Cárceles de mujeres
Capítulo XXXI
HACÍA sólo un año que Ann Vickers era superintendente del Hogar Industrial para mujeres de Stuyvesant, la prisión más moderna de Nueva York; había sido ayudante de la superintendente solamente dos, pero por su libro La enseñanza vocacional en los reformatorios de mujeres, se había dado a conocer a todos los grupos sociológico jurídicos de América, y aquel día de enero de 1928 iba a recibir honoris causa el título de doctor en Leyes por la Universidad de Erasmo (Connecticut).
Un Día en la Vida de una Gran Mujer…
Su tren salía de la Grand Central a las siete y media, y Ann tuvo tiempo de tomar una taza de café y un buñuelo en el mostrador de un bar de la estación, en aquella asombrosa ciudad subterránea, llena de cigarrerías, puestos de revistas y barberías, cuyas calles no tienen más soles ni estrellas que las luces eléctricas. Rechazó con la cabeza los ofrecimientos de los mozos de la estación y llevó ella misma su maleta, que contenía sus vestiduras académicas, una caja de bombones y el último manual acerca de las prisiones publicado por la Sociedad nacional de información penal.
Cuando se gana de sueldo cinco mil dólares al año, sin casa ni manutención, una no da descuidadamente propinas a los mozos, porque a todas las presas que van a salir se les ocurre siempre pedirle dinero prestado a la superintendente, para comenzar su nueva vida de santidad y sobriedad.
La Gran Mujer no leyó mucho tiempo durante su viaje de dos horas.
Permaneció quieta, sin agitarse, mirando por la ventanilla, aunque, aparentemente, sin ver. Sus oscuros ojos parecían resueltos, pero contentos.
Dirigía rápidas miradas a la gente, como una persona acostumbrada a juzgar a los demás y a darles órdenes; sin embargo, sus miradas no eran la mirada
inquieta y ávida de quien desea que se fijen en él. Se había dado cuenta de que uno podía hallarse muy solo en medio de la multitud.
En la estación de Erasmo fue recibida gravemente por el presidente de la Universidad, dos profesores de sociología y una funcionaria de la Federación de clubs femeninos del Estado.
—Nos emociona profundamente el honor de tenerla como alumna honoraria de la vieja Erasmo —dijo el presidente, un hombrecillo bajo.
—¿Tuvo un viaje agradable? —preguntó con voz profunda uno de los profesores, como si Ann viniera de la China.
—Mi club ansia con toda el alma el privilegio de que usted pronuncie en él una conferencia, cuando le sea más conveniente, aunque nos damos cuenta de lo ocupada que está, con ese gran Instituto a su cargo —dijo la representante del club, que era una muchacha muy bonita.
—Si quiere venir a mi casa, a mi esposa le encantará ayudarla a vestir sus ropas académicas —dijo el presidente, sonriendo para indicar que había dicho algo humorístico.
En la mansión presidencial, mientras Ann se vestía el fúnebre ropaje y el grotesco sombrerito que, por no sé qué motivo, constituyen la etiqueta del saber, la mujer del presidente le preguntó amablemente:
—¿Puedo hacer algo por usted?
Ann habría querido contestarle:
«¡Claro que sí! Me gustaría tomar una taza de café y un huevo».
Pero cuando una va a convertirse en doctora en Leyes, no pide huevos ni tazas de café, ¿no es verdad? Una permanece clásica y serena.
Aquélla era una de las cosas más importantes para llegar a ser una Gran Mujer: aprender a callarse cuando no se sabía qué decir.
La reunión se celebraba en una sala que parecía un armería, una habitación muy moderna, con adornos de acero, muros de cemento, de curvas esquinas y altavoces. Había muchos estudiantes —Ann se imaginó que los profesores de Sociología habían obligado a asistir a sus alumnos—, bastantes mujeres de los clubs femeninos y casi toda la Facultad. La sala estaba llena en sus tres cuartas partes.
Antes de la ceremonia, detrás del escenario, en una habitacioncita adornada con cartas autógrafas de William James, Henry Adams y Robert
Underwood Johnson, Ann fue presentada a las otras celebridades que iban a recibir títulos honoríficos: el presidente de un Banco de Schenectady, que había donado cien mil dólares a la Escuela Comercial de Erasmo; el gobernador de un Estado del Oeste Medio y una autoridad sobre la botánica del Beluchistán, famosa en el mundo entero. Si se los hubiera encontrado en el tren no se habría fijado en ninguno de ellos, pero como sabía que eran celebridades, le encantó en gran manera el conocerlos.
