Cárceles de mujeres
Capítulo XXI
HABÍA una visibilidad de cinco kilómetros. El barco estaba separado del universo conocido, dentro de un limbo de agua salpicada por la lluvia, en un círculo de horizontes, cerrado por espesas nubes. La tierra había desaparecido. El barco se movía ligeramente, con un balanceo que Ann encontraba agradable, una vez que logró convencerse, después de mirar a los alegres camareros de cubierta, que aquello era lo normal y corriente.
Envuelta en mantas y tumbada en su silla larga, se sentía desprovista de toda su energía, tan apartada de todo como el barco solitario.
«Desde ahora, hasta que vuelva a poner el pie en el muelle de Nueva York, no voy a pensar ni un segundo en los trabajos sociales, en las reformas o en los empleos, y me voy a limitar a divertirme», se juró a sí misma.
Iba a bailar a bordo, a coquetear, a apostar en las carreras del barco y a tomar dos cocktails todas las noches. Luego, no iba a ver más que la Europa de los castillos ruinosos, de los pueblos de casitas de madera, de los cafés y las grandes galerías de arte; la Europa de las tarjetas postales.
Como guía de inspiración, había elegido el Romance de Andrew Lang: Mi amor en un país del Norte,
En una torre gris dentro de un bosque verde,
A ambos lados del cual
Se ven batir las olas
Y leguas y leguas de amarilla arena
Que asoman a través del tupido follaje.
Y en la argentada noche del Norte Muere la luz del día lentamente
Y manadas de ciervos color de lirio blanco
Surgen de entre las ramas grises
Y hacia el amanecer
Huyen cual espectros ante el día.
Aquélla era la Europa que ella iba buscando; una Europa sin huelgas ni estadísticas, sin sistemas monetarios desvalorizados, o turistas norteamericanos tratando de encontrar buck-wheat y maple syrup. Estaba tan cansada que el cansancio le impregnaba la carne, como las cenizas en la cabellera de una plañidera. Pero… ¡Oh, un momento antes de dejar de preocuparse por sus asuntos tenía que terminar el inventario de lo que ella pensaba acerca de los empleos!
Sí, se alegraba de haber trabajado con Ardence Benescoten, por varias y poderosas razones. Había descubierto que el peor de los «trabajadores sociales» profesionales, el más descuidado de los visitadores de las casas pobres, la telefonista más torpe del Instituto de Caridades Organizadas, el más malhumorado de los directores de una agencia de empleados gratuita era mejor que el más bueno de los aficionados ricos, que acudían con aire de condescendencia a los comités y trataban la «caridad» como una variante del bridge. En realidad, ¿no eran siempre mejores, a la larga, los profesionales, tanto si se trataba de obras caritativas como de la medicina, de la literatura, de conducir automóviles o de la prostitución?
En segundo lugar, había adquirido un desprecio tan consolador por los muy ricos, que nunca aspiraría más que a una casita modesta y a poder pagar la cuenta de la luz. Los había conocido a todos en casa de Ardence: el banquero amigo de los senadores; el ángel de las exploraciones a quien se permitía algunas veces —aunque siempre con desdén— tomar parte en ellas como geólogo auxiliar; al fabricante de retretes, que aspiraba a que le nombraran embajador en Siam; a la pálida anciana cuya única conversación era hablar de la suciedad y malicia de sus veintisiete criados. A pesar de lo que decían los periódicos socialistas, no eran una raza de superhombres que
conspiraban con diabólica previsión, para oprimir a los honrados trabajadores. ¡No valían tanto como eso! Eran poco inteligentes y la mayor parte muy aburridos.
Además, tampoco tenía que preocuparse por lo que iba a hacer cuando volviera. Lindsay Atwell era uno de los consejeros del Instituto de Caridades Organizadas, y había hablado con el director. Cuando lo deseara, podía tener un excelente puesto de ayudante suyo.
