Cárceles de mujeres

Sinclair Lewis · Capítulo 15 de 48

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Cárceles de mujeres

Capítulo XIV

CUANDO los Estados Unidos entraron en la guerra en 1917, Ann Vickers había ascendido de simple residente a ayudante de la residente-jefe de Corlears Settlement House, en el Bajo Nueva York, y estaba directamente encargada de las clases de inglés elemental, composición, drama moderno, economía, fisiología y cocina, para los pobres del barrio; dirigía el club de madres, el club de niños, la asociación dramática y se encargaba de organizar las conferencias gratuitas sobre el impuesto único, la pesca de la trucha, las exploraciones del Tibet, el pacifismo, el coleccionar conchas marinas, el comer salvado y la geografía del imperio de Carlomagno.

De la soledad social de la Fanning Mansión había caído en un remolino de constantes amigos —un fenómeno típico de Nueva York— y su teléfono sonaba constantemente. Pat Bramble, después de enseñar durante tres noches en Denver —de donde, al parecer, la habían echado por falta de eficiencia—, arribó a Nueva York y trabajaba en una agencia de publicidad.

Eleanor Crevecoeur era subdirectora de una revista comercial, dedicada a los muebles y artículos de menaje, y escribía poemas líricos sobre los lavabos, panegíricos sobre los papeles de la pared y marchas guerreras acerca de la conveniencia de las sillas plegables para las habitaciones de huéspedes.

En Nueva York, Pat Bramble trataba a los compañeros de la agencia y a los elegantes vendedores que acudían a ella, con la misma helada reserva virginal con que había tratado a los hombres solteros que visitaban la Fanning Mansión. Pero Eleanor les había dicho:

—Como vosotras, chicas, yo me engañé a mí misma y creí que venía aquí a buscar una carrera, pero, en realidad, lo que vine fue a buscarme un hombre de pelo en pecho.

Y sin licencia matrimonial alguna se había ido a vivir con un muchacho alto y atlético, graduado de la Universidad de Oklahoma, un tal señor Ewbank, secretario de una compañía de taxis, cuyas únicas prendas sociales consistían en imitar a los lavanderos chinos, jugar al bridge y mantenerse respetuosamente silencioso cuando sus superiores, las mujeres, discutían los impuestos o la inmoralidad.

En cuanto llegó a Nueva York, Ann fue a visitar, aunque con cierta timidez, a la doctora Malvina Wormser, la oradora sufragista a quien había custodiado el día del Symphony Hall de Clateburn. La alegre y regordeta doctora la abrazó, le dio una receta para su catarro e inmediatamente la agregó al zoológico humano que, como todas las mujeres médicos, había reunido en torno suyo. La casa de la doctora Wormser, situada en el último piso de una vieja mansión de la Quinta Avenida, cerca de la calle Treinta, estaba llena de libros de medicina alemanes, porcelanas chinas, polvo, violines, que la doctora Wormser tenía por Stradivarius, alacenas de roble de Sussex, revistas no leídas, donde se hablaba del vegetarianismo, de Macedonia, de los huérfanos chinos y la irrigación del colon; y plagada de colillas de cigarrillos, libros de poesías dedicados a ella, clientes, cartas pidiendo dinero y gente. Allí, Ann conoció a arquitectos, oficiales franceses heridos, espías alemanes heridos, que se hacían pasar siempre por banqueros alemanes; bacteriólogos, rectores episcopales que habían sido privados de su cargo por ser demasiado ortodoxos —es decir, por tomar demasiado en serio la Biblia—, secretarias de editores y químicas, que tan pronto eran ásperas y llevaban gafas, como eran rubias y frívolas y se besaban con los hombres detrás de los biombos japoneses, en los bailes improvisados que daba la doctora Wormser.

—Te gustarán mis amigos —le había dicho a Ann la doctora Wormser

— y te servirán de aprendizaje para el día en que te conviertas en la primera embajadora femenina de los Estados Unidos. Verás que los hombres serios, los hombres de estudio que vienen aquí, me tienen por ligera y frívola, y que los frívolos piensan que soy demasiado seria, y por eso, nunca

encuentro entre ellos un solo cliente y tengo que ganarme la vida en clínicas gratuitas y dando consejos gratuitos a mujeres ricas que merecen una paliza.