El gobernador le dijo:
—Un día tiene que venir a ver nuestras prisiones, doctora Vickers, Ya verá qué modernas son. Están prohibidos los latigazos y las celdas oscuras.
¡Se han prohibido por ley! ¡Tenemos un sistema penal verdaderamente moderno!
Ann sabía que en toda la Unión no había un solo Estado donde se azotara a los presos y se les colgara de las puertas de sus celdas tanto como en el Estado de aquel buen gobernador; que en ninguno de ellos los presos se consumían de una holganza más degeneradora, pero… ¿qué iba a contestarle al gobernador en un momento como aquél?
El presidente del Banco le dijo alegremente, porque era un famoso orador de banquetes y tan amante de la educación que era ya un A. M., un D. G. L., un D. L. y un LL. D.:
—Bien, bien, doctora Vickersfele —dijo—, hay algo que posiblemente nadie le ha dicho todavía, y que es lo siguiente: yo tengo gran respeto por la simpatía y la compasión que demuestra por los desgraciados, pero, personalmente, creo que está equivocada. ¡A mi entender, la prisión debería ser todo lo desagradable posible, para que asustara a las gentes y les quitara toda gana de ir a ella!
El botánico-explorador le dio la mano y le guiñó un ojo. A Ann le encantó.
El desfile era verdaderamente hermoso.
El presidente, dieciséis miembros de la Facultad, dos miembros del Consejo de Administración y los cuatro candidatos a los honores, vestidos todos con sus ropajes académicos, con capuchones negros, escarlata y púrpura, se dirigieron hacia la parte posterior de la sala, precedidos por un hombre delgado, de blanco bigote, que llevaba una maza de plata; luego
atravesaron el salón entre las filas de estudiantes y fotógrafos y subieron al estrado, mientras Ann, que trataba de moverse majestuosamente detrás de un par de pesados pero brillantes zapatos negros, se decía: «Debería sentirme muy emocionada…, es algo estupendo…, vaya si lo es…, un gran momento… pero, ¿qué diablos estará haciendo la señora Keast con la manteca para la prisión?».
Al inclinarse ante el presidente y aguardar con débiles rodillas a que le entregaran su diploma, Ann fue recibida con más aplausos que los demás. Y
aquello la irritó: «¡Recibir rollos de pergamino! ¡Aplausos! ¿Qué hago yo aquí? ¡Si valiera para algo, estaría en una celda, con Jessie Van Tuyl!».
Mientras tanto, el presidente ladraba:
—… cuesta trabajo decidir si debemos honrar a Ann Vickers por sus profundos estudios en la compleja coordinación de la sociología y la psiquiatría, que constituye la criminología contemporánea, o por su grandeza de corazón, que la ha capacitado por tomar sobre sí las penas y los sufrimientos de los descarriados…
Y a continuación se encontró convertida en la doctora Vickers, con su diploma debajo del brazo; poco después, sin sus vestiduras académicas, y con un fresco capullo de rosa en el ojal de la chaqueta, dirigió la palabra a los concurrentes a la gran comida ofrecida por el Club de la Universidad y era interrumpida en cada pausa por ensordecedores aplausos —dijera lo que dijera antes de la pausa—, y, por fin, se halló de nuevo en el tren, muy cansada a pesar de todos sus esfuerzos por mirar con cinismo todos los honores, muy orgullosa de sí misma; y pocos minutos antes de las seis entraba en el Hogar Industrial para Mujeres, de Stuyvesant, del que era superintendente. Inmediatamente toda la púrpura, los honores y los grados desaparecieron ante detalles tan importantes como la calidad de la mantequilla que se servía en el comedor de la prisión, la mala conducta de la presa n.° 3 712, a quien se había pillado de noche en la cocina, destilando alcohol, y los escasos conocimientos de la maestra de corte y confección.
