Cárceles de mujeres

Sinclair Lewis · Capítulo 14 de 48

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Cárceles de mujeres

Capítulo XIII

SU CELDA, como el digno magistrado que las había sentenciado, no era ni diabólica ni divertida. Era sencillamente gris, sucia y absolutamente desprovista de sentido.

Sus compañeras de prisión les hablaban de otras cárceles del condado o del estado, cárceles para hombres lo mismo que para mujeres, que eran antros de secreta e irresponsable crueldad; oyeron hablar de presos incomunicados hasta volverse locos, en celdas oscuras, húmedas, cubiertas de parásitos; de las camisas de fuerza, de las palizas, de las celadoras femeninas, peores aún que los hombres, que gozaban con desnudar a los presos y darles de latigazos, con incitarlos a la rebelión y que, luego, en castigo de haberse rebelado, descargaban sobre ellos mangueras de agua helada. Sin poder creer que tales cosas ocurrieran en los Estados Unidos, escucharon a una de las presas hablar de la cárcel de Georgia, en donde las reclusas llevaban por toda ropa una delgada camisa, e iban descalzas, y donde el celador —allí no había mujeres— se paseaba entre las presas desnudas cuando le venía en gana, y los señoritos ociosos del pueblo iban a ver a las desgraciadas cuando estaban en el baño, sin que a nadie le importara lo más mínimo; y cuando se les hablaba de aquello a los buenos ciudadanos, no querían creerle a uno.

Pero lo que exasperaba al Pelotón de la bola y la cadena, en aquella cárcel de Tafford, no era la crueldad, sino el desperdicio del tiempo, la estupidez, la bondadosa ignorancia del sheriff y los constantes, furtivos y repugnantes avances amorosos de los alguaciles. Las habían encerrado en el ala destinada a las mujeres en la cárcel del condado, una enorme sala de alto techo, mal iluminada, triste y, como se aproximaba diciembre,

húmedamente fría. Los camastros de las celdas tenían unas colchonetas cubiertas con húmedas mantas. Alrededor de la sala había dos hileras de celdas, donde dormían las presas, y que permanecían abiertas, excepto en los casos de detenidas histéricas o peligrosas. En el centro de la enorme habitación había varias docenas de sillas desvencijadas, unas cuantas mesas grasientas, una estufa herrumbrosa… y las presas.

Cuando sentenciaron a las cuatro muchachas, el piso estaba cubierto de barro, las sillas pegajosas y las rendijas y grietas de la pared cubiertas de piojos. Pero ellas comenzaron en seguida a reformarlo todo. Posiblemente, si se hubieran tenido que quedar un año, no les habría durado su fresco e inocente vigor, pero durante aquellos quince días trabajaron con tanto celo y optimismo como un misionero mormón. Como la celadora «no creía que era necesario» limpiar, compraron con su dinero aljofifas, cepillos, jabón e insecticida y, ayudadas alegremente por dos de las prostitutas, lograran acabar con la grasa y disipar en parte aquel olor a basuras. Empezaron a darles clases de inglés y de economía, y una de las presas, parisiense, les dio lecciones de francés, aunque más tarde ninguna de ellas se atrevía a emplear la mayoría de las palabras que les enseñó.

Tenían muchos libros, porque no llevaban veinticuatro horas en la cárcel cuando la señorita Bogardus llegó de Clateburn, y después de ofrecer a los periódicos una animada entrevista, visitó al Pelotón de la bola y la cadena, las besó, lloró y dijo que no sabía quiénes eran peores, si los jueces o los policías, y les dejó todos los libros que, en su apresuramiento, había logrado reunir en la Fanning Mansión, o comprado en el puesto de libros de la estación de Clateburn. Entre ellos, se encontraba el Evangelio según San Lucas, el segundo volumen de Los Miserables, el Libro de Cocina de Nueva Inglaterra, La joya de Jandaphur, de E. Phillips Oppenheim, Los viajes de Gulliver arreglados para niños, La Historia de la Cueva de Mamut, una novela insípida llamada Helen de High Tor, y Sexo y Carácter, de Weininger, del que la señorita Bogardus sólo recordaba que trataba de las mujeres.

La señora Manders iba a verlas todos los días, les llevaba diarios, las revistas Lije y Judge, pollo frío y grandes, sabrosos y duraderos plum puddings, mucho más interesantes que Weininger para cuatro mujeres

jóvenes y sanas, cuya única comida se componía de un puré deslavazado, pan agrio, margarina, café o té muy claros, patatas cocidas, estofado cubierto por una capa de grasa, melaza y mermelada de naranjas hecha de zanahorias.

La única ocupación de las presas, aparte de sus incesantes conversaciones, era lavar los platos de hojalata en que les servían tales manjares. Durante el día, y a veces hasta bien entrada la noche, las presas, rateras, prostitutas, mujeres que habían maltratado a sus hijos o acuchillado a sus amantes no hacían más que hablar. Se contaban cosas obscenas y cantaban Frankie y Johnnie; se jactaban de sus amantes y sollozaban al relatar las crueldades de sus esposos o la tacañería de las gentes con quienes habían trabajado, fregando los suelos o lavando la ropa. Aparte de las sufragistas, había en la cárcel diecisiete mujeres que no hacían más que hablar, que odiaban al mundo y que se sentían ligeramente perplejas ante él.

