Cárceles de mujeres

Sinclair Lewis · Capítulo 29 de 48

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Cárceles de mujeres

Capítulo XXVIII

DESDE el primer día de su estancia en Copperhead Gap, Ann había luchado por conseguir que el departamento de las mujeres estuviera más limpio. Había descubierto que Jessie Van Tuyl hizo en su celda casi lo mismo que ella había podido hacer en su dormitorio. La señora Van Tuyl había logrado enviar notas a los periódicos, en las que se hablaba de la sopa de avena con gusanos, de que se había metido en la misma celda a una niña de catorce años y a una sifilítica con pústulas purulentas, y de los latigazos que se daban a las mujeres que no habían terminado sus «tareas» en el taller. Y se habían publicado las suficientes notas para que las autoridades de la cárcel se sintieran intranquilas… por el momento.

—¡Me gustaría que nos quitaran de encima a esa tal Van Tuyl! ¿No podemos conseguir que la perdonen? —oyó Ann una vez a la señora Bitlick, que hablaba con el capitán Waldo—. Hasta que lo consigamos, me figuro que no nos queda más remedio que hacer como que nos reformamos.

Darles un poco de carne fresca, y separar a las enfermas.

«¿De qué sirven esas reformas pequeñas —pensaba Ann—, mientras el Estado permita este asqueroso y viejo edificio, y los negreros que lo dirigen?».

Pero era una metomentodo incurable y, mientras no se apartaba en nada de su voto de no abrir la boca, no hacía más que pedirle cosas a la señora Bitlick y al capitán Waldo. Discutía con la primera, halagaba al segundo y, cuando hablaba con el doctor Slenk, le insinuaba que las «cosas acabarían por saberse afuera». Los convenció de que debían dar mejor comida. Sin que tuviera prueba alguna, estaba segura de que los tres se beneficiaban con la comida; de que vendían la mayor parte de la nata que se obtenía en la

granja lechera de la prisión y de que recibían dinero de los carniceros y verduleros.

La comida de la prisión era tan mala por su calidad como por su monotonía. Semana tras semana se comía el mismo puré de harina de trigo, picadillo, tocino basto, estofado de vaca, patatas, alubias cocidas, pan con jarabe de maíz, té de hojas de sauce, salchichas hechas de asquerosos restos, y ciruelas cocidas; nunca daban fruta ni verdura, ni siquiera un poco de leche desnatada para beber. En el picadillo se veían a veces gusanos, gorgojos en el pan, y la fruta cocida estaba siempre pasada. Todas las comidas sabían a rancio, sabían mal. Y los presos se morían de hambre, serena y seguramente, hasta que, a los otros odios que producía la prisión y que los impulsaban a vengarse del Estado cometiendo más crímenes, se unía la desesperación asesina de un hambre constante y de un constante dolor de estómago.

Por medio de insinuaciones y ruegos, y amenazando con contarlo todo cuando saliera, Ann obligó a la señora Bitlick, y lo más curioso fue que no hubo ningún aumento en lo que se gastaba en alimentos, a que sirviera verduras, maíz y habichuelas frescas; a que les diera una naranja cada quince días, cacao una vez por semana y, de cuando en cuando, un jugo de limón, manzanas y albaricoques cocidos. La leche que se empleaba en la cocina se volvió repentinamente mucho más cremosa.

Por lo que decía la señora Bitlick, cualquiera hubiera creído que entonces se comía allí tan bien como en Foyot.

Ann se preocupó entonces de la ventilación y de la limpieza.

Su mayor inconveniente eran las trabajadoras. Con ligeras excepciones, no hay más que dos clases de prisiones: aquéllas en donde los presos se pudren en una monótona holganza, y aquéllas donde, a veces en beneficio de contratistas ajenos al establecimiento, los presos trabajan hasta caer enfermos. En el segundo de los casos, las cárceles están sucias porque los presos están demasiado agotados para limpiarlas; en el primero, porque se han vuelto demasiado holgazanes.

Ann tuvo que luchar para conseguir unas cuantas mujeres, robadas a los bondadosos contratistas, para que la ayudaran a lavar los suelos y limpiar el polvo y el moho que obstruía los ventiladores, impidiendo que ventilaran.

Tuvo que repetir de nuevo sus manejos, mezcla de amenazas, insinuaciones y halagos, para conseguir agua caliente, el suficiente jabón, cepillos, cubos, insecticidas, trampas para las ratas. El conseguir que le dieran dos dólares de jabón era toda una campaña de los Dardanelos… y, como es natural, los siguientes dos dólares salieron del bolsillo de Ann.

Luego vinieron los planes para establecer un hospital para las mujeres.

Más tarde, Ann se enteraría de que en cualquier cárcel rural no hay frase más querida, para excusar las malas condiciones de la prisión, que la siguiente:

«¡Oh, es inútil que nos molestemos por eso; dentro de poco vamos a tener un edificio nuevo!».