Y el cuarto beneficio que le había proporcionado Ardence Benescoten, aunque sin saberlo, era la amistad de Lindsay Atwell; era una realidad tan permanente y tranquilizadora como la doctora Wormser, las brumosas puestas de sol, o la Quinta Avenida nevada al caer la tarde.
En el barco había un comprador de diamantes. Como cruzaba el Atlántico de dos a seis veces por año, conocía a fondo los barcos. Desde luego, ningún capitán podría haber sido tan elocuente al describir el timonel automático, ningún maitre tan enfático acerca de lo que debía pedir para comer o el vino que debía elegir de la lista. Pero le informaba con otros fines. Aun cuando decía: «Esta mañana vi una marsopa», parecía insinuar:
«Vamos a dormir juntos».
En teoría, a Ann no le importaba que la sedujeran otra vez. Aquélla era una buena época para hacerlo; estaba de vacaciones y no tenía que dar ninguna conferencia. Pero lo que la molestaba era no ser una mujer individual, sino simplemente un cupón.
Había también un muchacho que acababa de graduarse en Princeton y que iba a París, a estudiar en la Sorbona. Era tan refrescante como el agua.
Pero ¡resultaba tan joven! Ann, que hacía ocho años había salido de la universidad, se suponía que hacía ciento, y se sentía gastada y se aferraba al optimismo gracias a un esfuerzo de su voluntad, cuando oía que el muchacho le decía, lleno de entusiasmo:
—¿Trabaja en cosas sociales? ¡Oh, cómo me gustaría hacer lo mismo!
¿No cree que, después de todo, la cosa más importante de este mundo es la justicia?
¡Pobre muchacho! ¿Qué quería decir con aquello? ¿Qué era la justicia?
Un año antes, podía haberle contestado. Ahora…
También había el sano, entusiasta, serio y poco idealista grupo de hombres que se reunían en el bar para beber y que, al final de la travesía, había llegado casi a admitirla como si fuera un hombre más. A diferencia del comprador de diamantes y del empresario teatral, ellos no andaban husmeando por los camarotes de las mujeres, estremeciéndose al oler la lencería femenina. Se pasaban el tiempo tomando high-balls y contando historias chistosas. Formaban el grupo un ingeniero de minas, un par de periodistas, un doctor austríaco, un conservador y malhumorado fabricante de Chicago, un importador de entremeses, hijo de italianos; un escocés, director de un Banco de Trinidad y un exdiputado por Arkansas.
Eran seres reales.
Ann se riñó a sí misma por haber llegado a aquella tonta conclusión.
¿Por qué aquellos hombres burlones, cordiales y poco sutiles eran más
«reales» que los poetas que desvelaban los secretos del alma, o que los reformadores para quienes el ser humano no era setenta y cinco kilos de carne, mantenidos con bistecs y gracias al descanso que proporcionaba un colchón de crin, sino el integrante de una ecuación social que significaba el paraíso?
«¡Bueno, pues a mí me parecen más reales!», se dijo Ann.
En la compañía del grupo de bebedores, olvidándose de un mundo de preocupados «bienhechores» de «problemas», Ann recobró gran parte de la sabiduría que había poseído cuando era una niña de diez años en Waubanakee, y se dio cuenta de que la mayoría de los hombres no eran ángeles con gafas ni pobres tuberculosos, sino ciudadanos sólidos, estólidos y poco pintorescos, a quien les gustaba tomar el desayuno; que iban a las oficinas, tiendas o fábricas, a las siete, las ocho o las nueve; que admiraban los deportes relacionados con la rápida propulsión de pequeñas pelotas; a quienes les encantaban las historias graciosas y el espectáculo de los políticos o los obispos; que se peleaban con sus esposas y reñían a sus hijos, Ann que los querían y por ellos buscaban la prosperidad; que eran inesperadamente competentes en los pequeños detalles de sus trabajos y que, a pesar de lo que temían los profetas, habían logrado, en los treinta mil
años transcurridos desde la época glacial, inventar el café, las máquinas de afeitar y la soldadura autógena, y prometían seguir adelante otros treinta mil más. Y eran bondadosos cuando llegaban a comprender algo. Sus travesuras más terribles —las guerras, los chismes, la malicia, la vanidad— no se debían a una maldad innata sino a su falta de conocimientos y de imaginación.