Diecisiete presas y, en opinión de Ann, catorce de ellas eran tan

«criminales» como ella misma. La pobreza, la falta de trabajo, el hambre padecida durante la niñez y, cuando se trataba de las prostitutas, una clara estupidez y un amor pueril por la seda y las luces, las habían llevado allí.

Aquellas catorce mujeres le parecieron de pronto tan buenas amigas suyas y tan comprensibles como Pat, Eleanor o Maggie, y la mayoría de ellas menos calculadoras que Pat, menos obscenas que Eleanor y menos belicosas que Maggie.

A medida que se iban volviendo más conocidas y humanas, más parecidas a las muchachas de Point Royal y Waubanakee, la cárcel le iba pareciendo también menos extraordinaria, menos terrible. No era una

«prisión», llena de misteriosos terrores; era, como el coche celular, un

«lugar», un lugar en el que Ann se encontraba por casualidad, como podía haberse hallado en una estación de ferrocarril, aburrida por la espera y pensando en lo ineficiente que es el mundo. Pero lo que más la hería no era la crueldad del sistema de leyes, tribunales y cárceles, sino su futilidad:

«Supongamos que el tribunal tiene razón y que yo soy una criminal —se decía—. Muy bien. ¿Qué ha conseguido el Estado con encerrarme aquí durante dos semanas? Teóricamente, yo soy una furia que injuria a los policías y amenaza al alcalde. Pero ¿es que el permanecer quince días sin

hacer nada, en compañía de prostitutas profesionales, va a convertirme en una criatura amable, me va a enseñar a dominarme y, cuando salga de aquí los policías y el alcalde pueden considerarse seguros?».

Comprendió que la guerra era estúpida, que el dirigir un negocio para beneficio de unos cuantos era una locura, que los tronos, las coronas, los títulos y los grados eran algo tan infantil como el jugar con soldaditos de plomo, aunque en cierto modo de acuerdo con la imbecilidad humana, pero que no había nada tan absurdo como creer que la cárcel era el remedio contra el crimen… y que conforme el crimen fuera en aumento, tanto peor era el que sólo existiese ese medio de cura tan bárbaro.

Y todo aquello, mezclado con el recuerdo de los olores agrios, las mesas sucias y la comida rancia, con el cuadro de las presas, perplejas, estúpidas y sin esperanza, y de los avances amorosos de los guardianes, iba a empujarla un día hacia el camino de las reformas penitenciarias y mantenerla en él aun cuando sintiese deseos de huir de los inconvenientes y del exhibicionismo propios de toda reforma, y refugiarse en la seguridad de un hombre, una casa, hijos, la tierra y la serenidad de lo vulgar.

¡Tierras, hijos, un hogar y su hombre!

Nunca los había deseado de tal modo como en aquellos días de holganza. En Waubanakee, en Point Royal y en Clateburn había estado siempre demasiado ocupada para pensar adecuadamente acerca de quién era realmente ese individuo llamado Ann Vickers, y en lo que deseaba.

Quizá —suspiró mirando una de las cucarachas que se reproducían antes de que hubieran podido acabar del todo con ellas— quizá fuera una Marta, una de esas mujeres incapaces de ungir al mundo con el nardo de la exaltación sexual, que sería de la masa y para la masa, nunca un

«individuo». Pero la Ann que pensaba en los hombres, en medio del sórdido y pervertido feminismo de la cárcel, junto a mujeres manchadas y heridas por el sexo, era una Ann bastante individual.

¡Hombres! En la Fanning Mansión existían casi tantos como en Point Royal. A ella sólo acudían los maridos sometidos, los empleados de Banco con ambiciones literarias y los socialistas, que la llamaban «camarada» e inmediatamente le pellizcaban la mejilla con un falso espíritu de fraternidad. Pero las muchachas trabajaban demasiado para echarles mucho

de menos. Ahora, sin embargo, tenían tiempo y Ann soñaba constantemente, noche y día, con un amante que tuviera la ironía de Adolfo Klebs y la vigorosa frescura de Glenn Hargis. Le veía acercarse a ella, bajando de una colina cubierta de hierba, los dos corrían por la llanura, ligeros como sombras de nubes… Se encontraba con él en el viejo portal de una ciudad, vieja, antigua y ruidosa, en una tarde de niebla, punteada por las débiles luces de gas; en su encuentro había algo ilícito y excitante; se marchaban juntos —Ann se estremecía al tomarle del brazo— y tomaban el té en el lugar secreto de sus citas… Recorrían juntos las callejuelas de Venecia y volvían a su habitación, situada en un palazzo de altos techos cuajados de pintados amorcillos, y un inmenso lecho, azul y dorado, al extremo de la habitación, con suelo de baldosas escarlata e iluminada por un candelabro de cristal… Y de repente, como por arte de magia, se hallaba en Connecticut, en una casita con un huerto más pequeño que el candelabro, pero mucho más interesante.