Voy a darte un poco de Benedictino. Ven mañana por la noche. Estará aquí un aviador o conquiliólogo: no recuerdo muy bien lo que es.

Pero a quien Ann trataba necesariamente con más intimidad era a sus vecinos, a sus compañeros de Corlears Hook Settlement, veinte en total y siete de ellos hombres. Eran éstos unos graduados de las universidades de Columbia, un joven abogado liberal que despreciaba la ley y adoraba a Clarence Darrow, un bibliotecario de cierta edad, el inevitable clérigo liberal que discutía humorísticamente acerca de todo, y cierto muchacho rico que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por los desposeídos, con tal que no fuera repartir entre ellos su fortuna. Vivía entre los pobres, pero conservaba su habitación y sus trajes de etiqueta en la casa de su padre, dueño de más de ciento sesenta áreas de casas baratas en Nueva York.

Ann se desayunaba y almorzaba con ellos en una larga mesa, que tenía la misma atmósfera y la misma alimentación monótona del internado de una ciudad universitaria. Los cuartos de los residentes masculinos, situados en el tercer piso, estaban tan cerca del suyo que podían ir a visitarse los unos a los otros, en bata y pijama. A Ann le gustaba su olor fuerte y rudo; era mucho más interesante ir con ellos al teatro que ir con Eleanor. Pero, suspiraba. ¡Los siete eran tan… tan liberales! Eran juiciosos y de conversación muy entretenida, pero no había en ellos ni fuego ni tierra.

La Corlears Hook Settlement House entró en la guerra junto al presidente Wilson. Como el gran pensador socialista Upton Sinclair, todos los que trabajaban en el settlement, excepto Ann, proclamaban que, aunque ellos fueran pacifistas y opuestos a todas las demás guerras, aquélla era una cruzada destinada a terminar para siempre con el militarismo prusiano y que, cuando se terminara, el mundo gozaría de una paz ininterrumpida.

Ann, que recordaba al viejo Oscar Klebs de Waubanakee y a su profesor de alemán en Point Royal, no podía creer que todos los alemanes fueran más belicosos que el resto de la humanidad, pero sus amigos la hacían callar a gritos —todo esto es ahora historia antigua, olvidada especialmente por las

gentes que la hicieron y que hoy hablan tres veces por semana en asociaciones pacifistas y luego van a Berlín a explicar a sus amigos alemanes que, en aquella época, ellos estaban decididamente en contra de la guerra.

El settlement confeccionaba vendas, enviaba a sus asociados a la YMCA, para hacer colectas y divertía a los soldados que pasaban algunos días en Nueva York. Era el cuartel general de los «trabajadores sociales» de otras ciudades, los cuales aprendían a manejar la bayoneta con especial pureza de intención. En junio de 1917, el settlement dio un gran baile en honor de los nuevos oficiales, y los niños italianos y judíos del barrio, acostumbrados a ver solamente a los trabajadores del settlement, con sus poéticas chalinas, gozaron aquel día del privilegio de ver uniformes.

El baile se celebró en la gran sala que se utilizaba para dar conferencias y conciertos. Grupos de banderas norteamericanas, inglesas y francesas, ocultaban los retratos, de Jesús y de Karl Marx. Las trabajadoras del settlement servían en el escenario café, limonada y helado. No había ningún licor, pero los invitados iban desapareciendo uno por uno y penetrando en la habitación del muchacho millonario, que también iba de uniforme.

El prejuicio de Ann contra la guerra no le impidió bailar aquella tarde de junio, en la sala con las ventanas abiertas a los alegres ruidos del ghetto, los gritos de la calle, el rechinar de las carretillas de los vendedores ambulantes, y las voces de los niños que bailaban al son de los organillos.

La orquesta convertía las marchas guerreras en one-steps y Ann bailaba en los brazos de hombres jóvenes y ardientes, glorificados por la aventura, que se alegraban de haber dejado el polvo y la hipócrita virtud de su «trabajo social».