El Hogar Industrial para Mujeres, situado en la ciudad de Stuyvesant (Nueva York), era una prisión enteramente moderna, pero adaptada a las
exigencias de una ciudad superpoblada. No había lugar para jardines, pero sí un patio central, con una fuente y un pequeño macizo de flores y campos de balonmano y baloncesto; y en el terrado, a una altura de nueve pisos, había sitio más que suficiente para que las doscientas presas se pasearan al sol, sin tener la sensación de que estaban en una cárcel, a no ser por la alta alambrada destinada a impedir un posible suicidio.
La sala de reuniones no era un lugar húmedo, chillón y poco acogedor, como la capilla de Copperhead Gap. Había varias filas de butacas, estaba discretamente decorada en color carmesí y oro pálido y tenía un escenario con telón y decorados.
No había celdas. Cada presa, al menos cuando la prisión estaba recién inaugurada y no había tenido tiempo de superpoblarse, tenía una habitación para ella sola, con ventanas de vidrio alambrado, pero sin rejas. Las habitaciones medían tres metros de largo por dos y medio de ancho; no eran muy grandes, pero resultaban lujosas comparadas con las de otras prisiones; cada una de ellas tenía una cama, una silla, una mesa, un armario, estantes para libros, los cuadros o fotos que la presa quisiera poner, agua corriente y, sobre el suelo de linóleo, una alfombra. Cada piso de celdas tenía una salita, con libros y revistas, abierta desde después de la cena hasta la hora de acostarse, para todas las presas que no estuvieran castigadas, y también en cada piso había duchas y retretes… Estaban limpios… Los plomeros le tenían verdadero miedo a Ann.
¡Una alfombra en cada celda! ¡Nadie podía creerlo del todo!
¡Era algo extraordinario, un asunto que se discutía en todas las asambleas de penalistas, el que una mujer tuviera en la celda, su único hogar, una alfombra que costaba casi dos dólares!
El edificio entero estaba construido de acero, cemento, ladrillo y cristal.
Podía mantenerse inmaculadamente limpio; y bajo la dirección de Ann, lo estaba. Aunque dejara otras tareas para la señora Keast, su ayudante, Ann, en compañía del doctor, inspeccionaba hasta el último rincón de la prisión tres veces por semana, y a la vista de una sola cucaracha, hacía que todo el personal se movilizara a los marciales acordes de los pulverizadores.
Las presas llevaban durante los días laborables uniformes de percal azul, que no recordaban un uniforme más que en el solo hecho de serlo. Los
domingos —porque, a diferencia de las prisiones respetables, allí no se las encerraba en las celdas desde el sábado al mediodía hasta el lunes, sino que se les consentía ir a la capilla, leer en las salitas, o tomar el sol en la terraza, como les gustara—, las presas podían usar sus propios vestidos.
Y en ningún momento se les imponía silencio.
En el Hogar Industrial había una tejeduría, pequeña y muy moderna, donde se hacían suéters, gorros y bufandas. Con ello el Estado recobraba parte de los gastos de la prisión y las trabajadoras recibían de treinta y setenta centavos diarios —una suma no muy grande, pero mucho mayor que lo que se pagaba a los presos en otras prisiones del mundo. Más el corazón de la prisión era lo que Ann llamaba sentimentalmente, el «Cuerpo de Salvamento».
Eran clases vocacionales, todo lo buenas que Ann podía conseguir que fueran: clases de cocina, de economía doméstica, de mecanografía, de costura, de corte, de sombrerería y de peletería, que en una proporción muy satisfactoria convertían a las ladronzuelas en jornaleras independientes.
Como la mayoría de los reformadores, Ann perdía todo escrúpulo cuando se trataba de conseguir un profesor gratis para sus clases. En la cárcel estaba el departamento de libertad condicional más completo de toda América, y se le consideraba —consideración que Ann alentaba parcialmente— como una sección destinada a ayudar a las presas, no como un equipo de gatos empeñados en hacer caer al ratón en la trampa. Lo más importante del Cuerpo de Salvamento era el despacho del psiquiatra. Era un buen psiquiatra, o al menos eso pensaba Ann. Su tarea consistía, no en estudiar el crimen que se había cometido, sino al individuo que lo había cometido, y averiguar la causa que lo impulsó a cometerlo. Ann decía que no se asombraba gran cosa ante una mujer que había asesinado a un chantajista; pero la afectaba mucho ver que una empleada había sido pillada robando sellos.
