Cárceles de mujeres

Sinclair Lewis · Capítulo 6 de 48

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Cárceles de mujeres

Capítulo V

LA UNIVERSIDAD FEMENINA de Point Royal es un agradable lugar con sus edificios de ladrillo de estilo georgiano, sus prados, sus robles y sus álamos, y se encuentra situada en la ladera de una colina que domina el río Housatonic, en Connecticut.

El padre de Ann Vickers —que había muerto callada y decentemente, como convenía a un hombre de su clase— le había legado al morir toda su fortuna, consistente en mil dólares. Para pagar el resto de su pensión servía a la mesa en Dawley Hall, el comedor de la Universidad, y corregía los apuntes de sociología.

En el otoño de 1910, se hallaba en su segundo año de estudios.

Ann Vickers, que por aquel entonces contaba dieciocho años, tenía un aspecto «terriblemente sano». Así era como ella se definía a sí misma. Era alta, de esqueleto fuerte, y estaba amenazada de volverse obesa, en caso de que no siguiera luchando contra su gordura. Tenía los cabellos castaños y sólo un constante y severo cuidado impedía que se le alborotaran. Lo mejor de su cara eran los ojos, asombrosamente oscuros para su pálida tez, unos ojos que nunca carecían de expresión y que pasaban rápidamente de la alegría a la cólera. Aunque sus caderas eran quizá demasiado rollizas, tenía hermosas y esbeltas piernas y manos largas y fuertes. Y, aunque se tenía por una persona callada, por un ratón campesino, al lado de aquellas espléndidas y deslumbradoras muchachas de la Quinta Avenida, Farmington y Brooklyn, no estaba en realidad nunca quieta ni hablaba con humildad a nadie, ni aun a la hija de un rey del acero de Pittsburgh. Estaba constantemente indignada, alegre, profundamente triste o deprimida, lo que años más tarde llamaría Lindsay Atwell «en baja forma».

Cuando se representaba una obra en Point Royal, mientras las otras muchachas se limitaban a decir: «fue una buena obra» o «a mí no me pareció tan buena», Ann la daba vueltas durante horas enteras…, bueno, minutos, al menos…, odiando al villano, glorificando a la heroína y a veces hasta enamorándose del protagonista.

Sin proponérselo especialmente, se iba convirtiendo en una persona importante. Formaba parte del equipo de baloncesto, era la secretaria del discreto Club Socialista, vicepresidente de la YWCA[4] y, al año siguiente, cuando estuviera ya en tercero, sería seguramente elegida presidenta.

Durante dos años vivió sola. Pero aquel año compartía su hermoso departamento —un departamento que tenía agua corriente— con Eula Towers, la pálida y hermosa Eula, que prefería las luces suaves, los colores delicados y un arte pálido y exquisito de tonos verdes agua, un fin de siécle mantenido exquisitamente diez años más de lo debido. Ella hacía casi todos los dibujos para el Festival Anual de la clase: retratos de muchachas con cuello de cisne y cierta falta de glándulas mamarias, damitas prerrafaelistas, muy artísticas y bastante tontas.

Ann había admirado siempre a Eula, pero nunca llegó a conocerla.

Aunque era capaz de vendar una pierna lastimada jugando al baloncesto, corregir las estadísticas de un apunte de sociología o reconciliar con falsa jovialidad las espantosas controversias de la Y. W., cuando se trataba de si debía o no celebrar una reunión con las muchachas de la Y. W. de la Universidad de Bethel, a Ann la admiraba y sobrecogía el que Eula supiera dibujar retratos de los profesores, que llevara cinco brazaletes juntos, que usara a veces un turbante y que hubiera escrito el siguiente poema para el Literary Argus de Point Royal:

Noche… la noche oscura y llena de espantos…

Noche… y yo sigo sola mi solitaria senda…

¡Oh, estás tan lejos y te quiero tanto…, tanto!…

Cuando pienso en ti bajo la muerta Luna.

Eula era rica. Su padre era un famoso droguero mayorista de Buffalo.