—¡Chica! ¿Por qué no viene al frente a conducir un camión? ¡Vamos a pasarlo muy bien allí! Le compraré una botella de champaña en el alegre París —le dijo alegremente la mejor de todas sus parejas.

Tenía una cara suave y dura, como el ágata. Era un doctor en filosofía por la Universidad de Filadelfia.

A Ann le gustaba bailar, aunque no dejaba ni un momento de decirse:

«Ahora, Annie, por amor de Dios, ¡no saltes como si estuvieras jugando al baloncesto!».

Pero conforme los guerreros iban volviéndose más alegres y ruidosos, Ann se sentía más profundamente deprimida. Aquellos muchachos eran sus hermanos, aunque fueran algo excitables y sentimentales, como todos los hombres. Aquel amplio pecho contra el que se apoyaba tan a gusto, podía muy bien ser dentro de unos meses un montón de carne descompuesta, roída por los gusanos. ¡Oh, Dios mío, no había causa que mereciera todo aquello, y desde luego, lo que no lo merecía era matar a los primos de Adolfo Klebs!

Se escurrió hacia el escenario sin que nadie la viera y ocupó el puesto de una linda muchacha judía del barrio —una buena socialista, excepto cuando veía el bien cortado uniforme de un oficial—, que hasta aquel momento había estado sirviendo bebidas. Ann se dejó caer melancólicamente en una silla plegable, al extremo de la mesa de los refrescos.

Un hombre vestido con el uniforme de capitán cruzó el escenario y se sentó suspirando en una silla que había al lado suyo. Parecía un evangelista galés; era delgado, cetrino, de corta estatura y tenía las manos temblorosas y la miraba implorante. Al parecer, era unos dos o tres años mayor que Ann, que por aquel entonces tenía veintiséis años.

—¿Está cansado, capitán? —le preguntó ella.

—No… Sí… Creo que sí.

—¿Quiere un helado?

—¡No, gracias! He tomado demasiados high balls[10]!, en la habitación número diecisiete, la habitación de ese muchacho millonario. Creo que he tomado seis. Y lo peor de todo es que no me han hecho efecto.

—¿De veras?

—Sí, de veras. Y me gustaría que me lo hubieran hecho.

—¿Por qué?

—Porque así me olvidaría de todo. ¿Eh? Me olvidaría de que vamos a la guerra. Soy un neurótico… como la mayoría de los trabajadores sociales que no son unos estúpidos; pero, de todos modos, no dejo de preguntarme si no habrá en el frente muchos héroes que tengan tanto miedo como yo… ¡Sí, miedo, eso es lo que he dicho! Cuando me voy a dormir, ¡si es que puede llamarse a eso sueño!, me parece estar viendo un enorme huno que salta a

mi trinchera y me hunde una bayoneta en el vientre. ¡Diablos! ¡Perdóneme por ser tan quejoso! Por lo general, no suelo hablar así. Pero es que esta noche una muchacha imbécil con la que estaba bailando, me dijo: «Capitán,

¿quiere ensartar por mí un par de Fritzes con su bayoneta?». ¡Y me hizo añicos! ¡Debería estar avergonzado!…

—¡Oh, comprendo lo que le pasa! ¿Por qué no ha de sentirse así? ¡Yo no soy patriotera! ¿No puede pedir el traslado a otro cuerpo? Usted es de infantería, ¿verdad?… Probar otro lugar donde no tenga que… después de todo, ya que eso le pone tan nervioso; me figuro que a mí también me pondría…, donde no tenga que enfrentarse con las bayonetas enemigas…

—No. No puedo hacerlo. ¡Y precisamente porque soy un maldito neurótico! ¡Tengo que ir a las trincheras, cueste lo que cueste! O me fusilarán por cobarde… o me darán la Congressional Medal. No; me lo debo a mí mismo. ¡Tengo que seguir adelante!

—A mí me parece eso muy valiente… aunque sea una tontería. A propósito, mi nombre es Ann Vickers…, soy una de las residentes de aquí.

—Mi nombre es Resnick, Lafayette Resnick. Lafe, para las muchachas lindas como usted. ¿Dónde estudió?

—En Point Royal… ¡Y no soy linda! Tengo los ojos bonitos… eso es todo.

