir:

«Hemos comenzado ya a subir la cuesta; la crisis se habrá terminado dentro de tres meses».

Otros cuántos comenzaban a preguntarse si volvería alguna vez una era de prosperidad como la que Estados Unidos había conocido de 1890 a 1929; y cierto número de gentes, aún más pequeño, había empezado a considerar si, después de todo, el gran país no saldría beneficiado si abandonara la teoría de que si la familia no tenía una radio, por lo menos dos automóviles, un dormitorio y un baño para cada persona y no pertenecía a algún country club, era una fracasada espiritual, una amenaza para la moral y, en general, un insulto a Dios Nuestro Señor.

La gran crisis no deprimió a Ann. Aunque parezca extraño, la alegró.

Vio que la pobreza era aceptada de nuevo como algo natural, como algo que no era mortal. Y pensó que si Barney y ella fueran pobres y estuvieran juntos, formarían parte de un espíritu nuevo y limpio, que se iba abriendo paso a través de la hinchada tierra.

Pearl McKaig, la profetisa comunista, fue a ver a Ann al Hogar Industrial.

—Quiero hablar privadamente contigo, Ann —le dijo en el tono que podría emplear una maestra de escuela.

—¡Muy bien, Feldermaus, váyase! —le dijo Ann a su secretaria.

No había aún cerrado del todo la puerta, cuando Pearl le preguntó:

—¿La dejas que te llame «Vickers»?

—¡Nada de eso!

—Entonces, ¿por qué la llamas «Feldermaus»?

—Porque me adora.

—¿Y por eso te aprovechas de ella?

—Desde luego…, como tú te aprovechas de mi proverbial buen carácter para traerme tu mensaje de mala voluntad, sea el que sea. ¡Habla!

—No es exactamente un mensaje, pero… Ann, yo tuve una vez puestas en ti grandes esperanzas. Pensé que eras una de las nuestras, de los trabajadores, de los rojos inflexibles. Y nos has dejado por un puñado de plata, por un cintajo para la solapa. Nunca has denunciado al alcalde y al gobernador. Por lo visto, trabajas muy a gusto con ellos. Y ahora me he enterado de que tienes amores con un político rico y de reputación dudosa.

—¡Oh, no mezcles en esto mis pecados personales!

—En estos días no se puede hacer. Estamos atravesando una crisis de la historia. Un revolucionario tiene que tener personalidad, integridad, y no tiene tiempo para cometer pecadillos agradables. ¡Están ocurriendo cosas terribles! La situación de las minas de carbón, especialmente en West Virginia y en Kentucky, es sencillamente una guerra…

—Mi querida amiga, yo también sé algo acerca de la industria del Sur.

Cuando estuve en Copperhead Gap…

—Sí. Durante todo el resto de tu vida hablarás de que has estado allí, una vez; de que has luchado, una vez; ¡y te sentirás contenta de ti misma! Te crees que sigues siendo una proletaria, una criminalista revolucionaria. Así es como se engañan a sí mismos los liberales. Muy pronto estarás absolutamente contenta del estado de las prisiones, y con el resto del sistema capitalista, y ni siquiera te darás cuenta de ello; pronunciarás

discursos, hablarás de ti misma como de una radical, ¡y serás más útil para la Bestia que cualquier reaccionario franco y declarado!

—Te diré, Pearl. Esta misma noche voy a echar de la ciudad a mi amante político. Luego abriré las puertas de la prisión y dejaré que las chicas se marchen, regalándoles, antes de que se vayan, un folleto de Lenin.

¿Te satisface eso? Muy bien, te agradezco que me hayas salvado el alma por segunda vez. Y ahora… estoy muy ocupada. ¡Fel-der-maus! ¡Venga, que voy a dictarle una cosa!

Pero, de todos modos, lo que le había dicho la escocía, y no dejaba de repetirse: «Hay más verdad de lo que parece en lo que me ha dicho Pearl…

¡ mucha más verdad de la que parece!». Pero se olvidó de todo al pensar en Pride y en Barney.

Llegó el mes de enero y, con él, la época de pedir permiso en su oficina y aguardar la llegada del niño. Se sentía radiantemente bien y normal, pero muy pesada; su paso, que siempre había sido vivo y rápido, era lento y torpe; y cuando sentía dolores se asustaba. ¡Si al menos comenzara cuanto antes y terminara de una vez!

La enfurecía el verse convertida en un molusco humano, incapaz casi de moverse por el piso.

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