Cárceles de mujeres
Capítulo XVIII
SÓLO después de medianoche, cuando la fiesta había terminado ya, pudo Ann hablar al fin a solas con la doctora Malvina Wormser. La doctora se sentó junto al fuego, con las piernas muy separadas, el codo apoyado en la rodilla y la larga boquilla de su cigarrillo en una de las gordezuelas manos. En el cuello de su venerable vestido de seda color de café llevaba un broche de perlas cultivadas.
—¿Qué has estado haciendo, Ann? Hace un mes tenías mal aspecto.
Esta noche estás como una rosa. ¿Qué te ha ocurrido? Lo único que puede hacer un médico es adivinar lo que el enfermo cree que tiene, y convencerlo de que es así.
—En realidad, me siento mejor. He dejado de preocuparme acerca del hijo que voy a tener.
—Del… ¡Santa María! ¿Hablas en serio?
—Sí.
—Aquí tienes mi hombro. Llora en él todo lo que quieras. Pero, de veras, Ann, mi pobre niña…
—No. Se acabaron todas esas cosas. ¿Qué me aconseja?
—¡Dios mío! —la doctora Wormser se puso a pasearse vivamente de un extremo a otro de la habitación, golpeando con sus altos tacones, con las manos unidas a la espalda y revolviendo entre sus labios la boquilla. De nada sirve el ser melodramática. Pero, hija mía, no te imagines que éste no es un asunto serio. ¿No querías sacarme la dirección de un médico hace unas semanas?
—Sí. Pero no para mí. No creo que pudiera soportarlo, tratándose de mí misma. Las «trabajadoras sociales» somos gentes muy democráticas, hasta
que se trata de casar a una de nuestras hermanas o nuestras hijas, o de una operación. ¡Entonces, se acabó! ¡Lo que sirve para Tessie no sirve para mí!
¡Es inútil engañarse a una misma! ¿Cree que puede ayudarme? Por favor, dese bien cuenta de que no insisto. No quiero que corra ningún riesgo por mí.
—Sí. Es un riesgo. Podría pasarme diez años en Aubum…, aparte de que quedaría para siempre desacreditada, y lo que es aún peor, desacreditaría a las demás mujeres médicos. ¡Qué absurdo! Las mujeres son las doctoras naturales por excelencia. Son ellas las que le vendan el dedo al recién nacido y planean su dieta; son ellas las que tienen paciencia y aguante. Ellas las que toman en serio el dolor, como algo que hay que suprimir; la mayoría de los médicos masculinos, ¡excepto los judíos muy inteligentes!, dicen que «el dolor es algo perfectamente normal y que no hay que preocuparse por él», es decir, cuando lo que duele es el vientre de otra persona… ¡El peor enfermo del mundo es un médico varón! Y, sin embargo, las mujeres son escasamente toleradas en una profesión que es naturalmente suya; sólo se las excluye aún más del gobierno y del sacerdocio. Pero yo le debo algo a mi profesión y a sus principios.
Ann no la escuchó. Le sonaban los oídos, se sentía mareada, perdida.
Así que iban a sacrificarla de nuevo a los «principios». Se levantó vivamente en el mismo momento en que la doctora Wormser gruñía:
—Pero también te debo algo a ti, Ann. Y creo que eres demasiado útil para dejar que esa jauría de perros rabiosos que llamamos «sociedad» te persiga como a una patita asustada.
—Ahora, escucha, mi niña.
La doctora Wormser giró su silla, se acomodó en ella y, agitando el dedo, habló con una severidad poco natural:
—Como funcionario extraoficial del Estado, Ann, debo dejar claro que el aborto es un crimen. Como médico, te aconsejo que no abortes, va contra la naturaleza y es peligroso. Es posible que nunca puedas tener un segundo hijo. Y toda mujer debe tener un hijo, aunque solo sea para desarrollar sus capacidades. Pero, hablando como mujer, te aconsejo encarecidamente que si abortas después mantengas la boca cerrada. Mientras los hombres —y lo que es peor, las mujeres que se dejan influenciar por la psicología de los
hombres— hayan hecho de nuestra única función especial, la maternidad, algo indecente y excepcional, tenemos que luchar y ser realistas al respecto, y mentir y ocultar tanto como ellos.
—¡En serio! Te doy mi palabra de que solo he realizado cinco abortos.
