Cárceles de mujeres
Capítulo XXIV
EN LA parte posterior del lujoso vestíbulo de mármol que daba entrada a la prisión, con su aire de hotel para empresarios y contrabandistas de alta categoría, había una puerta baja con ningún aspecto de puerta de hotel: una puerta de acero, con clavos del mismo metal —Ann nunca descubrió para qué servían aquellos clavos, como no fuera para dar a la puerta un aspecto repulsivo—. El capitán Waldo sacó un manojo de llaves con la solemnidad con que todos los jefes de una prisión sacan las llaves, y condujo a Ann a través de un corredor de ladrillo y cemento, un corredor húmedo, iluminado débilmente por varias bombillas pequeñas, manchadas por las moscas. Era como una alcantarilla grande. Subieron luego una escalera de caracol, hecha de acero, rodeada por una pared de cemento; parecía como si estuvieran subiendo a un faro.
—¡Aguarde! —jadeó el capitán Waldo—. ¡Quiero enseñarle algo! La mayoría de los hombres están en los talleres o en la granja, así que puede asomar la cabeza —dijo con un acento como si le estuviera ofreciendo caramelos—. ¡No debería enseñársela… es el ala de los hombres! Pero la dejaré entrar, por una vez.
Volvió a sacar pomposamente las llaves, abrió una puerta de acero y la guió hasta un lugar con suelo hecho de oscuras placas de metal, labradas en forma de pequeños diamantes. Ann ladeó la cabeza, asombrada. Se hallaba en el punto central de un edificio parecido a una gigantesca Y, cada uno de cuyos brazos tenía noventa metros de longitud y quince de anchura. Allí, en el punto central, había un vestíbulo circular, abierto hasta el techo, desde donde, al alzar los ojos, Ann podía ver los tres pisos de celdas con barrotes de hierro que se extendían en un par de filas dobles, a todo lo largo de cada
brazo. Los brillantes barrotes de acero parecían filas de rifles de una interminable armería.
Las deslumbradoras líneas se abalanzaban hacia ella, como la pesadilla de un cubista.
¡Un hombre, un ser humano, podía vivir lo mismo en aquella jaula múltiple que en una dínamo!
Las prisiones pequeñas que ella conocía —las casitas del Refugio Oriental para Muchachas, las jaulas de acero y madera de Green Valley—
eran tan hogareñas como una anticuada buhardilla comparados con aquel Gran Cañón de barrotes de acero.
El calor de aquel día de julio se acentuaba por el hedor a sudor, comida rancia, retretes apenas limpios, tabaco barato, cucarachas aplastadas y desinfectante, pero las líneas de acero tenían un aspecto helado. Ann se estremeció.
—Buenas celdas, ¿verdad? —dijo el capitán Waldo—. Hay seiscientas; las suficientes, así que no están muy apretados; ¡sólo trescientas dónde tienen que estar dos juntos! —el capitán miró los barrotes con el mismo orgullo con que el rey Salomón miraba a sus mil seiscientos hijos—. ¡Sí, señor! ¡Ésta sí que es una verdadera reforma de las prisiones! ¡Están hechos del acero más puro que se vende!
Una figura semihumana se acercó temblorosa hacia ellos; era un viejo sin afeitar, pálido como un fantasma, con una destrozada bata que en su tiempo fue negra y púrpura, pijama de franela de un verde descolorido y zapatillas de lona.
—¡Hola, capitán! ¡Hola! ¡Hola! ¡Qué linda chica se ha traído! ¡Sí, señor, muy linda! ¡Ven aquí, preciosa! —el anciano se acercaba arrastrándose cautelosamente, y batiendo los talones de sus zapatillas.