Aunque Ann insistió en pagar la mitad del alquiler, permitió en cambio, que Eula amueblara y decorara las dos habitaciones, ¡y cómo las decoró y amuebló! A Eula le gustaba pintar al pastel y todo lo que la hiciera huir de

las brillantes exactitudes del comercio al por mayor de drogas. Tenían un cuarto de estudio y un dormitorio. El cuarto de estudio, que Eula llamaba

«el estudio», fue decorado en negro y lavándula; unas telas japonesas, en oro y lavándula, cubrieron las paredes de color de crema que les habían suministrado las anti estéticas autoridades de la Universidad. Había también una alfombra negra; un diván cubierto de seda del mismo color, tan amplio y lujoso que era imposible sentarse en él sin que luego le doliera a una la espalda; sillas de madera esmaltada de negro y tapizadas en color de lavándula, y cuadros y más cuadros… Aubrey Beardsley, Bakst, Van Gogh, una preciosa fotografía de Richard Mansfield, con su autógrafo, y varios miles de grabados japoneses, aunque no todos procedían del Japón.

Una vez realizado este trabajo, Eula se dedicó a atenuar la luz y excluir el aire. Los tres mecheros de gas, dos sobre las mesas y uno pendiente del techo, fueron cubiertos con pantallas de seda. Las dos grandes ventanas, desde las que se veía un panorama de robles, prados y lejanas colinas, fueron tapadas con visillos de seda grisácea y cortinones de terciopelo negro.

Y, sobre una mesita baja, colocó un Buda de hierro dorado.

Todo aquello no le gustaba mucho a Ann, pero guardaba silencio y lo único que decía era que «no comprendía gran cosa de aquel arte».

Después de haber puesto término a tanta belleza, Eula le dijo, resplandeciente de gozo:

—¿Verdad que es precioso? Las habitaciones de Point Royal son tan,

¡oh!… tan duras y tan frías en su mayor parte… ¡Tan terriblemente masculinas, tan vulgares! Aquí tendremos un verdadero «salón», donde podremos hablar, descansar y regocijar nuestras almas. ¡Y soñar! Ahora verás lo que he pensado para el dormitorio. Conservaremos el motivo negro, pero emplearemos como color auxiliar el rosa viejo. Cortinas de terciopelo negro y…

—¡Vamos por partes! —la reverencia que Ann sentía por las cosas ligeras y delicadas, desapareció ante su deseo de aire puro y luz, dos de los dioses más importantes de su pequeño y duro Pantheon, junto a la lealtad, el valor y la curiosidad de un Einstein por las cosas que hacen funcionar el mundo—. La habitación ha quedado preciosa, querida. Sí, muy bonita.

Estoy casi segura de que es bonita. Pero yo no quiero cortinas pesadas ni pantallas caras en mi dormitorio. Necesito aire puro. Y, si no te importa, voy a meter dentro de él mi escritorio, a colocarlo junto a la ventana, y a poner una pantalla de cristal verde en mi lámpara. Quédate con esta habitación. Y luego, en el dormitorio, pondremos un par de camitas estrechas, un par de tocadores, una alfombra de esparto, y con eso tenemos bastante.

Eula se golpeó el pecho con los puños ante tal filisteísmo. —Era 1910: todavía se usaba la palabra «filisteo»—. Luego gimió con voz parecida a la de una funeral trompeta de plata:

—¡Ann! ¡Oh, vida mía! Yo lo hice simplemente porque creí que te gustaba…, que te gustaba… ¡Oh, si al menos me lo hubieras dicho antes!

—Sí, sí, desde luego, un salón como éste es estupendo. Pero necesito una habitación donde poder trabajar. ¡Tú lo comprenderás tan bien como yo!