En todos los casos he pensado que la paciente estaba por encima de aquello que me satisface llamar mi honor como médico y ciudadano. No se lo confiaré a nadie más. Tendrás un permiso de diez días, a partir del viernes.
Te presentarás aquí a las 4 de la tarde y nos iremos a mi pequeña casa de campo de Long Island, donde haremos la operación, y te quedarás allí diez días. Ni siquiera llevaré a un cocinero, solo a mi enfermera favorita, Gertrude Waggett. Es buena. Cariñosa como un perro lobo irlandés, silenciosa como la nieve en los bosques de invierno. ¡Me has hecho ponerme poética! Se quedará contigo cuando regrese a la ciudad. Buenas noches, mi niña. A las cuatro, no te olvides, el viernes de esta semana.
¡Buenas noches! Desde la estación, en la costa sur de Long Island, se dirigieron al bungaló de la doctora Wormser. Era septiembre. Los árboles habían perdido su color característico hasta volverse de un marrón coriáceo y un dorado desteñido. Ann miraba a través de las inertes marismas hacia un mar color gris; el aire era fresco y salado, mezclado con el olor a pescado de la marisma; pero hacía frío, y ella temblaba. La doctora Wormser guardaba silencio; la señorita Waggett, alta, enjuta y con gafas doradas, se mantenía en silencio, un silencio agradecido y carente de pesimismo o incomodidad. Ann volvió a temblar.
Por un camino de macadán desgastado y lleno de baches que atravesaba los pantanos llegaron a una larga franja de arena sembrada de casitas de verano. Sin duda en julio habían estado bastante alegres, con niños gritando y fonógrafos parloteando y jóvenes morenos en trajes de baño rojo pasión.
Ahora, las casitas estaban abandonadas a la desolación. Las ventanas estaban tapiadas, los porches vacíos de sillas al sol y los revestimientos de teja gris llenos de arena de mar.
¡Un paisaje yermo! ¿Y qué iban a hacer con ella esas dos mujeres de semblante serio? Estaba secuestrada. Sin alguien a quien recurrir en este páramo bordeado de pantanos que rezuman sal y rompeolas que gritan:
¡Salta ahora y huye!
—Es bastante tranquilo, si no contara con las olas, —comentó.
—Sí. —La doctora Wormser salió de su trance y sonrió, como una tía amable y de mundo—. Lo sé. Debe parecerte opresivo pero intenta que te guste. Si puedes relajarte durante diez días, no solo habrá pasado la operación, sino que volverás renovada. ¡Los antiguos alquimistas sí que sabían! Los elementos: tierra, aire, fuego y agua. Nos olvidamos de ellos en la ciudad; solo se convierten en los nervios, y las arterias en marcas de tiza.
No trates de pensar esta semana. No eres la radiante señorita Vickers. Eres una hermana descarriada. ¡Magnífico! Puedes convertirte en una verdadera líder entre las mujeres, no en una dama reformista. Y te he traído lo que realmente necesitas para distraer la mente: ¡dieciséis historias de detectives!
—Iba a leer lo que Freud ha…
—¡No lo harás! Vas a leer cosas intrascendentes, como de asesinatos y de Scotland Yard. ¡Hemos llegado! Tendremos la casa caliente y estaremos en marcha a las nueve de la noche.
—¡Oh, no, no! ¿No podemos esperar hasta mañana?
—¿Y dejar que te asustes más de lo que ya lo estás en estos momentos?
¡Ah! Es curioso lo de las chicas husky del baloncesto. Con más nervios que las advenedizas porque no os los quitáis perdiendo el control y y con vestidos nuevos… ¡Ann! ¡Cariño! ¡No será nada serio!
La casa de campo de la doctora Wormser daba a un océano ondulado, con dunas cubiertas de hierba y una interminable playa. Era tan sobria como aquellos lugares en los que se pasa el verano y luego se dejan atrás, exceptuando una colección de libros, un edredon, una chimenea realmente amplia y, junto a la cocina, un quirófano y un dispensario con revestimiento esmaltado en blanco hasta la mitad de la pared.
—El único equipo quirúrgico decente, o aséptico, en quince millas, —se jactó—. Aquí realizo una buena cantidad de consultas durante el verano a gente procedente de la ciudad. En el pueblo, tan solo hay un médico, uno viejo y hombre, por supuesto. ¡Cómo se ríe de los «médicos de gallinas»1!