—¿Bonitos? ¡Divinos! Y unos tobillos preciosos. Y, loado sea Jehová, no tiene una de esas bellezas de portada de revista. En realidad, no debería haber dicho que era linda, sino hermosa…

—¿Dónde estudió, capitán?

—Soy B. A., por la Universidad de Minnesota, M. A., por la de Chicago. Estaba estudiando para doctorarme en filosofía en la Universidad de Filadelfia. Me figuro que no lo obtendré nunca, ni siquiera para que digan al dar la noticia de mi muerte: «el cuerpo había sido terriblemente destrozado; el bayonetazo le había hundido su llave Phi Beta Kappa en los intestinos».

—¿Quiere hacer el favor de no decir eso?

—¡Oh, tiene razón! Perdóneme, Ann. De veras, no estoy siempre así.

Me figuro que esos high balls han debido de hacerme más efecto del que creía. ¡Timor in vino!

—¿Y después qué piensa hacer?

—Lo de siempre. Salvar al mundo, especialmente a los que no sirven para vivir, a las gentes como yo, pero sin el dinero que ganó mi padre vendiendo ligas y camisas de dormir. Di clases durante un año en la escuela superior de Winnetka. Escribí crítica cinematográfica en Milwaukee… y además he conocido a Víctor Bergerm… Ya sabe que es el San Pablo del partido socialista; Debs es el San Juan y el viejo Karl el Mesías. Me echaron de él por decir lo que pensaba; ésta es una de las malas costumbres de los neuróticos; ya ha visto que por culpa de ella he estado a punto de pelearme con usted esta noche. Después de eso, empleado en un tribunal de Chicago. ¡Y ahora héroe!

—¡Déjese de eso!

—¡Ya lo he intentado! ¿Y usted, monada, qué hace? —le preguntó Resnick.

—¡Oh, también lo de costumbre! Trabajé como organizadora del sufragio. He hecho investigaciones. He estudiado unos cursos de enfermera.

—¿Enfermera? Entonces lo mejor es que se venga con nosotros. Nos veremos en París.

—Ésta es la segunda invitación que me hacen esta noche —se rió divertida Ann.

—Pero yo se lo digo en serio, muy en serio. El otro no pensaría sino en que era una muchacha agradable. Yo creo que… ¡oh, si usted quisiera encargarse de mí, a lo mejor abandonaría los delicados placeres del neurótico y me convertiría en un ser normal! Podríamos casarnos antes de que me marchara. ¡Aunque Dios sabe lo que usted sacaría de ese matrimonio! Pero, aunque no me crea, el caso es que nunca he conocido a una muchacha lo suficientemente viril para mandarme como jefe y madre, y lo suficientemente dulce para mirarme. ¡Y usted es así! A propósito, la invitación aux noces es completamente seria, Ann.

—A las… ¡Oh, sí! Muy bien, pues yo la recibo con toda seriedad y la guardo en mis archivos.

—«Ya le avisaremos en cuanto se produzca una vacante». ¡Oh, ya conozco eso! Me parece que usted no lo ha tomado muy en serio. ¿O es que quizá se ha casado ya con un hombre desdeñoso y superior?

—No, capitán, por si le interesa, le diré que ésta es la primera vez que alguien me pide que me case con él. Yo siempre he pensado que no estaría mal del todo en el papel de madre, me figuro que la mayoría de las mujeres piensan como yo, pero le prevengo que no soy tan seria ni tan digna de confianza como cree. También tengo nervios debajo de la grasa.

—¡Grasa, no!

—Al menos, tendencia a la grasa, sobre todo si no hiciera ejercicio. ¡Sí, tengo muchos nervios, aunque no lo parece! ¡Una vez mordí a un policía!

—¡La adoro! Salgamos de esta maldita atmósfera yiddish[11] militarista.

Es demasiado kosher…[12]

—¿Pero no es…?

—¡Claro que lo soy! Mi abuelo era rabino o al menos eso es lo que dice papá; pero yo creo que además de eso tenía una carnicería. ¿No podríamos…? ¿Vive aquí? ¿Tiene algún saloncito o algún lugar donde podamos dejar de oír esa banda que trata de acompañar Smile, Smile, Smile, con el Ole Clo que están tocando en la calle?