—¡Oh, desde luego! ¡Vida mía! ¡Haré todo lo que quieras! —Eula avanzó hacia Ann como una serpiente; luego la estrechó contra sí y la besó en el cuello—. ¡Haré lo que tú quieras! Cualquier cosa en que mi talento pueda servir a tu grandeza…

—¡Oh, déjate de eso! ¡Déjalo! —lo curioso del caso era que Ann se sentía más alarmada que encolerizada ante tan untuoso ataque. Le parecía malsano y, olvidándose de su valor, prefirió huir—: ¡Tengo que irme al gimnasio! —gruñó, soltándose y tomando su boina.

«No lo comprendo. No me gusta que las muchachas me abracen así.

¡Diablos!, no sé por qué, pero me asustan. ¡Sus abrazos no son agradables, como los de Adolfo!», se decía, maravillada, mientras se dirigía a la biblioteca.

Pero después de pasar una hora feliz con los Principios de tasación y su relación con las tarifas, de Danby, suspiró: «¡Oh, no es más que uno de esos caprichos idiotas de las colegialas! No tengo que ponerme así, porque me haya besado. ¡Te crees que eres algo sagrado!… Pero no consentiré esos decorados babilónicos…, cartagineses…, ¡o lo que sean!…, ¡y menos aún en el dormitorio!».

Y no lo consintió.

Eula, aunque protestaba con tono quejoso contra las ventanas abiertas en las frías noches de invierno, declaraba delante de las otras muchachas que estaba encantada de «la hermosa sencillez espartana de nuestro dormitorio».

Aquel día, el tercero del curso, había seis muchachas en el «salón» de Eula. La habitación no estaba aún amueblada del todo, pero el diván negro y varios cientos de grabados japoneses estaban ya colocados. Las seis estaban sentadas ante una fuente de barro donde hervían los ingredientes de un «Welsh-rabbit». Del mismo modo, en 1932, seis caballeros de Harvard, Yale o Princeton se reunirían para tomar una botella de ginebra, aunque, en verdad, el «Welsh-rabbit[5]» era aún el más ponzoñoso.

Las muchachas hablaban…, hacían comentarios…, vibraban al descubrir la vida. Durante los dos primeros años de universidad no habían sido más que unas colegialas. Ahora hablaban con entusiasmo del Gran Mundo y del momento en que, una vez graduadas, ascenderían al trono, gobernarían principados, ocuparían espléndidos puestos en las mejores escuelas o se casarían con hombres distinguidos —preferiblemente hombres de carrera—; de cuando viajaran por Francia, o trabajaran por el bienestar de los pobres y los ignorantes.

—En la clase hay muchísimas chicas que quieren casarse. Yo no quiero casarme. ¡Lavar a un puñado de mocosos y escuchar lo que dice el marido durante el desayuno! Yo prefiero una carrera —dijo Tess Morrissey.

Era 1910. Las muchachas ardientes hablaban entonces como si el matrimonio y una «carrera» tuvieran que ser forzosamente enemigos.

—¡Oh, yo no! ¡No creo que esté bien hablar de ese modo de la vida de familia! —dijo Amy Jones—. Después de todo, la base de la civilización es el hogar. ¿Y de qué modo puede influir mejor en el mundo una mujer como es debido que dando un buen ejemplo a su esposo y a sus hijos?

—¡Oh, diablos, sois anticuadas! —protestó Edna Derby—. ¿Para qué creéis que venimos a la Universidad? ¡Las mujeres han sido siempre las esclavas del hombre! ¡Ahora les ha llegado su hora! Debemos exigir la misma libertad, los mismos viajes, la misma fama y todo lo demás que

tienen los hombres. ¡Y derecho a gastar nuestro propio dinero! ¡Oh, y yo también voy a seguir una carrera! Voy a ser actriz, como la belle Sarah.

¡Pensad bien en ello! ¡Las luces! ¡Los aplausos! ¡El perfume de… del maquillaje y toda clase de personas interesantes que vienen a verte al camarín y a felicitarte! ¡Un mundo mágico! ¡Oh, por nada del mundo prescindiría de él!…

—Me figuro —dijo secamente Ann— que si piensas dedicarte el teatro querrás hacer alguna obra que merezca la pena, además de los plausos.