Soy su chiste favorito durante la cena. Y su mesa de operaciones es una mesa ajustable que parece una silla de barbero desgastada, ¡y quizás no tan limpia! Mira, aquí tengo mi equipo de fulguración; mi armario con reactivos y tinturas y demás…
Mientras la doctora Wormser parloteaba, Ann era consciente de que trataba de tranquilizarla; decirle, de una manera manifiestamente obvia, que sería tratada con profesionalidad. Ann ya no la escuchaba. No quedaba nada en su cerebro ni en su corazón, salvo un dolor frío y vacío.
Había dos dormitorios, y dos acogedores sofás en el salón.
—La habitación de la derecha, que da al océano, será la tuya. La señorita Waggett y yo dormiremos en la otra.
Ann estaba demasiado adormecida para protestar.
—Ahora, mientras la señorita Waggett y yo calentamos un poco de agua y atemperamos la sala de operaciones —había allí una estufa eléctrica; un pequeño Vesubio bajo control— y nos preparamos una taza de té, tú entra y ponte un camisón. La señorita Waggett te ha dejado uno liso y bonito sobre tu cama... ¡Ann! ¡Pareces asustada! ¿Prefieres esperar hasta mañana?
Solo un terror primitivo habló a través de ella en forma de graznido:
—¡No! ¡No! Por el amor de Dios, terminemos con esto.
—¡Muy bien! ¡Vamos, cariño!
Se desnudó lentamente, dejó caer el áspero camisón sobre su cabeza y se sentó en la fría cama, encendiendo nerviosamente un cigarrillo. Se preguntó si, en esa celda de la muerte en la que se había visto repentinamente atrapada, la dejarían fumar.
La señorita Waggett estaba en la puerta, con una bata y un gorro blancos y con una malla sobre la boca.
—Muy bien, señorita Vickers; todo listo.
El lento camino hacia la horca.
Conducida de manera inexorable hacia el quirófano, se encontró de nuevo con la doctora Wormser, también vestida de blanco y con un par de gafas nuevas, enormes, horrorosas que ocultaban sus ojos con eficacia.
Estaba irreconociblemente activa:
—¡Vamos allá! Y ahora, Ann Vickers, ¡deja de compadecerte y de ponerte nerviosa! ¿Es usted oficial del ejército social? ¡Diablos! Cada una de las madres de Wop con las que eres condescendiente sabe más del mundo en el que vives. Y yo... ¿te das cuenta de que a veces hago diez intervenciones en una mañana, y la mayoría son, con seguridad, cien veces
peores que la tuya? ¡Anímate, cariño! ¡Pronto habrá terminado! [15]
Ann no pudo recordar nunca en qué momento habían dejado de darle éter. En su somnolencia artificial comprendía que debía recordarlo, que era importante recordarlo. Y recordó un momento en que toda su humanidad, toda su individualidad, todo el respeto de sí misma, se fundieron en una llamarada de dolor, que no estaba muy segura de si aquello le había ocurrido a ella o a otra persona. Reflexionó horas enteras sobre aquel problema. O quizá lo que le parecieron horas no fueran más que segundos.
Su cerebro se aclaró súbitamente de las nieblas que lo oscurecían, abrió los ojos y vio a la doctora Wormser, sentada plácidamente junto a su cama mientras la señorita Waggett, más plácidamente aún, entraba con una bandeja en la que había un vaso de agua.
—¡Ya está! ¡Se terminó! ¡Todo ha salido bien! —dijo con voz acariciadora la doctora Wormser.
¡Se terminó! La vida se le ofrecía de nuevo clara.
Después que la doctora Wormser se hubo ido, mientras la señorita Waggett se dedicaba silenciosamente a la tarea de preparar ponches de huevo y tostadas con crema, Ann se pasó una semana sentada todo el día en un sillón del porche, abrigada con un femenino y doméstico abriguito de lana rosa. A los dos días se había recuperado y podría haber vuelto a su casa. De lo que tardó más en reponerse fue de la herida de su futilidad. No veía las rompientes; si las hubiera visto le habrían parecido un poco monótonas y tan faltas de originalidad y tan ruidosas como una reunión de políticos. Pero aunque no miraba el océano, lo sentía. Tenía el tiempo suficiente para olvidarse de sus mil pequeñas tareas y confundirse con la grandeza de la tierra.