Pero le desconcertaba oír aquella excusa en Copperhead Gap. ¿Cómo hacer comprender a los oficiales que, aunque no fuera más que por tres o cuatro años, convenía tratar a las mujeres enfermas, por lo menos siquiera como se trata a una vaca enferma?

Pero se equivocaba al suponer que Copperhead Gap nunca construiría el nuevo y separado anexo para las mujeres. Desde 1925, época en que Ann dejó Copperhead, se ha construido un hermoso edificio para las mujeres, con celdas grandes, claras y bien ventiladas, un hospital adecuado y admirables duchas. Las mujeres trabajan en un gran huerto, o en talleres de costura donde aprenden lo que más les gusta, en vez de trabajar para los contratistas. Hace algún tiempo que el edificio ha sido erigido. En realidad, hace tanto tiempo que se construyó que ya está satisfactoriamente abarrotado, con dos mujeres en cada celda; la mitad de las duchas están atrancadas y las demás mal limpiadas; las hermosas baldosas del comedor, colocadas por el cuñado del alcaide Slenk, están rajadas en los lugares donde se esconden las cucarachas; y el nuevo hospital no tiene microscopio ni suficiente ropa de cama y, en invierno, los radiadores, instalados por un primo del exgobernador Golightly, no dan ningún calor; y el par de baños verdaderamente elegantes que hay junto al hospital, no funcionan en absoluto… La celadora jefe sigue siendo la señora Bitlick… Como ninguna de las celadoras tiene mucho tiempo para darles clases, en invierno, cuando no pueden trabajar en el jardín, la mayoría de las presas se pasan el tiempo sin hacer nada, y la señora Windelskate ha comenzado a insinuar que

hubiera sido mejor que los «llamados reformadores» se hubiesen metido en lo que les importaba, y les hubiesen dejado a ellos que siguieran en el sano, bueno y educativo trabajo en el taller de camisas.

Lo que más le desconcertaba a Ann era que el capitán Waldo, la señora Bitlick y las demás celadoras creyeran, al parecer sinceramente, que las condiciones de la prisión no eran realmente malas.

Lo que el doctor Slenk viera, creyera o pensara, era distinto y no interesaba… porque era un político.

—Creo que, al menos, podríamos limpiar un poco la cárcel —comenzó a decirle con cierto tacto a la señora Bitlick.

—¿Limpiar? ¿Qué quiere decir con eso? Pero ¡si está limpia! —

exclamó maravillada, la celadora.

—¡No lo está!

—Bueno, me gustaría ver… ¡Le juro que no sé de dónde saca esas ideas!

—Está bien, venga conmigo y eche una ojeada por ahí. Entonces Ann le señaló —y, en verdad, dudó mucho de que la señora Bitlick se hubiera fijado antes en aquellas minucias— lo que, en su opinión, eran verdaderas manchas en la majestuosa estructura del departamento femenino de Copperhead Gap. Los orinales que había en las celdas despedían un ligero y repugnante hedor que llenaba por completo las celdas, día y noche, año tras año. Los retretes tenían rajas y por ellas caían al suelo materias fecales.

Tanto para bañarse, como para lavar las medias y la ropa interior —ya que los uniformes se lavaban en el lavadero de la prisión—, las presas no contaban más que con dos bañeras, ambas de hierro, herrumbrosas y tan mal instaladas que el agua sucia no acababa nunca de salir del todo. Las ropas de cama estaban negras de suciedad y, por lo general, se entregaban sin lavar a las presas nuevas, así que a veces, las ropas de una presa contagiosa, o en un avanzado estado de tuberculosis, iban a parar a una muchacha que, aunque hubiera faltado a las costumbres locales, era joven, sana y ansiosa de vivir. Los colchones estaban llenos de chinches. Rara era la celda en la que entraba un rayo de sol. Y cuando una presa enferma

vomitaba en el suelo, lo que ocurría con frecuencia —el asqueroso hedor de los orinales era por sí solo una de las mayores causas—, no había nadie que lo limpiara como no fuera la misma enferma… cuando se pusiera buena.

La señora Bitlick, al seguir a Ann, miraba sorprendida aquellos detalles que la forzaban a ver y que había tenido todos los días delante de los ojos.

Al regresar de nuevo al despacho guardó silencio y luego dijo, con ademán solemne:

—Sí, quizá tenga razón. Creo que debemos limpiar un poco. Hablaré al doctor Slenk para que haga reparar esos retretes. Le hablé de eso una vez, el año pasado; pero, por lo visto, se nos olvidó a los dos. Más quiero que tenga en cuenta una cosa: usted y yo estamos acostumbradas a vivir en casas limpias y agradables. Pero estas presas viven como el ganado, y no se dan cuenta de la diferencia. ¡Dios mío!, puede estar segura de que no les importa ni lo más mínimo.

Ann tenía la seguridad de que las drogas estaban a la orden del día en la cárcel, de que se vendía heroína, cocaína, morfina. Se figuraba que quien las vendía era Kittie Cognac; y también sospechaba un poco del doctor Sorella, cuya débil bondad podía ser tan dañina como la malvada fortaleza de Kittie. Pero cuando manifestó sus sospechas a la señora Bitlick no mencionó nombre alguno.