—¡Oh, desde luego! Me gustaría ayudar a elevar el arte escénico. ¡Tiene un nivel tan bajo ahora! ¡Haría cosas de Shakespeare!

—A mí no me preocupa nada de eso —dijo Mary Vanee—. Creo que Amy tiene razón. Está muy bien eso de tener una carrera, y yo no pienso dejar de tocar el piano ni el banjo; pero me gustaría formar un hogar. Para eso es para lo que se quiere una buena educación…, para casarse con un hombre verdaderamente bueno, inteligente y todo lo demás, y poder comprenderle y ayudarle, para que los dos hagamos frente al mundo como… como ese rey francés…, ya sabéis de quién hablo… y su mujer.

—A mí no me asusta el mundo. Voy a ser pintora. Estudiaré en París.

¡Oh, mi querido París, vieja ciudad gris a orillas del Sena! ¡Y mis cuadros figurarán en los salones! —declaró Eula.

—¡Yo quiero escribir! —gimió Tess.

—¿Escribir qué? —preguntó secamente Ann.

—¡Oh, cualquier cosa! ¡Escribir! . Ya sabes… poemas y ensayos, novelas, críticas y demás cosas por el estilo. Creo que comenzaré leyendo manuscritos para una editorial. O, a lo mejor, me emplearé en un periódico de Nueva York. Ahora mismo se me ha ocurrido una idea preciosísima para un ensayo: la de que los libros son nuestros mejores amigos, los que nunca nos abandonan por pobres que seamos. ¿A qué viene todo eso que decíais?

No querréis decir que después de haber terminado vuestra educación vais a dejaros seducir por la idea de tener un marido y un hogar, ¿verdad? ¿No quieres tener una carrera, Ann?

—¡Vaya si quiero! Pero en lo que difiero de vosotras… las Marías… —

siempre pensé que la pobre María no ha sido tratada con justicia—; ¡en lo que difiero es en que yo espero trabajar! ¡Yo también quiero aplausos y

dinero, pero pienso trabajar para conquistarlos! Además, quiero hacer algo que produzca algún efecto sobre la raza humana. Si pudiera pintar como Velázquez y dejaros con la boca abierta, o representar Lady Macbeth de modo tal que extasiara a mi auditorio, me encantaría hacerlo; pero pintar cuadritos mediocres de paisajes nevados…

—¡Pero, Ann! —exclamó Eula.

—… o representar obras de Charles Klein, que no valen nada… Quiero hacer algo que afecte a los demás, aunque no sé aun lo que voy a hacer…

Soy demasiado ignorante. ¡Quién sabe si me haré misionera! ¿O no es eso más que un medio de llegar a la China? A lo mejor seré médico, o trabajaré en una settlement house4. Pero quiero hacer algo por el mundo.

—¡Oh, sí! Desde luego que sí —declaró virtuosamente Tess, la genial literata—. Como es natural, yo también quiero ayudar a las gentes, elevarlas.

—¡Oh, yo no me refiero a hacer repartos de carbón y mantas, o enseñar a los indígenas de las islas del Mar del Sur a llevar pantalones! Lo que quiero decir es… —si a Ann le costaba más trabajo que a las demás decir lo que quería, descubrirse a sí misma, era porque, de un modo elemental, tenía realmente algo que decir—, es algo parecido a lo que una saca de la lectura de la nueva novela de H. G. Wells, de Tono-Bungay. Me gustaría contribuir,

¡oh!, aunque no fuera más que en una millonésima parte, a la tarea de lograr que esa raza de seres brutos y hoscos se pareciera un poco más a los ángeles.

¡Pero, Ann Vickers! —exclamó la refinada Amy Jones—. ¿Crees que es bonito llamar raza de brutos a la raza humana, que, según dice la Biblia, fue creada a semejanza de Dios?

—Bueno, pero San Juan Bautista llamó a sus coetáneos generación de víboras. Eso que yo no creo que seamos tan buenos… Nos hace falta más veneno, en vez de menos. ¡Somos tan… tan endemoniadamente blandos!