Durante varios días, reflexionó perpleja acerca de su poco romántico idilio. No se sentía «deshonrada», ni lograba indignarse mucho contra su
«seductor», contra los hombres en general, o contra la sociedad. Sentía mucho el que su «deshonra» no tuviera nada de melodramática; que no hubiera un padre enfurecido pidiendo a Dios que la castigara y echándola a
la calle, en medio de la tempestad, con su hijo mal cubierto por el viejo chal; que sus severos jefes no hicieran un ejemplo de ella; que no enfermara o se muriera de hambre mientras en el desván, por cuyas ventanas rotas penetraban los helados soplos del invierno, trabajaba día y noche, sacrificándose activamente por el hijo.
Todo aquello le parecía más emocionante que seguir en la settlement house y planear en su despacho un curso de Aritmética comercial.
Mientras
descansaba
se
preguntaba
si
otras
situaciones,
tradicionalmente dramáticas, no perderían su horrible esplendor vistas a la fría luz de la realidad… Los héroes guerreros, por ejemplo, ¿odiaban a sus malvados enemigos tanto como a la carne salada y a los oficiales malhumorados? Y cuando agonizaban entre el fuego, ¿se regocijaban de veras por haber dado la vida por sus diversos reyes y países? ¿Sería cierta alguna tradición? ¿Los jueces consideraban siempre su deber como una cosa sagrada o, imitando a las maestras que abofetean a un alumno molesto, cedían a veces a los impulsos de su malicia personal? ¿Sería verdad que los norteamericanos eran siempre generosos y buenos vecinos, los ingleses siempre honorables, los alemanes siempre eficientes y los franceses siempre lógicos?
Aquellas preguntas no perturbaban a Ann. De 1890 a 1926, todos los jóvenes y muchachas inteligentes tenían la costumbre de practicar una crítica social «severa, pero sana», es decir, que nunca se llevaba a la práctica. Durante toda esa generación, las ingeniosas violencias verbales que se habían aceptado como correctas en los días de la juventud de Bernard Shaw, estaban muy en auge entre la clase media. Y así como la época victoriana aseguraba serenamente que todos los príncipes tenían buenos modales, y que las alfombras de Bruselas de color rojo eran lo más hermoso para cubrir el suelo, del mismo modo, dos generaciones después, los «intelectuales» estaban tan conmovedoramente desprovistos de ideas complejas que creían que todos los banqueros se pasaban las noches conspirando para empobrecer aún más al pobre; que todos los diputados y senadores recibían enormes sobornos e, invariablemente, morían en palacios de la Riviera; que todos los ministros tenían amantes a las que habían puesto lujosos pisos; y que los agitadores sociales se habían
dedicado por completo a la causa de la humanidad, y gozaban no comiendo más que salvado y bebiendo solamente agua fría.
«¡Bueno, hablando en términos generales, todas esas cosas son ciertas!
—protestaba Ann—. ¡Oh, ya sé que no son tan sencillas como parecen!
¿Acaso los intelectuales de la próxima generación querrán que los propagandistas radicales dejen de ser tan sencillos y tan claros como un evangelista de Missouri? ¡Qué agradables eran los tiempos en que pensábamos que, en cuanto votáramos a los socialistas, desaparecería la peste bubónica, los esposos dejarían de cortejar a sus mecanógrafas, el trigo crecería con mayor rapidez y los niños obtendrían a los seis años su doctorado en ciencias bioquímicas!».
Comenzó a dudar de las verdades del radicalismo, como antes dudara de las verdades de la respetabilidad. ¿Qué había logrado ella en el Corlears Hook? ¿Les había dado a los niños de la vecindad algo que no pudieran encontrar en las escuelas públicas? El voto femenino, como ella había profetizado muchas veces en los mítines callejeros, ¿acabaría acaso con el crimen, aseguraría la alimentación y la educación a todas las madres e induciría a cientos de magníficas mujeres a tomar parte en la vida pública de modo que, para 1930, habría en el país veintenas de senadores y de ministros femeninos, parecidos en todo a Juana de Arco?
Los trabajadores sociales a quienes ella había visto en la Corlears House, gentes de ideas liberales y con la cabeza llena de estadísticas,
¿serían realmente capaces de instituir un sistema de gobierno mucho mejor que el que habían impuesto los políticos cínicos y codiciosos de Tammany Hall y de los centros republicanos?
De lo único que estaba segura era de que ya no podría estar tan segura de nada, como en las buenas épocas pasadas; que en la gramática de la ciencia social los triunfantes Por lo tanto habían sido reemplazados por Peros.