—Bueno —dijo plácidamente la señora Bitlick—, si pilla a alguna vendiendo la droga, entréguemela y la meteremos en la celda oscura. Vigile bien y avíseme si se entera de algo.

¿Y qué iba a hacer Ann? ¿Querían que se convirtiera en una delatora?

De lo que no había ni que hablar siquiera era de un reconocimiento físico adecuado, de un tratamiento paciente y competente para las toxicómanas, las afectadas de enfermedades venéreas, tuberculosas o de cualquiera de las distintas psicosis o neurosis. El doctor Sorella tenía a su cargo el cuidado de mil novecientos hombres y de cien mujeres, ayudado por dos practicantes inexpertos y, de cuando en cuando, por un par de

médicos de Olympus City, quienes consideraban a los presos como la especie más inferior de los mamíferos, dignos sólo de ser curados con quinina, sales y maldiciones. El doctor Sorella era inteligente cuando no estaba borracho, pero el doctor Sorella estaba borracho muy a menudo.

No es cierto que todas las personas que llegaban por primera vez a Copperhead Gap, teniendo sólo una ligera idea de lo que era el crimen, aprendieran en aquella universidad del vicio crímenes nuevos y peores, conocieran los deleites de las drogas y la prostitución y se enteraran de que era su deber vengarse de la sociedad, cometiendo un crimen aún mayor la próxima vez. Todas, no. Había unas cuantas que estaban demasiado asustadas, demasiado entorpecidas para aprender nada. Pero lo que sí es cierto es que ninguna de ellas dejaba de salir de Copperhead Gap más enferma de cuerpo, más rencorosa y más capaz de contagiar sus enfermedades a los ciudadanos decentes que la habían estado alimentando y educando para su propia ruina.

A la señora Bitlick no la ofendió el que Ann le dijera que se traficaba secretamente con estupefacientes. Le fastidió, nada más.

Pero se ofendió, se hirió, se horrorizó y demostró su incredulidad cuando, después de ciertas vacilaciones, Ann le preguntó si no se podría hacer algo para evitar el homosexualismo en la prisión.

La señora Bitlick la escuchó horrorizada, y luego gritó:

—¡En mi vida he oído una cosa tan espantosa! ¡Señorita Vickers, siento mucho tener que decírselo, pero tiene una imaginación muy sucia! ¡Creo que lo mejor sería que se fuera de esta prisión! ¡Cómo me gustaría que se marchara! ¡Me da miedo pensar el daño que puede causar su influencia sobre las presas! Homo… ¡He leído la palabra, pero en mi vida he conocido a nadie que tuviera la poca vergüenza de emplearla!

—¡Oh, váyase al cuerno! —dijo Ann y se alejó de allí; pero a partir de aquel día la señora Bitlick le dirigía miradas furiosas.

Y la leche comenzó a aguarse de nuevo, y cuando pidió ayuda para limpiar las celdas, se la negaron. Ann no sabía qué hacer; el forzar aquella indiferencia general y aquel odio particular era tarea superior a sus fuerzas,

y tardó algún tiempo en aceptarla. Creía vagamente, probablemente por haber leído muchas novelas, que el héroe moral y resuelto acababa siempre, en el último capítulo, por conquistar lo inconquistable.

Nos sería muy agradable contar que, aunque los oficiales no le tenían ninguna simpatía, y su antipatía se iba transformando rápidamente en odio, las presas estaban llenas de una gratitud emocionante.

Pero no era así. Al principio, se alegraron de que sus celdas estuvieran más limpias y de que la comida fuese más variada…, aunque la mayoría de ellas les habría gustado más que sirvieran pasteles de crema y no verduras y jugo de limón. Luego se olvidaron de todo aquello.

Afortunadamente, Ann era una reformadora profesional. En el settlement había aprendido dos cosas: que no tenía que esperar gratitud y que la gente que esperaba gratitud eran los eternos aficionados, los eternos ergotistas. Le tenía sin cuidado —bueno, casi sin cuidado— la opinión de la gente por quién batallaba, del mismo modo que a un buen cirujano le tiene sin cuidado lo que el paciente opine de su técnica.

Ni siquiera la indignaba grandemente el odio de sus compañeros, a los que, con tan poco éxito, estaba tratando de traicionar.

«No —se decía—. No es verdad que las mujeres no son tan crueles, tan egoístas y tan duras como los hombres. ¡Tenemos la misma fortaleza que ellos! ¡A mí me gustaría torturar a la señora Bitlick!… ¡No! No. No te contagies. ¡Ésa es la misma ira santa que ella siente! ¡Las mujeres! El mundo anda desquiciado y nosotras, no solamente tenemos que arreglarlo, sino también que aceptar a unos cuantos millones de señoras Bitlick. ¡Oh, bueno, aunque no consiga gran cosa aquí, en Copperhead Gap, echaré las cosas a rodar cuando salga y cuente al mundo todo lo que he visto!… ¡Qué harta estoy de este olor a desinfectante!».

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