—¡Salga de aquí, papá, o le echo a los perros! —el capitán Waldo no hablaba en serio ni malhumoradamente, pero el hombre retrocedió mirando a Ann de reojo, con equívoca mirada. El capitán Waldo la siguió otra vez escalera abajo, riendo entre dientes—: Este viejo es muy gracioso. Casi no le hacemos trabajar, aunque es un buen trabajador; barre los corredores perfectamente. ¡Y le aseguro que éste sí que me obedece y hace lo que yo le digo, sí, señor… me sigue a todas partes como un perro apaleado!
—¿Por qué está aquí?
—¡Oh! Tuvo un disgusto con su hija, y luego los vecinos dijeron que él la había matado. No lo creo. ¡De veras; es un anciano buenísimo!
Obediente. Aunque dicen que una vez tuvieron que darle cien latigazos seguidos, cuando cumplía su primera sentencia.
—¡Oh! Su primera sentencia. ¿Cuándo fue eso?
—Antes de que yo estuviera aquí… Veamos… Hará unos cincuenta y cinco años. Pero ahora hemos hecho que se reforme.
Subieron dos tramos más de la escalera de acero, bajaron otros dos, cruzaron otro corredor parecido a una alcantarilla, y entraron en el departamento de las mujeres, que ocupaba tres pisos al extremo de uno de los brazos de la gigantesca Y. Entraron por el piso de las celdas. Aquello no era tan imponente como la jaula de tres pisos, vista desde la rotonda; no había más que ochenta celdas, ocupadas por unas cien mujeres, mientras que los hombres eran novecientos. No era imponente, no; era simplemente aterrador el pasar frente a las vacías jaulas de cemento con puertas de barrotes de acero. Cada celda tenía un camastro de dos pisos, hechos de barras de hierro, un taburete desvencijado, una mesita de madera, mal asentada sobre sus patas, una palangana y un jarro de hojalata, y un cubo grande del mismo metal; aquéllos eran los únicos muebles que una mujer tendría en su habitación durante dos…, diez…, cuarenta años de su vida.
Las cucarachas corrían por entre las celdas y Ann percibió una rata que pasó, rápida como un rayo. Como en el departamento de los hombres, el corredor tenía un insoportable hedor a desinfectantes y sudor.
—¡Estas malditas holgazanas… no podemos conseguir que maten los bichos! —dijo alegremente el capitán Waldo—. Mire. Tenemos cuatro celdas para las condenadas a muerte, una habitación separada del resto, al fondo de la sala; desde allí sale una escalera especial que va a parar al cadalso, que está en el sótano. Así es más cómodo cuando tenemos que ejecutar a una mujer. A las mujeres condenadas a muerte les consentimos tener fotos en sus celdas, limitadas, claro está, a fotos de sus parientes
cercanos, y sólo dos por persona. Nos gusta hacerlo así, para alegrarlas un poco en sus últimos días. Aquí estamos.
Y haciendo un ceremonioso gesto, le mostró la habitación con las cuatro celdas. En ellas reinaba una barahúnda inesperada. Dos corpulentos guardianes masculinos, con uniformes azules con botones dorados, estaban metiendo en una celda lo que parecía un perro furioso, que lucha con dientes y uñas por salir de una bolsa. Ann vio que era Lil Hezekiah, la asesina negra. Le habían quitado su traje de raso negro y su sombrerito de paja, y le habían puesto un uniforme de percal, tan descolorido por los lavados que parecía un viejo trapo de rejilla.
—Métanla dentro, muchachos —dijo el capitán Waldo a los guardianes, sin dar gran importancia a aquello—. ¿Le retrataron y le tomaron las huellas dactilares? ¡Eh! ¡No le consintáis que dé esas patadas! ¿Qué os pasa, muchachos? ¿Le tenéis miedo a una bruja negra? Agarradla por las piernas.
¡Así se hace! ¡Eso es!
Mientras uno de los guardianes cerraba la puerta de barrotes, se volvió sonriendo al capitán Waldo y le dijo con voz ronca:
—Sí, ya la hemos retratado. ¡Pero que Dios ayude a la celadora que tenga que obligarla a tomar un baño! ¡Debe de estar loca la vieja bruja!