Luego se olvidó de todo aquello y se entregó a la narcotizante novela policíaca que le había recomendado la doctora Wormser.
En los primeros momentos, Ann sólo había pensado en su propio dilema. Ni ella ni la realista Tessie Katz habían tenido la suficiente imaginación para pensar en los derechos de los niños que iban a nacer.
Ahora, contra toda razón, su hijo se convirtió en algo real, y Ann lo echaba de menos como si realmente lo hubiese criado y hubiera sentido su calor.
Comenzó a desearlo con más fervor que cualquier carrera, o que el triunfo de cualquier principio hermoso.
Seguramente habría sido una niña. «¿Cómo lo podía saber? ¡Oh, lo sabía y con eso bastaba! ¡Una madre siempre sabe esas cosas! ¡Por instinto!
¡Es algo que está más allá de la ciencia! ¡Qué maravilloso! Porque la próxima generación pertenecería a las mujeres».
«Veamos —reflexionaba—: si la niña hubiera nacido en 1918, en 1958
tendría solamente cuarenta años. Por esa época, a lo mejor, el mundo entero no era más que una nación; quizá se habría convertido en una sola comunidad o se habría desmembrado de nuevo en mil monarquías guerreras. Los helicópteros serían tan vulgares como lo son ahora los automóviles, o habrían desaparecido por completo entre las ruinas de una civilización muerta. Fuera lo que fuese, su hija vería todo aquello. ¡No! —
suspiraba—, pero podría haberlo visto; vería en aquellos cuarenta años cambios más asombrosos que los que el mundo había presenciado en dos siglos».
La niña iba tomando forma. Tendría el cabello negro del abuelo Vickers
—Ann se negaba a pensar que el cabello podía deberse a Lafe—. Ella se encargaría de que la niña tuviera un cuerpo sano. Le enseñaría ante todo a tener personalidad, integridad. Y, en un mundo donde las castas profesionales podían desaparecer junto con la riqueza individual y la nobleza, le enseñaría a hacer uso de las manos; a no sentirse humillada al compararse con la honrada habilidad de las lavanderas, las cocineras, los carpinteros y los maquinistas. ¡Lo que gozaría educando a su hijita!… Y
entonces recordaba, aterrada, que no la podría educar nunca.
Sus pechos añoraban al bebé; su imaginación anhelaba la extensión de su ego a través del bebé hacia una indirecta inmortalidad.
Se habría llamado… Últimamente los nombres de las niñas carecían de significado: Ann, Dorothy, Lois, Gertrude, Betty. Ciento cincuenta años
antes los nombres significaban algo; eran símbolos, como Caridad, Esperanza, Fe y Paciencia. Pero la muda paciencia, la cansada esperanza y la ciega fe no eran ya los únicos méritos de una mujer. No, su hija se llamaría «Pride», y sus virtudes serían el orgullo de vivir, el orgullo de trabajar, el orgullo de ser una mujer. Pride Vickers, ¡la única persona a quien Ann iba a ver y comprender siempre!
Ann no era definitivamente mística. Hasta creía que era una mujer dura y realista. Sin embargo, de aquel día en adelante, sin que se diera bien cuenta de ello, la personalidad de Pride Vickers iba a ser para ella tan real como la de cualquiera de los niños italianos que jugaban frente al settlement. Sin saberlo, estaba convencida de que Pride no había muerto, de que no había hecho más que posponer su llegada; de que cuando tuviera otro hijo, ese hijo sería Pride, y nada más que Pride.
No oía muy a menudo la voz de Pride, pero no la olvidó del todo al volver a un mundo donde ella era la eficiente señorita Vickers, de quien nadie habría sospechado que estuviera vulgarmente «deshonrada», que fuera mística, o que, ni por un segundo, dudara de que el enseñar a los hijos de los inmigrantes el baloncesto, las obras de Shakespeare, la gimnasia sueca y el saludo a la bandera, iba a convertirlos inmediatamente en ciudadanos ejemplares.
Siete semanas después de su regreso, los judíos rusos del barrio se volvieron locos de alegría al tener noticias de la revolución bolchevique, y Ann se preguntó si Pride no estaba destinada a considerar aquel 7 de noviembre de 1917 tal vez como la fecha más grande de la historia: como el comienzo de un mundo bueno y nuevo, o como el fin de un mundo bueno y viejo.
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