¡No! El grupo de los bebedores le enseñó también que los seres humanos no eran los imbéciles incurables y sádicos que pensaban Mamie Bogardus, Belle Herringdean y —cuando tenía que levantarse antes de las ocho y media— la misma doctora Wormser, sino gentes sanas a las que cualquier defecto glandular o cualquier crisis casual podía convertir en héroes y en santos. Y aquello estaba bien. Porque si la mayoría de las personas eran estúpidas, como parecían creer los intelectuales presuntuosos que rodeaban a Ann, entonces, ¿para qué votar, levantar hospitales, escribir artículos, crear escuelas públicas, o hacer cualquier cosa que no fuera tomar una colección de las obras de Shakespeare, una tonelada de habichuelas y retirarse a una caverna?
El que Ann descubriera que las personas eran realmente personas, no fue algo muy fácil ni muy sencillo.
Durante un siglo, los predicadores se habían quejado de que las personas no eran personas, sino seres infrahumanos y diabólicos, porque bebían y se peleaban, fumaban, iban con las mujeres y se olvidaban de la Iglesia. Más desde los días de la guerra había surgido en América una secta que predicaba con igual celo que la mayoría de las gentes no eran personas, sino seres infrahumanos y hasta bautistas, porque no bebían lo suficiente, no iban con las mujeres, ni se peleaban y olvidaban sus deberes religiosos lo suficiente, ni fumaban antes del desayuno. Al confiar en que la raza humana sabría seguir adelante por sí sola, Ann no se mostraba simplemente revolucionaria, sino nihilista.
Excusándose mentalmente ante Mamie Bogardus y Eleanor, gozaba culpablemente de la exclusiva compañía del grupo masculino y, de once a una y de cinco de la tarde a medianoche, le encantaba que la aceptaran como a un hombre más, a quien no asustaba fácilmente una conversación
normal, sana y algo libre; y le encantaba todavía más porque se había convertido en el objeto de los chismes de todas las mujeres de a bordo.
El grupo masculino no la alentó en sus deseos de ver una Europa de cuento de hadas, compuesta de torres grises y verdes bosques, y manadas de ciervos de color de lirio blanco. Ann se dio cuenta de que lo que ellos querían ver era el bar del Savoy, la pista de carreras de Longchamps, las oficinas de Cheapside, del Boulevard Haussmann y de Unter der Linden.
Pero ella iba a ver la Torre de Londres, la sala capitular de Salisbury y un acantilado cubierto de dorado hinojo, que daba sobre un mar color de púrpura.
La primera tarde que pasó en Londres, Ann salió sola del severo hotel de Bloomsbury, donde se alojaba, y cometió la locura de seguir al azar, sin consultar siquiera su Baedeker. Entró en Lincoln’s Inn y en el Temple; le agradaron el artesonado de la Sala del Consejo del Príncipe Enrique, los recuerdos de Lamb y Thackeray, la tumba de Goldsmith y la redonda iglesia normanda. Pero después de confundirse en varios puentes y ruidosos caminos, se halló en Bermondsey, en un Londres que no anunciaba ninguna compañía de vapores.