Las novelas románticas que había leído, las películas que había visto, volvían a su memoria, más reales en aquellos momentos que las cucarachas que se arrastraban por los herrumbrosos barrotes de su celda, que la prostituta que gritaba a dos metros de distancia, y que los montones de sobres que la aguardaban a su llegada a Clateburn.

El Pelotón de la bola y la cadena recobró la libertad en medio de una tempestad de rosas y confeti, y a los acordes de una banda que tocaba el Tipperary. Las cuatro, en compañía de la señora Manders, la señorita Bogardus y el reverendo Chauncey Simsbury, de la Iglesia Episcopal de St.

Gondolph, hablaron ante dos mil ciudadanos de Tafford, que los aplaudieron calurosamente y a la salida votaron contra la concesión del sufragio municipal a las mujeres.

En la estación de Clateburn se hallaban todos los fotógrafos de la prensa local, dieciséis fotógrafos comerciales, setenta y dos fotógrafos aficionados, un batallón de periodistas y otra banda. En el Symphony Hall hablaron ante tres mil espectadores, y el único hombre que intentó interrumpirlas fue

arrojado de la sala por dos entusiastas hombres de negocios, de esos que sólo van a la barbería cada quince días.

Entre la llegada del tren y la hora del mitin en el Symphony Hall, había tan poco tiempo que tuvieron que contentarse con tomar, por toda cena, unas barritas de chocolate con almendras. Y cuando lograron escapar de los cientos de mujeres entusiasmadas que luchaban por estrecharles la mano después del mitin y llegaron al fin a la Fanning Mansión, vieron que la señorita Bogardus, en su excitación, se había olvidado de preparar la cena, y lo único que comieron fue un poco de corned beef frío y unas galletas rancias.

Pero sus camitas del desván de la Fanning Mansión les parecieron los lechos de un paraíso mahometano.

Sus meditaciones, durante la época que estuvo en la cárcel, ayudaron a Ann a escapar de la santa esclavitud del movimiento sufragista. La virtud y la abnegación de la señorita Bogardus, que la hacían esperar algo igual en los demás, eran peores que la peor de las tiranías. En este mundo no debería haber personas excesivamente virtuosas: ¡son tan difíciles de soportar para los que las rodean! Ann le temía más a la señorita Bogardus que a un pelotón de policías. Pero estaba cansada, no sólo de los sobres, que la señorita Bogardus les hizo llenar de nuevo a las veinticuatro horas de haber salido de la cárcel, sino del vocabulario teológico de las sufragistas: «la independencia económica de la mujer», «iguales derechos», «igual salario por igual trabajo», «matriarcado». Como él «idealismo», la «virtud», el

«patriotismo» y otras palabras seniles habían dejado de significar algo para ella, y además se sentía cansada de no oír más que historias acerca de las injusticias que tenían que sufrir las mujeres. Y bien sabe Dios que esas cosas nunca faltaban: viudas jóvenes y con tres hijos, que trabajaban doce horas al día a fin de ganar lo suficiente para no morirse de hambre; mujeres inteligentes a las que empequeñecían y ridiculizaban sus vulgares esposos.

Pero estaba harta de escuchar a las mujeres que iban a tomar el té a la Fanning Mansión simplemente para quejarse de que sus esposos no las

comprendían porque eran más delicadas que ellos, y hasta comenzó a simpatizar secretamente con los maridos.

Sin embargo, tardó cuatro meses en huir de Clateburn y de los sobres, cuatro meses que empleó en dominar su miedo y en conferenciar en voz baja con Pat y con Eleanor. Probablemente, llevada de su cobardía, no se habría atrevido a dejar la Fanning Mansión hasta que se hubiera aprobado la ley del sufragio femenino, si Pat y Eleanor no le hubieran confesado que ellas pensaban invadir también a Nueva York, y convertirse en pecadoras, en seres humanos, libres de la tarea de llenar sobres. Allí tratarían de defenderla cuando la señorita Bogardus la acusara de haber cometido una traición.

En 1916 Ann encontró un empleo en un comité de Nueva York que

«investigaba las condiciones» del trabajo en las industrias textiles y de la confección. El sueldo era casi un insulto, pero tenía casa y comida en las Corlears Hook Settlement House, como pago de las clases que allí daba.

Ligeramente aturdida, libre, aunque no muy segura de lo que iba a hacer con su libertad, con la conciencia inquieta por la seca frase con que la había despedido la señorita Bogardus: «Si no se siente a gusto aquí, no intentaremos detenerla», Ann partió un día de principios de abril hacia las torres de Nueva York.

Y cuando desde el andén del elevador vio la aguja de Woolworth Building y luego bajó los ojos y vio los chinos, los italianos, los húngaros, los yanquis, los banqueros varias veces millonarios, los marineros recién llegados de Java, los intelectuales abogados judíos, y los obreros de las fábricas de acero que pasaban silbando, los latidos de su corazón se acompasaron al rápido ritmo del enorme puerto, y Ann exclamó:

—Ahora sí que voy a hacer algo… Pero ¿qué?

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