Además del psiquiatra había un médico de medicina general. En los libros de la prisión sus salarios eran de mil ochocientos dólares anuales.
Pero cada uno de ellos cobraba realmente siete mil. El dinero extra procedía de Lindsay Atwell, Ardence Benescoten, de la Fundación Carnegie y de la doctora Ann Vickers, que no podía permitirse el lujo de un mozo de
estación. Ann había ejercido toda la presión posible, cuando era ayudante de la superintendente, tres años antes, en la época de la construcción del Hogar Industrial. Había acosado a Lindsay para conseguir que ejerciera su influencia sobre las autoridades del Estado e impedir que éstas colocaran barrotes en las ventanas de las habitaciones de las mujeres —el número de las que están dispuestas a escaparse saltando por la ventana del sexto piso no es, afortunadamente, muy grande—, para que instalaran los campos de baloncesto, para que no se empleara madera en la construcción, y para que se contratara a los dos médicos.
En la prisión no había ejecuciones. A Ann le avergonzaba ligeramente el que efectuaran esa labor suprema en Sing-Sing.
Lo que más la molestaba eran los chistes. Los chistes en los diarios o en las caricaturas. Los chistes en las revistas. Los chistes durante la sobremesa.
Cuando un caricaturista no podía dibujar otra cosa, podía estar seguro del éxito si pintaba el Hogar Industrial como una divertida universidad, como un speakeasy, o como un harén. Le dolía que los caricaturistas se ganaran la vida burlándose de unas pobres mujeres que sufrían, o de otras mujeres que trataban de librarlas de sus sufrimientos, haciéndolas sentirse de nuevo decentes, limpias, dignas de confianza.
El personal corrió a recibir a la Gran Mujer, cuando volvió al Hogar Industrial de Stuyvesant, después de la ceremonia en la Universidad de Erasmus.
La telefonista le dijo que el señor Lindsay Atwell la había llamado para decirle que tenía que hablar en el banquete de la Asociación de Floristas del Condado de Nueva York, y que no podía telefonear a la doctora Vickers por la tarde, pero que la felicitaba calurosamente por su…
—¡Oh, señorita Vickers, hay una palabra que no comprendí muy bien!
Sonaba algo así como «doctorado». ¿Existe esa palabra? ¡Oh, cuánto me alegro de que la hayan hecho doctora, señorita Vickers! ¿Verdad que es la mar de divertido? Mi novio me dijo, dice: «Pero si no ha estudiado nunca
medicina», y le dije, digo: «Oye bien, cabezota, le digo, si la señorita Vickers quiere ser doctor, la Junta Médica del Estado se considerará más que honrada con hacerla doctor y…». ¡No sabe cómo me he alegrado!
Diga, doctora, ¿qué me recomendaría para un dolor de cabeza?
La celadora del comedor y la cocina, una mujer muy callada, le dijo:
—¿Me permite que la felicite, doctora Vickers? ¡Nos hemos alegrado todos tanto! Yo quería hablarle de la manteca. Ya sé que es mala. Ya sé que ésas son cosas de la política. Pero le juro, doctora, que no puedo hacer que las cosas salgan mejor. Si no la compramos a la Compañía Lechera Aegis, se disgusta el jefe del distrito. Y yo no saco ningún provecho de eso, ninguno. ¡Le juro que no! ¡No sería capaz de hacerle eso a usted, señorita Vickers!
—Ya lo sé…, ya lo sé…; haré lo que pueda.
El psiquiatra entro también, para decirle:
—¡Ann, no sabe cuánto me ha alegrado eso! ¿Quiere que la llame
«doctora»? ¿Fue muy mala la cosa?
—¡Si quiere saber la verdad, Sam, estoy reventando de orgullo!
Luego la llamó cierto periodiquito de Nueva York, pidiéndole una entrevista. El Club Sévigné, de Lima (Ohio), la llamó desde larga distancia para pedirle que pronunciara una conferencia en el club. «Mucho me temo que no vamos a poder pagarle una gran cantidad, doctora, pero, como es natural, nos encantaría pagar su estancia aquí y los gastos del traslado». Y
de su antiguo settlement de Roches ter la llamaron también para invitarla a pasar en él una semana. El conserje jefe del Hogar Industrial se acercó a su mesa, gorra en mano, murmurando:
—Doctora, tengo dos cubos más para las cenizas… He robado uno, pero no pude robar más —y su mesa estaba cubierta de telegramas, parecidos a amarillos copos de nieve. La Gran Mujer tenía todavía delante de ella veinte telegramas cuando entró en el despacho la señora Keast, la ayudante de la superintendente.