«Debe ver el verdadero Londres», le decía todo el mundo. Pues bien, ya estaba en el verdadero Londres, al menos en uno de los Londres verdaderos, en Bermondsey, y entonces se dio cuenta de que el majestuoso Londres, como el valiente Nueva York, y posiblemente todas las demás ciudades del mundo, no era nada más que dos o tres kilómetros cuadrados de hermosas tiendas, dormitorios y edificios públicos, rodeados de kilómetros y kilómetros cuadrados de casitas que parecían las casillas de un matadero, de tiendas modestas y fábricas sucias. Las callejuelas laterales de Bermondsey, más tristes aún que las de Brooklyn, corrían entre casas estrechas donde los seres humanos podían vivir una vida tan interesante e individual como las hormigas en un hormiguero. Los innumerables chiquillos iban sucios; los hombres que volvían del trabajo eran pobres y de aspecto fatigado; las mujeres no eran más que sombras.
Intelectualmente, Ann sabía que la pobreza de Inglaterra no podía ser más alegre que la de Harlem o San Francisco. Sin embargo, emocionalmente, no lo creía así. Los autores ingleses que daban conferencias en Estados Unidos, hacían creer al público que pertenecían a una civilización más dulce y madura que la de los americanos, y Ann estaba imaginativamente convencida de que toda Inglaterra se componía de casitas pintorescas en medio de verdes praderas, cubiertas en verano e invierno de rosas y alondras, amén de un Londres formado solamente por iglesias antiguas, Buckingham Palace, los elegantes pisos de los barones, los delicados desvanes de los poetas y los discursos de Winston Churchill.
Pero allí veía kilómetros y kilómetros de casitas de ladrillo de dos pisos, manchadas por el humo. Luego se abrieron las tabernas. Y las tabernas de Londres le resultaron el peor insulto al romanticismo de todo lo que había visto hasta entonces.
Ann había oído decir a los bardos viajeros, como Gilbert K. Chesterton, que los establecimientos ingleses donde se vendía la cerveza rebosaban de risas, melodías, alegres carteles y conversaciones acerca de la puesta del sol. Quería contemplar uno de esos santuarios. Vio que dos mujeres cubiertas con chales penetraban en una taberna de Tooley Street —se llamaba «El Oso y el Toro», pero con más razón se la pocha haber llamado
«El Puerco Frío y la Vaca Cocida»—. Haciendo acopio de toda su audacia, las siguió al interior, pidió un vaso de cerveza y se sentó en un banco limpio, pero lúgubre, de la limpia, pero borrosa habitación. El bar era un mostrador de pino, pintado de amarillo, con unas vetas que querían imitar una madera que nunca existió en la tierra ni en el mar; la camarera que lo atendía era una anciana de unos sesenta años, de labios finos y escasos cabellos, que se pasaba todo el tiempo limpiando el mismo vaso, como si tuviera algo contra él. Enfrente del bar había dos damas venerables, con chales y delantales, y un caballero bastante bajito, con una bufanda por cuello.
Tosieron, preparándose a hablar. Ann escuchó. Ahora vendría la lírica digna de Chesterton, el sonoro inglés del borracho, en la sonora callejuela inglesa:
—Buenas tardes, señorita Mitch.
—¡Oooh! ¡No me había dado cuenta de que era usted! Buenas tardes, señor Dewberry.
—Hace bastante fresco hoy.
—Sí, así es.
—Bueno, buenas tardes, señorita Mitch.
—Buenas tardes, señor Dewberry.
Luego, el silencio, un silencio lúgubre que olía a cerveza, roto sólo por la camarera, que asentía a un cliente invisible que había en el otro salón:
—¿Una pinta de bitter? ¡Muy bien! ¡Una pinta de bitter!
Ann se dirigió a su alojamiento, pero antes entró en un restaurante ABC, y comió una cena compuesta de sopas, coles de Bruselas y cordero.
Como era demasiado tarde para hacer otra cosa, volvió al hotel, el Royal William, y se sentó en el vestíbulo con sus aspidistras y sus paneles de linóleo barnizado, y trató de vencer su depresión, leyendo la lista de pares que figuraban en el Almanaque Whitaker que, con el Bradshaw y la Guía ABC, componían toda la biblioteca del Royal William.