—No, no tengo más que una habitación, y muy pequeña, custodiada por la severa mirada de la residente-jefe.

—¿Es venenosa?

—¡Bueno, yo diría que es eficiente!

—Entonces, vámonos… Conozco un restaurante… en realidad hay uno en frente de mi hotel, donde un soldado atrevido puede conseguir una bebida como si fuera tan persona mayor como un civil. Vivo en el Hotel Edmond, en la Plaza Irvíng; es un hotel pequeño y probablemente no habrá oído hablar de él; es un lugar muy serio, muy respetable; le dan a uno ejemplares del National y de la New Republic en vez de una Biblia de Gideon. Vámonos a beber algo… ¿Le parece mal beber?

—No, no me opongo a tomar una copa de algo. Pero no puedo irme. En realidad, ahora mismo debería estar bailando. En cierto modo estoy encargada de organizar el baile.

—¿Quiere cenar mañana conmigo?

—Sí.

—¿A las siete en el Edmond?

—Sí.

Ann estaba segura de las «intenciones» de él. De lo que no estaba segura era de las suyas. No le importaba «hacer de madre» con él —«¡una frase detestable, propia de una vicaría!»—, pensó. Pero de lo que no estaba segura era de que, cumplidos ya los veintiséis años y exponiéndose a quedarse soltera, no quisiera también mucho más que eso. Desde luego, no le tenía ningún miedo. Se daba cuenta de que aunque pareciera increíble, él había hablado en serio… en aquel momento. ¿La consideraría como algo digno de tenerse en cuenta? Sus terminaciones nerviosas daban a su piel un aspecto de carne de gallina. Sería cruel a causa de su timidez, y frío, por miedo a demostrar su apasionamiento levantino; le mentiría y la heriría en lo más íntimo de su alma. Pero sería ingenioso, superficialmente suave, le mostraría un mundo coloreado como el mapamundi de una geografía, no pardo como el color de la tierra, sino escarlata, amarillo, azul y verde fuerte.

La atormentaría, la atormentaría seguramente, pero nunca sería pesado, toscamente jovial y afectadamente superior, como todos los hombres que había conocido, excepto Adolfo y Glenn Hargis.

Bueno. Tendría que ser sensata, no estúpidamente romántica como las chicas del barrio que estaban constantemente «metiéndose en líos» y acudiendo a ella en demanda de ayuda. Trataría a Lafayette Resnick del mismo modo que trataba a Pat Bramble.

«“Lafe”. No Lafayette. ¡Sea como fuere, me gusta más que Irving, Milton o Sidney!».

A las siete menos cuarto se hallaba frente al Hotel Edmond y tuvo que subir y bajar por la calle Veintiséis, para llegar tarde y dejar en buen lugar a su orgullo.

Había pensado ponerse su nuevo traje sastre gris —los trajes sastre eran los que mejor le sentaban—; pero, aunque Lafe dijera que apreciaba a las mujeres que razonaban, le gustaría que fueran irrazonablemente femeninas, y por esa razón se había puesto un vestido de fiesta de un suave tono lavándula, en el que esperaba resultar tan frágil como Pat. «De todos

modos, tengo la boca bonita y un cutis bastante bueno», gruñó mientras se vestía, cinco minutos después de haber reñido a una mecanógrafa judía por gastar tanto dinero en medias de rayón y tan poco en verduras.

Se preguntó cómo sería Lafe. Era algo extraño, pero no recordaba de él más que los ojos, parecidos a los de un gamo caído en la trampa.

El modesto vestíbulo del Hotel Edmond, adornado con paneles de arpillera roja, separados entre sí por columnas de mármol de imitación, estaba lleno de respetables damas de edad, con aburridos rostros de literatas y los cabellos ligeramente mal peinados. Parecía como si todas ellas hubieran llegado de sus casas de Nueva Inglaterra para ver a los editores de Nueva York que iban a publicarles sus obras, o a ver los recién nacidos de sus hijas casadas, o a los hijos que tenían en el ejército, a fin de conseguirles un grado, y que, en todos los casos, habían sido decepcionadas. Estaban sentadas en los grandes sillones de caoba, esperando. El vestíbulo era un lugar de espera, y algo pesada la atmósfera que se respiraba en él.