Ann había dicho una vez que la señora Keast era una «señora Kaggs, con las inhibiciones de New Hampshire». La señora Keast había sido la rival de Ann cuando quedó vacante el puesto que ésta ocupaba en el Hogar Industrial. Creía en la pureza y era razonablemente honrada e
irrazonablemente aterradora. Como resultado de cincuenta y cinco años de completa carencia de tabaco, alcohol, risa, excitación sexual y novelas, tenía los párpados oscuros e hinchados y un temblor nervioso en los dedos… Y odiaba a Ann casi más de lo que odiaba al resto del mundo.
—¡Oh, buenas tardes, señorita Vickers! No sé si le importarán mis humildes felicitaciones; pero, de todos modos, me tomo la libertad de ofrecérselas. ¡Me figuro que ahora tendré que llamarla «doctora»! —y relinchó como un caballo indignado.
—¡Oh, no creo que eso importe mucho!
—Bien, pero puede estar segura, doctora Vickers, puede estar segura de que me molesta mucho tener que interrumpirla en este gran día; estoy segura de que tiene que haber sido un gran día… ¡para usted! Me molesta mucho interrumpirla con los problemas prácticos que han entrado en el día de hoy… ¡mientras usted estaba fuera!
—Bueno, ¡cuánto lo siento! Así es la vida. ¿Cuáles son los problemas?
La señora Keast resopló.
—Primero de todo, el de la mujer a quien han pillado destilando licor mientras estaba encargada de vigilar la cocina y el comedor, por la noche.
—Sí. No me gusta eso. Luego hablaré con ella. ¿Cuál es el otro problema?
—Pues… esta tarde vino una mujer, ¡mientras usted estaba fuera!, es una chantajista y no quiere avenirse a razones. Es una recalcitrante.
¡Maldita sea! Hice que la metieran en el calabozo.
En el Hogar Industrial no habla más que dos formas de castigo: la privación de asistir a la salita, o el encierro solitario en habitaciones tan claras y aireadas como las demás, pero solitarias, separadas del resto de la casa. Ann hacía el menor uso posible de aquellos dos castigos, pero la señora Keast y las otras celadoras veteranas, que conservaban sabrosos recuerdos de las viejas épocas del sadismo legal, llamaban a aquellas celdas el «Calabozo».
—Muy bien, muy bien, señora Keast. La veré antes de irme a casa.
La señora Keast resopló de nuevo y se marchó.
La Gran Mujer llamó a su secretaria, la señorita Feldermaus, que entró sonriendo y diciendo:
—¿Verdad que es estupendo, doctora?
Luego vio a unos cuantos subordinados más, leyó unos cuantos telegramas de felicitación, se dirigió alegremente hada el «Calabozo», abrió la celda y oyó que la recalcitrante que había dentro le decía:
—¡Hola, Annie! ¿Cómo diablos estás aquí? ¿Recibes muy a menudo noticias de tu amigo, el doctor de la prisión de Copperhead? ¡Dios mío, vaya si era buena la foto que os hicieron!
La dama de la celda era Kittie Cognac.
Ann se echó a reír.
Kittie no parecía tan elegante como hacía tres años ni tampoco tan maligna.
—¡Pero, Kittie, querida! ¿De nuevo adentro?
—¡Diablos, no! ¡Estoy cruzando el Atlántico sobre un par de patines!
—Mala suerte. ¡Oh, un momento!
Ann salió de la celda, dejando la puerta abierta. Kittie corrió tras ella.
—¿Quieres escaparte, Kit? ¡A mí no me importa!
La mujer se la quedó mirando rabiosamente.
Ann se acercó a un teléfono que había en la pared y llamó al psiquiatra de la prisión.