Ella, como el resto de los americanos, había creído que la mayoría de los títulos procedían de la época de la conquista normanda, y le asombró ver cuántos pares habían sido creados desde 1890, y qué pocos antes de 1600. Luego se dijo: «¡Oh, déjalo! ¿Es que no puedes nunca olvidarte de los números? ¡Fechas! ¡Estadísticas vitales! ¡Número de divorcios por cada cien habitantes! ¡Salarios proporcionales! ¡El número exacto de kilómetros que hay entre Marble Arch y el Metropole de Brighton! ¡Qué cerebro! ¡Eso es lo que has sacado de las Settlement houses! ¿No puedes abandonar alguna vez esa inteligencia de cinta métrica y vivir imaginativamente? ¿No puedes sentir la presencia de John Keats y Carlos I?».
»¡No, ya que lo quieres saber, no! ¡Carlos I! ¡Y todo porque llevaba un cuello de encajes y una barba como la de los dentistas! ¡Me interesan más los salarios proporcionales! ¡Muchas gentes, cuando reciben los sábados el sobre con su paga, piensan que eso es más importante que las barbacanas!
»¡Pero hay nombres tan hermosos! Si papá hubiera sido al menor Leopold E. Godolphin Walmesley Wilfrid Cavendish Tatem Vickers, K. M.
G., D. S. O., F. R. F., P. S. G., Primer Barón Waubanakee, ¡cuántas oportunidades se te habrían presentado, muchacha!».
Trató de cumplir con sus deberes de turista. Fue humildemente a Oxford, pero lo que después recordaba mejor era la figura de un profesor con toga y barba, montado en bicicleta, y no las cúpulas y los arcos.
Recorrió solemnemente el Castillo de Kenilworth, y se dijo a sí misma que le parecía oír el ruido metálico de las armaduras; pero luego, ante un plato de esos pescados blandos y blancos que sólo los ingleses consideran comestibles, se confesó que no había oído ruido alguno y que, para ella, Kenilworth no era más que una ruina.
Después de aquello no visitó ni un solo castillo, ni uno solo de los lugares donde se había ocultado el Príncipe Carlos. Recorrió las ciudades fabriles de las cercanías de Manchester —no tan sórdido como Pittsburgh
—, las modernas fábricas de tejidos de Surrey, las misiones del Commercial Road, los muelles de Poplar. Y vio Cornualles, no un Cornualles de dorados hinojos, sino un Cornualles de toscas casuchas de piedra, donde vivían los mineros que ganaban dos libras semanales.
Y porque veía la Inglaterra trabajadora de la época actual, las calderas, las minas de carbón y las dínamos, aquello le gustó más, se sintió mucho más a gusto que en las derruidas abadías. La Inglaterra que ella vio no estaba muerta, como la hermosa Venecia, el dormido Charleston o Atenas, con sus mármoles rotos y dorados. Tenía problemas, como la América de donde ella procedía; estaba viva. ¡Era el santuario dónde se guardaba la sangre de Shakespeare, no sus huesos!
Y al hacer estas investigaciones, no se vio rodeada de las únicas personas que conoce el turista; pertigueros, camareros, vendedores de billetes y compañeros de viaje, con las piernas cansadas, nostálgicos y un poco confusos entre lo que es un prior cisterciense y un jardín cistáceo.
Echó al correo las cartas de presentación que se había jurado no emplear, bien pronto fue amiga de diputados laboristas, mujeres periodistas, nacionalistas hindúes y generales pacifistas y, esta vez con la debida reverencia, fue a Toynbee Hall, la cuna de los Settlement houses. Reconoció de mala gana que era inútil el que intentara adquirir cultura visitando catedrales, recordando en qué lugar solía beber el doctor Johnson —era té,
¿verdad?—, o saber cuál era el restaurante de Soho donde se comían los mejores caracoles y donde había un camarero que había conocido a Anatole France —o quizás a Voltaire—, y se dedicó a hablar con sus amigos de Londres acerca del desarme —del que hablaba con mucho entusiasmo y ninguna cifra—, del plebiscito de Memel, del complejo de Edipo, del Antioch College, de Ramsay MacDonald y del mejor método para enseñar a los sastres judíos a jugar al criquet.