Entonces, saliendo de su atónito horror, Ann comenzó a hablar, como había intentado hacerlo antes cien veces.
—No está loca, capitán Dringoole; ¡oh, estoy segura de ello! ¡No está nada más que aterrada!
—Sí, ya lo sé, encanto. Ahora se pondrá bien. Ya se acostumbrará a esto y, de todos modos, como vamos a bajarla al sótano y colgarla cuanto antes, no importa mucho. Se asustan, sí; no tienen la suficiente inteligencia para comprender que no pueden hacer nada. Pero luego se callan… Mire, como aquella otra bruja que hay allí. Al principio nos dio muchos disgustos, pero ahora se porta bien y no hace ruido.
Le señalaba a otra mujer que había en una de las celdas de las condenadas, vigilada por dos celadoras. ¡Vaya si estaba callada! No tenía cara; nada más que dos oscuros agujeros que ardían en una máscara de algodón blanco. Estaba sentada en un taburete, muy inclinada. No se movía, pero se pasaba incesantemente las puntas de los dedos alrededor de su
marchita boca. Su cabeza colgaba ligeramente hacia un lado, como la cabeza de una mujer que ha sido ahorcada.
El capitán Waldo dejó a Ann en el despacho de la señora Bitlick, la celadora jefe del departamento de mujeres, situado un piso más arriba que las celdas de las presas.
—Buenas tardes, hermana Bitlick. ¿Está bien? Aquí tiene una señorita que ha venido, creo que desde Boston, para enseñarnos a nosotros, los veteranos, cómo se dirige una prisión. Bueno, muchachas, pórtense bien.
Reflexione acerca de lo que le he dicho, señorita Vickers. Dentro de una semana verá las cosas como yo.
—¡Bueno, bueno! —dijo la señora Bitlick, después que el capitán Waldo hubo desaparecido, luego de quitarse galantemente el sombrero en señal de despedida—. ¡Es la primera vez que el capitán Waldo se toma la molestia de traer aquí a nadie él mismo! Por lo general suele enviar a ese fresco de negro, a Enker. Por lo visto ha debido de causarle una gran impresión. ¡Más vale que tenga cuidado con él! —rió la señora Bitlick, vaga y amablemente.
Después de eso, y durante media hora, la señora Bitlick —es imposible describirla; era una mujer borrosa, de borrosos cabellos castaños, con bastantes canas y llevaba un borroso uniforme azul—, se dedicó a explicarle que, aunque Ann, por lo visto, era muy amiga de la señora Windelskate, y una favorita suya, debía olvidarse de todo aquello y aprender que allí, en Copperhead Gap, nadie hacía nunca favores, y que Ann debía ocupar su lugar y obedecer las reglas de los oficiales, lo mismo que si hubiera llegado allí desde Starvation Bridge.
La señora Bitlick le dijo todo aquello con cierta esperanza, como si, pensaran lo que quisieran los pesimistas, estuviera segura de que Ann no iba a obedecer esas reglas e iba a ser despedida después de una estancia en la prisión, lo suficientemente larga para que los demás pudieran reírse a gusto de ella.
—Y ahora, me figuro que le gustará ir a su habitación y lavarse un poco
—dijo la señora Bitlick.
No acompañó a Ann. Tocó el timbre y entonces entró en el despacho un verdadero Brownie[20], de ojos redondos, nariz redonda y boca redondeada en una sonrisa; una muñeca que parecía disfrazada con aquel uniforme carcelario de desteñido percal, y con los gruesos zapatos de puntera cuadrada, que usaban las presas. La muchacha sonrió a Ann y sonrió a la señora Bitlick.
—¡Birdie! ¡Has estado fumando de nuevo! ¡Sí, claro que sí! ¡Lo huelo!