—¿Doctor Alstein? La señorita Vickers al habla. ¿Quiere hacer el favor de venir ahora mismo a la D2? —Ann miró en torno suyo. Kittie había apretado los puños y sus miradas iban de un lado para el otro, como inquietos lagartos. Ann volvió a llamar de nuevo por teléfono—. ¿Señora Keast? La señorita Vickers. ¿Quiere hacer el favor de preparar una habitación para la señorita Cognac? La voy a sacar de la celda solitaria.
¿Qué? ¡Sí, eso es lo que he dicho, Keast, entiéndame bien!
Pero mientras hablaba, Ann estaba pensando: «El doctor Sorella tenía razón. Esta vida de la prisión me está convirtiendo en una tirana. ¡Ningún ser humano es lo suficientemente bueno para ser carcelero!».
El doctor Alstein se acercaba rápidamente a ella; era un hombre bajo y rechoncho, de ojos bondadosos y neuróticos. Entonces habló Kittie:
—¿Cómo está, doctor? ¿No es usted el tipo que intentó aprovecharse de mí la semana pasada en un café?
—¡No! —dijo el doctor, con una rabia que no tenía nada de profesional.
—¡Oh, no! Bueno, entonces sería cualquier otro sujeto que se parecía a usted. Bueno, Annie, ¿así que tú y el doctor creéis que por medio de palabritas dulces vais a convertirme en una hipócrita, como vosotros dos?
¡Tú! ¡Señorita Vickers!
¡La doctora Vickers! ¡Sinvergüenza!
El doctor Alstein estalló:
—Doctora, ¿quiere que…?
—¡No! —exclamó Ann.
—Bueno. Pero va a volver a la celda solitaria.
—No. Nada de eso. Le halagaría demasiado. Doctor; aquí tiene su caso.
Mi amiga Kittie es esencialmente una egomaníaca. La conocí en Copperhead. Pero es muy competente y yo me propongo, cuando salga de nuestro sanatorio, colocarla en una tienda elegante de vestidos o sombreros.
Ya verá cómo tiene éxito. Pero, mientras tanto, va a costamos trabajo convencerla de que somos amigos suyos. Y tendremos que acostumbrarla a que no tome cocaína. ¿Le importa mucho, Kit? No me gusta nada tener que hacerlo así, pero…
—¡Oh, diablos, maldita seas! ¿Es que ni siquiera te importa que te insulten?
Mientras bajaba en el ascensor, Ann se iba diciendo a sí misma: «Annie, en mi vida te he visto tan odiosa como cuando adoptaste esa actitud superior y bondadosa con Kittie Cognac. ¡Pobre Kit! Alstein fue mucho más humano que tú, ¡al menos se enfadó! ¡Señorita Vickers! ¡Doctora Vickers! ¡La directora! ¡Pobre chiquilla semianalfabeta! ¡Darte un doctorado! ¡Si supieran la verdad!».
Y así la Gran Mujer volvió a su casa en el tren subterráneo —porque no hay muchas Grandes Mujeres que puedan pagarse taxis a todas horas— y al llegar a su departamento se sentó junto al teléfono, pensando: «Me gustaría tener una cita con alguien esta noche. Me gustaría que alguna persona agradable me llamara por teléfono y me invitara a ir al cine, como invitan a Tessie Katz o a Birdie Wallop».
Como todas las mujeres que viven solas, se hizo para cenar una taza de té y unas tostadas, y mientras se las comía, de pie, junto al fregadero de su cocinita, iba pensando:
«¡Qué raro que me moleste tanto el teléfono cuando se pasa el día entero llamando, en mi oficina! Pero, ahora… me gustaría que Lindsay mandara al diablo esa cena de los Floristas y viniera a verme. ¡Floristas! Me gustaría tener un esposo que viniera a casa por la noche… No, no todas las noches… pero a veces, para sorprenderme. Me gustaría haber tenido a Pride. ¡Mi hija! Me sentiría orgullosa de ella. Aunque me temo que la habría mandado a una escuela terriblemente conservadora, y me sentiría orgullosa de sus horribles amigas de la aristocracia, como cualquier madre de Waubanakee. Ahora soy la doctora Vickers, superintendente de una prisión. Y gracias a una buena suma, he obtenido esta libertad. Más Pablo dijo: “Pero yo nací libre”. ¡No! ¡Nadie nace libre!».
Ann Vickers se sirvió otra taza de té. Pero era un té muy amargo.
OceanofPDF.com