Ann no había visitado aún el Continente, aunque se le estaba acabando el dinero y era ya hora de volver a su país. Pero en la época de la primavera, de la primavera inglesa, Ann aprendió de nuevo algo que los automóviles han hecho olvidar a todo buen americano: el uso de sus piernas. Se paseó por los Kew Gardens. Con un par de estudiantes inglesas, amigas suyas, fue en bicicleta de Reigate a Tonbridge, de Petworth a Petersfield. Al recorrer el campo así, humildemente, empujando su bicicleta en las cuestas arriba, no se sentía extranjera en Inglaterra; aquélla era su patria igual que América.
El tranquilo Sussex estaba más cerca del tranquilo Waubanakee que la Quinta Avenida.
Antes de partir, pasó ella sola el fin de semana, sin sus amigas las estudiantes.
Durante toda su vida no había tenido otros amigos íntimos que su padre, Oscar Klebs, Lafe Resnick, Pat Bramble, Eleanor y la doctora Wormser, y, sin embargo, siempre había estado rodeada de mucha gente. Descubrió que el fin de los viajes no es buscar nuevas gentes, sino huir de ellas y, en un medio poco familiar, descubrir algo tan poco familiar como nuestra propia persona.
Fue en tren hasta Arundel y luego en bicicleta a Amberley, en Sussex.
Era un pueblo perfectamente pintoresco, digno de un dibujo de Navidad.
Durante varios minutos, Ann, como cualquier otro turista, gozó de su contemplación, sin pensar en las neurosis o en los salarios de los pescadores de arenques. Subió a una roca protegida por la sombra de un roble y consideró el caso de Ann Vickers en este mundo complicado que incluye las praderas de Sussex, la esclavitud de Liberia, a Belle Herringdean, al
Príncipe Kropotkin, que había muerto precisamente aquel año, y al Presidente Harding, que acababa de inaugurar su mandato presidencial.
Tenía que volver a su trabajo. Pero si volvía al «trabajo social» lo más probable es que lo hiciera de un modo definitivo.
Tenía que pensar claramente en aquello. Nunca volvería a tener treinta años ni a encontrarse sola tomando el sol en una colina de Sussex, absolutamente independiente, todo lo independiente que puede ser un ser humano, y libre de elegir el trabajo o el paisaje que más le agradara.
Aquel «trabajo social», aquel descontento profesional con las cosas, tal y como son, era un campo de acción poderoso y bien definido. Era un campo de acción desconocido para la mayoría de las personas que vendían comestibles o sacaban patatas. Estaba separado tan claramente como la marina o el sacerdocio de los asuntos ordinarios, y como ellos, era igualmente apasionado, tanto cuando tenía razón como cuando no la tenía.
La reforma. Era un mundo entero: distribución de los donativos, mejora de las prisiones, luchar por la palabra libre y el libre divorcio, por la limitación de la natalidad, el cabello corto y las camas con colchones en los campamentos madereros; un mundo extraordinario, compuesto de santos, estafadores, exhibicionistas, humoristas, que encontraban muy divertidos a los senadores con sombreros Stetson, senadores con sombreros Stetson que encontraban espantosa a Wall Street, serios vegetarianos que luchaban contra el bistec, doctores cínicos que luchaban contra los vegetales, y gentes jóvenes y alegres, aficionadas generalmente a tirar gatos muertos dentro de los recintos sagrados.