—¡Oh, no, señora Bitlick! ¿Yo? ¡Ya no fumo! Me paso todo el tiempo estudiando lo que debo hacer para ser una muchacha decente cuando salga de aquí, y el fumar es muy malo. ¡Dios mío! El fumar conduce a toda clase de crímenes. ¡No hago más que pensar todo el tiempo en lo que me dicen ustedes y la señora Kaggs! ¡Son tan buenas con una pobre chica como yo!
La señora Bitlick suspiró:
—Ésta es Birdie Wallop. Es una ladrona de tiendas. Pero no se parece a las demás mujeres que hay aquí. Al parecer, se da cuenta de lo que tratamos de hacer por ellas y nos lo agradece… y usted ya ve lo contenta que está…
Ella es una muestra de lo que podemos hacer. Bueno, ahora lleva a la señorita Vickers a su habitación, Birdie, y si te pillo de nuevo fumando, ¡te mataré a palos!
Birdie lloró. Birdie gimió.
—¡Oh, no es que me asuste el que me castiguen, señora Bitlick! ¡Pero se me desharía el corazón si usted no pensara que yo aprecio todas las bondades que han tenido conmigo!
—¡Umm! Así lo espero. Ahora, vete.
Al salir, las lágrimas de Birdie Wallop cesaron instantáneamente. Sus grandes ojos redondos miraron penetrantes a Ann y luego sonrió con mayor descaro que antes.
—¡Birdie! ¿Aprecias mucho las bondades que la señora Bitlick ha tenido contigo?
Birdie se puso un dedo debajo de la gordezuela nariz:
—¡Pregúntemelo a mí! ¡Pregúntemelo a mí, señora! ¡No sabe qué ratos la esperan en este antro! Yo he sido camarera durante dos años, y conozco a la gente. Cuando empiecen a molestarla cuéntele sus penas a la Tita Birdie.
Vamos.
Cuando cruzaban el corredor, Birdie se llevó un dedo a los labios, y luego entró corriendo en una habitación con dos sillas, un escritorio y quizás unos cien libros viejos y polvorientos, dejó una hojita de papel sobre el escritorio, se recogió sus largas faldas negras y esbozó solemnemente un par de pasos de baile.
—¿Qué es eso?
—¿Me jura no decirlo? No, creo que no lo dirá. Ya sabemos quién es.
¡No sabe bien de las cosas de que una se entera cuando está en la celda y, según las reglas, no debe hablar! Sabemos lo buena que es. ¡Y además educada! ¡Gee! . ¡Una celadora educada aquí! Bueno, ya verá lo que pasa.
El reverendo Lenny… es el capellán, una buena pieza…, vendrá esta tarde a la biblioteca y yo quiero que encuentre un trozo escogido de la literatura.
¡Qué ataque de nervios le va a dar!
—¿Qué has puesto ahí?
—¡Oh, un anuncio del «Viejo doctor Thorpley… puede decirle toda la verdad», que mi novio robó de un baño y me mandó por correo!
—¡Birdie! ¿No te das cuenta de que… no te das cuenta de que soy uno de los oficiales de la prisión y puedo obligarte a que cumplas las reglas?
Birdie se dio un golpecito en la nariz y le guiñó un ojo.
Había completado el trabajo que el capitán Waldo comenzara: el de hacer sentir a Ann que su lugar no estaba con las celadoras, sino al otro lado de los barrotes, junto a Birdie, la señora Van Tuyl, Gene Debs, Galileo y Walter Raleigh.
La habitación en que Ann esperaba hallar un refugio, no era una habitación privada, sino un dormitorio con tres camas dudosamente limpias, tres cómodas de pino, tres sillas, tres espejos rajados y un baño con tres delgadas toallas.
En la cama más alejada de la puerta había una mujer, con los ojos cargados de sueño, que alzó la cabeza y se aclaró la garganta, mientras gemía:
¿Eh? ¿Eh? ¿Qué pasa? ¡Oh! ¿Es usted la nueva celadora? ¿Vickers?