¡Le tenemos tanto miedo a la vida!

Francine Merriweather entró en la habitación, y la discusión acerca de los fines de la vida, tan interesante hasta aquel momento, cesó súbitamente, mientras Francine gritaba, al estilo de las tragedias griegas:

—¡Oídme, hermanas! ¿Sabéis lo que pasa? El grupo de las Sigma Digamma va a elegir a Snippy Muelle presidenta de la clase, y a Gertie como secretaria de Literatura. ¡Tenemos que hacer algo!

—¡Hacer algo! —exclamó Ann. En aquel momento tenía muy poco de salvadora de la humanidad; era una muchacha toda viveza y furia—.

¡Chicas! ¡Elijamos presidenta a Mag Dougherty! ¡Vamos, démonos prisa!

¡Y, si no os importa, yo me quedaré con la vicepresidencia! ¡Y

nombraremos secretaria a Mitzi Brewer!

—¡Pero si ayer mismo dijiste que era una mordaz! —exclamó, quejosa, Edna Derby.

—¡Oh! —repuso vagamente Ann—. No quería decir eso. Además, si la proponemos como candidata, obtendremos probablemente todos los votos de la Asociación de Música. Son unas tontas, pero sus votos son tan buenos como los de las demás.

—Ann Vickers, hablas como un político. No creo que hablaras en serio antes… cuando nos decías que te gustaría hacer que toda la humanidad fuera como quiere H. G. Wells, y todo lo demás.

Ann se quedó francamente asombrada.

—¿Yo? ¿Un político? ¡Pero si los políticos son espantosos! No pensaba en la política. Estaba pensando simplemente en la mejor candidatura para la clase… ¡Es decir, en llevar a los puestos directivos las chicas mejores!

Del mismo modo que los asuntos prácticos habían interrumpido la solución de los problemas de la vida, un tema más interesante vino a interrumpir, aún con mayor brusquedad, el tópico de la política:

—¡Oh, chicas! —exclamó Francine—, ¿no habéis visto todavía al nuevo profesor de Historia Europea, doctor Hargis? Yo le vi en su despacho.

—¿Cómo es? —preguntaron a coro las doncellas.

—¡Oídme bien! ¡Es estupendo! ¡Contén tus labios, corazón mío! ¡No saben los directores a quién han dejado entrar en este convento! ¡Es un pelirrojo guapísimo!

—¿Pero hay pelirrojos guapos? Las mujeres, sí, pero los pelirrojos… —

dijo desdeñosa, Eula.

—¡Esperad a conocer a ese dios griego! ¡Tiene el pelo rojo, pero casi dorado! ¡Y más rizado…! Además, unos ojos grises preciosos, los hombros anchos, el cutis tostado como si hubiera estado nadando todo el verano, y una sonrisa… ¡Oh, jóvenes Porcias, cómo vais a enamoraros de él!

—¿Qué edad tiene? —preguntó ansiosamente el coro de muchachas.

—Unos treinta años, y dicen que se ha doctorado en Filosofía en Chicago, que es licenciado en alemán y en no sé cuántas cosas más.

Apuesto cualquier cosa a que baila maravillosamente. ¿Creéis que debo estudiar Historia Europea? ¡Las que estén a favor, que levanten la mano derecha! ¡Todas están a favor!

Pero Ann se juró a sí misma: «Entonces, yo no estudiaré Historia Europea… Aunque, en realidad, es una asignatura que me hace falta… No quiero dioses griegos en mi curso. Los hombres son unos trogloditas… por más que no sé muy bien lo que eso significa… ¿Qué era lo que papá acostumbraba a decir? “Los hombres son comadrejas, las mujeres víboras y los niños gusanos”. No, los hombres son simplemente unos animales…

Pero, de todos modos, no puedo seguir soportando a Eula… Pero no me enamoraré nunca de ningún hombre… Aunque me figuro que podría consultar con ese tal Hargis, acerca de mi curso».

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