Aquel mundo tenía obviamente sus faltas. Ann, porque había tenido que tratar personalmente con ellos, sentía por los fanáticos una antipatía mucho mayor que la de los periodistas veteranos, que hablaban mal de toda clase de «ismos»: odiaba a los pastores muertos de hambre que lograban penetrar en los diarios abogando por el anarquismo y el cubismo, y a los pastores demasiado bien nutridos, que atraían a las multitudes atacando al alcohol y la prostitución —con ilustraciones atractivas—. A las gentes que amaban la autoridad y no encontraban medio mejor de obtenerla que tratando con los tímidos y los pobres indefensos. A los que querían vengar en la humanidad entera las desgracias de sus poco importantes puerilidades. A los
demagogos que aceptaban con la misma alegría el ser elegidos representantes de Moscú o de Rittenhouse Square.
«Sí —se decía Ann a sí misma—, es una mundo loco, difícil. Pero todos los mundos son iguales.
»Mientras haya un hombre hambriento y sin trabajo —continuaba—, mientras haya un niño maltratado, un pantano que produzca malaria (y no cabe duda de que siempre habrá esas cosas), yo tendré que seguir fustigando la desidia y la crueldad. Tengo que hacerlo, aunque me odie a mí misma pensando que soy una hipócrita…, una sentimental…, una charlatana…, una ergotista que se quiere enfrentar con la sabiduría de los siglos, ¡la más estúpida de las supersticiones!».
Pero aún no era demasiado tarde para salvarse a sí misma del frenesí de la salvación. No era una reformadora, porque hubiera resultado un fracaso en los asuntos prácticos. No había hallado nada difícil en el manejo de una oficina, en ser puntual, en dar órdenes a las mecanógrafas, en imaginarse lo que harían sus competidores —esos ritos por los que los hombres se convierten en presidentes y los fabricantes de bañeras en seres tan importantes que sus biografías aparecen en las revistas—. Podía
«prosperar» en los negocios. Le habían ofrecido el puesto de gerente del departamento femenino de un Banco de Rochester. ¿Por qué no aceptar?
Los negocios no eran sórdidos ni mezquinos, como pretendían los intelectuales pedantes. Tan normal era que un hombre o una mujer del siglo Veinte se «dedicara a los negocios», como que un ciudadano del 1200
tomara parte en las Cruzadas. Era el espíritu de la edad, y ¿qué modo mejor de influir en una época que el formar parte de su espíritu? ¿Acaso los hombres de negocios de nuestros días no dirigían la política, hacían que los ministros del Evangelio predicasen mensajes elogiando la prosperidad, e inspiraban a los autores para que escribieran las novelas de detectives más capaces de divertir a los magnates de la industria? ¿No era una idea noble la de animar a los jóvenes más inteligentes a dedicarse a los negocios, y convertir de ese modo en algo más intelectual la noble tarea de proveer a las gentes de buenos zapatos, bistecs tiernos, jabón espumoso y linóleo estético?
¿No era aquello lo más sensato?
«¡Oh, probablemente! —suspiró Ann, que se sentía cansada, las nubes habían cubierto el sol y el aire era demasiado frío—, pero yo nunca he buscado la sensatez, ni en un trabajo ni en un amante. He buscado lo que el soldado llama “aventuras”, lo que el sacerdote llama “santificación”.
¡Seguiré siendo una entrometida, una persona insoportable! Porque la sabiduría de este mundo, sí, aun la sabiduría de los anabaptistas y de los metodistas, de los lavanderos y de los empleados de los garajes, de los republicanos y de los jugadores de golf, es necedad ante los ojos de Dios”.
Pero, mientras volvía en bicicleta a Arundel, le pareció que llevaba a su lado a su hija Pride, que le pedía la seguridad de un hogar y no un camino duro y difícil, entre altas mesetas batidas por los vientos.
Y así, en la alegre primavera —que se manifestó en el Atlántico en dos tempestades y tres días de niebla—, Ann Vickers volvió a Estados Unidos.
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