¡Oh, Dios! ¿Qué hora es? No he dormido casi en todo el día: hacía tanto
calor… Yo soy Kaggs, la celadora de noche. Su cama es aquella del centro.
Espero que nos ayudará a adecentar un poco esta habitación… ¡Oh!, la señora Bitlick dijo que debía ponerse el uniforme que le hicieron, de acuerdo con las medidas que mandó, porque… Está en la sección central del armario… mejor es que se lo ponga ahora… El capitán Waldo, ese viejo insoportable, arma un escándalo si nos pilla sin uniforme. Bueno, voy a ver si duermo un poco. ¡Por amor de Dios!, ¿quiere no hacer mucho ruido, por favor?
Y la señora Kaggs se hundió de nuevo instantáneamente en su almohada.
Ann permaneció de pie, estudiándola: era una mujer de cierta edad, pálida, anémica, con una verruga junto a la nariz y la cara marchita e inerme en el sueño.
Jadeando con el calor, y el olor a ácido carbónico y sábanas poco limpias, Ann se quitó el traje y se metió el uniforme de sarga azul con botones dorados y un absurdo cinturón Sam Browne. Luego trató de estudiarse en el empañado espejo.
«Parezco un policía feroz. ¿Cuánto tiempo tardaré en contagiarme, y en aliviar mi aburrimiento empleando la porra?».
Se sentó muy erguida en la desvencijada silla que crujía bajo su peso.
Miró por la ventana que daba a un patio cubierto de cenizas, perteneciente al departamento de los hombres, en el que hasta tres presos con uniformes azules con rayas rojas y grotescos gorros daban vueltas y vueltas, inclinados sobre carretillas llenas de piedras.
«¡No puedo soportarlo! ¡No puedo quedarme aquí! ¡No me quedaré ni una hora más! ¡Me volvería loca y mataría al capitán Waldo y a esa mujer que duerme en la cama, y a la tal Bitlick! ¡Tengo que hacerlo! ¡Ésa sería una protesta que ellos comprenderían!
»No. Tengo que quedarme, porque es un trabajo duro. Hasta ahora no he sido más que un fracaso. He ido de empleo en empleo: el sufragio, los settlements, el >ICO, los reformatorios… No eres ya una jovencita que promete, Annie. Tienes treinta y tres años. ¡Pero si puedes aguantar un año aquí, entonces, a lo mejor, podrás ayudar a acabar de una vez con todas las cárceles del mundo!
»¡Pero… un año! ¡No llevo más que una hora, y ya soy una loca homicida! ¡Terminaré en una celda con Lil Hezekiah! ¡Dios mío, cómo me gustaría! ¡Preferiría estar allí, y no con la señora Kaggs!
»¡Mira, muchacha, tienes que cerrar la boca! ¡Éste es un trabajo propio de una mujer! ¡Eres una espía en terreno enemigo! ¡Veas lo que veas, hasta que llegue el momento oportuno, cierra la boca!».
Permaneció junto a la ventana, inmovilizada por el horror. El patio de suelo de cenizas ardía; los tres hombres daban vueltas y más vueltas, vacilando bajo el peso de las carretillas cargadas de piedras, un trabajo degradante y sin sentido que ponía de manifiesto el hecho de que los penados no tenían ni siquiera el primer privilegio de todo hombre libre: el de trabajar por algún fin.
«Sí. No debemos exagerar. “El mundo se ha hecho mejor. ¡Hemos desterrado la tortura!”. ¡Oh, déjate de quejas! Lamentándote de ese modo, por tus pequeñas desgracias, cuando puedes irte de aquí cuando quieras, mientras que esos esclavos —y probablemente, la Bitlick y la Kaggs—
tienen que quedarse aquí años enteros, quizá toda la vida. Y tú, con tu asesinato de Pride, eres tan criminal como el que más. ¡Todos somos criminales, pero algunos no caemos en manos de la policía!».
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