El capitán Resnick irrumpió en medio de aquella atmósfera de suave aburrimiento bovino, y Ann vio que su recuerdo no la había traicionado, que se parecía a un oscuro gamo salvaje. Era rápido, moreno y esbelto, y la luz que brilló en sus ojos al darle la bienvenida, las dos manos delgadas que apresaron las suyas, acabaron con todas sus dudas y la animaron con la certidumbre de que hacía mucho tiempo que se conocían profunda y lealmente.

—Suba a mi habitación. Beberemos algo y luego nos marcharemos.

—Muy bien.

Era un departamentito borroso y pequeño, con butacas de terciopelo castaño de aspecto no muy cómodo, y cromos de niñas jugando con animales, sabuesos, gatos y canarios que, con poco respeto por la higiene, comían en la boca de sus mamás. Lafe había agregado un quimono de seda, adornado con crisantemos, y una edición levantina de Goethe que le daba a la habitación un aspecto aún más fúnebre. Lo que realmente animaba el lugar, era la alegría de Lafe, una alegría tan desbordante como su depresión del día anterior.

—¿Quiere que veamos juntos la ciudad? —le preguntó—. ¿Conoce bien Nueva York?

—No. Conozco el Kafeeklatch, Blintzes y gehackter Leber.

El sionismo y el Bonnaz; las Uniones de bordadoras en máquinas Singer, de cortadoras, de plegadoras y de aprendizas.

La Asociación dramática de la Corlears Hook Settlement House, en una versión yiddish de Espectros, de Ibsen. Los conciertos del Carnegie Hall. El Museo Metropolitano y la Tumba de Grant. Y un cafetucho donde se puede cenar y tomar media botella de vino tinto por setenta y cinco centavos. Eso es todo. ¡Pero me figuro que en Nueva York habrá más cosas!

—¡Claro que sí! Hay lugares extraños y anticuados, completamente amerikanski, donde no se ven judíos ni eslavos, sino extranjeros de Nueva Inglaterra, que todavía comen picadillo de comed beef, habichuelas y pan moreno. ¡Vamos a buscarlos!

—No sé si sabrá que el Settlement me tiene muy atada. Soy ayudante de la residente-jefe.

—¿De veras? ¡Salaam! Pero yo soy un representante del ejército de los Estados Unidos. La he salvado de una invasión alemana. ¡Piénselo bien! No tengo más de una semana antes de que… ¡Y la voy a necesitar toda entera para resarcirla del mal rato que le hice pasar anoche con mi neurosis! La verdad es que he tenido una niñez muy triste. Mi padre y mi madre…

Ann se sentó en el desvencijado diván del saloncito; Lafe se sentó a sus pies, acentuando ciertos pasajes de su historia con un movimiento de su vaso vacío.

—… mis primos, tíos y tías, todos me comprendían perfectamente… ¡Y

usted no sabe lo duro que es eso para un niño con imaginación! Yo era nervioso, inquieto. Muy bien, ¡pues a ellos no les preocupaba! ¡Los judíos son demasiado inteligentes para pensar que hay alguna virtud en el dolor y algún heroísmo que no produzca beneficios! Además, yo era caprichoso y poético. Muy bien, ellos me animaban… les gustaba vender overalls de cuarenta y nueve centavos, con botones Kantluze, para comprarme libros y enviarme a una escuela preparatoria. Yo quería ser explorador, químico, bolsista en Nueva York, compositor, anarquista o misionero cristiano.

Perfectamente, me decían ellos, ¡haz lo que quieras!

»En la universidad me encontré con algunos prejuicios…, pero no muchos, así que todo fue bien. Nunca tuve que pelearme con nadie. Por eso me asusta tanto tomar parte en esta guerra, pasado el primer momento de exaltación. ¿Serviré de algo en las trincheras? ¿Qué me pasará cuando vea cruzar los proyectiles por el aire?

Le estrechó con fuerza la mano; ella se inclinó impulsivamente y le acarició el cabello, que no era suave como el suyo, sino extrañamente masculino, negro, espeso, liso, brillante y tan áspero como las crines de un caballo. En aquel momento le pareció muy alegre, muy fino, muy honrado respecto a su miedo, cuando tantos otros soldados fingían un heroísmo que no sentían. Mientras él le besaba la mano, mientras ella le acariciaba el grueso músculo del cuello, se horrorizó al pensar en que su cuerpo, tieso y rígido, pudiera colgar algún día del confuso zigzag de una alambrada.

Sin soltar la mano de Ann, estrechándola ligeramente entre la suya, seca y cálida, comenzó a contarle historias de su niñez, burlándose de su propia excentricidad, de su carmesí oriental entre el castaño otoñal de los católicos bávaros, el helado azul de los suecos de Minnesota, de los noruegos, y de los habitantes de Vermont. Le contó cómo se había aprendido en un diccionario el alfabeto griego y había dejado boquiabiertos a todos los demás niños cantando «¡Alfa tau omega tau zeta ómicron!». Lo apasionadamente que admiraba la iglesia metodista y sus himnos místicos e incomprensibles.

Se levantó de un salto y exclamó:

—¡Vamos a decir que nos suban aquí la cena! ¿Le importa? ¡Para mí será un paraíso, después de haber pasado tantos meses sin estar nunca solo, amontonado en los cuarteles, en los trenes, rodeado siempre de compañeros!

—¡No, no me importa!

Ann esperaba que fuera aún más insinuante que el doctor Glenn Hargis, cuando exhibió la botella de Rudesheimer, el día de la jira a la montaña.

Pero Lafe Resnick encargó con la mayor naturalidad la cena, sacó una botella de Borgoña del cajón de la cómoda y siguió hablando y haciéndole hablar. Sin que se diera cuenta de cómo había empezado, Ann comenzó a hablarle de Waubanakee, de Point Royal, de Mamie Bogardus y de la

cárcel. Expresó en voz alta sus dudas de si no habría «progresado más»

trabajando como secretaria de un banquero, pero agregó que, progresara o no, no se dejaría dominar por los negocios o el matrimonio.

De repente, vio en su reloj de pulsera que eran las once menos cuarto; el Borgoña, y uno o dos vasos diminutos de coñac la habían invadido de una suave tibieza. Lafe estaba a sus pies, con la cabeza en el diván y la mejilla apoyada en su rodilla. Algo inquieta, y ligeramente disgustada, Ann murmuró:

—¡Qué tarde! ¡Tengo que irme enseguida!

Él alzó lentamente la cabeza y miró su reloj:

—¿Tarde? No son más que las once menos cuarto. ¿Le parece eso tarde? ¿De veras que tiene que irse?

—¡Sí! ¡De veras!

—¡Cuánto lo siento…, querida! Me gustaría que te quedaras. ¡No he hecho más que hablar de mí mismo! Pero mañana por la noche cenaremos juntos de nuevo… Tienes que hacerlo; ¡recuerda que no me queda más que una semana!… y entonces no hablaré para nada del galante capitán Resnick. ¿Vendrás?

—Sí…, sí si puedo cambiar otra cita. Telefonéame por la mañana.

—¡Buenas noches, ángel mío!

Al llegar a la puerta la besó y, en el corredor ella permaneció un momento como desvanecida, asombrada por el fuego de aquel beso, en el que se había borrado su individualidad, haciendo que, por un segundo, ella no fuera una persona distinta, sino parte de la carne de Lafe, fundida con él eléctricamente.

Cuando entró en el subterráneo, sus ojos miraban sin ver y su cuerpo oscilaba al compás de los vagones, mientras seguía pensando en Lafe.

Pero se sintió confusa cuando, al despertarse a las tres de la madrugada, no pudo recordar cómo era Lafe ni cómo hablaba. Más ni aun entonces se le ocurrió ni una sola vez pensar que en realidad no le había estado viendo ni oyendo, qué desde el primer momento basta el último, había creído bailar en sus jactanciosas lamentaciones el discreto valor que tanto echaba de menos en los hombres, y en sus brillantes ojos una pasión purificadora que

no había en ellos y que no era más que la proyección de los propios deseos de Ana.

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